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Final de la 11a conferencia del
Mont des Cats, en diciembre de 1971.
“Naturalmente es deseable que la vida monástica rebase la ambigüedad
que no ceso de señalar, que la vida
monástica se articule sobre la
Trinidad, que entre a fondo en el despojamiento, en la
pobreza divina, y que considere en efecto a Dios como el modelo, como la
fuente de nuestra libertad, en una liberación que brilla en el corazón mismo de
las tres divinas Personas. Pero, de todos modos, si la liberación es vivida,
esta enseñanza será dada en forma de vida y eso es lo esencial.
Naturalmente el silencio sólo
podrá ser el silencio del monasterio si cada monje lo lleva en sí, si cada
monje lo vive como su tesoro, si cada uno vuelve a él como a su bien más precioso,
si cada uno se alimenta del silencio eucarístico, “el misterio de clamor en el
silencio de Dios”, como decía Ignacio de Antioquia para expresar el misterio
del Verbo Encarnado (Ep.19/1).
Por otra pare, el silencio sólo
será vivido profundamente si el monasterio vive también en un orden perfecto,
en rigurosa obediencia, obediencia que significa precisamente la aceptación de
la misión apostólica. Porque en la vida monástica la obediencia no es
finalmente otra cosa que el envío, el envío dado a cada uno por Cristo, porque
toda la vida monástica es apostólica, por ser toda entera enviada, necesita
también a cada instante la misión de Cristo porque no se puede anunciar, como
dice San Pablo a los Romanos, no se puede predicar si no se es enviado, y la misión
apostólica supone entonces la misión dada por Cristo, y en la vida monástica
como en la vida cristiana, si es auténticamente vivida, la obediencia es la misión de Jesucristo.
San Benito en la Regla,
ustedes lo recuerdan ya que la conocen de memoria, san Benito prescribe a los
monjes respetar los instrumentos del monasterio como vasos sagrados, es decir
que sitúa el
trabajo de los monjes en el centro de una liturgia. Toda la vida es liturgia, toda la vida
es celebración, toda la vida es eucaristía, toda la vida es contemplación, porque toda la vida se realiza en el
corazón de la Trinidad,
porque toda la vida es testimonio, porque
toda la vida es misión.
Hay que vivir la obediencia como
una misión. La obediencia monástica no tiene por objetivo romper nuestra
voluntad, romperla como si se tratara de un ejercicio ascético combinado por un
maestro estoico que quiere enseñarnos el dominio de nosotros mismos, lo cual es
ya algo infinitamente respetable. La
obediencia monástica va mucho más al fondo: nos liga a la misión divina: “Como el Padre me envió, así os envío
yo”. El monje es enviado a sus trabajos de preparación de la tierra o de
fabricación de queso, o de yo no sé qué, a cualquier trabajo, está en misión
porque toda su vida es misión, y por consiguiente, necesita por doquiera
recibir el envío o la misión de Jesucristo, y lo que hace justamente toda la
nobleza de la obediencia monástica es justamente que es acogida de la misión de
Cristo.
El Señor me envía y yo voy. Al realizar mi trabajo, estoy laborando
en la viña del Señor en la tierra, me
hago presente a toda la cristiandad, a toda la humanidad, a toda la Historia, a todo el
universo. Entonces la perfección de mi vida es tanto más exigida cuanto
que, precisamente, mediante mi vida realizo mi apostolado. ¡No tengo técnicas,
no tengo otro instrumento, no tengo otro medio de ser testigo de Dios sino la
fidelidad integral de mi vida.
Esto es de importancia extrema
porque es la única esperanza de la cristiandad. Si la cristiandad no se halla –
y se hallará, ya que la cristiandad no puede desaparecer – si la cristiandad no
encuentra la autenticidad de la vida cristiana, la pasión de Dios, el gozo de
Dios, el corazón a corazón con Dios, la liberación en Dios, la plenitud de la
vida a través de Dios, el Evangelio no sería ya el Evangelio. Si el Evangelio es “la Buena Nueva”, es precisamente
porque el Evangelio le da a la vida toda
su grandeza y toda su belleza.
Hay un enemigo del cristianismo
que es de una ferocidad extraordinaria, que se empeño en destruirlo, que pasó
su vida dando testimonio contra él, y es Nietzsche, hijo de pastor, que afiló
su inteligencia con erudición, con un sentido del verbo, de la palabra, con una
erudición que en su época fue prodigiosa, con encarnizamiento, en una soledad
trágica por demás, persiguió el cristianismo con sus invectivas, con su odio,
con la acusación repetida constantemente de que el cristianismo es enemigo de
la vida, desvaloriza la vida, la desprecia, da preferencia a todo lo que es
debilidad, a todo lo escrofuloso y desmirriado, porque tiene miedo, tiene miedo
del sol, tiene miedo de la luz, tiene miedo de Dionisos, tiene miedo de la vida
en su embriaguez, en su germinación.
Qué responder a eso sino con el
equilibrio feliz de una vida que encuentra plenitud en el matrimonio de amor
con Dios, en el cara a cara con Él, en la respiración del silencio.
En su soledad trágica, Nietzsche encontró
la locura, Nietzsche se desintegró en la búsqueda revolucionaria del súper-hombre.
Nos queda para oponerle, no las refutaciones sino la realización tranquila y
gozosa de una vida que se alimenta de la Presencia de Dios.
Es seguro que no puede haber gozo auténtico sino en la
liberación de sí mismo que hace de toda la vida un impulso hacia el Dios
escondido en nosotros y que se pone en nuestras manos y cuya fragilidad está
confíada a nuestro amor, ese Dios que todo el Universo espera y que nosotros
tenemos que revelar al Universo mediante la autenticidad de nuestra vida.
La vida monástica es pues hoy más
necesaria que nunca, a condición de ser totalmente auténtica, y es imposible
que ustedes sean testigos de la
Iglesia contemporánea, de sus problemas, de sus desgarres, de
sus esperanzas, de sus esfuerzos, de los desvíos de ciertos miembros suyos, del
antiguo equívoco que pesa sobre nosotros
por el hecho de que todavía no hemos separado la joya de la Vida Trinitaria
como centro de todo.
Ustedes no pueden ser testigos de
la crisis del cristianismo sin sentirse esencialmente concernidos. Y
afortunadamente no tienen que entrar en el combate ni a traer argumentos para
contra-argumentar. Lo que se les pide es simplemente que vivan integralmente su
profesión de monjes e ir hasta el fondo del silencio que está además en el
corazón de sus tradiciones más íntimas y que justifica la institución monástica.
Es necesario que el mundo que los
rodea sienta que todo el alrededor de su monasterio constituye, con el
monasterio mismo, un centro, un centro de contemplación, un centro de silencio,
un centro de encuentro, y que no pueda pasar la puerta del monasterio sin
sentirse envuelto en la presencia del Señor que vive en ustedes.
Si la cristiandad debe dar el
cambio, si debe escapar al peligro actual, si debe superar la crisis – y la
superará ciertamente – es necesario que eso sea con el mínimo posible de daños
y, para recuperar a todos los que se han ido, para llegarles en sus desvíos, si
desvíos hay, tenemos que redoblar en fidelidad y amor, tenemos que llevar toda la Iglesia, tenemos que
amarla ardientemente, tenemos que compartir sus angustias, tenemos que volver a
ponerla bajo la luz pascual, es
necesario que Cristo esté tan vivo en nosotros que no tengamos necesidad de
hablar de Él. No se puede hablar de Jesús, finalmente, pero si Lo vivimos,
si Lo vivimos, es imposible que Su Presencia no resplandezca.
No olvidemos pues que nuestra
vida, la vida monástica, es una vida apostólica, la más apostólica que exista,
que es constantemente enviada, que nuestro trabajo no concierne el bien del
monasterio, su prosperidad material y su subsistencia, sino que todos los trabajos
constituyen una obra apostólica, que toda la vida es un don que debemos hacer
al mundo, y que nuestra fidelidad al orden cotidiano, que nuestra fidelidad a
la obediencia es una respuesta al llamado de Cristo que nos envía, que los
envía, que les pide que sean pescadores de hombres simplemente viviendo
auténticamente su vida.
Acabamos de ver un sabio, que en
la simple obediencia de su amor a la verdad, descubrió que el camino de la Verdad es el silencio. Y
nosotros que estamos en la escuela de Cristo, ¿cómo no tenerle al silencio un
amor de predilección? ¿Cómo no buscar vivir el silencio, ser silencio, hacer
silencio en nosotros para percibir en el corazón de la Trinidad “los misterios de clamor que se realizan en
el silencio de Dios?”
(Fin de la 11ª conferencia)