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Reflexiones de P. Debains
Deberíamos
detenernos ciertamente más en este aspecto, es más que un aspecto, de la
verdad. La verdad es Alguien, la verdad es una persona, la verdad es
Jesucristo, el cual se identifica con ella cuando dice: “Yo soy la verdad”.
¿Qué
quiere decir eso? Primero, que no se puede poseer la verdad y que sería un
inmenso error, infinitamente perjudicial, seguir pensando como se ha hecho en la Iglesia, que ella tiene la
verdad. A Zundel le gustaba decir y repetir que “la verdad, como todo bien del
espíritu es imposeíble”.
La
verdad es una persona, eso quiere decir que está toda marcada de misterio, como
toda persona, y que jamás habremos terminado de tratar de conocerla, aún en la
eternidad, aún el paraíso la búsqueda continua, la perfecta orientación
permanente hacia ella constituirá nuestra felicidad en la eternidad.
Jesucristo
vivirá en nosotros, identificándose a cada uno de nosotros en la Iglesia, y nosotros no
tendremos otra felicidad sino la de buscar siempre a conocerlo mejor: “¡la
verdad es que te conozcan a ti, y al que tú enviaste!” dice Jesús en la oración
al Padre al final del discurso después de la Cena.
Y eso
se aplica a todo, tanto a la investigación científica como a la búsqueda del
Señor, recordando las palabras de San Agustín: “No me hubieras buscado si no me
hubieras ya encontrado”. Todo hombre tiene una aptitud para descubrir un
aspecto de ella.
Es
pues necesario añadir que encontraremos la verdad, y seguiremos buscándola
eternamente, en cada uno de los elegidos ya que si son vivos y elegidos es
porque Jesús habita en ellos. Jesús vive en cada uno de manera siempre
diferente y distinta, según la personalidad de cada uno.
Todas
las palabras de San Pablo deben encontrar aquí su sentido pleno: “¡Para mí,
vivir es Cristo!” e igualmente las de San Agustín: “Viva será mi vida en
adelante toda llena de ti”.
Y toda
la vida debe consistir en adelante a tender hacia el Señor, con todas las
fuerzas de nuestra persona y según la personalidad de cada uno, con
perseverancia, inclusive con encarnizamiento, nos diría Sor Emmanuel, y no sólo
ella.
Entonces,
aunque sin ningún título para ello, podemos plantearnos la cuestión de los
monasterios en la actualidad. Aunque deseemos que se multipliquen, podemos desear,
como ya lo hemos hecho, que en un futuro más o menos cercano, surjan nuevos
monasterios… zundelianos, con una insistencia particular en el silencio y en
las condiciones necesarias para que se viva, y también en toda la vida, alternando
entre largos momentos de silencio absoluto si posible, y el envío por el mundo
entero: no se puede hablar realmente de Jesucristo sino después de esos largos
tiempos de silencio. ¡Entonces uno tiene algo que decir! Entonces ya no puede
uno seguir hablando sino en silencio, en un silencio continuado porque se lo ha
vivido largamente hasta que sea como si hiciera parte de nuestro ser, todo
lleno de Jesucristo en su identificación cada vez más real con cada uno de
nosotros. “Tibi silentium laus!”.
Viviendo
así no haremos sino imitar el modo de
apostolado de los apóstoles mientras caminaban con Jesús durante tres años.
Es significativo que Jesús no se contenta con enseñarles, seguramente con
largos momentos de silencio, sino que, casi desde el comienzo, los envía de dos
en dos en misión, cuando apenas están formados, ¡y esa primera misión va
acompañada de signos!
Leíamos
ayer: “Nunca hemos tomado el tiempo de escuchar para descubrir lo esencial y
para conspirar, quiero decir, para concurrir con todas las fuerzas de nuestro
ser, al brillo de la presencia única”.
Si nos
colocamos al nivel de los sabios, recordaremos que Einstein decía al final de
su vida que no había descubierto sino una ínfima parte de la verdad, ya que la
proporción entre sus descubrimientos y la verdad era la de una piedrita en la
playa comparada con la extensión infinita de las playas de la tierra. Si se
trata de descubrir a Jesucristo, eso no puede sino ser más verdadero todavía:
necesitaremos la eternidad entera, y no bastará siquiera, para descubrir enteramente
la originalidad y la verdad de Su Persona. Jamás habremos terminado ese
descubrimiento. Y no lo percibiremos sino como miembro de la Iglesia, relacionado con
la humanidad entera.
El
hombre comienza siempre por vivir el deseo de posesión, de propiedad... Jesucristo
quiere enseñarnos la desapropiación...