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Final de la 6ª conferencia de
Timadeuc, en abril de 1973.
Retoma: “Pero el problema del mal no está todavía
plenamente resuelto y sigue siendo
escándalo para muchas inteligencias actuales”.
Continuación: “¿Cómo puede
existir el mal si el mundo es obra de un Dios bueno? – Vuelvo atrás de lo que
acabo de decir, pues ya mostré el compromiso nupcial que pone a Dios a merced
de la creación, como dice el texto del “De Beatitudine” que acabo de citar.
Job repitió, o mejor planteó de manera inolvidable el problema
del mal en el libro genial y completamente en falso, en que ese inmenso
poeta se interroga sobre los sufrimientos del justo, en la perspectiva de una
vida reducida además a la etapa terrestre, en la perspectiva de una vida que no
está destinada a la inmortalidad. En efecto, ustedes saben que el concepto de
inmortalidad en el mundo bíblico es extremadamente reciente, pues no aparece
sino a la época de los Macabeos. ¿En qué medida pudo la filosofía griega
influenciar esta información?
Es cosa cierta que la mayor parte
de la historia bíblica se realiza en un mundo en que no se cree en la
inmortalidad. El sheol es algo tan vago por otra parte, tan temible, ¡porque
allá no pasa nada! “¿Quién te alabará en el sheol?” El rey Ezequías pide sobre
todo que su vida sea prolongada, y considera como beneficio inaudito que se le
den 15 años de plazo, porque el sheol es prácticamente la nada.
El Libro de Job plantea entonces el problema alrededor del siglo V,
más o menos en la época en que el poeta
griego Esquilo escribe su tragedia “Los Persas”, que trata también del destino.
El gran poeta, desconocido del libro de Job, se plantea el problema en el marco
de una vida limitada a la etapa terrestre: ¿cómo es que el inocente no está
colmado de bienes? ¡Debería lógicamente estarlo si Dios es bueno! Y ustedes
conocen la evolución de ese drama, el paroxismo en que apela a Dios contra
Dios, y en que finalmente es confundido por la Omnipotencia.
¡No hay respuesta adecuada al
grito que pide la justicia! Hay una manifestación de la Omnipotencia ante la
cual él se anonada en el polvo. El
problema no está resuelto porque la noción de Dios y la del hombre son
incompletas ambas.
¿Y en la problemática moderna? …
recibí recientemente una carta de una mujer cuya vida es un tejido de dolores,
y que me ponía contra el muro diciéndome: pero en fin, ¿cómo es esa historia de
su Dios? ¡Usted se burla de nosotros
hablándonos de un Dios bueno! Basta con abrir los ojos: ¿Qué es el
bombardeo del Vietnam? ¿Qué es el dolor y la agonía de los niños? ¿Qué es la
enfermedad? ¿Qué es un tumor del cerebro? ¿Qué, la arteriosclerosis que
priva a dos mujeres de todas sus facultades, que les impide reconocer a sus
maridos y que están ahí vegetando, como si no hubieran sido jamás humanas? ¿Qué
es ese terrible desorden? ¿Qué es ese desprecio de la humanidad? ¿Qué es
ese desprecio de los valores en que creemos y que Dios parece ignorar
totalmente?
Porque en fin, hay en el cosmos
agresiones terribles contra la humanidad: ¡maremotos, terremotos, erupciones
volcánicas, tifones, rayos! Todas las fuerzas cósmicas parecen ignorar
totalmente al hombre, ¡como si el orden humano y el orden del mundo no tuvieran
ninguna relación! ¿Cómo pretende usted admitir, cómo puede usted admitir que Dios sea a la vez el autor del orden del
mundo y del orden de los valores humanos, puesto que están unos con otros en
terrible contradicción?
Ustedes saben que en « La Peste » Camus pone esta
objeción en labios del Dr Rieux que cuida víctimas de la peste y ve agonizar un
niño que no tiene culpa de nada, y dice: “El
honor más grande que se le pueda hacer a Dios es afirmar que no existe, ¡porque
si fuera responsable de esta situación sería un monstruo!” Es evidente que el
mal que encontramos en los hospitales, bajo forma de cáncer, de leucemia, de
aterosclerosis, el mal bajo forma de tumor cerebral, el mal bajo forma de
dolores atroces del trigémino, todos los dolores insensatos, increíbles, que
torturan al hombre al que se tiene que privar de sensibilidad para que no
enloquezca de dolor, ¿cómo concebir una
Providencia ante el océano de males que desgarran la humanidad, que la inundan
desde que existe, cuando toda una ciudad como en el caso de la capital de
Nicaragua – cuando toda una ciudad queda de un golpe destruida a 90%? ¿Dónde está Dios en todo eso?
Pero es claro precisamente que
esta objeción, aunque se afirma con pasión, ignora que sólo existe mal en relación con un bien. Si no existe ningún bien
tampoco hay ningún mal, el mal no existe sino en virtud de un bien debido. De
un niño que no tiene miembros, que es mero tronco, como Denise Legris escribió
en su libro admirable “Nacida así”, se podrá decir: eso es un mal, porque normalmente un niño debería tener
miembros. Ella se superó genial, magnífica, heroica y cristianamente, hasta el
himno a la alegría, pero a primera vista es un mal.
Pero el mal de todos los males, el mal más imperdonable, el mal más
intolerable, es evidentemente el
desprecio de los valores humanos, porque los valores humanos parecen al
hombre lo único absoluto que puede experimentar. Es la objeción de Camus:
“¿Cómo estoy unido a un universo en el que estoy enraizado, y que ignora todos
mis valores?” “¿De dónde viene esa unión monstruosa que me hace depender de
fuerzas cósmicas o animales? Pues un tigre devora un hombre sin el menor
escrúpulo, sin sentir en nada la majestad de la inteligencia humana. ¿Porqué estoy unido a este universo que
ignora todos mis valores? Pero justamente, esos valores absolutos – de los
cuales hay que alegrarse que se reconozca su carácter absoluto – en efecto,
nada es más absoluto que el sentido de la inviolabilidad humana, que el sentido
de la dignidad humana, que el horror que se siente ante un lavado de cerebro o
ante una desintegración del cerebro, lo cual es peor aún, como se practica en la Unión Soviética, el horror que
se siente es en efecto un testimonio dado al carácter absoluto de los valores
que constituyen la dignidad humana.
Pero ¿en qué consiste ese
absoluto sino en la presencia en el hombre de un valor infinito que es el Dios
Vivo, como vimos en la historia de Koriakoff, como vimos en la experiencia
agustiniana? Si el “adentro” del hombre
es sagrado, es porque él es el santuario de una presencia idéntica, la misma en
todos y en cada uno, que se revela a Agustín como “La Hermosura tan antigua y
tan nueva, más íntima en él que lo más íntimo suyo, que es la vida de su vida,
en la cual viva estará su vida toda llena de Su Presencia”.
Es pues seguro que el sentimiento
profundamente justo de los valores sagrados ocultos en la conciencia humana,
los de la dignidad de nuestra humanidad – que es además una conquista por hacer
– es cierto que el reconocimiento de los
valores absolutos, la indignación ante la violación de esos valores
absolutos, es al mismo tiempo el
reconocimiento del Dios Vivo que es el huésped amado del alma, de suerte
que Dios pasa inmediatamente al campo de las víctimas.
¡Si hay un mal es porque Dios es
pisoteado! Si Dios no fuera solidario del universo, si no fuera interior en
toda criatura, si la creación no resultara del desbordamiento de la Trinidad divina, no
habría mal, pues ¡no hay mal donde no hay bien! – todo sería “ad libitum”,
disponible a voluntad. Si como dice Jacques Monod, el mundo es fruto del azar, ¡si
la vida surgió del azar, si no hay sentido en ella, si no hay dirección, el mal
no existe! Somos nosotros los que inventamos esos conceptos “a voluntad”: ¡eso
es totalmente arbitrario! Sólo existe
mal absoluto si existe una presencia divina oculta en el fondo de la creación…
Y ustedes lo intuyen de inmediato:
no van a confesarse si mataron una mosca, pero lo harían si la hubieran
torturado, si le arrancaron las alas en vez de matarla de un golpe seco que le
ahorrara el sufrimiento, porque la mosca tiene derecho al respeto, porque la
dignidad del Creador está comprometida con ella, porque no pueden utilizar mal
la creación en razón de la presencia del Amor que se la confía, poniéndose
además Él mismo en sus manos.
Es pues cierto que la objeción del mal desaparece de inmediato
cuando Dios pasa al campo de las víctimas y que vemos en efecto que ¡la tortura a la que se somete la creación
es en primer lugar la crucifixión de Dios! Y esa es justamente la respuesta
a Job: la única respuesta es la Cruz y la agonía de Nuestro
Señor. Y es lo que le faltaba al Génesis.
El Génesis es una primera visión,
todavía incompleta, del misterio del mal, porque en el Génesis Dios no aparece
comprometido. Él es el Dueño soberano que creó por la voluntad omnipotente de
Su Palabra un mundo que depende esencialmente de Él, que le está radicalmente
sometido, al que le puede imponer Su voluntad a precio de las sanciones más
terribles, pero no está comprometido. Si la criatura transgrede el orden que se
le impuso, ¡la miseria es para ella! Dios queda indemne. Queda sin duda una luz
de esperanza, la cual tomará toda su significación precisamente en el
nacimiento de Nuestro Señor, pero es en la agonía de Nuestro Señor donde brilla
la solidaridad entre Dios y el Universo, porque en la Agonía de Jesús el mal se
manifiesta como herida hecha a Alguien: ya no hay ley promulgada por un
soberano, en la cual el “bien” es lo “ordenado” y el “mal” es lo “prohibido”, hay una Vida divina comprometida a fondo en
la creación, y sólo existe un Bien, el Amor, y sólo existe un mal, el
rechazo de amar, pero ese rechazo hiere a Dios en pleno corazón porque se trata
de un lazo nupcial.
Sin duda, Dios no puede perder
nada, porque perdió todo eternamente, porque Él es el despojamiento
subsistente, pero ese despojamiento subsistente sólo podrá expresarse en la
historia humana en Jesús, Verbo encarnado, que justamente, bajo la forma de
desapropiación crucificada, de despojamiento sangriento, de agonía hasta el
corazón de las más horribles tinieblas. Ahí es pues donde el mal va a revelar
su verdadero rostro: herida hecha al Amor que se comprometió enteramente en su
creación, como un esposo en sus relaciones con la esposa.
El Bien es Alguien a amar, el
Bien es una persona, el mal es la muerte de Dios. Hay Alguien comprometido en
nuestra vida, y que ¡es siempre la primera víctima de nuestros rechazos de
amor! Es lo que comprendió intuitivamente Claudel cuando el día de navidad de
1886 entró a Notre Dame de París como esteta en busca de emociones. Para
engañar su tedio, siendo incrédulo, se extravió bajo las bóvedas de Notre Dame,
y en las mismas Vísperas en que se canta el « De Profundis » de Dios.
Como comprende todas las palabras, de repente lo conmueven las antífonas, lo
conmueve ese “De profundis”, y ¡reconoce “la eterna infancia y la
desgarradora inocencia de Dios”! Y ahí queda, fulminado, como su patrono
San Pablo, queda fulminado, y no puede volver atrás, en adelante queda
prisionero de Cristo, reconociendo su “eterna infancia y desgarradora
inocencia”.
La creación toma pues un sentido
extremadamente nuevo a la Luz
de la Santísima Trinidad,
donde resulta del desbordamiento interior de Dios en que se celebra eternamente
su infinito despojamiento. La Creación es obra de la pobreza divina que se
comunica a toda la creación para llevarla al matrimonio de amor en que el
“sí” de la criatura debe sellar el “sí” eterno de Dios.
El mundo está pues en
nuestras manos: desde el átomo de hidrógeno hasta las más lejanas galaxias,
este mundo que es nuestro cuerpo ya que actúa sobre nosotros, está esperando que actuemos sobre él:
debemos asumirlo, debemos recrearlo, debemos ofrecerlo, debemos transfigurarlo,
debemos hacer de él la custodia de Dios! Pero primero tenemos que cuidar a
Dios, porque Su Vida está difundida en el universo para ser la vida del
universo, ya que el sentido mismo es el Amor, puesto que ¡la creación comienza hoy en la medida en que nosotros cerramos el
anillo de oro de las nupcias eternas!
Vean pues con qué amplitud
resuenan en la creación las palabras del “De Beatitudine”: al crear, Dios se
hizo esclavo de la creación y trató a las criaturas inteligentes ¡como si cada
una fuera su Dios!” (Fin de la 6ª conferencia)