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1ª parte de la 8ª conferencia de M. Zundel en el Mont des Cats en diciembre
de 1971.
Zundel no hablaría ya de esta manera. Yo hesité
inclusive a publicar esta conferencia. Aunque pueda parecer que las cosas han
empeorado después de 1971, testigo la legislación del aborto, podemos ver sobre
todo, como lo confirmó la reciente visita de Benedicto 16, una renovación del
cristianismo, incluso en la juventud numerosa venida a escuchar la voz del
papa. La laicidad positiva, aceptada
hoy por todos es nueva en un sentido, es la manera inteligente de entenderla
bien. El verdadero remedio a la libertad de costumbres ya no es hablar mucho de
ella y denunciar con frecuencia su perversidad, sino llevar por todos los
medios posibles a nuestros contemporáneos a un descubrimiento de la mística
cristiana. Ya no podemos contentarnos con un catecismo elemental y con la fe
del carbonero.
Comienzo de la conferencia: “Una de las influencias más considerables que
se haya ejercido sobre nuestra época es evidentemente la de Freud. El freudismo
está difundido por doquiera, su vocabulario llegó a ser bien común. Todos
hablan de complejos, de represión, de Edipo y de todas las categorías en que se
trata de inconsciente, y se ha convertido en una especie de eslogan que es
necesario educar hijos sin complejos. No hay que traumatizarlos, y claro está,
uno toma y deja, uno se da toda suerte de permisos, renuncia a todo pudor, los
padres exponen su desnudez delante de los hijos para que no tengan complejos.
Eso, por desgracia, no quiere decir que exijamos de nosotros mismos una
rectitud total y que la exigencia interior que tendríamos frente a nosotros
mismos podría ejercer un contagio de luz sobre los hijos. Tomamos y dejamos
pero es evidente que el freudismo redujo
las tensiones morales, nos inclina a aceptar todo, entre otras cosas la
homosexualidad que reivindica sus derechos hasta un reconocimiento legal de
matrimonio ente hombres o mujeres. Y todo eso naturalmente penetra en todos los
medios – incluso cristianos – ¡y se ha vuelto moda hablar mal de la moral!
¡La moral es aburridora, la moral es estúpida, la moral es cuento de
viejos! ¡El moralismo es la llaga del cristianismo, es la llaga de la Iglesia! Hay que vivir la
vida, que cada uno se defienda como pueda. Si la píldora puede regularizar las
relaciones conyugales, mantenerlas en la euforia, en la felicidad, ¿por qué no?
Todos los tabúes son absurdos. Que cada uno viva su vida, a condición de no
hacer mal a los demás y que deje en paz a los vecinos, eso ya es mucho.
Es cierto que la moralidad encuentra mucha oposición y que ahora ya no se habla sino de ayuda al
tercer mundo, de hacer la revolución. Ya no se habla de Dios, ¡no está de tono!
Se habla del tercer mundo, de la revolución brasileña ¡y de la necesidad de
liberar a los hombres de la esclavitud en que los mantienen! Existe pues una especie de desorden fundamental del
pensamiento, una insurrección contra toda moral en la que no se ve muy bien
qué parte le queda al Evangelio.
En otras palabras y de la manera más simple, asistimos a la decadencia de la moral colectiva, hay
cada vez menos moral colectiva. Todavía se protesta contra la tortura. Y se
admite todo lo demás. Se admite la homosexualidad, como acabo de decir, como
algo que no se discute. Se admite naturalmente el adulterio. Se admite el
divorcio. Se admite el aborto y se lo reclama cada vez más por todas partes. Se
quiere despenalizar el aborto para hacer de él una simple cuestión terapéutica
sometida a los médicos.
Hay pues un desorden total, completo, que alcanza a todo el mundo y que gangrena la mente de los hombres de Iglesia. Se
comprende por otra parte que una moral colectiva, precisamente, cuando la
colectividad misma está disociada, dividida, cuando ya no hay opinión común,
cuando no hay sino reivindicaciones personales que se producen en sectores
diferentes y opuestos unos a otros, se comprende muy bien que la moral
colectiva que era grosso modo la del Decálogo, la cual era finalmente la
reproducción de una moral usual, ya que encontramos en los textos del Libro
egipcio de los muertos más o menos las mismas exigencias. El muerto que se
confiesa en el más allá enumera en síntesis las obligaciones que tuvo si quiere
defenderse y pretender a una recompensa, enumera más o menos todas las
exigencias del Decálogo.
El Decálogo no es nuevo en lo que inculca del
punto de vista moral. Su gran novedad es la novedad cultual, la prohibición
de imágenes, la adoración de un Dios único e invisible, la santificación del
sábado y el respeto del nombre de Dios, pero en cuestión de exigencias
propiamente morales, respecto de la vida humana, las encontramos en todas
partes un poco semejantes, y es sin duda porque responden a exigencias que
ya no son sentidas hoy en día, dado que ya no vivimos en un clan, en una
tribu en que los seres son muy cercanos unos de otros y en que se vigilan muy
estrechamente unos a otros. Cada uno lleva su vida dentro de su conejera
y hace lo que quiere, después de todo a nadie le importa. Y ahí es donde está
confrontado con una moral de la que quiere naturalmente liberarse, si eso no
trae consecuencias fuera de su vida privada. Solamente lo que lleva a la
prisión – y eso puede todavía ser muy honorable – solamente lo que lleva a la
prisión sigue siendo prohibido, al menos a condición de que uno no se deje
coger. ¡Si podemos escapar a la ley sin hacernos coger, el acto deja de ser
delictuoso!
¿Existe una moral? ¿Hay exigencias? ¿Hay que abandonar la moral
tradicional? ¿Hay que renunciar al Decálogo? ¿Hay que vituperar su moralidad? ¿Hay
sobre todo que evitar crear complejos y represiones? ¿Hay que dejar que cada
uno siga las inspiraciones de sus fantasías? ¿Hay que aceptar todo si la vida
pública no es profundamente perturbada? Esa es la cuestión.
Es evidente que el principio de la moral proviene del hecho que el hombre
no está suficientemente determinado por los instintos. No está suficientemente
determinado al punto de no poder ejercer ninguna iniciativa. Los animales
parecen estar enteramente contenidos en el universo de los instintos. No pueden
superarlos. Para ellos entonces no hay problema: no pueden ponerse ante la
vida, tomar distancia respecto de ella y decidir un modo de actuar que
resultaría de su iniciativa.
Si el hombre estuviera totalmente contenido en el universo de los
instintos, si los impulsos irresistibles regularan todas sus acciones, no
habría problema. La dificultad está en que, siendo muy instintivo, siendo un
manojo de instintos, sus instintos no cierran el anillo: hay un momento en que
puede intervenir, en que debe intervenir, y no sabe muy bien en qué sentido, y eso es lo que hace todo el drama humano
finalmente, esa potencia instintiva que pone al hombre al nivel de todos los
seres vivos, y al mismo tiempo la falla del instinto en cierto momento, que
requiere una iniciativa, sin que por otra parte el sentido de la iniciativa le
esté prescrito o impuesto a priori.
Hay como un hueco en el universo instintivo, una falla, y eso es lo que
provoca toda la inquietud humana y es lo que introduce la moral. Antes mismo
que los hombres puedan definir la libertad, - ¡todavía ahora son incapaces de
hacerlo! – antes mismo de que los hombres hayan podido plantear el problema de
la libertad, sintieron el peligro, sintieron que el individuo podía romper el
pacto social – quiero decir romper la disciplina del grupo, poner en peligro el
grupo, el clan, la familia primitiva, patriarcal, ponerla en peligro, y era
necesario prevenir la anarquía o las insurrecciones anárquicas de esa libertad
imposible de definir pero presentida inmediatamente como peligro.
Miren la República
de Platón. Platón, en su República ideal, exige que cada uno permanezca en su
lugar, que el alfarero siga siendo alfarero, es inútil que piense en salir de
ahí, en seguir otra carrera porque si cada uno quiere evadirse de su carrera,
habrá perturbación, confusión, y la república será inmediatamente derribada.
Se necesita pues un orden establecido, respetado, so pena de introducir
inmediatamente intervenciones anárquicas de una libertad que no se conoce pero
que es bastante poderosa como para destruir el orden existente. Desde el
comienzo pues se ha entrabado la libertad, se han prevenido los impulsos
anárquicos mediante usos y costumbres, mediante tradiciones, mediante una
disciplina de grupo, como por ejemplo la prohibición del incesto que se
encuentra por doquiera, la prohibición del incesto: un hombre no se casará con
su madre, un padre no se casará con su hija. Se sintió que esta prohibición era
indispensable para evitar una promiscuidad destructora de la vida social. Esta
prohibición fue pues generalmente respetada. No puede tener oposiciones aun hoy
cuando se protesta contra todo.
Es pues cierto que la libertad cuya intervención es indispensable para
cerrar el anillo, para hacer que los instintos alcancen un estatuto humano
suficientemente creador, es cierto que
la libertad fue sentida como peligro y que se previnieron las explosiones
anárquicas mediante la institución de una moral que se incorporó en una
religión porque evidentemente no se puede asegurar la observancia de la
moral poniendo un gendarme detrás de cada individuo. El gendarme será la
divinidad. Si una divinidad es testigo, una divinidad que tome sanciones contra
todo el que viole el orden moral, el orden moral estará bien asegurado. Y todo
eso, una vez más, era legítimo y necesario precisamente como los instintos en
el hombre no regulan todo, fue necesario que las iniciativas de la libertad
fueran reguladas y encerradas en justos límites bajo custodia de una moral
incluida en una religión.
Era un fenómeno inevitable, un fenómeno
colectivo que naturalmente, al extenderse el grupo, al diferenciarse las funciones
sociales, al diferenciarse los diversos oficios, en una palabra, al llegar a la
civilización urbana en que ya el individuo no esté obligado a producir todo, a
construir su vida con sus propias manos asegurando por sí mismo su alimento
cogiendo frutos o cazando, al llegar la división del trabajo con la
civilización urbana, llega también la posibilidad de reflexionar, y habrá
hombres especializados en escritura, en copiar libros o en redactarlos, habrá pensadores,
y todo eso hará naturalmente que ciertos hombres pongan en duda todos los usos,
toda la moral y toda la religión.
Bien o mal, a través de todas las generaciones se mantendrá un mínimo de
exigencias sin las cuales la vida sería imposible. Si tomamos una ciudad como Tokio
que tiene 12 millones de habitantes, ¡es un mundo! ¿Cómo habría sido posible
esa ciudad sin una cadena fiable que asegure el alimento de los doce millones
de hombres?
Es absolutamente imposible que una vida civilizada se mantenga sin
disciplina y por ende sin cierta moralidad, moralidad que afortunadamente no
tiene oposición de parte de los humildes, de parte de las pequeñas manos que
trabajan y aseguran nuestro sustento. Si la crítica se apoderara de todos esos
hombres, si todos los obreros se plantearan problemas, si pusieran en duda sus
deberes, la vida se detendría y por otra parte, surgiría inmediatamente una
dictadura de hierro que impondría el regreso al trabajo suprimiendo toda
libertad, como lo vemos por doquiera donde la revolución se ha hecho en nombre
del proletariado y no en nombre de la libertad. Esas revoluciones se han
siempre soldado por una dictadura que vemos como dura en Rusia, más terrible
que nunca, después de 53 años.
Sea como fuere, podemos entregarnos a mil consideraciones, es un hecho que
la moral está perdiendo terreno, es un hecho que el moralismo es sospechoso,
que pasa por aburrido, es un hecho que los hombres de Iglesia toman y dejan, es
un hecho que ya no hay pecado, es un hecho que ya la gente no se confiesa, o
cada vez menos, que está desapareciendo el sentimiento de culpabilidad, que
cada uno se da la absolución y va a comulgar sin confesarse”. (Continuará)