Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
3a parte de la 8a conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.
Retoma: “La inviolabilidad no tiene
sentido sino de ser el relicario o el santuario de un valor infinito, de un
valor que me está confiado, de un valor que me ilumina, me libera, me
transforma, que hace de mí un bien común, un bien universal, un bien que el
mundo entero tiene interés en defender. Porque si existe realmente una
inviolabilidad auténtica en cada uno, si puede liberarse, si ése es el bien
humano por excelencia, entonces todos los hombres tienen interés en que ese
bien universal sea respetado, sea puesto en valor y pueda ejercer su poder de
irradiación”.
Continuación: “Si llego efectivamente a descubrir eso, si entro en el
silencio, arrodillado en mi propia intimidad como Agustín lo hace al encontrar “la
belleza tan antigua y tan nueva”, si de repente se revela dentro de mí una
Presencia infinita. Si mi interior me
aparece como un santuario donde no puedo penetrar sino en el más profundo
respeto, entonces comienzo a existir,
a existir, precisamente en la medida en
que todo mi ser, en vez de ser sufrido, brota como un don respecto de la Presencia que acabo de
descubrir como la Vida
de mi vida.
Entonces se produce una
transformación extraordinaria, porque en ese descubrimiento con una
Presencia en la cual respira mi libertad, se
centra todo mi ser, se centra en un punto focal, en un punto que es el foco de
toda luz y en que mi ser todo entero se revela y se resume en cierta manera.
Ustedes debieron hacer esa experiencia: si la mirada es interior, una
mirada hacia los demás es virginal, si busca en el otro ese punto focal, ese
centro de luz, si busca captar al otro en su raíz más íntima, allá precisamente
donde el ser se enraíza en el corazón de Dios, entonces conocemos el ser en un
solo punto resplandeciente de luz, en un solo punto virginal donde se revela todo
entero, donde todas las fibras de la carne se interiorizan, se transfiguran,
donde el ser todo entero no es sino el Rostro, el Rostro de la Presencia infinita.
Entonces me escapo de la dispersión de mis órganos, escapo a las
diferencias sexuales y a todo lo que hace de mi vida simplemente una floración
de fuerzas puramente biológicas. Si mi
vida se concentra en esa presencia, se reduce a ese punto focal, se reduce al centro que es la clave de mi
dignidad y de mi inmortalidad. Hay pues una dirección infinitamente
precisa: se trata de existir, y punto.
¡Se trata de ser, de ser!
Sólo existe una moral finalmente, que ya no es
moral, sino ontología: tengo que crearme, tengo que hacer mi ser. En vez
de sufrir el ser, lo cual hace de mí una cosa y un objeto, tengo que existir
escogiendo ser, y puedo existir de esa manera creadora sin sufrir nada si
me tomo todo entero dándome todo entero a esa Presencia que funda mi
inviolabilidad.
Nada me parece más evidente que la inviolabilidad del hombre en el sentido
de que hay en el hombre algo que no se puede coger con las manos, que no se
puede coger del exterior, algo que no existe todavía la mayor parte del tiempo,
pero que puede existir, algo que va a surgir si rodeo a los demás de bastante
respeto y amor para que no se les impida descubrir el tesoro que llevan en sí
mismos.
Si este dato existe de verdad, si el hombre lleva en sí ese valor infinito,
¡hay una exigencia radical! Ya no
hay ley, ya no hay obligaciones, sino una exigencia total, total, siempre, a cada instante, y que me exige totalmente, todo
entero, ya que precisamente ¡se trata de existir, de no sufrir nada! ¡A cada instante tengo que crearme todo
entero!
Cada decisión mía implica mi ser todo entero, cada acto libre tiene un valor original, sea lo que fuere lo que
decida – coger flores o cortar leña, o ir a caminar – si mi decisión es
totalmente libre, compromete mi ser hasta la raíz, constituye una decisión
original. Toda decisión verdaderamente
libre es un acto original y toda falta cometida con plena libertad es una
falta original que decide mi origen o que constituye un rechazo original.
Hay pues una dirección extremamente firme: “To be or not to be, that is the
question”, “ser o no ser, esa es la cuestión”. A cada instante tengo que decidir si voy a ser o no, si voy a
sufrir o no, si voy a ser libre o esclavo, si voy a respetar mi inviolabilidad
o si voy a tentar sacrílegamente de profanarla. Hay pues que hablar de una
moral de liberación en la cual se trata de liberarse de todos los determinismos
transformándolos…”
(Continuará)