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Zundel

26 10 08. La verdad es una persona.

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Reflexiones de P. Debains

Deberíamos detenernos ciertamente más en este aspecto, es más que un aspecto, de la verdad. La verdad es Alguien, la verdad es una persona, la verdad es Jesucristo, el cual se identifica con ella cuando dice: “Yo soy la verdad”.

¿Qué quiere decir eso? Primero, que no se puede poseer la verdad y que sería un inmenso error, infinitamente perjudicial, seguir pensando como se ha hecho en la Iglesia, que ella tiene la verdad. A Zundel le gustaba decir y repetir que “la verdad, como todo bien del espíritu es imposeíble”.

La verdad es una persona, eso quiere decir que está toda marcada de misterio, como toda persona, y que jamás habremos terminado de tratar de conocerla, aún en la eternidad, aún el paraíso la búsqueda continua, la perfecta orientación permanente hacia ella constituirá nuestra felicidad en la eternidad.

Jesucristo vivirá en nosotros, identificándose a cada uno de nosotros en la Iglesia, y nosotros no tendremos otra felicidad sino la de buscar siempre a conocerlo mejor: “¡la verdad es que te conozcan a ti, y al que tú enviaste!” dice Jesús en la oración al Padre al final del discurso después de la Cena.

Y eso se aplica a todo, tanto a la investigación científica como a la búsqueda del Señor, recordando las palabras de San Agustín: “No me hubieras buscado si no me hubieras ya encontrado”. Todo hombre tiene una aptitud para descubrir un aspecto de ella.

Es pues necesario añadir que encontraremos la verdad, y seguiremos buscándola eternamente, en cada uno de los elegidos ya que si son vivos y elegidos es porque Jesús habita en ellos. Jesús vive en cada uno de manera siempre diferente y distinta, según la personalidad de cada uno.

Todas las palabras de San Pablo deben encontrar aquí su sentido pleno: “¡Para mí, vivir es Cristo!” e igualmente las de San Agustín: “Viva será mi vida en adelante toda llena de ti”.

Y toda la vida debe consistir en adelante a tender hacia el Señor, con todas las fuerzas de nuestra persona y según la personalidad de cada uno, con perseverancia, inclusive con encarnizamiento, nos diría Sor Emmanuel, y no sólo ella.

Entonces, aunque sin ningún título para ello, podemos plantearnos la cuestión de los monasterios en la actualidad. Aunque deseemos que se multipliquen, podemos desear, como ya lo hemos hecho, que en un futuro más o menos cercano, surjan nuevos monasterios… zundelianos, con una insistencia particular en el silencio y en las condiciones necesarias para que se viva, y también en toda la vida, alternando entre largos momentos de silencio absoluto si posible, y el envío por el mundo entero: no se puede hablar realmente de Jesucristo sino después de esos largos tiempos de silencio. ¡Entonces uno tiene algo que decir! Entonces ya no puede uno seguir hablando sino en silencio, en un silencio continuado porque se lo ha vivido largamente hasta que sea como si hiciera parte de nuestro ser, todo lleno de Jesucristo en su identificación cada vez más real con cada uno de nosotros. “Tibi silentium laus!”.

Viviendo así no haremos sino imitar el modo de apostolado de los apóstoles mientras caminaban con Jesús durante tres años. Es significativo que Jesús no se contenta con enseñarles, seguramente con largos momentos de silencio, sino que, casi desde el comienzo, los envía de dos en dos en misión, cuando apenas están formados, ¡y esa primera misión va acompañada de signos!

Leíamos ayer: “Nunca hemos tomado el tiempo de escuchar para descubrir lo esencial y para conspirar, quiero decir, para concurrir con todas las fuerzas de nuestro ser, al brillo de la presencia única”.

Si nos colocamos al nivel de los sabios, recordaremos que Einstein decía al final de su vida que no había descubierto sino una ínfima parte de la verdad, ya que la proporción entre sus descubrimientos y la verdad era la de una piedrita en la playa comparada con la extensión infinita de las playas de la tierra. Si se trata de descubrir a Jesucristo, eso no puede sino ser más verdadero todavía: necesitaremos la eternidad entera, y no bastará siquiera, para descubrir enteramente la originalidad y la verdad de Su Persona. Jamás habremos terminado ese descubrimiento. Y no lo percibiremos sino como miembro de la Iglesia, relacionado con la humanidad entera.

El hombre comienza siempre por vivir el deseo de posesión, de propiedad... Jesucristo quiere enseñarnos la desapropiación...

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