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Zundel

17 10 2008. ¿Existe todavía una moral?

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1ª parte de la 8ª conferencia de M. Zundel en el Mont des Cats en diciembre de 1971.

 

Zundel no hablaría ya de esta manera. Yo hesité inclusive a publicar esta conferencia. Aunque pueda parecer que las cosas han empeorado después de 1971, testigo la legislación del aborto, podemos ver sobre todo, como lo confirmó la reciente visita de Benedicto 16, una renovación del cristianismo, incluso en la juventud numerosa venida a escuchar la voz del papa. La laicidad positiva, aceptada hoy por todos es nueva en un sentido, es la manera inteligente de entenderla bien. El verdadero remedio a la libertad de costumbres ya no es hablar mucho de ella y denunciar con frecuencia su perversidad, sino llevar por todos los medios posibles a nuestros contemporáneos a un descubrimiento de la mística cristiana. Ya no podemos contentarnos con un catecismo elemental y con la fe del carbonero.

 

Comienzo de la conferencia: “Una de las influencias más considerables que se haya ejercido sobre nuestra época es evidentemente la de Freud. El freudismo está difundido por doquiera, su vocabulario llegó a ser bien común. Todos hablan de complejos, de represión, de Edipo y de todas las categorías en que se trata de inconsciente, y se ha convertido en una especie de eslogan que es necesario educar hijos sin complejos. No hay que traumatizarlos, y claro está, uno toma y deja, uno se da toda suerte de permisos, renuncia a todo pudor, los padres exponen su desnudez delante de los hijos para que no tengan complejos.

Eso, por desgracia, no quiere decir que exijamos de nosotros mismos una rectitud total y que la exigencia interior que tendríamos frente a nosotros mismos podría ejercer un contagio de luz sobre los hijos. Tomamos y dejamos pero es evidente que el freudismo redujo las tensiones morales, nos inclina a aceptar todo, entre otras cosas la homosexualidad que reivindica sus derechos hasta un reconocimiento legal de matrimonio ente hombres o mujeres. Y todo eso naturalmente penetra en todos los medios – incluso cristianos – ¡y se ha vuelto moda hablar mal de la moral!

¡La moral es aburridora, la moral es estúpida, la moral es cuento de viejos! ¡El moralismo es la llaga del cristianismo, es la llaga de la Iglesia! Hay que vivir la vida, que cada uno se defienda como pueda. Si la píldora puede regularizar las relaciones conyugales, mantenerlas en la euforia, en la felicidad, ¿por qué no? Todos los tabúes son absurdos. Que cada uno viva su vida, a condición de no hacer mal a los demás y que deje en paz a los vecinos, eso ya es mucho.

Es cierto que la moralidad encuentra mucha oposición y que ahora ya no se habla sino de ayuda al tercer mundo, de hacer la revolución. Ya no se habla de Dios, ¡no está de tono! Se habla del tercer mundo, de la revolución brasileña ¡y de la necesidad de liberar a los hombres de la esclavitud en que los mantienen! Existe pues una especie de desorden fundamental del pensamiento, una insurrección contra toda moral en la que no se ve muy bien qué parte le queda al Evangelio.

En otras palabras y de la manera más simple, asistimos a la decadencia de la moral colectiva, hay cada vez menos moral colectiva. Todavía se protesta contra la tortura. Y se admite todo lo demás. Se admite la homosexualidad, como acabo de decir, como algo que no se discute. Se admite naturalmente el adulterio. Se admite el divorcio. Se admite el aborto y se lo reclama cada vez más por todas partes. Se quiere despenalizar el aborto para hacer de él una simple cuestión terapéutica sometida a los médicos.

Hay pues un desorden total, completo, que alcanza a todo el mundo y que gangrena la mente de los hombres de Iglesia. Se comprende por otra parte que una moral colectiva, precisamente, cuando la colectividad misma está disociada, dividida, cuando ya no hay opinión común, cuando no hay sino reivindicaciones personales que se producen en sectores diferentes y opuestos unos a otros, se comprende muy bien que la moral colectiva que era grosso modo la del Decálogo, la cual era finalmente la reproducción de una moral usual, ya que encontramos en los textos del Libro egipcio de los muertos más o menos las mismas exigencias. El muerto que se confiesa en el más allá enumera en síntesis las obligaciones que tuvo si quiere defenderse y pretender a una recompensa, enumera más o menos todas las exigencias del Decálogo.

El Decálogo no es nuevo en lo que inculca del punto de vista moral. Su gran novedad es la novedad cultual, la prohibición de imágenes, la adoración de un Dios único e invisible, la santificación del sábado y el respeto del nombre de Dios, pero en cuestión de exigencias propiamente morales, respecto de la vida humana, las encontramos en todas partes un poco semejantes, y es sin duda porque responden a exigencias que ya no son sentidas hoy en día, dado que ya no vivimos en un clan, en una tribu en que los seres son muy cercanos unos de otros y en que se vigilan muy estrechamente unos a otros. Cada uno lleva su vida dentro de su conejera y hace lo que quiere, después de todo a nadie le importa. Y ahí es donde está confrontado con una moral de la que quiere naturalmente liberarse, si eso no trae consecuencias fuera de su vida privada. Solamente lo que lleva a la prisión – y eso puede todavía ser muy honorable – solamente lo que lleva a la prisión sigue siendo prohibido, al menos a condición de que uno no se deje coger. ¡Si podemos escapar a la ley sin hacernos coger, el acto deja de ser delictuoso!

¿Existe una moral? ¿Hay exigencias? ¿Hay que abandonar la moral tradicional? ¿Hay que renunciar al Decálogo? ¿Hay que vituperar su moralidad? ¿Hay sobre todo que evitar crear complejos y represiones? ¿Hay que dejar que cada uno siga las inspiraciones de sus fantasías? ¿Hay que aceptar todo si la vida pública no es profundamente perturbada? Esa es la cuestión.

Es evidente que el principio de la moral proviene del hecho que el hombre no está suficientemente determinado por los instintos. No está suficientemente determinado al punto de no poder ejercer ninguna iniciativa. Los animales parecen estar enteramente contenidos en el universo de los instintos. No pueden superarlos. Para ellos entonces no hay problema: no pueden ponerse ante la vida, tomar distancia respecto de ella y decidir un modo de actuar que resultaría de su iniciativa.

Si el hombre estuviera totalmente contenido en el universo de los instintos, si los impulsos irresistibles regularan todas sus acciones, no habría problema. La dificultad está en que, siendo muy instintivo, siendo un manojo de instintos, sus instintos no cierran el anillo: hay un momento en que puede intervenir, en que debe intervenir, y no sabe muy bien en qué sentido, y eso es lo que hace todo el drama humano finalmente, esa potencia instintiva que pone al hombre al nivel de todos los seres vivos, y al mismo tiempo la falla del instinto en cierto momento, que requiere una iniciativa, sin que por otra parte el sentido de la iniciativa le esté prescrito o impuesto a priori.

Hay como un hueco en el universo instintivo, una falla, y eso es lo que provoca toda la inquietud humana y es lo que introduce la moral. Antes mismo que los hombres puedan definir la libertad, - ¡todavía ahora son incapaces de hacerlo! – antes mismo de que los hombres hayan podido plantear el problema de la libertad, sintieron el peligro, sintieron que el individuo podía romper el pacto social – quiero decir romper la disciplina del grupo, poner en peligro el grupo, el clan, la familia primitiva, patriarcal, ponerla en peligro, y era necesario prevenir la anarquía o las insurrecciones anárquicas de esa libertad imposible de definir pero presentida inmediatamente como peligro.

Miren la República de Platón. Platón, en su República ideal, exige que cada uno permanezca en su lugar, que el alfarero siga siendo alfarero, es inútil que piense en salir de ahí, en seguir otra carrera porque si cada uno quiere evadirse de su carrera, habrá perturbación, confusión, y la república será inmediatamente derribada.

Se necesita pues un orden establecido, respetado, so pena de introducir inmediatamente intervenciones anárquicas de una libertad que no se conoce pero que es bastante poderosa como para destruir el orden existente. Desde el comienzo pues se ha entrabado la libertad, se han prevenido los impulsos anárquicos mediante usos y costumbres, mediante tradiciones, mediante una disciplina de grupo, como por ejemplo la prohibición del incesto que se encuentra por doquiera, la prohibición del incesto: un hombre no se casará con su madre, un padre no se casará con su hija. Se sintió que esta prohibición era indispensable para evitar una promiscuidad destructora de la vida social. Esta prohibición fue pues generalmente respetada. No puede tener oposiciones aun hoy cuando se protesta contra todo.

Es pues cierto que la libertad cuya intervención es indispensable para cerrar el anillo, para hacer que los instintos alcancen un estatuto humano suficientemente creador, es cierto que la libertad fue sentida como peligro y que se previnieron las explosiones anárquicas mediante la institución de una moral que se incorporó en una religión porque evidentemente no se puede asegurar la observancia de la moral poniendo un gendarme detrás de cada individuo. El gendarme será la divinidad. Si una divinidad es testigo, una divinidad que tome sanciones contra todo el que viole el orden moral, el orden moral estará bien asegurado. Y todo eso, una vez más, era legítimo y necesario precisamente como los instintos en el hombre no regulan todo, fue necesario que las iniciativas de la libertad fueran reguladas y encerradas en justos límites bajo custodia de una moral incluida en una religión.

Era un fenómeno inevitable, un fenómeno colectivo que naturalmente, al extenderse el grupo, al diferenciarse las funciones sociales, al diferenciarse los diversos oficios, en una palabra, al llegar a la civilización urbana en que ya el individuo no esté obligado a producir todo, a construir su vida con sus propias manos asegurando por sí mismo su alimento cogiendo frutos o cazando, al llegar la división del trabajo con la civilización urbana, llega también la posibilidad de reflexionar, y habrá hombres especializados en escritura, en copiar libros o en redactarlos, habrá pensadores, y todo eso hará naturalmente que ciertos hombres pongan en duda todos los usos, toda la moral y toda la religión.

Bien o mal, a través de todas las generaciones se mantendrá un mínimo de exigencias sin las cuales la vida sería imposible. Si tomamos una ciudad como Tokio que tiene 12 millones de habitantes, ¡es un mundo! ¿Cómo habría sido posible esa ciudad sin una cadena fiable que asegure el alimento de los doce millones de hombres?

Es absolutamente imposible que una vida civilizada se mantenga sin disciplina y por ende sin cierta moralidad, moralidad que afortunadamente no tiene oposición de parte de los humildes, de parte de las pequeñas manos que trabajan y aseguran nuestro sustento. Si la crítica se apoderara de todos esos hombres, si todos los obreros se plantearan problemas, si pusieran en duda sus deberes, la vida se detendría y por otra parte, surgiría inmediatamente una dictadura de hierro que impondría el regreso al trabajo suprimiendo toda libertad, como lo vemos por doquiera donde la revolución se ha hecho en nombre del proletariado y no en nombre de la libertad. Esas revoluciones se han siempre soldado por una dictadura que vemos como dura en Rusia, más terrible que nunca, después de 53 años.

Sea como fuere, podemos entregarnos a mil consideraciones, es un hecho que la moral está perdiendo terreno, es un hecho que el moralismo es sospechoso, que pasa por aburrido, es un hecho que los hombres de Iglesia toman y dejan, es un hecho que ya no hay pecado, es un hecho que ya la gente no se confiesa, o cada vez menos, que está desapareciendo el sentimiento de culpabilidad, que cada uno se da la absolución y va a comulgar sin confesarse”.  (Continuará)

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