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22 10 2008. La castidad es trinitaria. Se trata de ordenar la unión de los padres a la 3ª persona que es el hijo, como hicieron los padres de Santa Teresa.

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2ª parte de la 9ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.

  

Retoma: “El espermatozoide y el óvulo son ya un ser humano, ya existe en ellos una persona en potencia, es un terreno sagrado que no se debe ignorar nunca: en el dominio sexual hay la tercera persona que es el hijo”.

 

Continuación: “Y ya en el nivel del espermatozoide y del óvulo, el respeto de la persona puede jugar un papel eminente. Si consideramos que se trata en efecto de una posibilidad de ser humano, es imposible no estar lleno de respeto y no comprender la inmensa responsabilidad que se debe tener respecto de la especie que nos está confiada y que debemos por otra parte liberar de ella misma.

Pues evidentemente, si la sexualidad debe encontrar su equilibrio en nosotros, si nosotros debemos llegar a comprender el juego de la especie y a liberarnos de él, es necesario que nos liberemos de la especie asumiéndola y personalizándola. Ya que finalmente, si el hombre se reproduce continuamente, si se reproduce sin discriminación como conejos, si se reproduce sin elevar la vida, sin transformarla, sin llevarla a su fin último, sin hacer de cada niño que nace el santuario de la Presencia infinita, la reproducción no significa nada, sigue siendo puramente animal y la humanidad permanece inacabada. Se trata evidentemente de entrar en el movimiento para asumirlo, para encaminarlo hacia la humanidad auténtica, dándole a esa fuerza el rostro del hijo, el rostro del niño-Dios finalmente, el rostro del niño llamado a reflejar la Presencia infinita que lo habita y le confiere la dignidad eterna.

Se trata pues de encontrar la Trinidad, la Trinidad que es el hombre, la mujer y el hijo, el hijo “ex utroque”, que procede de uno y otro, que procede de la mujer que es el “hijo” o el Verbo porque el impulso de la mujer la lleva a nacer del corazón del hombre.

La mujer ama, es su dimensión propia. Toda mujer ama, es su manera de existir. La mujer más cerebral, la más inteligente, la más sabia, una “María Curie” por ejemplo es completamente desorbitada por la muerte de su marido, no vuelve a encontrar jamás la serenidad. La ciencia no le basta, necesita una presencia, necesita un rostro, es en el ser vivo donde la mujer encuentra su terreno, ella necesita, en particular, nacer del corazón del hombre.

Una doctora, archifeminista además, que reivindicaba continuamente los derechos de las mujeres, me decía, sin darse cuenta del alcance de su confesión: “¡Una mujer puede todo cuando es amada!” Ella puede todo, es capaz de toda entrega, de todos los sacrificios, a condición de ser amada. La mujer busca una cuna en el corazón del hombre, quiere nacer de él como el Hijo en el seno del Padre finalmente. Es la mediadora entre el hijo y el hombre, o entre el hombre y el hijo que es “ex utroque”, que participa de uno y otra y que tiene necesidad del uno y la otra.

    La dificultad está precisamente en que el hombre y la mujer no esperan lo mismo, que son profundamente diferentes hasta en las células sanguíneas, muy profundamente diferentes. Todas sus estructuras son diferentes, su sensibilidad es diferente. La mujer es infinitamente más tierna en general, tiene más necesidad de caricias que de sexualidad propiamente tal. El hombre por su parte está mucho más orientado, con precisión muy determinada hacia el acto sexual porque él es el que debe ser en cierto modo el elemento activo de la unión que va a decidir del porvenir de la especie.

Por eso, por una parte es extremamente difícil que se comprendan y se encuentren perfectamente, y por otra es todavía más difícil que escapen al embrujo sexual, es decir, que lleguen a descubrirla persona el uno en el otro. Esto tiene inmensa importancia, de larga duración. Evidentemente, en el primer momento, el encanto del encuentro, la embriaguez del vértigo que secretan las glándulas endocrinas, todo eso hace que uno no se plantee problemas, parece que el acuerdo es espontáneo pero a partir del momento en que cohabitan, cuando haya responsabilidades comunes, cuando haya dificultades, cuando se perciban los límites del cuadro y de la organización y del presupuesto, y sobre todo los límites de los temperamentos y de los caracteres, uno se va a dar cuenta de que con frecuencia se ha dejado enredar en un engaño, que finalmente el ser al que se ha unido es “uno” entre millones, millones de otros y que no hay razón de estar unido a él más bien que a otro.

E inclusive si no llega hasta allá, es extremamente raro que se llegue hasta la persona, que se llegue a superar el vértigo que hace que uno está interesado por las diferencias sexuales de su pareja, que no la ve en su libertad creadora, que no la ve en su eternidad de valor, que no la percibe en el punto focal en que está toda contenida en una luz espiritual, ¡nada es más difícil que el amor!

Como dice Rilke, que además falló en su matrimonio: “El amor es la gran prueba”, ¡precisamente en razón de todas las facilidades aparentes que da el instante! “El amor es la gran prueba”. Si uno quiere vivirlo, tiene que realizar lo que se prescribe Kierkegaard cuando dice: “la proximidad absoluta está en la distancia infinita”, es decir que se necesitan abismos de respeto para entrar en contacto auténticamente personal, lo cual supone justamente que uno haya superado todos los prestigios de la sexualidad, que haya interiorizado todo el ser, que no se engañe por las apariencias sexuales, que haya recreado el cuerpo, porque es necesario crear el cuerpo.

Ahora bien, el cuerpo no es distinto del espíritu como entidad separable sino, como el hombre no existe y tiene que hacerse existir, como tiene que crearse: tiene que crearse físicamente, corporalmente, sexualmente, debe crearse humanamente, es necesario que su sexualidad se humanice, que tome rostro trinitario, que se ordene hacia el niño-Dios, que sea tal finalmente que el hijo, si pudiera escoger nacer, quisiera realmente nacer de esos padres, de estos padres que habrían preparado en el corazón la cuna para su nacimiento.

Con esa condición los padres podrían hablar a sus hijos de su concepción y de su nacimiento. En efecto, si habían preparado el nacimiento de sus hijos en un espíritu de consagración total, si habían tomado la responsabilidad de la personalidad de sus hijos, si habían ordenado su unión hacia esa tercera persona – como los padres de Santa Teresa del Niño Jesús lo hicieron respecto de sus hijos, entonces sí, los padres habrían podido hablar a sus hijos de su origen, sin asustarse por esa confidencia ya que todo habría estado ordenado hacia el hijo, el cual habría encontrado desde antes de nacer un amor ilimitado para acogerlo.

Es cierto que la castidad es trinitaria, que la castidad considera las tres personas y que la castidad da al espermatozoide y al óvulo, y a los órganos que los transmiten el rostro del hijo, el rostro de la tercera persona en toda su inocencia y en toda su belleza. Personificar esos elementos, darles rostro de persona, es orientarse inmediatamente hacia un respeto infinito.

En cuanto a las relaciones hombre-mujer, naturalmente no se trata de tenerle miedo a la mujer, al contrario hay que amarla, pero amarla, amarla no quiere decir desearla, lo cual es totalmente diferente: hay justamente que amarla más allá de todo deseo, hay que amarla como persona, hay que amarla con la mirada de María, con la mirada virginizada de la Santísima Virgen, hay que amarla sin engañarse, hay que amarla volviéndole su vocación de santidad. Hay que testimoniarle tanto respeto que se sienta llevada a descubrir ella misma en lo más profundo de su alma la Presencia de Dios que la virginiza, la consagra y le asegura una fecundidad personal.

En esta perspectiva es como podemos considerar el problema del matrimonio que se plantea actualmente en la Iglesia, el de los sacerdotes”.

(Continuará)

 

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