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13 10 2008. Las tentaciones de Jesús, su Muerte, su Resurrección y Pentecostés, el milagro de los milagros.

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1ª parte de la 7ª conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

 

“La gracia de la Encarnación, la gracia infinita, incomparable, de que fue revestida la humanidad de Nuestro Señor, es una misión porque toda gracia es misión y así se establece, o al menos se afirma, la justicia universal del Señor que, a través de los niveles diferentes alcanza a todos los seres, porque el que tiene más está llamado a dar más, de modo que la igualdad se restablece en la armonía del cuerpo místico que comprende todo el universo.

Pero omití un elemento muy importante en esta consideración, las tentaciones de Nuestro Señor pues precisamente las tentaciones de Jesús nos dan una apertura extremamente profunda sobre la conciencia que Él tenía de la relación entre la gracia y la misión.

En efecto, las tentaciones nos muestran que Jesús, consciente de sus poderes, de los poderes que ejercía con tanto brillo y que, por un tiempo, le dan el concurso y la admiración de las muchedumbres, Nuestro Señor es perfectamente consciente de que sus poderes no deben servir a favor suyo. No debe calmar el hambre cambiando las piedras en pan, no debe precipitarse en el abismo contando con los ángeles de Dios para protegerlo, no debe prosternarse delante del príncipe de este mundo para obtener el reino del mundo.

Hay pues todo un aspecto de su personalidad, o mejor un aspecto de los dones infinitos hechos a Su Humanidad por su subsistencia en el Verbo, hay todo un aspecto en que sus dones están reservados a Su misión y no deben servir a Su Persona. Y eso justamente nos ayuda a considerar cómo, desde el punto de vista de la ciencia experimental, según las definiciones que les recordaba esta mañana, efectivamente Cristo pudo conocer los abismos de tinieblas y de desesperación, aunque estuviera revestido de todos esos dones, y haya podido ejercer su poder sobre todos los elementos, inclusive sobre la muerte, porque justamente sus poderes no debían servirle a Él.

Su misión era precisamente hacerlos servir a la redención de la humanidad. Él debía ser el contrapeso de amor opuesto a todos los rechazos de amor, Él debía conocer el infierno tanto como podía conocerlo la inocencia suprema. Pasó pues por el escrúpulo espantoso en que se vio como pecado viviente, habiéndose “hecho pecado por nosotros” a fin de que nosotros fuéramos, como dice San Pablo “justicia para Dios”. Conoció el abandono supremo y sus últimas palabras fueron palabras de aparente desesperación: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”

¿Termina todo acaso en un fracaso? Nuestro Señor pudo tener esa impresión en el plano de la ciencia experimental, pero sabiendo, en el plano del conocimiento divino, de la visión beatífica y del conocimiento profético, que ese era en realidad el momento redentor.

¿Hay sin embargo algún aspecto que se deba retener como fracaso de Dios? ¿Estaba Nuestro Señor encargado de inscribir en la Historia el fracaso de Dios, es decir de revelarnos que, finalmente, la libertad que Dios le da al hombre es una libertad infinita, inviolable, cuya víctima puede ser Dios mismo?

Es seguro que nada era más contrario a las perspectivas tradicionales, nada podía desmontar más las esperanzas que ponían en la intervención de Dios que debía necesariamente ser una intervención todopoderosa y milagrosa.

Todos los exegetas observan que, según toda probabilidad, Nuestro Señor pudo comenzar su ministerio en Galilea, en una especie de euforia obteniendo la adhesión y la admiración de la muchedumbre, pudiendo proclamar en el Sermón de la montaña las exigencias más elevadas y magníficas que hayan sido jamás expresadas, y quizá, en el plano del conocimiento experimental que era ciencia progresiva, alimentada de los acontecimientos, que dependía de las circunstancias, quizás esperó convertir ese pueblo, sacarlo de su particularismo, enviarlo a su verdadera misión que era de ser elegido no para sí mismo sino para los demás. ¿Tuvo Él por un momento esta esperanza, aun sabiendo una vez más en lo intemporal, que todo terminaría en catástrofe? Es posible.

Los exegetas observan, en general que hay reflujo, que poco a poco – lo vimos después de la muerte de Juan Bautista – las idas y venidas de Jesús son prudentes. Se siente más o menos perseguido por la policía de Herodes. Se va a Decápolis o a la región de Tiro y de Sidón. Pasará a Cesarea de Felipe donde tendrá lugar la célebre confrontación con sus apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Parece pues que hubo una baja de popularidad y que en el plano del conocimiento experimental tuvo que dedicarse más profundamente a la educación, a la formación de sus discípulos que debían remplazarlo, y que estaban por otra parte lejos de estar preparados para el desenlace trágico que va a dispersarlos y comunicarles también a ellos una especie de desesperación: ¡Ya lleva tres días en el sepulcro! “Esperábamos, dicen los discípulos de Emaús, esperábamos que iba a ser el salvador de Israel y ya van tres días desde que estos acontecimientos se realizaron!”

Una vez más, ¿en qué medida estuvo Nuestro Señor, en el plano del conocimiento experimental, sorprendido y desgarrado? Vemos bien que Su agonía – que no es una representación sino una trágica realidad – vemos bien que su Agonía contiene una noche tal que pide por tres veces ser liberado de ese cáliz, aunque se abandona a la voluntad divina.

En todo caso, en el plano de la Historia, es un fracaso, y no vemos cómo Jesús habría podido triunfar de ese fracaso, en el plano de la Historia, si los discípulos no hubieran tomado el relevo, si el testimonio que Él había dado de Su Persona y Su misión no hubiera sido retomado por la Iglesia naciente.

Es un hecho, ¿no es cierto?, que en el plano de la historia, por lo menos de la historia pública, de la historia oficial, todo termina con la muerte de Jesús. El Viernes Santo es el fin de su historia. Su proceso se desarrolló con una publicidad suficiente para dejar rastros en los archivos, fue juzgado públicamente, y las autoridades romanas y judías concurrieron a su condenación.

Su Resurrección, por el contrario, es un acontecimiento confidencial. Es totalmente claro que

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