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25 10 2008. Todo lo grande se realiza en el corazón del silencio.

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2ª parte de la 11ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.

 

“Un monasterio, con la diversidad de sus miembros, de sus funciones – y que debe realizar la unidad de una vida escondida en Dios – no puede realizarla sino al precio de un silencio rigurosamente observado, o mejor rigurosamente vivido, porque no se trata de una consigna que uno recibe a la puerta y que abandona cuando la puerta se cierra, o se abre. Se trata de un silencio que es Alguien, de un silencio que es presencia, de un silencio que es verdaderamente la respiración del corazón y de la mente.

Todo lo grande se debe además realizar en el corazón del silencio y les voy a leer una página de Rostand que es extraordinaria, y que muestra que un sabio, cuando está totalmente en búsqueda de la verdad, llega espontáneamente al silencio. La tomo de un libro que no tiene nada que ver con el silencio, y que se llama: “¿Podemos cambiar el hombre?”, libro en que Jean Rostand estudia el problema de la ectogénesis, es decir la posibilidad de crear hombres en frascos, a partir de gérmenes cultivados in Vitro.

“¿Qué sostendría al hombre de ciencia, sino la extraña pasión de conocer? A pesar de sus defectos y de sus vicios, decía Carlos Richet, los sabios tienen todos la misma alma, todos tienen el culto de la verdad en sí, todos están animados por un pensamiento común, el amor de la verdad escondida en las cosas. ¡El culto de la verdad en sí! ¡Sí! esos enamorados de la verdad no piensan en las consecuencias, en las implicaciones posibles de lo que quizá van a descubrir, o si piensan es simplemente porque testimonian de complicidad con lo real. Lo que desean, lo que a sus ojos puede justificar el vivir, según la expresión de Ramón y Cajal, es simplemente alcanzar lo que es. La verdad, ellos la aman por sí misma, de manera imperiosa, irracional, incoercible, intransigente, la aman como se ama siempre, porque son ellos, porque es ella”.

Sugiere entonces que hay una relación interpersonal entre el sabio y la verdad, y que en el fondo la verdad es Alguien.

“La aman a tal punto que es un honor para ellos y casi un gozo proclamarla cuando va contra su gusto, y por eso no admiten, no soportan que, por cualquier motivo, por cualquier razón, por cualquier causa, por cualquier ideal tan elevado como pueda parecer, se desnaturalice la verdad o simplemente se le añada algo. Ellos están al servicio de la verdad, con una devoción sin escrúpulos, persuadidos de que nunca se puede ir demasiado lejos en el celo que se le dedica y satisfechos de poner a su servicio la pasión, el calor, el furor que en toda otra parte sería su enemigo. Saben que la verdad es ardua, que es frágil como el Dios de Chestov, que se arriesga perderla cuando se la cree poseer y saben que uno no se acerca de ella sin haberse dominado, que ella no es lo que contenta o que calma, como decía Vinci, que ella no está donde se grita, y casi nunca donde se habla” (1).

Ahí tienen pues un sabio que tiene sentido del silencio, que sabe que la verdad no se alcanza sino superándose y que no se llega jamás a ella sino en la medida en que se hace silencio en sí mismo. Entonces, cuando uno tiene el privilegio de encontrarse con Dios en lo más íntimo de sí mismo, cuando uno ha estado en la escuela de Jesús, cuando uno es introducido en el corazón de la Trinidad, cuando se tiene precisamente la misión de encarnar esa Verdad y de hacer de ella vida humana, uno sabe bien que no puede lograrlo sino el la medida en que mantiene en sí mismo la luz del silencio.

Un monasterio auténtico, un monasterio ferviente, es un monasterio que es sacramento del silencio. Sería necesario que desde que se entra en él se tenga el sentimiento de respirar el silencio, no un silencio de consigna sino un silencio de vida, un silencio en que brilla el secreto de amor que es Dios en lo más íntimo de nosotros.

Y de hecho, cuando uno está en contacto con los hombres, cuando los escucha a lo largo del día, uno se da cuenta de que el obstáculo esencial que es necesario superar siempre, son las opciones pasionales que brotan del inconsciente, las opciones pasionales que hacen que se de continuamente soluciones a priori a todos los problemas: uno es de derecha o de izquierda, uno es de tal o cual familia, tiene tal tradición, tal color de piel, habla tal lengua, se alimenta de tal cultura, viene de tal medio, y casi siempre tiene los prejuicios de sus determinismos nativos, de los determinismos de su medio, y se apoya en ellos, los justifica con palabras, y tiene siempre buenos argumentos para afirmarlos! No se ha tomado el tiempo de escuchar para descubrir lo esencial y para conspirar, quiero decir, concurrir, con todas las fuerzas de su ser, al brillo de la presencia Única.

Escuchando continuamente, uno se puede decir: “Pues bien, ¡esa es la opción pasional que se encuentra detrás de esas palabras! ¿Qué es lo que hace que tal hombre o tal mujer tome partido de tal o tal manera?” Uno siente que nada de eso ha sido pensado, reflexionado, y que si quiere ponerle luz no hay que discutir, oponer argumentos a otros argumentos, lo cual no hace sino confirmar al otro en sus posiciones porque va a resistir tanto más a los argumentos cuanto que se siente herido en sus opciones pasionales. Lo único eficaz es hacer silencio en sí mismo, volver al corazón de la Presencia que es la Verdad en persona, ofrecer al otro un espacio en que no encuentre ya ningún límite.

Cuando uno dimisiona de sí mismo, cuando renuncia al combate, cuando rehúsa polemicar, cuando evita en lo posible toda discusión, entonces uno puede, sin refutar a nadie y la mayor parte del tiempo sin decir nada, ofrecer una salida al que todavía no tiene conciencia y que obedece a impulsos pasionales, le puede ofrecer una solución interior a él mismo en el encuentro en lo más íntimo suyo con la presencia que es nuestra liberación.

Hoy la Iglesia tiene infinita necesidad de autenticidad. Tiene necesidad del testimonio de la vida. Y ¿con quién puede contar sino con los monasterios? Precisamente, la misión apostólica del monasterio es llevar a la humanidad de hoy, no con dialécticas, no con discusiones, no con construcción de sistemas, sino en la autenticidad de la vida, la única respuesta que pueda ser adecuada a las aspiraciones de la mente y del corazón humano.

Si realmente la vida cristiana es plenamente vivida en alguna parte no se necesita de apologética porque el testimonio de la vida no se puede rechazar. Se podrá discutir siempre sobre las variantes de manuscritos, siempre se podrá discutir sobre la manera de percibir los acontecimientos, sobre su interpretación, pero no se podrá discutir del testimonio de una vida que uno tiene ante los ojos y que testimonia de la transfiguración realizada por la Presencia Divina en todos los seres que la viven auténticamente.”

(Continuará)

(1) Jean Rostand: ¿Se puede cambiar el hombre? Galimard, 1956, pp. 145-146. Se debería subrayar todo el extracto.

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