Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
2ª parte de la 9ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.
Retoma: “El espermatozoide y el óvulo son ya un ser humano, ya existe en
ellos una persona en potencia, es un terreno sagrado que no se debe ignorar
nunca: en el dominio sexual hay la tercera persona que es el hijo”.
Continuación: “Y ya en el nivel del espermatozoide y del óvulo, el respeto
de la persona puede jugar un papel eminente. Si consideramos que se trata en efecto de una posibilidad de ser
humano, es imposible no estar lleno de respeto y no comprender la inmensa responsabilidad que se debe
tener respecto de la especie que nos
está confiada y que debemos por otra parte liberar de ella misma.
Pues evidentemente, si la sexualidad debe encontrar su equilibrio en
nosotros, si nosotros debemos llegar a comprender el juego de la especie y a
liberarnos de él, es necesario que nos
liberemos de la especie asumiéndola y personalizándola. Ya que finalmente, si
el hombre se reproduce continuamente, si se reproduce sin discriminación
como conejos, si se reproduce sin elevar la vida, sin transformarla, sin
llevarla a su fin último, sin hacer de cada niño que nace el santuario de la Presencia infinita, la reproducción no significa nada, sigue
siendo puramente animal y la humanidad permanece inacabada. Se trata
evidentemente de entrar en el movimiento para asumirlo, para encaminarlo hacia
la humanidad auténtica, dándole a esa fuerza el rostro del hijo, el rostro del niño-Dios
finalmente, el rostro del niño llamado a reflejar la Presencia infinita que
lo habita y le confiere la dignidad eterna.
Se trata pues de encontrar la Trinidad, la Trinidad que es el
hombre, la mujer y el hijo, el hijo “ex utroque”, que procede de uno y
otro, que procede de la mujer que es
el “hijo” o el Verbo porque el impulso de la mujer la lleva a nacer del corazón
del hombre.
La mujer ama, es su dimensión propia. Toda mujer ama, es su manera de
existir. La mujer más cerebral, la más inteligente, la más sabia, una “María
Curie” por ejemplo es completamente
desorbitada por la muerte de su marido, no vuelve a encontrar jamás la
serenidad. La ciencia no le basta, necesita una presencia, necesita un rostro,
es en el ser vivo donde la mujer encuentra
su terreno, ella necesita, en
particular, nacer del corazón del hombre.
Una doctora, archifeminista además, que reivindicaba continuamente los
derechos de las mujeres, me decía, sin darse cuenta del alcance de su confesión:
“¡Una mujer puede todo cuando es amada!” Ella puede todo, es capaz de toda
entrega, de todos los sacrificios, a condición de ser amada. La mujer busca una
cuna en el corazón del hombre, quiere nacer de él como el Hijo en el seno del
Padre finalmente. Es la mediadora entre el hijo y el hombre, o entre el hombre
y el hijo que es “ex utroque”, que participa de uno y otra y que tiene
necesidad del uno y la otra.
La dificultad está precisamente en que el hombre y la
mujer no esperan lo mismo, que son profundamente diferentes hasta en las
células sanguíneas, muy profundamente diferentes. Todas sus estructuras son
diferentes, su sensibilidad es diferente. La mujer es infinitamente más tierna
en general, tiene más necesidad de caricias que de sexualidad propiamente tal.
El hombre por su parte está mucho más orientado, con precisión muy determinada
hacia el acto sexual porque él es el que debe ser en cierto modo el elemento
activo de la unión que va a decidir del porvenir de la especie.
Por eso, por una parte es extremamente difícil que se comprendan y se
encuentren perfectamente, y por otra es todavía más difícil que escapen al
embrujo sexual, es decir, que lleguen a
descubrirla persona el uno en el otro. Esto tiene inmensa importancia, de
larga duración. Evidentemente, en el primer momento, el encanto del encuentro,
la embriaguez del vértigo que secretan las glándulas endocrinas, todo eso hace
que uno no se plantee problemas, parece que el acuerdo es espontáneo pero a partir
del momento en que cohabitan, cuando haya responsabilidades comunes, cuando
haya dificultades, cuando se perciban los límites del cuadro y de la
organización y del presupuesto, y sobre todo los límites de los temperamentos y
de los caracteres, uno se va a dar cuenta de que con frecuencia se ha dejado
enredar en un engaño, que finalmente el ser al que se ha unido es “uno” entre
millones, millones de otros y que no hay razón de estar unido a él más bien que
a otro.
E inclusive si no llega hasta allá, es extremamente raro que se llegue
hasta la persona, que se llegue a superar el vértigo que hace que uno está
interesado por las diferencias sexuales de su pareja, que no la ve en su
libertad creadora, que no la ve en su eternidad de valor, que no la percibe en
el punto focal en que está toda contenida en una luz espiritual, ¡nada es más difícil que el amor!
Como dice Rilke, que además falló en su matrimonio: “El amor es la gran
prueba”, ¡precisamente en razón de todas las facilidades aparentes que da el
instante! “El amor es la gran prueba”. Si uno quiere vivirlo, tiene que
realizar lo que se prescribe Kierkegaard cuando
dice: “la proximidad absoluta está
en la distancia infinita”, es decir que se necesitan abismos de respeto para entrar en contacto auténticamente
personal, lo cual supone justamente que uno haya superado todos los
prestigios de la sexualidad, que haya interiorizado todo el ser, que no se
engañe por las apariencias sexuales, que haya recreado el cuerpo, porque es necesario crear el cuerpo.
Ahora bien, el cuerpo no es distinto del espíritu como entidad separable
sino, como el hombre no existe y
tiene que hacerse existir, como tiene que crearse: tiene que crearse
físicamente, corporalmente, sexualmente, debe
crearse humanamente, es necesario que su sexualidad se humanice, que tome
rostro trinitario, que se ordene hacia el niño-Dios, que sea tal finalmente
que el hijo, si pudiera escoger nacer, quisiera realmente nacer de esos padres,
de estos padres que habrían preparado en el corazón la cuna para su nacimiento.
Con esa condición los padres podrían hablar a sus hijos de su concepción y
de su nacimiento. En efecto, si habían preparado el nacimiento de sus hijos en
un espíritu de consagración total, si habían tomado la responsabilidad de la
personalidad de sus hijos, si habían ordenado su unión hacia esa tercera
persona – como los padres de Santa
Teresa del Niño Jesús lo hicieron respecto de sus hijos, entonces sí, los
padres habrían podido hablar a sus hijos de su origen, sin asustarse por esa
confidencia ya que todo habría estado ordenado hacia el hijo, el cual habría
encontrado desde antes de nacer un amor ilimitado para acogerlo.
Es cierto que la castidad es
trinitaria, que la
castidad considera las tres personas y que la castidad da al espermatozoide y
al óvulo, y a los órganos que los transmiten el rostro del hijo, el rostro de
la tercera persona en toda su inocencia y en toda su belleza. Personificar esos
elementos, darles rostro de persona, es orientarse inmediatamente hacia un respeto
infinito.
En cuanto a las relaciones hombre-mujer, naturalmente no se trata de tenerle miedo a
la mujer, al contrario hay que amarla, pero amarla, amarla no quiere decir
desearla, lo cual es totalmente diferente: hay justamente que amarla más allá
de todo deseo, hay que amarla como persona, hay que amarla con la mirada de
María, con la mirada virginizada de la Santísima Virgen,
hay que amarla sin engañarse, hay que amarla volviéndole su vocación de
santidad. Hay que testimoniarle tanto respeto que se sienta llevada a descubrir
ella misma en lo más profundo de su alma la Presencia de Dios que la
virginiza, la consagra y le asegura una fecundidad personal.
En esta perspectiva es como podemos considerar el problema del matrimonio
que se plantea actualmente en la
Iglesia, el de los sacerdotes”.
(Continuará)