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26 10 08. El silencio monástico.

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Final de la 11a conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

Naturalmente es deseable que la vida monástica rebase la ambigüedad que no ceso de señalar, que la vida monástica se articule sobre la Trinidad, que entre a fondo en el despojamiento, en la pobreza divina, y que considere en efecto a Dios como el modelo, como la fuente de nuestra libertad, en una liberación que brilla en el corazón mismo de las tres divinas Personas. Pero, de todos modos, si la liberación es vivida, esta enseñanza será dada en forma de vida y eso es lo esencial.

Naturalmente el silencio sólo podrá ser el silencio del monasterio si cada monje lo lleva en sí, si cada monje lo vive como su tesoro, si cada uno vuelve a él como a su bien más precioso, si cada uno se alimenta del silencio eucarístico, “el misterio de clamor en el silencio de Dios”, como decía Ignacio de Antioquia para expresar el misterio del Verbo Encarnado (Ep.19/1).

Por otra pare, el silencio sólo será vivido profundamente si el monasterio vive también en un orden perfecto, en rigurosa obediencia, obediencia que significa precisamente la aceptación de la misión apostólica. Porque en la vida monástica la obediencia no es finalmente otra cosa que el envío, el envío dado a cada uno por Cristo, porque toda la vida monástica es apostólica, por ser toda entera enviada, necesita también a cada instante la misión de Cristo porque no se puede anunciar, como dice San Pablo a los Romanos, no se puede predicar si no se es enviado, y la misión apostólica supone entonces la misión dada por Cristo, y en la vida monástica como en la vida cristiana, si es auténticamente vivida, la obediencia es la misión de Jesucristo.

San Benito en la Regla, ustedes lo recuerdan ya que la conocen de memoria, san Benito prescribe a los monjes respetar los instrumentos del monasterio como vasos sagrados, es decir que sitúa el trabajo de los monjes en el centro de una liturgia. Toda la vida es liturgia, toda la vida es celebración, toda la vida es eucaristía, toda la vida es contemplación, porque toda la vida se realiza en el corazón de la Trinidad, porque toda la vida es testimonio, porque toda la vida es misión.

Hay que vivir la obediencia como una misión. La obediencia monástica no tiene por objetivo romper nuestra voluntad, romperla como si se tratara de un ejercicio ascético combinado por un maestro estoico que quiere enseñarnos el dominio de nosotros mismos, lo cual es ya algo infinitamente respetable. La obediencia monástica va mucho más al fondo: nos liga a la misión divina: “Como el Padre me envió, así os envío yo”. El monje es enviado a sus trabajos de preparación de la tierra o de fabricación de queso, o de yo no sé qué, a cualquier trabajo, está en misión porque toda su vida es misión, y por consiguiente, necesita por doquiera recibir el envío o la misión de Jesucristo, y lo que hace justamente toda la nobleza de la obediencia monástica es justamente que es acogida de la misión de Cristo.

El Señor me envía y yo voy. Al realizar mi trabajo, estoy laborando en la viña del Señor en la tierra, me hago presente a toda la cristiandad, a toda la humanidad, a toda la Historia, a todo el universo. Entonces la perfección de mi vida es tanto más exigida cuanto que, precisamente, mediante mi vida realizo mi apostolado. ¡No tengo técnicas, no tengo otro instrumento, no tengo otro medio de ser testigo de Dios sino la fidelidad integral de mi vida.

Esto es de importancia extrema porque es la única esperanza de la cristiandad. Si la cristiandad no se halla – y se hallará, ya que la cristiandad no puede desaparecer – si la cristiandad no encuentra la autenticidad de la vida cristiana, la pasión de Dios, el gozo de Dios, el corazón a corazón con Dios, la liberación en Dios, la plenitud de la vida a través de Dios, el Evangelio no sería ya el Evangelio. Si el Evangelio es “la Buena Nueva”, es precisamente porque el Evangelio le da a la vida toda su grandeza y toda su belleza.

Hay un enemigo del cristianismo que es de una ferocidad extraordinaria, que se empeño en destruirlo, que pasó su vida dando testimonio contra él, y es Nietzsche, hijo de pastor, que afiló su inteligencia con erudición, con un sentido del verbo, de la palabra, con una erudición que en su época fue prodigiosa, con encarnizamiento, en una soledad trágica por demás, persiguió el cristianismo con sus invectivas, con su odio, con la acusación repetida constantemente de que el cristianismo es enemigo de la vida, desvaloriza la vida, la desprecia, da preferencia a todo lo que es debilidad, a todo lo escrofuloso y desmirriado, porque tiene miedo, tiene miedo del sol, tiene miedo de la luz, tiene miedo de Dionisos, tiene miedo de la vida en su embriaguez, en su germinación.

Qué responder a eso sino con el equilibrio feliz de una vida que encuentra plenitud en el matrimonio de amor con Dios, en el cara a cara con Él, en la respiración del silencio.

En su soledad trágica, Nietzsche encontró la locura, Nietzsche se desintegró en la búsqueda revolucionaria del súper-hombre. Nos queda para oponerle, no las refutaciones sino la realización tranquila y gozosa de una vida que se alimenta de la Presencia de Dios.

Es seguro que no puede haber gozo auténtico sino en la liberación de sí mismo que hace de toda la vida un impulso hacia el Dios escondido en nosotros y que se pone en nuestras manos y cuya fragilidad está confíada a nuestro amor, ese Dios que todo el Universo espera y que nosotros tenemos que revelar al Universo mediante la autenticidad de nuestra vida. 

La vida monástica es pues hoy más necesaria que nunca, a condición de ser totalmente auténtica, y es imposible que ustedes sean testigos de la Iglesia contemporánea, de sus problemas, de sus desgarres, de sus esperanzas, de sus esfuerzos, de los desvíos de ciertos miembros suyos, del antiguo equívoco que pesa sobre nosotros por el hecho de que todavía no hemos separado la joya de la Vida Trinitaria como centro de todo.

Ustedes no pueden ser testigos de la crisis del cristianismo sin sentirse esencialmente concernidos. Y afortunadamente no tienen que entrar en el combate ni a traer argumentos para contra-argumentar. Lo que se les pide es simplemente que vivan integralmente su profesión de monjes e ir hasta el fondo del silencio que está además en el corazón de sus tradiciones más íntimas y que justifica la institución monástica.

Es necesario que el mundo que los rodea sienta que todo el alrededor de su monasterio constituye, con el monasterio mismo, un centro, un centro de contemplación, un centro de silencio, un centro de encuentro, y que no pueda pasar la puerta del monasterio sin sentirse envuelto en la presencia del Señor que vive en ustedes.

Si la cristiandad debe dar el cambio, si debe escapar al peligro actual, si debe superar la crisis – y la superará ciertamente – es necesario que eso sea con el mínimo posible de daños y, para recuperar a todos los que se han ido, para llegarles en sus desvíos, si desvíos hay, tenemos que redoblar en fidelidad y amor, tenemos que llevar toda la Iglesia, tenemos que amarla ardientemente, tenemos que compartir sus angustias, tenemos que volver a ponerla bajo la luz pascual, es necesario que Cristo esté tan vivo en nosotros que no tengamos necesidad de hablar de Él. No se puede hablar de Jesús, finalmente, pero si Lo vivimos, si Lo vivimos, es imposible que Su Presencia no resplandezca.

No olvidemos pues que nuestra vida, la vida monástica, es una vida apostólica, la más apostólica que exista, que es constantemente enviada, que nuestro trabajo no concierne el bien del monasterio, su prosperidad material y su subsistencia, sino que todos los trabajos constituyen una obra apostólica, que toda la vida es un don que debemos hacer al mundo, y que nuestra fidelidad al orden cotidiano, que nuestra fidelidad a la obediencia es una respuesta al llamado de Cristo que nos envía, que los envía, que les pide que sean pescadores de hombres simplemente viviendo auténticamente su vida.

Acabamos de ver un sabio, que en la simple obediencia de su amor a la verdad, descubrió que el camino de la Verdad es el silencio. Y nosotros que estamos en la escuela de Cristo, ¿cómo no tenerle al silencio un amor de predilección? ¿Cómo no buscar vivir el silencio, ser silencio, hacer silencio en nosotros para percibir en el corazón de la Trinidad “los misterios de clamor que se realizan en el silencio de Dios?”

(Fin de la 11ª conferencia)

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