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Zundel

24 10 2008. Es particularmente urgente que el testimonio monástico sea auténtico primero por el silencio de los contemplativos. Sólo conocemos a Dios escuchando a Dios.

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1ª parte de la 11ª conferencia de M. Zundel a los trapistas del Mont des Cats en diciembre de 1971.  (La 10ª conferencia no fue grabada)

 

“En un libro exquisito, Dom Morin trató sobre el ideal monástico. Ustedes conocen sin duda ese librito donde muestra que la vida cristiana de la Iglesia naciente es la norma y el ideal de la vida monástica. En el fondo, el monasterio es la reproducción de lo que podía realizar la Iglesia naciente cuando estaba en todo su fervor, verdaderamente entregada a la oración asidua, cuando vivía la caridad intensa, cuando todos los bienes eran comunes.

Ese cuadro idealizado de la Iglesia naciente no es sin duda totalmente conforme a la historia, pero los rasgos principales que marcaban efectivamente los comienzos de la Iglesia naciente deben encontrarse perfectamente, según Dom Morin, en la vida monástica que no es otra cosa que la vida cristiana vivida plenamente. Es verdad sin duda, pero es necesario añadir un rasgo capital, y es que la vida monástica es una vida consagrada, es decir una vida que responde a una misión eclesial – y ése es un rasgo absolutamente capital: la vida monástica es una de las formas de la misión eclesial.

Eso quiere decir que la vida cristiana en el monasterio es vida apostólica, vida en que cada monje es enviado, y enviado al mundo entero, con la misión precisamente de realizar la vida cristiana integral. El monje no tiene otro modo de apostolado. No tiene que predicar, no tiene que enseñar, no tiene que catequizar, no tiene que difundir el Evangelio sino viviéndolo, y el hecho de que esa vida corresponda a una misión eclesial, significa que toda vida es vida enviada, que toda vida es vida apostólica. No se trata solamente de cuidar la perfección personal – no me atrevería a decir cuidar la salvación propia – pues todo eso es rebasado en el cuidado de comunicar la Vida divina en la plenitud de la vida cristiana.

En la Iglesia de hoy la misión de la vida monástica toma un relieve único ya que, en la oposición casi general que vivimos, en la desorientación que se apodera de tantas almas, en la incertidumbre, en el escándalo, en los abandonos, en los matrimonios de sacerdotes, en el cuestionamiento de los dogmas más venerables y más sagrados, es absolutamente necesario que aparezca la vida cristiana en su profundidad y en su santidad, que aparezca realmente vivida integralmente a fin de que el pueblo cristiano tenga una referencia, que sepa lo que significa verdaderamente el Evangelio cuando se lo asume totalmente.

Naturalmente eso supondría, eso exige que haya en la vida monástica una toma de conciencia, de conciencia cada vez más profunda, del Dios que se revela en Jesucristo. Puesto que la desorientación, la ambigüedad que no ceso de señalar, puesto que la desorientación viene precisamente de que no hemos captado la inmensa novedad del Evangelio, no nos hemos dado cuenta de que el Nuevo Testamento es una novedad infinita porque, justamente, nos conduce a un monoteísmo trinitario que es profundamente diferente de un monoteísmo unitario, porque en la revelación de la Trinidad está la revelación de la santidad más espiritual, más interior, que es la caridad divina que resulta precisamente del hecho de que Dios no tiene control de su ser sino comunicándolo y que el personalismo divino es un altruismo eterno.

En estos días hemos podido darnos cuenta de que a cada etapa volvemos a encontrar en efecto el Rostro de Dios y que todo se ilumina con su resplandor.

Ningún problema humano tiene solución si no llegamos a descubrir el camino de la libertad. Se habla de libertad por doquiera, es la “torta con crema”, todos hablan de libertad, todos quieren arrasar la casa, todos quieren romper los moldes ¿y después? Eso no lleva sino al desorden, a la anarquía, a que los instintos pululen, ¡a que los muros desborden! Nadie pudo mostrarnos el camino de la libertad sino Jesucristo precisamente porque Jesucristo nos revela la libertad que es Dios.

Fueron claro está necesarios siglos y siglos para que nos diéramos cuenta de que eso es así, por la razón, de la cual por otra parte nadie tiene la culpa, por la razón de que hubo constantemente una mezcla inevitable y quizá necesaria entre religión colectiva y religión personal. Hemos continuamente observado que la religión, lo mismo que la moral, es ante todo un fenómeno colectivo, y que una colectividad como tal no puede tener un Dios interior.

Hombres como Bossuet – ¡y Dios sabe que Bossuet era un contemplativo! que escribió en sus “elevaciones sobre los misterios” las cosas más admirables, tuvo el sentido de la poesía de Dios, amó inmensamente a Dios, escuchó la música del Verbo, pero no pudo despegarse de la sociedad en que vivía, no pudo dejar de ver en cierto modo en el rey Luis XIV la delegación de Dios que justificaba el poder absoluto que se daba el monarca, en fin, que le reconocían, y veía a Luis XIV siempre coronado hasta en el cielo, marcado por la vocación real por no haber percibido quizá, como podemos hacerlo nosotros en la desorientación en que estamos, en que necesitamos ir a lo esencial y a la raíz de la dignidad humana, no podía percibir a Dios como libertad.

Viniendo después de todas las revoluciones en que se trataba constantemente de liberar al hombre, nosotros vemos que ninguna logró liberarlo, y menos aún la anarquía en la que quieren precipitarnos ahora. Por eso para nosotros nada hay más precioso que encontrar  en el corazón de la Trinidad una libertad que es liberación, una libertad que es la más formidable exigencia de amor que sea, pues se trata de ser libre de sí mismo.

Entonces es evidente que si la vida cristiana debe ser realizada en su plenitud en la vida monástica, no puede serlo sino en esta dirección. Se trata de manifestar en la vida monástica la liberación de sí mismo, y eso es ciertamente lo más difícil, pero es lo que el mundo espera. ¡No puede recibir la salvación de todas las discusiones, de todas las confrontaciones, de todas las oposiciones, de todo el ruido, de todos los métodos, de todas las técnicas que pululan! Finalmente lo que el mundo necesita ver es la autenticidad de una vida cristiana, es la autenticidad de una vida cristiana, una vida transfigurada por la presencia de Dios, una vida que encuentra toda su armonía, toda su belleza, todo su esplendor, toda su grandeza, en el corazón a corazón con Dios. Si esa vida existe, si se realiza, todos los problemas quedan virtualmente resueltos.

Y justamente, ese es el testimonio que la vida monástica debe dar hoy, el testimonio de la vida, más allá de las palabras, más allá de los discursos que son totalmente ineficaces si no están apoyados en testimonios de la vida. El juicio final del cristianismo es finalmente la calidad de vida que logra producir.

Todos los programas, todos los afiches de neón, todas las pretensiones de perfección, todas las recitaciones del sermón de la montaña, no riman con nada si la vida no es su garantía, si no transforman la vida, si el cristiano no es un ser universal, si no está abierto a toda alma, a toda civilización, a toda hambre y sed de justicia, si la presencia de un cristiano no abre un espacio de luz y de amor y si frente a un cristiano cada uno no se siente invitado a encontrar lo mejor de sí mismo, si cada uno no presiente a través de un cristiano la presencia del Dios Vivo. Hay pues en este momento una urgencia particular de que el testimonio monástico sea plenamente auténtico.

¿Cómo podría ser plenamente auténtico? ¿Qué es lo que hará que la vida monástica encuentre hoy su centro más íntimo? Ante todo el silencio. Es evidente que, para encontrar a Dios es necesario hacer el vacío en sí mismo, para encontrar a Dios es necesario estar en estado de silencio interior.

Todo el ruido que hacemos con nosotros mismos, todas las reivindicaciones, todos los resentimientos, en fin, todo lo que emana del yo carnal y posesivo, se opone radicalmente al reino de Dios ya que el reino de Dios es el reino de la divina Pobreza, ya que el reino de Dios es la caridad ardiente en el corazón de la Trinidad, en una desapropiación eterna que constituye la personalidad en Dios.

El silencio vivido, el silencio respirado, el silencio irradiado, el silencio que es Alguien, el silencio que brilla en la Eucaristía, el silencio en que Dios nos espera, ¡el silencio que salvó todo! Si la Iglesia hubiera sido abandonada al ruido de los hombres y a la multitud innumerable de sus palabras, haría largo tiempo que habría cesado de existir. Lo que ha mantenido a la Iglesia es el silencio de Dios y es el silencio de los grandes contemplativos que vivieron el silencio de Dios. Es pues cierto que la vida monástica, si quiere ir hasta el fondo de sí misma, debe articularse sobre el silencio, alimentarse del silencio eucarístico y hacer de ese silencio su propia respiración.

Solo conocemos a Dios escuchando a Dios. No podemos alimentarnos de la vida de Cristo sino siendo simple mirada de amor hacia Él. Hay pues que ir hasta el corazón del silencio, volver a conquistar sin cesar el recogimiento para ser instruidos por el Señor mismo, para entrar en la luz nupcial en que nuestra intimidad comunica con la Suya. ¡Ahí es donde todo comienza, ahí es donde continúa, y ahí es donde termina! ¡No se puede hablar de Dios sino deviniendo uno mismo palabra viva de Dios, y todo eso se realiza en el corazón del silencio”.

(Continuará)

 

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