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2ª parte de la 7ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.
¡Hoy y mañana vamos a
presentar una enseñanza absolutamente capital de la cual deberá tomar cada vez
más conciencia la Iglesia
en los decenios que vienen! Es una enseñanza que estamos más o menos tentados
de rechazar por lo menos en sus consecuencias, y en que se hace evidente que
nuestra interioridad es absolutamente capital para entrar en el misterio de
Jesús y de la Iglesia. Una
enseñanza de la cual se sigue que ese misterio está unido a una entrada cada
vez más profunda en el misterio de la Santísima Trinidad.
Se debería subrayar todo.
Retoma: “Lo más impresionante del misterio de Pentecostés puede ser que el Jesús que los apóstoles habían visto delante de ellos, ahora Lo perciben, Lo
encuentran dentro de sí mismos y comprenden
el verdadero valor de Su Humanidad, ya que Su Humanidad era justamente el
sacramento puro inseparablemente unido a la Divinidad, el sacramento
de la Presencia
personal de Dios”.
Continuación: “La humanidad de Jesús era pues toda interiorizada, toda
concentrada en la luz divina y en el fondo no se podía tocar. Nuestro Señor
dice a la Magdalena:
“¡No me toques!” Eso vale sin duda no solamente para Su vida de resucitado sino
para Su vida en general, en el sentido de que no se llegaba a la verdad de su Humanidad sino tomándola del interior
en su unión personal con la divinidad que la transfiguraba, tal como se
manifestará en el día de la
Transfiguración.
Entonces la verdadera percepción de la Humanidad de Nuestro
Señor se realiza el día de Pentecostés mediante la interiorización de Su
Presencia en el corazón de los
discípulos. Ellos son en cierto modo desposeídos de sí mismos, curados
de sus límites, y lo que no se habían atrevido a hacer, se van a atrever hasta
el martirio! Y el hombre tímido, el hombre que lo había negado después de haber
prometido ir hasta la muerte, el hombre que ante una sirvienta había jurado no
conocer a su maestro, será el primero en afrontar la muchedumbre, en afrontar
las autoridades, en afrontar la prisión, hasta afrontar el martirio.
Un cambio extremamente profundo se realizó pues en ellos y ese cambio se
puede traducir por la interiorización de
la Presencia
de Jesús en ellos. ¡Ya no están solos! Están habitados por Él, van a hablar
en Su Nombre, son como sacramentos Suyos y por eso toda clase de miedo los ha
abandonado, ya no le tienen miedo a nada, están listos a dar la vida y van a
encontrar las palabras, como Cristo les había prometido, encontrarán las
palabras adecuadas para responder delante de los tribunales a las acusaciones o
a las prohibiciones que les van a oponer. Esa
transformación profunda nos hace participar en el nacimiento de la Iglesia.
El nacimiento de la Iglesia tiene una
importancia infinita para nosotros y para el futuro del mundo, para toda la
historia, precisamente porque el nacimiento de la Iglesia es el
acontecimiento que inscribe en la historia la historia de Jesús.
Jesús no escribió nada. En el plano de la publicidad, de su vida pública,
su vida termina en una catástrofe. ¡Nada habría sobrevivido de Su acción y de
Su presencia si no hubiera sido continuada a través del misterio de la Iglesia! El misterio de la Iglesia es el que va a
retomar la acción – o mejor, el que va a
perpetuar esa Presencia, y la
Iglesia no puede cumplir la misión, no puede perpetuar la Presencia de Jesús
precisamente sino porque es el
sacramento de esa Presencia.
Es de última importancia que establezcamos el lazo
entre el misterio de la
Iglesia y el misterio de Jesús. Todo lo que sabemos de
Jesús nos viene por la Iglesia. Las
Escrituras del Nuevo Testamento son obra de la Iglesia que comenzó además
su acción sin otra escritura que la del Antiguo Testamento, que era insuficiente
para anunciar el misterio de Cristo.
Entonces Jesús entró efectivamente en la historia para transformarla
hasta el fin de los tiempos, Jesús
entró efectivamente en la historia bajo el aspecto del misterio de la Iglesia. Era, además, otra manera de
realizar la misión que se dirigía a todos los hombres, de extender a todos los
hombres el misterio de la
Encarnación, de hacerlos participar a todos para que realizaran
juntos la unidad divina del género humano y de la Creación en la
irradiación de Su Presencia.
Es pues totalmente imposible ir hasta Jesús más allá de la Iglesia, más allá de los
documentos que nos ofrece la tradición de la Iglesia, más allá de los documentos del Nuevo
Testamento, más allá de su tradición oral que está inscrita en los documentos sin
estar por otra parte encerrada en ellos.
El testimonio de la Iglesia es el testimonio
que Jesús da de Sí mismo. Ese testimonio es repetido bajo el sello del
Espíritu Santo y fuera de esa no hay otra posibilidad de comunicar con Cristo,
a condición de no olvidar – y eso es esencial – que Jesús en persona
permanece en la Iglesia,
prosigue su carrera en la historia bajo el velo del organismo sacramental
que es justamente el misterio de la
Iglesia.
No bastaba en efecto que los discípulos dieran testimonio de lo que vieron
y escucharon, primero porque lo que
vieron y oyeron no agota la
Revelación (1) ya que Nuestro Señor se adaptó a ellos
forzosamente, porque ellos mismos no siempre entendieron en el nivel supremo
las palabras del Señor. En los Evangelios, pasando de los Sinópticos a San
Juan, vemos bien que hay una progresión, que el cuarto Evangelio es
generalmente más interior, supone una experiencia cristiana ya más profunda. No podemos pues limitar nunca la revelación
a los textos de que disponemos, diciendo: La revelación entera está en estas
palabras (1).
La misión del Señor, tan corta como haya sido, no se agota evidentemente en
las pocas centenas de páginas del Nuevo Testamento. La revelación de Jesús es Jesús mismo. La revelación es inagotable
y por otra parte, aunque tuviéramos una revelación completa, totalmente
consignada en las palabras escritas o habladas, faltaría comprenderlas,
comentarlas, y sabemos que los comentarios separados del maestro, los
comentarios de los discípulos, pueden ser imperfectos, limitados, y reflejan lo
que el discípulo entiende de la doctrina del maestro, y esto puede ser un
límite impuesto al pensamiento del maestro.
Hay pues que tener por absolutamente cierto que la
revelación es el testimonio que Jesús sigue dando de sí mismo en Su Presencia
real en el corazón del misterio de la Iglesia (1). San Pablo nos lo afirma absolutamente con su testimonio.
La teología de la Iglesia
y de su identificación con Cristo, la teología de la Iglesia tiene
evidentemente un fermento magnífico en la conversión de San Pablo, el enemigo
que, en su clarividencia fue el primero en ver, mucho antes que los apóstoles,
como rabino, como discípulo de Gamaliel, como testigo y cómplice de la muerte
de Esteban, San Pablo fue el primero
que con celo santo percibió la incompatibilidad entre la sinagoga y la Iglesia cuando fue
derribado por la gracia a las puertas de Damasco, y oyó la voz del Señor que se
identificaba con la Iglesia
que él quería ahogar en el huevo, que quería exterminar: “Yo soy Jesús a quien
tú persigues”. Percibió pues en el mismo momento, en la misma luz, la identidad de Jesús con la Iglesia, conoció a Jesús
en la Iglesia
y a la Iglesia
en Jesús y es imposible ir más lejos en la identificación. Esta
identificación es infinitamente preciosa, pues nos garantiza que en efecto la revelación sigue estando en la Persona, sigue consistiendo en la Persona de Jesucristo.
No dependemos de los comentarios, no dependemos de la comprensión parcial
que los apóstoles puedan tener de Su enseñanza. Tenemos un testimonio que no
cesa de explicarse en la
Presencia misma de Jesús, tanto que hasta el fin de los
siglos cada alma está llamada y tiene el privilegio de encontrar a Jesús en
Persona por medio del sacramento eclesial.
La consecuencia de esto es que todo lo que no es Jesús – si la Iglesia es Jesús, según el
testimonio mismo de las palabras del Señor a Pablo a las puertas de Damasco, si
la Iglesia es
Jesús, eso quiere decir que todo lo que no es Jesús en la Iglesia es sólo signo de
Jesús, signo y sacramento de Jesús, y que la Iglesia no tiene sino una posibilidad, la de
testimoniar de Jesús y comunicar la Presencia de Jesús. Esto quiere decir que la misión de la Iglesia no puede cumplirse
sino en estado de total dimisión.
En la Iglesia
no hay poder que dé a los jerarcas dominación sobre los demás considerados como
súbditos: en la Iglesia toda misión es
dimisión, toda misión corresponde a la vocación de pobreza que brilla en el
corazón de la Trinidad
divina, que resplandece en la humanidad de Nuestro Señor enteramente
despojada de sí misma por la subsistencia en el Verbo, que se refleja en la
bienaventurada Virgen María cuya maternidad virginal vimos precisamente que
procede del vacío total que se realiza en ella desde el primer instante de su
existencia por su Concepción Inmaculada. Y ese misterio de pobreza se perpetúa
en la Iglesia
cuya misión se realiza mediante una total dimisión.
Eso quiere decir inmediatamente que el fiel, el discípulo de Jesús, el “cristiano”,
como se llamó a los discípulos en Antioquía, el cristiano es totalmente libre,
absolutamente libre de todo lo que no es Cristo, no tiene sino un solo señor
que es su liberador, un solo señor que está de rodillas ante él en el lavatorio
de los pies, un sólo señor que es interior a él mismo y que se propone siempre
sin imponerse jamás porque no puede, a la luz de la fe, no puede sino descubrir
a través del sacramento eclesial, ya sea la jerarquía, ya el cuerpo de los
fieles, ya los signos sagrados que transmiten la gracia, ya los ritos en que se
expresa la divina liturgia, de todos modos el fiel, el que pone su fe, el que
da su corazón a Dios según la fuerza de la palabra “creer”, da su corazón a
Dios, lo da en efecto en la plenitud de su libertad ya que su fe le hace
atravesar los signos y sus límites y lo pone siempre frente al Señor que se
esconde en lo más profundo de él mismo para conducirlo a la Libertad Divina.
Esto es absolutamente capital porque si Dios se nos revela en Jesús como la
eterna trinidad, si Dios se nos revela en Jesús como libertad infinita, si, a
través de Jesús nuestra libertad puede realizarse como jamás pudo hacerlo sin
Él, si es Él quien nos la revela, si es Él el que es su fermento, es imposible que la iglesia que perpetúa Su
Presencia sea otra cosa que un instrumento y un sacramento de liberación”.
(Continuará. Y la continuación es igualmente importante al extremo).
Nota (1). Uno está tentado de rechazar esta enseñanza porque se nos enseñó
que la revelación quedó terminada con la muerte del último apóstol. ¡No hay que
hacerlo demasiado rápido! Las afirmaciones zundelianas no son ciertamente tan
opuestas a ese axioma como pudiera parecer a primera vista. Lo que habría de
particular y único en los apóstoles es su
marcha permanente con el Señor durante tres años, lo cual conlleva
necesariamente un conocimiento particular de la persona de Jesús aunque se haya
necesitado Pentecostés para que interiorizaran Su presencia, en un sentido, en
un sentido solamente, más real que la presencia de Jesús a cualquiera. Si la
revelación se termina con la muerte del último apóstol, es sin duda justamente
porque nadie después de ellos podrá tener la proximidad que tuvieron ellos con
Jesús durante su encarnación terrestre. No es porque hubieran almacenado en su
cabeza un conocimiento conceptual único de la persona de Jesús. No podían ellos
conocer los desarrollos del dogma que vinieron después en la historia de la Iglesia.