Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
1ª parte de la 7ª conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.
“La gracia de la
Encarnación, la gracia infinita, incomparable, de que fue revestida
la humanidad de Nuestro Señor, es una misión porque toda gracia es misión y así
se establece, o al menos se afirma, la justicia universal del Señor que, a
través de los niveles diferentes alcanza a todos los seres, porque el que tiene
más está llamado a dar más, de modo que la igualdad se restablece en la armonía
del cuerpo místico que comprende todo el universo.
Pero omití un elemento muy importante en esta consideración, las tentaciones de Nuestro Señor pues
precisamente las tentaciones de Jesús nos dan una apertura extremamente
profunda sobre la conciencia que Él tenía de la relación entre la gracia y la
misión.
En efecto, las tentaciones nos muestran que Jesús, consciente de sus
poderes, de los poderes que ejercía con tanto brillo y que, por un tiempo, le
dan el concurso y la admiración de las muchedumbres, Nuestro Señor es
perfectamente consciente de que sus poderes no deben servir a favor suyo. No
debe calmar el hambre cambiando las piedras en pan, no debe precipitarse en el
abismo contando con los ángeles de Dios para protegerlo, no debe prosternarse
delante del príncipe de este mundo para obtener el reino del mundo.
Hay pues todo un aspecto de su personalidad, o mejor un aspecto de los
dones infinitos hechos a Su Humanidad por su subsistencia en el Verbo, hay todo
un aspecto en que sus dones están reservados a Su misión y no deben servir a Su
Persona. Y eso justamente nos ayuda a considerar cómo, desde el punto de vista
de la ciencia experimental, según las definiciones que les recordaba esta mañana,
efectivamente Cristo pudo conocer los abismos de tinieblas y de desesperación,
aunque estuviera revestido de todos esos dones, y haya podido ejercer su poder
sobre todos los elementos, inclusive sobre la muerte, porque justamente sus
poderes no debían servirle a Él.
Su misión era precisamente hacerlos servir a la redención de la humanidad. Él debía ser el contrapeso de amor opuesto
a todos los rechazos de amor, Él debía conocer el infierno tanto como podía
conocerlo la inocencia suprema. Pasó pues por el escrúpulo espantoso en que se
vio como pecado viviente, habiéndose “hecho pecado por nosotros” a fin de que
nosotros fuéramos, como dice San Pablo “justicia para Dios”. Conoció el
abandono supremo y sus últimas palabras fueron palabras de aparente desesperación:
“Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”
¿Termina todo acaso en un fracaso? Nuestro Señor pudo tener esa impresión
en el plano de la ciencia experimental, pero sabiendo, en el plano del
conocimiento divino, de la visión beatífica y del conocimiento profético, que
ese era en realidad el momento redentor.
¿Hay sin embargo algún aspecto que se deba retener como fracaso de Dios? ¿Estaba
Nuestro Señor encargado de inscribir en la Historia el fracaso de Dios, es decir de
revelarnos que, finalmente, la libertad que Dios le da al hombre es una
libertad infinita, inviolable, cuya víctima puede ser Dios mismo?
Es seguro que nada era más contrario a las perspectivas tradicionales, nada
podía desmontar más las esperanzas que ponían en la intervención de Dios que
debía necesariamente ser una intervención todopoderosa y milagrosa.
Todos los exegetas observan que, según toda probabilidad, Nuestro Señor
pudo comenzar su ministerio en Galilea, en una especie de euforia obteniendo la
adhesión y la admiración de la muchedumbre, pudiendo proclamar en el Sermón de
la montaña las exigencias más elevadas y magníficas que hayan sido jamás
expresadas, y quizá, en el plano del conocimiento experimental que era ciencia
progresiva, alimentada de los acontecimientos, que dependía de las
circunstancias, quizás esperó convertir ese pueblo, sacarlo de su
particularismo, enviarlo a su verdadera misión que era de ser elegido no para
sí mismo sino para los demás. ¿Tuvo Él por un momento esta esperanza, aun
sabiendo una vez más en lo intemporal, que todo terminaría en catástrofe? Es
posible.
Los exegetas observan, en general que hay reflujo, que poco a poco – lo
vimos después de la muerte de Juan Bautista – las idas y venidas de Jesús son
prudentes. Se siente más o menos perseguido por la policía de Herodes. Se va a
Decápolis o a la región de Tiro y de Sidón. Pasará a Cesarea de Felipe donde
tendrá lugar la célebre confrontación con sus apóstoles: “¿Quién dice la gente
que soy yo?” Parece pues que hubo una baja de popularidad y que en el plano del
conocimiento experimental tuvo que dedicarse más profundamente a la educación,
a la formación de sus discípulos que debían remplazarlo, y que estaban por otra
parte lejos de estar preparados para el desenlace trágico que va a dispersarlos
y comunicarles también a ellos una especie de desesperación: ¡Ya lleva tres
días en el sepulcro! “Esperábamos, dicen los discípulos de Emaús, esperábamos
que iba a ser el salvador de Israel y ya van tres días desde que estos
acontecimientos se realizaron!”
Una vez más, ¿en qué medida estuvo Nuestro Señor, en el plano del
conocimiento experimental, sorprendido y desgarrado? Vemos bien que Su agonía –
que no es una representación sino una trágica realidad – vemos bien que su Agonía contiene una noche tal que pide por tres
veces ser liberado de ese cáliz, aunque se abandona a la voluntad divina.
En todo caso, en el plano de la
Historia, es un fracaso, y no vemos cómo Jesús habría podido
triunfar de ese fracaso, en el plano de la Historia, si los discípulos no hubieran tomado el
relevo, si el testimonio que Él había dado de Su Persona y Su misión no hubiera
sido retomado por la Iglesia
naciente.
Es un hecho, ¿no es cierto?, que en
el plano de la historia, por lo menos de la historia pública, de la historia
oficial, todo termina con la muerte de
Jesús. El Viernes Santo es el fin de su historia. Su proceso se desarrolló
con una publicidad suficiente para dejar rastros en los archivos, fue juzgado
públicamente, y las autoridades romanas y judías concurrieron a su condenación.
Su Resurrección, por el contrario, es un
acontecimiento confidencial. Es totalmente claro que