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Zundel

November 2008 - Posts

  • 30 11 2008. ¿Es la pobreza de Jesucristo imputable solamente a su Humanidad? (personal)

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    Balbuceos. A retomar. Ensayo de oraciones.

    Aunque Zundel habla con mucha frecuencia de la pobreza de Dios, hay que reconocer que la Iglesia oficial, muchos de sus miembros, ven la pobreza de Jesucristo como imputable solamente a Su humanidad y no a Su divinidad. Para la mayoría, y para nosotros en cierto sentido, Dios sigue siendo el Dios trascendente que nadie ha visto jamás y que, finalmente, no puede ser pensado sino como infinitamente rico, ya que es Él quien hizo todo, de suerte que a Él le pertenecen “el reino, el poder y la gloria”.

    Ese Dios infinitamente rico, al que como tal se dirigen algunas oraciones litúrgicas al menos, es el de todas las religiones anteriores al cristianismo o diferentes de él, ¡e inclusive se le teme! Y finalmente se trata, sobre todo en el culto que se le rinde, de atraer su benevolencia. Al cristianismo le cuesta dificultad deshacerse de esa primera representación de Dios, común a todos.

    Con Zundel, pero ya en la tradición anterior a él, auque este aspecto aparezca muy poco, la pobreza de Jesucristo durante su paso entre nosotros hasta el paso al Padre, es una característica esencial del único Dios verdadero revelado por Él hasta en su trascendencia (lo que trasciende es la pobreza), por ser Trinidad. Y no se lee nunca el versículo de San Juan sobre la trascendencia de Dios sin leer también el que le sigue sobre Su inmanencia. “El Hijo que está en el seno del Padre nos Lo ha revelado”: eso implica el conocimiento de un Dios trinitario.

    “A Dios nadie lo ha visto nunca, pero un Hijo único, que está en el seno del Padre nos lo ha revelado” (Juan 1,18).

    En su oración oficial, la Iglesia no se dirige nunca al Dios pobre y despojado, al que constantemente alude Zundel. Dirige siembre sus oraciones al Dios todopoderoso y eterno.

    Ha llegado el momento de interesarnos más por el Dios pobre y despojado, y de tentar en cuanto sea posible que se le conozca más y se le ore en la Iglesia. Ya es claro que en la Iglesia contemporánea se habla de El cada vez más y mejor, y esto va a convertirse en necesidad si no queremos que la fe cristiana se marginalice en la sociedad de nuestro tiempo que tiene tantos problemas, además del problema de Dios.

     

    Oremos: Dios pobre, Dios despojado, ¡Dios desapropiado en cada persona divina! ¡Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu! enséñanos tu desapropiación liberadora para que comencemos por fin a comprender la infinita profundidad del misterio divino de la Santísima Trinidad.
    Te lo pedimos por Jesucristo que muere en la Cruz en el despojamiento más total, por Jesucristo que nace ya en la mayor pobreza y vive “sin tener ni siquiera una piedra para reclinar su cabeza” (1).

    Te lo pedimos por Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo, que surge eternamente del Padre y del Hijo al mismo tiempo que opera eternamente el surgimiento del Uno del Otro, en perfecta igualdad con el Padre y el Hijo. Amén.

     

    Oremos: Dios pobre, Dios despojado, Dios que trasciende todo pensamiento humano en la perfecta desapropiación de sí mismo que constituye eternamente la personalidad del Padre, del Hijo y del Espíritu, enséñanos la desapropiación trinitaria para que por fin, por tu gracia, comencemos a comprender la infinita profundidad del misterio de

  • 29 11 2008. La Trinidad es el secreto último de la Persona de Jesucristo.

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    1ª parte de la 3ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París en enero de 1973.

    La naturaleza humana de Jesucristo es una criatura...

    “Se han escrito centenares de “Vida de Jesús” y, la mayor parte del tiempo eran para desacreditar el carácter sobrenatural del Evangelio, es decir de los documentos que constituyen lo que llamamos el Nuevo Testamento y que son para nosotros las fuentes esenciales que nos permiten acceder al conocimiento de Jesús. Es evidente que la primera pregunta que debemos plantearnos y que rara vez se plantea explícitamente, es qué significa la señoría, qué significa la divinidad de Jesucristo.

    Es claro que el cristianismo comenzó, no como especulación sobre Jesús sino como experiencia de Jesús, experiencia paradójica ya que en cuanto podemos saberlo por los documentos de que disponemos, los primeros discípulos que siguieron al Señor, que participaron en Su vida, que estuvieron asociados en la catástrofe que parecía acabar con todo por la Pasión y la Crucifixión, esos mismos discípulos, después de ese acontecimiento, que por otra parte vivieron sin comprenderlo, y que llamamos la Resurrección, finalmente, en el fuego de Pentecostés, no dudaron en colocar al mismo Jesús, con todo lo que habían vivido, en el centro de su vida espiritual y recorrieron toda la tierra conocida para llevar la noticia increíble que era la Vida de sus vidas.

    No cabe pues duda de que el cristianismo fue vivido, como era de esperar además en el orden del espíritu, como una experiencia, la experiencia de una Presencia que se impuso a través de la catástrofe más espantosa, que parecía deber acabar con todo y que, a pesar de todo, volvió a vivir en ellos como experiencia capaz de dar sentido a toda su vida y a la vida de toda la humanidad.

    Vivieron pues a Cristo, felizmente, lo vivieron como fuente de Vida, mucho antes de plantearse problemas y de tratar, por vía especulativa, por medio del discurso, de expresar lo que significaba la Presencia de Cristo y lo que llamamos en lenguaje moderno la divinidad de Jesucristo.

    Es evidente que, para el cristiano que sigue el impulso de los primeros discípulos – es lo mejor que podemos hacer – es evidente que, para él, Cristo es siempre una experiencia, y en la medida en que se compromete en esa experiencia, la Persona de Jesús se convierte cada vez más en una inagotable fuente de vida.

    Sin embargo no es inútil recurrir al discurso. Hay momentos en que es necesario hacer la síntesis, en que la mente necesita rendirse cuentas a sí misma sobre el sentido de su fe, aunque el discurso no pueda, desde luego, exponer o mejor, explicitar todo lo que una fe es capaz de vivir, lo mismo que en una unión conyugal es absolutamente imposible poner en palabras toda la experiencia vivida. Sin embargo, hay momentos en que podemos, sin querer agotar el misterio con palabras, hay momentos en que podemos al menos tratar de formular algo que, aunque no agote la experiencia, permita comunicarla y hacerla en cierto modo accesible a los demás.

    Por otra parte, como ustedes saben, al comienzo del cristianismo, en los cuatro o cinco primeros siglos, se hizo un trabajo inmenso. Un trabajo maravilloso en que se trató en un nuevo lenguaje, ya que se hablaba otra lengua, porque habían salido del medio propiamente israelita y arameo al entrar en el mundo griego, cuando hubo que expresar el Evangelio en nuevas categorías, hubo necesariamente una toma de conciencia que obligaba la mente a reformularse las verdades que vivía y a presentarlas en cuanto posible, en un lenguaje perfectamente accesible a aquéllos que se deseaba conquistar para el Evangelio, y no se puede decir demasiado bien de ese maravilloso trabajo de los primeros siglos cristianos, trabajo primero sobre la Trinidad y luego sobre la Encarnación.

    Es un trabajo maravilloso porque afinó el lenguaje, le dio una ductilidad extraordinaria, en particular definió el mundo (¿modo?) de la relación con una precisión, y un respeto, y una finura, y una penetración, y un genio extraordinarios. Hemos entrevisto precisamente la Trinidad que es la cuna de nuestro nuevo nacimiento, la Trinidad que es el hogar de todas las libertades, entrevimos que la Trinidad es, claro está el fondo, es decir el telón de fondo del cristianismo, está subentendida siempre en el Evangelio ya que, como se dirá en el siglo 5°, ¡Jesús es uno de la Trinidad! Y si Jesús nos habla de la Trinidad con tanta autoridad si la hace entrar en nuestra historia, es porque la vive, es porque la Trinidad es verdaderamente el secreto último de su Persona.

    Como la Trinidad se interpreta para nosotros como la expresión de la pobreza de Dios, de la desapropiación infinita que constituye toda la santidad de Dios y que nos reconcilia con Él, vimos en efecto que hay una especie de rebelión en el fondo del hombre al solo pensar que depende de un Dios que lo domina enteramente en toda su vida y que lo tiene a su merced, cuando el hombre es también espíritu y quisiera también ser señor de su destino, y vimos precisamente que la revelación del Dios cristiano, la revelación del Dios trinitario borra completamente todos los motivos de esa rebelión ya que la Trinidad es Dios en su transparencia, es Dios en su desapropiación, es Dios en su pobreza, es Dios en su eterna infancia, es Dios llamándonos a una libertad infinita porque Él mismo es totalmente libre de sí mismo. Como no adhiere a sí mismo, como es totalmente incapaz de mirarse, como su primera mirada va siempre hacia el Otro, nos enseña que ser espíritu es justamente mirar hacia el Otro y darse a Él (o mirar a los demás y darse a ellos).

    Ahora, ¿en qué medida ese fondo del cuadro, en qué medida la Trinidad, cuya revelación es Jesús, puede traducirse, y experimentarse en las palabras de la Tradición? Jesús es el Verbo hecho carne, es decir, en palabras más sencillas, el Hijo de Dios hecho hombre.

    Evidentemente, ahí es donde las categorías – quiero decir: el pensamiento eclesial sobre la Trinidad – ahí es donde el universo de relaciones interiores de la divinidad, ahí es donde esas relaciones van a jugar y permitirnos, o mejor permitir al pensamiento eclesial formularse con la mayor sutileza, la mayor interioridad, la mayor sabiduría posible, y es cierto que, después de haber meditado tan profundamente sobre la Trinidad divina, los grandes concilios del siglo 5° llegan a darnos una fórmula que nos permite encontrar en el corazón de la humanidad de Nuestro Señor precisamente la pobreza infinita que es Dios.

    El cardenal de Berulio dio a este propósito una fórmula, quiero decir que nos dio en una meditación que no tenía absolutamente por fin instruirnos sobre la Encarnación, sino a partir de una teología que le era familiar y que era para él el tema de una perpetua conversión al amor y la humildad, como San Pablo en la Epístola a los Filipenses, alcanza las cumbres de la teología de la Encarnación haciendo una exhortación a la humildad, el cardenal de Berulio hace lo mismo al invitarnos a mirar a Jesús como la plenitud y la realización plena de nuestra vida. Dice en efecto: “Y debemos mirar a Jesús como nuestra plena realización, pues lo es y quiere serlo. Como el Verbo es la realización plena de la naturaleza humana que subsiste en Él, pues como esa naturaleza (la naturaleza humana de Cristo), considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada, que la priva de su subsistencia, que la da al Verbo a fin de que el Verbo la invista y la haga suya, viniendo a ella y realizándola con su propia Subsistencia divina, así estamos nosotros en manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado, nos une con Jesús como espíritus de Jesús emanados de Él, adquiridos por Él y enviados por Él”.

    Tienen en este inciso: “pues como esa naturaleza (la naturaleza humana de Jesús) que fue formada en el seno de María, considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada”, se trata pues verdaderamente de una criatura, la naturaleza humana que brota en el seno de María es una criatura que comienza a existir, pues antes no existía, y que la priva de su subsistencia, es decir que esa naturaleza humana, en vez de existir por sí misma, afirmando un yo limitado como el nuestro y concéntrico como el nuestro, esa naturaleza humana, en vez de estar ordenada a la autonomía que reivindicamos encerrándonos y asfixiándonos, en Jesús, la naturaleza humana que brota en el seno de María es totalmente abierta, totalmente abierta al Verbo, al Hijo eterno de Dios y, como dice Berulio, el Espíritu Santo da esa naturaleza humana al Verbo que la inviste, la penetra con su propia subsistencia que es una subsistencia divina.

    Y ahí encontramos evidentemente, si queremos emplear un lenguaje que nos sea accesible, un lenguaje que alcance en nosotros el fondo de la vida espiritual, es necesario evidentemente que encontremos el signo de la divina pobreza.

    Qué es la subsistencia del Verbo sino justamente la desapropiación infinita que hace que en Dios, el Hijo no es sino mirada hacia el Padre, que hace que en Dios el Verbo sea eternamente arrojado en el seno del Padre por una atracción que constituye precisamente su personalidad: en Dios, la personalidad es pura relación con el Otro”. (Continuará)

     

     
  • 28 11 2008. El Verbo se identificó con la carne.

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    ¡Nadie jamás ha visto el viento!

    (Reflexiones de P. Debains)

    Los textos zundelianos que leemos estos días son de muy grande importancia. Se trata del misterio de la encarnación, y después, dentro de poco, de la redención. Y se puede decir que si esas “cosas” fueran conocidas y asimiladas por los grandes filósofos contemporáneos, por ejemplo Comte-Sponville y Lucas Ferry, y otros, ya no podrían razonar del mismo modo.

    Son muy importantes porque expresan un desarrollo del dogma, necesario ahora si queremos que los intelectuales contemporáneos se detengan más y con más profundidad en los misterios de la fe cristiana. Esto implica, a plazo más o menos largo, que acepten felizmente un día la sustancia misma de nuestra fe, renovada, que la acepten los contemporáneos, habiendo reconocido su carácter racional y sensato, maravillosamente sensato.

    Debemos hacer una constatación muy sencilla: ¡nadie jamás ha visto el viento! Sólo sabemos que hay viento por los efectos que produce: agitación de las hojas de un árbol, sensación de frescura o de calor que provoca. Sucede lo mismo con el Espíritu de Dios: nadie puede verlo, nadie puede ver a Dios, no lo conocemos sino por lo que “opera”. Y no hay espacio en la tierra o en el cielo donde no se manifieste el Espíritu, o al menos no quiera, con toda la fuerza del Dios Amor que es, manifestarse si puede, y cuando puede, producir o realizar en ellos sus efectos.

    Cuando Zundel nos dice y repite que la humanidad infinitamente santa de Jesucristo no es Dios, enuncia una verdad que no fermenta todavía en la mente y el corazón de muchos. Recuerdo el sobresalto de un erudito capellán de monasterio, cuando le dije que la Eucaristía no asegura una presencia local de Dios o de Jesús en el lugar donde se conservan las especies sacramentales, y que por sí mismas sólo las especies tienen presencia local… Cuando los apóstoles veían a Jesús no veían a Dios, ni siquiera cuando lo vieron resucitado, – (Tomás hace un acto de fe cuando dice: Señor mío y Dios mío,) – simplemente porque “nadie jamás ha visto a Dios” (Juan 1,18), y, una vez más, esto es inmediatamente inteligible, así como nadie jamás ha visto el viento.

    Hay que releer los textos de esta 8ª conferencia sobre los grandes misterios de la encarnación y de la redención. Nos daremos entonces cuenta, quizá dolorosamente, de la inexactitud de ciertas expresiones litúrgicas, contemporáneas de un desarrollo del dogma cristiano que se debe superar ahora, y que si no son superadas mantienen en la mente una comprensión de la fe que es rechazada con razón por los filósofos ateos, y que inclusive los hace rebelarse. Hay que revisar, por ejemplo la doxología con que termina la oración propiamente eucarística: “¡Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria!” ¡Uno se cansa pronto de ese ser supremo a quien todo debe retornar! En realidad, nada pertenece al único Dios verdadero, aunque en todas las religiones se diga lo contrario, y aunque un falso cristianismo haya querido, sin ser muy consciente, retomar por su cuenta esas expresiones que suponían definir la divinidad en las religiones anteriores al verdadero cristianismo.

    Pienso también en las palabras de una anamnesis que se canta con frecuencia justo después de la consagración: “¡Dios está aquí!” ¡No, Dios no está ahí! Porque Dios no puede tener presencia local en el universo que crea, ya que es espíritu y que el espíritu, como el viento, no puede ser localizado, excepto de cierta manera, sólo en Jesucristo cuando pasó entre nosotros. Cuando Jesús dice a Felipe: “El que me ve, ve al Padre”. No se trata en modo alguno de verlo con los ojos del cuerpo, no se trata en modo alguno de una visión como la que tuvieron de Jesús mientras lo acompañaban durante los tres años de su vida pública.

    La Encarnación es el hecho de que el Espíritu, Dios que es espíritu, toma una realidad que Él crea, el Universo entero, con Jesucristo, Creador y Salvador de todos los hombres, en el centro y dándole sentido. La “toma” es perfecta en lo que concierne a Jesucristo, es parcial cuando se trata del hombre, puede ser nula si el hombre la hace imposible rehusándose. Lo que es cierto es que el Espíritu de Dios quiere, con todas sus fuerzas y eternamente, encarnarse no solamente en el hombre sino, por él, en toda criatura terrestre, y que el efecto feliz de la realización de ese deseo eterno del Espíritu comienza a operarse desde el comienzo de la creación, lo cual se expresa en el Génesis diciendo que el espíritu “se movía” sobre las aguas del comienzo. “Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas” (Gen. 1,2).

    No se dirá que el Espíritu estaba allá presente, sino que el espíritu de Dios opera desde el comienzo de la Creación de la que es autor con el Padre y el Hijo. El Espíritu opera siempre en el sentido de que opera eternamente, la generación-gestación-nacimiento del Hijo a Patre. En un sentido, ¡el Espíritu de Dios no sabe hacer sino eso! pero “eso” es de una inmensidad y actualidad infinitas. Para un Dios espíritu, se trata de hacer suya toda la creación desde el principio hasta el fin, y de la única manera posible, una manera altamente “espiritual”, siempre como el viento actúa sobre la tierra. Esa operación lo llevará, cuando llegue el momento, a la encarnación perfecta del Hijo de Dios en María, encarnación que hará posible la encarnación divina en todo hombre.

    Cada que un hombre se convierte, cada que el hombre se da, hace posible la operación del Espíritu, y hay como un aumento de felicidad en el corazón de Dios, en el paraíso.

    El Espíritu de Dios no se confunde jamás con la criatura que Él inviste. Cuando en el prólogo de su evangelio Juan nos dice que “el Verbo se hizo carne”, creo que podemos traducirlo por “y el Verbo se identificó con la carne, es decir, con el hombre”, y esto es muy importante: esa identificación se realiza según el mismo modo que la identificación de cada Persona divina con el Otro divino en la Trinidad: no hay mezcla ni confusión de las personas divinas entre ellas por esa identificación, muy al contrario, la identificación es la que da a cada persona divina su propia personalidad.

    No hay pues tampoco mezcla alguna en Jesucristo entre la divinidad y la humanidad. Simplemente, la humanidad es asumida plena y perfectamente por la divinidad, por el Verbo, que la inviste desde el momento de su concepción en el seno de María. Y la distancia en Él entre la humanidad y la divinidad que la inviste sigue siendo infinita, ya que la desproporción entre la criatura y el creador es también infinita. El misterio por excelencia es que nuestro Dios sea a la vez infinitamente lejano e infinitamente cercano en y por la perfecta encarnación divina en Jesucristo.

    Si Zundel habló a veces de balbuceos para calificar su pensamiento, con cuánta mayor razón debemos hacerlo aquí. El misterio nos rebasa infinitamente pero debemos tratar de expresarlo con palabras humanas.

    En la Santa Trinidad, si se puede decir, hay la costumbre eterna de identificarse con el Otro. La identificación misma es la que “construye” eternamente la Trinidad divina; y ahora “el Verbo se hace carne”, una de las tres personas va a identificarse con la criatura humana para hacer de esta nueva criatura humana la santa humanidad de Jesucristo, un templo perfecto de habitación perfecta de la Trinidad divina, y para ello va a virginizar perfectamente, desde su origen, a la que será llamada a ser madre de esa Humanidad nueva que es concebida y opera su primer crecimiento en el seno de una mujer infinitamente pura también, capaz pues de ser el primer santuario perfecto de la divinidad.

    Y esa Humanidad infinitamente santa creada en la Virgen María va a permitir que nuestra tierra produzca hombres, mujeres, que sean también santuario de una pureza cada vez más perfecta. El hombre llega pues a ser capaz de la verdadera castidad del Amor, y son sin duda numerosos los conocidos o desconocidos que aprendieron a vivir la castidad para que la Trinidad pueda realizar fácilmente en su interioridad lo que hace que nuestro Dios sea eternamente el Dios Trinidad que es.

    En la época de San Pablo, la impureza abundaba en Corinto y sin duda en muchos otros lugares del mundo. Ahora está todavía más difundida en nuestro mundo donde el uso del preservativo, hecho necesario, y necesariamente recomendado incluso en nuestro país, tierra cristiana, es usado por muchos. Pero estamos sólo al comienzo de la difusión del cristianismo hasta el fondo de los corazones. Quizá deba primero interiorizarse sin cesar más profundamente en la Iglesia y primero en los monasterios.

    En esta larga publicación del retiro de Timadeuc, vamos a intercalar a partir de mañana una conferencia de Zundel, pronunciada un poco después sobre el mismo tema, en el Cenáculo de Paris, en enero de 1973. Puede ayudar a una mejor comprensión de la conferencia que acabamos de publicar.

     

     
  • 27 11 2008. Todo se hace luz en la medida en que nos dejamos asumir por la Humanidad de Cristo.

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    Final de la 8ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

    “Jesús es el ecumenismo en persona y sólo Él puede hacernos superar nuestras fronteras, hacernos interiores unos a otros, por su presencia que hace de nosotros justamente, como dice el Apóstol, “un solo pan”.

    Hay una humanidad posible, una humanidad que va a surgir, no una humanidad ‘especie zoológica’ u ‘homo sapiens’ en la clasificación de los sabios, sino una humanidad persona, una humanidad que tendrá un lazo espiritual, una humanidad cuyo centro será cada uno, en la apertura que suscita en nosotros la Humanidad de Nuestro Señor que es, justamente, totalmente desapropiada de sí misma.

    Todos estos balbuceos (sobre el misterio de la Encarnación) tienen algo de caótico (2), pero si fijamos la mirada en la pobreza divina, y si pensamos que la Encarnación es precisamente el enraizamiento de la pobreza divina en persona en nuestra historia, si pensamos cómo en la pobreza divina están contenidas todas las libertades, que ella es el principio de nuestra liberación, que es la única luz sobre la creación que debemos realizar, todo se hace luz, en la medida justamente en que nos dejamos asumir por la humanidad de Nuestro Señor que es en nosotros el fermento único de nuestra liberación.

    ¡Hay que olvidar todas las palabras, todos los conceptos, que no son sino un andamio para subir al Himalaya! Y hay que gustar en las profundidades, donde justamente Dios se atestigua como el espacio infinito en que respira la libertad, el misterio adorable de una revelación insuperable y definitiva porque jamás podrá ninguna humanidad ser más pobre que la humanidad de Jesús que subsiste en el Verbo de Dios, es decir, que subsiste en la desapropiación infinita que constituye la personalidad del Verbo. Por eso entonces el Corazón de Cristo puede abrazar el mundo entero y por eso también la humanidad de Jesús está en su casa en el interior de los demás.

    Pascal debió comprender, el 23 de noviembre de 1654, el gozo infinito que brota del encuentro con el despojamiento divino en persona en la Santa Humanidad de Nuestro Señor, debió sentir el gozo de la liberación pues afirmó la sumisión total a Jesucristo, al descubrir al mismo tiempo la grandeza del alma humana, y por eso firmó el pergamino que llevó hasta el fin de su vida en su jubón, lo firmó con estas palabras que podemos repetir nosotros: “¡Gozo, gozo, gozo, lágrimas de gozo!” (Fin de la 8ª conferencia)

     

    Nota (1) (bajo toda reserva). Lo que se debe entender es que, aunque la divinidad la haya tomado perfectamente, ¡la humanidad de Cristo es y seguirá siendo eternamente criatura! Esa Humanidad infinitamente santa no es Dios, mientras que del Verbo se puede decir que es Dios, añadiendo la preferencia de Zundel: “en vez de decir que Cristo es Dios, prefiero que digamos que Dios es Él”.

    En filigrana de todo eso está la cuestión muy delicada de la exégesis del versículo (Juan 1,14) del prólogo: “Y el Verbo se hizo carne”, ¡que no puede significar: “y la divinidad del Verbo es carne”! Trataremos de esto mañana en este sitio.

    Nota (2). Es raro que Zundel mismo diga que sus pensamientos son “balbuceos con algo de caótico”, y parece que lo dijo varias veces al hablar del misterio de la Encarnación, por ejemplo en el Cenáculo de París ese mismo año, 1973 (3). Eso nos tranquiliza si tenemos dificultad para comprender aquí el sentido de su pensamiento, ya que puede ser a veces vacilante.

    Note (3). Una excelente grabación de esta conferencia en CD, acompañada del texto, con el título “el misterio de la Encarnación invita al hombre a hacerse Dios”, puede ser adquirida en Editions du Carmel, 14380 Saint Sever.

     

  • 26 11 2008. Jesús está en su casa en el interior de los demás…

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    3ª parte de la 8ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    “Les voy a leer una frase del Padre Heris que me parece luminosa: “En efecto, el Verbo comunica a la naturaleza humana no su ser natural, por el cual Él es formalmente Dios, sino Su ser personal, por el cual subiste en Su naturaleza divina”. (1)

    Es lo que decía el Símbolo de San Atanasio: “Cristo es uno, non conversione divinitatis in carnem, sed assumptione humanitatis in Deum”: “Cristo es uno, no por la conversión de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad a Dios”. (1)

    Es pues la humanidad de Cristo la que se hace presente a Dios, y Cristo, que inscribe la presencia de Dios en el corazón de la historia, llama a toda la humanidad a unirse con Él, a entrar en Su Persona, a formar con Él un solo cuerpo, un solo pan, una sola vida, en una libertad infinita, y todo el Universo, claro está, debe entrar en esa inmensa procesión de amor, todo el universo material debe resucitar en Cristo, como el hombre mismo.

    En efecto, toda gracia es una misión, y la gracia hecha a la humanidad de Cristo, que es la gracia suprema, implica una misión universal, es decir que la humanidad de Nuestro Señor es ecuménica en su estructura misma, está abierta infinitamente a toda criatura porque está soberanamente desapropiada de sí misma.

    Cuando vemos lo estrecho que es nuestro universo personal, lo estrecho que es nuestro espacio vital: basta con dos o tres personas para constituir nuestro medio necesario, y todo lo que no es ese medio vital en que estamos sumergidos, en el fondo lo percibimos sólo de manera lejana, abstracta y teórica: existen los demás, todos los demás, existe el mundo, el tercer mundo, las hambrunas que devastan tal o cual región del mundo, existen las inundaciones, los maremotos, todo lo que se quiera, pero eso no toca a nuestro universo personal, ¡a menos que el corazón se dilate a la dimensión del corazón de Cristo! Al contrario, Cristo es el ecumenismo en persona, Él está en su casa en el interior de los demás, Él puede asumirlo todo, porque Él está radicalmente vacío de Sí mismo.

    Eso lo sentí en Biblos, al encontrarme ante un esqueleto encerrado en un jarrón, que databa de 3500 años antes de Jesucristo. Había todo un cementerio en que los jarrones servían de sepulturas y el esqueleto estaba replegado en posición fetal como si esperara una vida nueva, y ante un jarrón roto en que el esqueleto era muy visible, de repente me vino a la mente la pregunta: ¿Qué relación hay entre este hombre que vivió en 3500 antes de Cristo y mi persona? ¡Este hombre se creyó moderno! Contempló el mismo Mediterráneo, la misma montaña del Líbano, se creyó moderno como me creo yo, abrazó el mundo como si fuera suyo… y hace ya casi 5500 que está esperando… ¿qué…? ¡Y yo, yo soy testigo, estoy vivo!... ¿Qué relación hay entre él y yo? ¿Es una simple sucesión biológica? ¿Pertenecemos simplemente los dos a una misma cadena de esclavitud carnal como un león vivo podría mirar a su antepasado muerto, o existe realmente entre este hombre del pasado y yo un lazo actual? ¿Pertenecemos los dos a la misma historia? ¿Entramos los dos en un designio común? ¿Somos en cierto modo contemporáneos?

    Entonces fue cuando me vino a la mente el pensamiento del Segundo Adán. En efecto, en Jesucristo nacido de la Virgen, cuando nace Jesucristo que es un primer comienzo absoluto, en Jesucristo que no es un eslabón de la cadena y por eso nació virginalmente y no de la carne y la sangre, en Jesucristo, toda la cadena subsiste, Él es el que sostiene toda la cadena, Él mantiene contemporáneas todas las generaciones! En efecto, este esqueleto y yo pertenecemos a la misma historia y somos contemporáneos en el segundo Adán que nos reúne todos para realizar un mismo designio que es de formar justamente, de todo el universo, un solo cuerpo animado por Su presencia y transformado en custodia de Dios, un cuerpo donde toda realidad entra en el impulso que es la subsistencia del Verbo, para arrojarse con Él en el Corazón del Padre”. (Continuará)

     

    Nota (1) (balbuceos, bajo toda reserva). ¡Difícil de entender! Lo que se debe entender es que, aunque la divinidad la haya tomado perfectamente, ¡la humanidad de Cristo es y seguirá siendo eternamente criatura! Esa Humanidad infinitamente santa no es Dios, mientras que del Verbo se puede decir que es Dios, añadiendo la preferencia de Zundel: “en vez de decir que Cristo es Dios, prefiero que digamos que Dios es Él”.

    En filigrana de todo eso está la cuestión muy delicada de la exégesis del versículo joánico: “Y el Verbo se hizo carne”, ¡que no puede significar: “y la divinidad del Verbo es carne”!

    Es raro que Zundel mismo diga, como va a decirlo un poco más adelante, que sus pensamientos son balbuceos con algo de caótico. Eso nos tranquiliza cuando tenemos dificultad a comprender aquí su pensamiento

     

  • 25 11 2008. Es de inmensa importancia percibir la Encarnación bajo el aspecto de desapropiación.

    2ª parte de la 8ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

    “¿Cómo concebir la encarnación en Jesús de Nazaret? ¿Qué es lo que la distingue de las demás – de todas las demás? (1) Es evidentemente el enraizamiento en la naturaleza humana creada en el seno de María, o mejor: el enraizamiento en la naturaleza humana creada en el seno de María en la subsistencia del Verbo quiere decir, para tomar el camino más corto, que lo que se comunica a la humanidad de Nuestro Señor es la pobreza divina en persona.

    Jesús nos va a revelar precisamente la Pobreza Divina. Nos va a introducir en el corazón de la intimidad de Dios haciéndonos conocer la desapropiación radical que hace que cada persona divina esté eternamente constituida por su relación con las otras dos.

    ¿De qué manera nos introduce Nuestro Señor en esos abismos? ¿Porqué es Él el testigo único e incomparable? ¡Pues porque lo vive! Porque él es “Uno de la Trinidad”, como decían en el siglo 5°, porque su personalidad está oculta precisamente en esos abismos. Pero precisamente, porque nos revela a Dios como la Pobreza súper-esencial, como la desapropiación infinita, nos revela al mismo tiempo la Encarnación como la comunicación de la naturaleza humana creada en el seno de María, como la comunicación que le hace de la pobreza infinita que es la subsistencia del Verbo.

    Esta naturaleza humana es radicalmente expropiada de sí misma, no vive en su propia clausura como vivimos nosotros, en una subsistencia de orden natural, teniendo que pasar constantemente la clausura para liberarnos radicalmente de nosotros mismos a fin de entrar en diálogo con el Dios vivo, a fin de penetrar en la intimidad de los demás sin violentar su clausura, nosotros, precisamente, tenemos que pasar a través de un encierro connatural, a través de una subsistencia de orden humano. Por el contrario, la humanidad de Jesucristo es radicalmente abierta hacia la divinidad, es asumida, por decirlo así, en la ola infinita, como una cáscara de nuez por el océano, es asumida por la ola infinita que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

    ¡No se trata, desde luego – como lo enseña Calcedonia – de que la humanidad de Nuestro Señor fuera transformada en divinidad! La humanidad de Nuestro Señor no es Dios, es la humanidad de Dios, es el instrumento conjunto, es el sacramento, “el Sacramento de los sacramentos” como dice el Padre Schwalm, el Sacramento diáfano a través del cual se revela y se comunica personalmente la divinidad, es una Hostia viva que, justamente, inscribe en nuestra historia la presencia personal de Dios, es decir, inscribe en nuestra historia la eterna pobreza que es también la eterna libertad.

    El Cardenal de Berulio lo dice a su manera, resumiendo maravillosamente la doctrina tradicional en una exhortación a vivir por y para Jesús. Dice pues Berulio:

    “Y debemos mirar a Jesús como nuestra plena realización ya que Él lo es y quiere serlo, como el Verbo es la realización de la naturaleza humana que en Él subsiste, ya que, como la naturaleza humana considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia, y la da al Verbo para que el Verbo la invista y la haga suya, dándose a ella y realizándola con su propia subsistencia divina, así estamos nosotros en manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado y nos une a Jesús como espíritu de Jesús emanado de Él, adquirido por Él y enviado por Él”.

    Con magistral brevedad, Berulio nos muestra la naturaleza humana de Jesús, sacada de la nada, es decir verdaderamente creada en el seno de María, y revestida inmediatamente de la subsistencia del Verbo que la desapropia radicalmente de sí misma: esta humanidad ya no puede decir “yo” por cuenta propia, sólo llega a sí misma a través de la relación subsistente que es la personalidad del Verbo, llega a sí misma precisamente siendo aspirada y arrojada en Dios por el impulso eterno que arroja al Hijo en el seno del Padre.

    Es, pues, la naturaleza humana más despojada, la más pobre, la más libre, tan libre, tan despojada, que está abierta a toda la humanidad y a todo el universo: “Jesús está en su casa en el interior de los demás” como dijo el Padre Rousselot. “Está en su casa en el interior de los demás” porque no tiene nada propio: ¡no tiene nada propio! Su conciencia de hombre es de ser “de” Otro y de no poder testimoniar sino de “Ese Otro”, pues siendo justamente el “Sacramento de los sacramentos”, la humanidad de Nuestro Señor, haga lo que hiciere, diga lo que diga, experimente lo que experimente, sienta lo que sienta, sufra lo que sufra, testimonia de Otro, de Dios, es siempre revelación de Dios en persona porque, justamente, tiene su centro de gravedad en la desapropiación infinita que es la subsistencia del Verbo, el cual no tiene otro “yo” que el divino. Me parece de inmensa importancia percibir la Encarnación bajo el aspecto de desapropiación (2). Además, eso hace parte de la revelación de la Trinidad que es “la perla del Reino”.

    Si todo está ahí en el Nuevo Testamento, si Cristo nos enraíza en el corazón de las relaciones intra-divinas, si toda la vida se ilumina en el concierto de las relaciones que constituyen el Gozo eterno de Dios en su infinito despojamiento, es precisamente que la Encarnación misma se enraíza en esa pobreza y es su revelación y manifestación, y su presencia personal. En este sentido y en esta dirección podemos comprender por qué la revelación crística es definitiva e insuperable: porque no se puede ser más despojado, más desapropiado, más expropiado de sí mismo que la naturaleza humana de Nuestro Señor, ¡no hay en ella nada que pueda limitar a Dios, ya que no tiene nada propio! Es el cenit de la revelación porque es la transparencia absoluta de un don infinito. Y qué aprenderemos a través de la Humanidad de Nuestro Señor, sino justamente a despojarnos, a liberarnos, a devenir como nuestro Padre Celestial, a surgir como puro impulso de amor en que la vida encuentra por fin su verdadero origen (2).

    Hay una circumincesión de todas estas afirmaciones, de la Trinidad, la Encarnación, el misterio de la Iglesia, la santidad, que circula a través de la Comunión de los Santos: se trata siempre de esa libertad infinita, fundada en una desapropiación radical.

    Es evidente que las objeciones contra la divinidad de Jesucristo resultan de una equivocación sobre el sentido mismo de la divinidad, que sólo Jesucristo nos ha revelado bajo su aspecto más interior, y el único además que podamos experimentar. Dios ya estaba ahí, desde siempre, ¡pero le hombre no estaba! El hombre interponía su ausencia voluntaria, que impedía el brillo de la presencia de Dios siempre oculto en el fondo del ser humano. En la Encarnación la humanidad se hace presente, se abre, está abierta radicalmente a la divinidad, y la divinidad se comunica a ella de manera insuperable ya que, justamente, se hace el verdadero “yo” que dinamiza a fondo esta naturaleza humana arrojándola en Dios, tomándola toda en la ola que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

    La pobreza de Dios no podía justamente manifestarse plenamente, para ser el hogar de todas nuestras libertades, sino en una humanidad radicalmente desapropiada de sí misma por la comunicación que se hace de la desapropiación en la cual subsiste eternamente la personalidad del Verbo. Esta revelación es insuperable, esta revelación es infinita, esta revelación nos toca en pleno corazón, esta revelación nos concierne a todos, puesto que la gracia hecha a la humanidad de Nuestro Señor es una gracia hecha a toda la humanidad y a todo el universo”. (Continuará)

     

    Nota (1) (bajo toda reserva): Dios desea encarnarse de manera perfecta en todo hombre. Lo específico de la encarnación divina en Jesucristo es que ella es perfecta desde el comienzo de su realización, Dios no encuentra en esa humanidad infinitamente santa ningún obstáculo a su encarnación perfecta.

    Está también el caso particular de la encarnación divina en la Virgen María. Ella también es perfecta desde el momento de su inmaculada concepción, pero su perfección está ordenada a la encarnación divina perfecta y única en su Hijo, Jesucristo.

    La perfecta encarnación divina en Jesucristo tiene como consecuencia que esa Humanidad, infinitamente bendita, se convierte en el “lugar” por excelencia que hace posible la perfección de la encarnación divina en todo hombre.

    En el Cuerpo místico de Jesucristo, la Iglesia, es donde todos los hombres podrán reunirse y a su turno, dejar encarnarse la divinidad de manera perfecta en ellos, realizarse en ellos para la unidad perfecta de la humanidad entera.

    Nota (2): habría que subrayar varias veces esta afirmación de Zundel, que debería enseñarse desde el catecismo más elemental, por las consecuencias de primera importancia que tiene en la vivencia cristiana de la encarnación divina en cada uno de nosotros, particularmente en la vivencia de la dimisión de sí mismo en todos los que tienen alguna misión en la Iglesia.

     

  • 24 11 08. Dios se manifiesta siempre por vía de encarnación. Toda revelación es una forma de encarnación.

     

    1ª parte de la 8ª conferencia de la abadía de Timadeuc en abril de 1973.

    “Un gran poeta inglés llamado Coventry Patmore escribió: “Todo conocimiento digno de ese nombre es conocimiento nupcial”. En lenguaje ordinario, esto quiere decir que todo conocimiento digno de su nombre es conocimiento interpersonal, y como vimos, la revelación lo es en primer lugar: es más que toda otra expresión, conocimiento nupcial. Pero un conocimiento nupcial supone compromiso recíproco, y según el grado del compromiso, la revelación es más o menos perfecta.

    Por ejemplo, en el Éxodo tenemos la visión del Horeb, que es una de las cimas del Antiguo Testamento, la visión de la Zarza Ardiente con esas palabras misteriosas: “Yo soy lo que soy”, o: “Yo soy el que soy”, según las traducción que se adopte. E inmediatamente después, en el capítulo 4, cuando Moisés había alcanzado esa cumbre que parece insuperable, tenemos esa nota extraordinaria: al hacer Moisés una pausa para pernoctar en el camino, ¡Yahvé lo encontró y trató de matarlo! Céfora, la esposa de Moisés, cogió un sílex, cortó el prepucio de su hijo y tocó con él el sexo de Moisés diciendo: “En verdad, tú eres para mí un esposo de sangre”. Y Yahvé lo dejó. Ella dijo “esposo de sangre” a causa de la circuncisión. Qué caída, comparado con la cumbre alcanzada en el Horeb, ¡qué caída! concebir que Dios envía a Moisés a Egipto precisamente a liberar a su pueblo, y concebir que Dios lo persigue para hacerlo morir, ¡y que lo desarme ese gesto bárbaro realizado por Céfora!... Caemos ahí, evidentemente, en el valle de la confusión, lo cual demuestra que si bien la revelación es conocimiento nupcial, es conocimiento fluctuante, según el grado de receptividad del sujeto humano. A propósito de este incidente, supongo que Céfora imaginaba que la enfermedad era necesariamente un castigo (puede que Moisés estuviera enfermo) y que el castigo no podía ser alejado sino por efusión de sangre, y entonces practicó sobre Moisés esa seudo-circuncisión ungiéndolo con la sangre de la circuncisión de su hijo. Por otra parte, es posible que, a un nivel más profundo, eso signifique simplemente que circuncidó a Moisés el cual no estaría circunciso todavía.

    Esto es además un ejemplo que muestra que la revelación puede ser fluctuante, porque se sitúa precisamente en un orden interpersonal, porque supone un compromiso, porque supone transformación en el hombre, interiorización, liberación que atestigua la presencia de Dios, como sucede en nosotros: ¡sabemos muy bien que estamos ante Dios cuando dejamos de estar ante nosotros mismos! En la liberación experimentamos la autenticidad de la presencia divina. Tampoco necesitamos razonarlo, conceptualizarlo; ¡nuestra liberación, nuestra liberación es la más evidente experiencia de Dios!

    Pero justamente, el ser humano no es jamás liberado a tal punto que la revelación pueda alcanzarlo con plenitud insuperable. Los límites no están todos en el mismo lugar, pero todo hombre tiene límites que se oponen a una plena revelación de Dios. No es que Dios no esté presente, o no esté presente totalmente, y que no esté presente en la plenitud de su perfección y de su amor: siempre está ahí desde siempre, como dice Agustín: “Tu mecum eras, et ego non eram tecum”. Dios está ahí desde siempre, pero el hombre no.

    Y el cristianismo se presenta al mundo, y lo recibimos y lo vivimos como la revelación definitiva e insuperable: ¿Cómo es posible? Para que el cristianismo sea revelación definitiva e insuperable, es necesario que se haya realizado un acontecimiento único, que se expresa en el Prólogo de San Juan con estas palabras: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo cual significa en lenguaje corriente que ¡Dios se hizo hombre! Eso es todo, finalmente.

    “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. El que pueda aceptar esta proposición es cristiano, y no tiene problema en suscribir a todas las consecuencias de esa afirmación primera. Dios habitó entre nosotros. Dios entró en nuestra historia. En Cristo tenemos una referencia absoluta, definitiva e insuperable, y todos nuestros problemas se iluminan y se resuelven en esa comunión, o mejor en la presencia en nosotros de Cristo, Verbo hecho carne.

    Pero ¿Cómo admitir semejante afirmación? ¿Qué quiere decir? ¿Es verdad que Dios, Señor de los espíritus, vino a caminar sobre la tierra? ¿Es verdad que el creador del mundo fue realmente artesano en Nazaret? Es claro que todas las resistencias a lo que se ha llamado la divinidad de Jesucristo, la suma increíble de erudición invertida – y que continúa a invertirse además – en este problema viene justamente de que la afirmación parecía imposible, mitológica y absurda: ¿cómo es posible que un hombre que encuentro en la calle pueda ser mi Creador? ¿Cómo puede ser el creador de todo el universo? Eso parece radicalmente insensato.

    Pero justamente, todas las objeciones parten de una visión exterior de Dios. Por situar a Dios detrás de las estrellas, por hacer de Él un personaje infinitamente distante del hombre, por partir de una definición abstracta como la de la Causa Primera, por eso chocamos con todas esas dificultades. Si partimos de la experiencia, si nos situamos precisamente en el corazón de un conocimiento nupcial, todos esos fantasmas desaparecen, porque Dios se caracteriza inmediatamente – como lo hace en la experiencia agustiniana – como “intus”: Él está “adentro”: ¡no tiene que bajar de un cielo imaginario situado fuera de nosotros! Está en lo más íntimo de nosotros, “¡más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro!” ¡Él ya está ahí, desde siempre! Y no tiene que transformarse ya que es el Amor infinito que no puede perder nada porque ya lo perdió todo, porque ya lo dio todo, porque es la perfección misma de la pobreza, en una desapropiación insuperable.

    Entonces, si Dios puede manifestarse, lo hará como siempre por vía de encarnación: nunca ha hecho otra cosa. Toda revelación finalmente es una forma de encarnación, es decir manifestación de la presencia divina en una transformación del ser humano a través del cual se manifiesta. Las encarnaciones son fragmentarias, parciales, no alcanzan jamás la plenitud, dados los límites que yo evocaba hace un momento, es siempre por vía de interiorización, por medio de la liberación del hombre que Dios se manifiesta.

    No estoy hablando de un Dios concebido conceptualmente y que no tiene relación con la vida, sino del Dios que nos convierte, del Dios que nos transforma, del Dios que nos permite superar el egoísmo, ¡del Dios que nos conduce hasta la raíz de nuestro ser, un puro impulso de amor! En fin, el Dios que experimentamos cada vez que estamos ante la santidad, ese Dios es siempre en cierto modo un Dios encarnado, es un Dios realmente presente en una humanidad que Lo deja transparentar.

    La Encarnación es pues la vía normal de las comunicaciones divinas, y la Encarnación en Nuestro Señor es la cima, el caso límite de todas las encarnaciones que jalonan la historia en Israel y fuera de Israel, de todas las encarnaciones parciales que convergen hacia la cima que es la Encarnación definitiva e insuperable en Jesús de Nazaret”. (Continuará)

     

  • 23 11 2008. Ser o no ser, eso es lo que se juega en la moral.

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    Final de la 7ª  conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

    La única moral posible resulta de la Trinidad. La moral ya no aparece como obligación sino como un matrimonio de amor.

    Retoma: “A mi conocimiento, nadie ha planteado el problema de la libertad como lo plantea el Misterio adorable de la Santísima Trinidad: ¡no sabíamos lo que era – lo que es – la libertad! Imposible sacar de la libertad una estructura, y lo que envenena la atmósfera en la actualidad, es justamente que el grito de Libertad… Libertad… Libertad… hace alusión a, o significa, algo que no tiene estructura: hacer cualquier cosa, ¡como si uno fuera cualquiera! Lo que nos revela la Trinidad es que la libertad tiene estructura, es que la libertad es una exigencia: la más profunda, la más total, la más radical, porque justamente cada acto realmente libre es un acto original, como cada falta verdaderamente libre es una falta original. ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que en cada acto verdaderamente libre comprometo todo mi ser”.

    Continuación: “Como dice Paul Tillich, ahí está implicada la totalidad de mi ser. ¡En cada acto libre, totalmente libre, me elijo a mí mismo! En cada acto totalmente libre afirmo mi “yo”, sea como posesivo, sea como oblativo; en cada acto totalmente libre me construyo, me hago ser, me creo a mí mismo, o me descreo si me encierro en el “yo” posesivo.

    La moral concierne pues el ser, la moral no puede ser sino una ontología creadora. Lo que se trata de hacer descubrir, a sí mismo y a los demás, es que la moral no es un orden que se impone del exterior sino una exigencia que surge de adentro, una exigencia de ser, una exigencia de grandeza, una exigencia creadora. El honor supremo es precisamente tener que crearnos a nosotros mismos, el honor supremo es no sufrir la vida sino hacerla surgir en un puro impulso de amor.

    “Dios crea creadores”, como decía Bergson. Ese es el principio de toda moral. Si el hombre siente que: "To be or not to be, that is the question" que ser o no ser, ese es el problema, si comprende que de él depende ser o no ser, se encuentra ante el verdadero problema, el problema que es él, y no pude extrañarse de tener que esforzarse ya que debe asumirse hasta las últimas raíces de su ser para promoverse a un “ser fuente” a fin de ser un “yo” original, pues en fin la estima que reclamo para mí mismo, el respeto de mi dignidad que reivindico, no tiene ningún sentido si no soy un “yo” original, si me limito a ser totalmente prefabricado, y no soy más respetable que un insecto, o un escorpión, los cuales son totalmente prefabricados en su ser. Lo que hace toda la diferencia es que puedo surgir de lo prefabricado, puedo hacerme fuente, en mí puede nacer un “yo” original, un “yo” universal, un “yo” que es un bien común, que todos los hombres están interesados en defender porque es un tesoro común, por que es para todos un fermento de grandeza, de liberación.

    Se trata, pues, de ser, de ser de manera original, de ser como creador de sí mismo, de ser rehusando sufrirse, lo cual no es posible, como no hemos cesado de verlo, lo cual no es posible sino mediante el don total de sí mismo. Pero necesitábamos el modelo divino, y eso fue justamente lo que le faltó a la humanidad antes de la Revelación única que se realiza en Cristo, o mejor, que es Cristo mismo. ¡Lo que faltó a la humanidad, fue el modelo divino que es el modelo trinitario! Fue necesario que Jesús revelara la Pobreza divina, que nos introdujera en el circuito del altruismo eterno, que nos manifestara la personalidad de Dios como pura relación con el Otro, como desapropiación radical, para que comprendiéramos por fin el sentido de la libertad como vocación de liberación. Es algo que nadie parece comprender: no hay libertad sino donde hay liberación.

    Estoy en el “mundo libre”, ¡sí! Puedo viajar donde quiera, puedo leer lo que quiera, puedo hacer lo que quiera en mi vida privada, mientras no caiga bajo las leyes penales. Pero ¿qué cambia eso en mi esclavitud interna, que es la más terrible de todas?

    Epicteto, esclavo, es un hombre libre. Según la leyenda, su dueño pudo fracturarle la pierna en un yunque, y Epicteto se limitó a constatar después de la fractura: “¡Te lo había dicho!” Epicteto, esclavo, es libre porque es libre por dentro. El hombre que puede disponer de todos sus movimientos en la sociedad, como es el caso en el “mundo libre”, hasta cierto punto al menos, si no está liberado de sí mismo, va a transferir la esclavitud a toda su actividad, a todas sus opiniones, a todas sus afirmaciones, a todos sus libros, a todas sus obras. No podrá no contaminar el medio ambiente con la esclavitud interior que está sufriendo. Está pues perfectamente claro que la libertad no significa nada si no es camino hacia la liberación, y nuestra liberación es radicalmente imposible si no sabemos lo que significa, si no tenemos el modelo divino, si no comprendemos que la plenitud del ser es la plenitud del Amor, si no identificamos el ser con el Amor, como sucede en el corazón de la vida divina.

    ¡Hay pues, como resultado de la Trinidad, una moral que es la única posible, la única actual, la única que reúne todas las exigencias de autonomía, de grandeza, de interioridad, de creación, de dignidad, de individualidad! Todo eso brota del Encuentro con el corazón de la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No hay pues sino una moral que es finalmente una mística, ya que es una relación personal con la divina pobreza. Ya no aparece como una obligación sino como un matrimonio de amor. “Os he desposado con un esposo único, a fin de presentaros a Cristo como una virgen pura”.

    ¡Es otro mundo! ¡La moral de obligación está muerta, no hay que resucitarla! Hay una moral de liberación infinitamente más exigente, que pide todo, siempre, a cada instante y por doquiera, en un compromiso que va hasta la raíz del ser, ya que compromete siempre la totalidad del ser en nuestras decisiones plenamente libres. Nada es más exigente pero nada es más creador, ni nada más liberador.

    Podemos pues considerar nuestro mundo con comprensión, con simpatía, con amor. Tiene razón si abandona ese yugo: su desgracia es no haber encontrado a Dios, el Dios vivo; su desgracia es no haber descubierto la pobreza divina, su desgracia está en no haber entrado en la Zarza ardiente que arde en el Corazón de Dios, su desgracia está en no haber encontrado el Rostro de fiesta de Cristo Jesús.

    En cuanto a nosotros, lo único que podemos hacer, es aferrarnos cada vez más profundamente a la exigencia totalitaria, que es la condición de un ser auténtico. Sólo podemos maravillarnos de poder decidir, a cada latido del corazón, del valor de nuestra existencia, poder crearnos de nuevo a cada instante, poder crecer en libertad a cada instante, liberándonos más, de poder a cada instante devenir un espacio más grande de una presencia más universal, un Bien más realmente común.

    “Ser” ¡ahí está todo! – o “¡Ama!” Amar, ahí está todo, puesto que “finalmente”, ser y amar es lo mismo. “Ama et quod vis, fac!” como dice San Agustín magníficamente: “Ama y haz lo que quieras”. Sí, ¡ama! pero ¡el Amor es lo más difícil que existe, porque el Amor se compromete por entero! Porque el amor no es sino un engaño si no realiza el vacío en nosotros para que la vida sólo sea ya sino un impulso hacia el otro puesto que “YO” es finalmente Otro”.

    Existe pues una respuesta a la angustia y a la anarquía del mundo actual, y es la Santa Trinidad, en la medida en que vivimos en el júbilo de un encuentro en que nuestra libertad puede por fin comprenderse y realizarse.

    Es curioso que Nietzsche, que tiene aspectos diferentes, que tocó a veces a verdades tan profundas, es curioso que Nietzsche haya dicho las palabras que retomaremos en otro contexto: “Que vuestro amor… - habla del amor entre el hombre y la mujer – “Que vuestro amor sea compasión por los dioses sufrientes y ocultos”. ¡Que vuestro amor sea compasión por los dioses sufrientes y ocultos! Tuvo, pues, en ciertos momentos, la intuición de que el hombre era portador de una divinidad escondida, sufriente y oculta, a la cual había que ofrecerle todo el respeto de nuestro amor.

    Miren el itinerario de San Pablo a los romanos, del conflicto insoluble en que el hombre se opone a la Ley con toda la energía de su deseo, con toda la reivindicación de su autonomía. Y luego la exigencia de amor que se respiraba en el poema de Shelley. Finalmente, ahí termina la aventura, ahí se consuma, ahí se esclarece. Estamos en camino, estamos peregrinando, como dice un místico del Islam: “Peregrinando hacia el Amigo que mora en nosotros”.

    (Fin de la 7ª conferencia).

     

    Nota: aquí, como en muchos otros lugares, Zundel nos convence, pero queda la cuestión, lancinante quizás: ¿Cómo hacer? (Ver los pensamientos que publicaremos mañana).

     

  • 22 11 2008 b. Continuación del texto

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    Esta es la segunda parte del texto publicado ayer en www.mauricezundel.net

    “Se difunden finalmente por radio y televisión tantas concepciones que inundan las mentes, que penetran en todos los hogares, tantas que los hombres más aferrados a las tradiciones o a la fe, los más sinceros creyentes, se inquietan, se sienten incómodos, tienen la impresión de que todo se derrumba, de que ya nada es seguro, y eso se traduce en numerosas familias por cierta forma de tolerancia: hay que cerrar los ojos sobre los accidentes del camino, no hay que imponer a los hijos una moral que los adultos no practican por otra parte. ¡Al contrario! Hay que abrirlos lo más pronto posible a los goces que los adultos se permiten, ya que – como decía la princesa Bonaparte – no hay razón de rehusar a un bebé el goce sexual que sería normal en la edad adulta. De ahí resulta, como ustedes saben, que ya no existe el pecado y en el orden sexual especialmente el sentimiento de culpabilidad es completamente anacrónico. ¡A niños de once años se les habla de la píldora contraceptiva! Una niña de primer año de bachillerato en un liceo dio a luz sola en su liceo y arrojó su bebito a la caneca de basura! En esa ocasión, se informó que ¡por lo menos 4000 muchachas estaban encintas en los liceos de Francia!

    El fondo de todo eso, una vez más, el elemento positivo de esa inmensa controversia que tiene tantas raíces diferentes pero que termina creando por doquiera un clima de controversia o de incertidumbre, en el fondo de todo eso hay un elemento positivo, que es justamente la reivindicación de la inviolabilidad del hombre.

    ¡Por eso hay que acabar con la moral de obligación! ¡La moral de obligación queda condenada en adelante! Es imposible exigir que la humanidad se incline ante la ley por la ley, que acepte el Decálogo porque fue Dios el que lo proclamó. ¿De dónde viene el “Decálogo” que no ha hecho finalmente sino expresar un fondo de honestidad humana que se encuentra en otras partes, que se encuentra en particular en las declaraciones de inocencia del ‘Libro de los Muertos’ egipcio? ¿En qué nos concierne ese Decálogo? El Decálogo fue dado a un pueblo del que no hacemos parte, ese Decálogo dado por un Dios que es además exterior a nosotros; además el Decálogo que ha sufrido transformaciones, pues la moral, inclusive la moral bíblica, ha cambiado: ¡se aceptaba la poligamia como cosa normal, se autorizaba el divorcio! la pena de muerte que nos repugna abunda en la Biblia, ¡se la proclama continuamente, se la reclama, se la impone! ¿En qué podríamos sentirnos ligados por esa antigua moral? La moral es histórica, la moral cambia y nos toca entonces estimar qué moral nos conviene.

    Un profesor de moral e la Universidad de Friburgo se ilustró precisamente al defender estas tesis: la moral es histórica, la moral es relativa, ¿después de todo, por qué no aceptar que la masturbación sea una etapa hacia una sexualidad normal? ¿Y por qué no aceptar que las relaciones prematrimoniales, a condición de que sean estériles, sean un proceso muy adecuado hacia un matrimonio feliz? ¡La contracepción puede ser excelente, precisamente en la medida en que permite ensayos para llegar a un matrimonio feliz! ¡Después de todo, hay que hacer feliz a la gente!

    En efecto, ¡se puede operar una revolución copernicana! Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Es más fácil decir: ¡todo lo que estaba prohibido ayer está permitido hoy! ¡Así todo el mundo estará con nosotros! ¡Qué maravilla si se pudiera remplazar a la Santísima Virgen por Venus! ¡Ya no habrá más controversia, todo el mundo estará de acuerdo y se evitará toda represión psicológica!

    Esta situación es extremadamente grave porque está destruyendo el mundo libre – que además, de libre no tiene sino el nombre – lo está destruyendo. ¿Qué le podemos oponer al absoluto del marxismo? El marxismo tiene un absoluto que es erróneo, ¡pero lo tiene! Afirma contra viento y marea, afirma vigilando sobre todo su ideología. A eso le pone todo el cuidado: ¡no tocar a la ideología! ¡Más bien desintegrar el cerebro de los oponentes que permitir la controversia sobre el materialismo dialéctico o histórico! El mundo libre no tiene nada que oponerle, ¡y cede terreno! Discute todos los valores en que reposaban sus tradiciones y el marxismo emprende una ofensiva inmensa, en particular contra la inteligentsia del mundo libre: desintegrar la inteligentsia, empujarla hasta el fondo de sus negaciones es el medio más seguro de llegar a instaurar un marxismo universal – que tiene además por todas partes células de propaganda – y que ¡encuentra cómplices hasta en la Iglesia! ¡Hay que ser de izquierda, sobre todo, de izquierda! Y ¡jamás, jamás tener enemigos en la izquierda!
    Pero una vez más, todo eso tiene sus raíces en lo que San Pablo indica tan profundamente: la Ley provoca la rebelión, no solamente porque enciende la codicia, sino más profundamente porque hace brotar en el hombre la voluntad de afirmar su autonomía. No conozco objeción más profunda, y si no hubiera encontrado la Trinidad, esa objeción sería mía.

    ¿Porqué nos creó Dios para hacernos sentir la dependencia? ¿Porqué nos habría dado inteligencia suficiente para comprender que nuestro destino está sellado, determinado para siempre, que en Dios todo está decidido, que hagamos lo que hagamos, la historia está escrita de antemano? Si ese fuera Dios, en efecto, sería el primero en violar nuestra autonomía, violaría nuestra dignidad con una especie de sadismo ¡y nosotros no podríamos defender nuestra dignidad sino vomitando a Dios! (“Si hubiera dioses, decía Nietzsche, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?”)

    Es pues necesario que sintamos, con la misma fuerza que el acontecimiento, la mutación que hace de la historia contemporánea una controversia tan profunda, tan extensa, tan espontánea – en apariencia por lo menos – y tan universal. Es que precisamente, Dios no fue visto, no fue percibido, no fue reconocido conforme a la nostalgia expresada por Shelley, como “la única presencia que puede colmarnos”.

    Y se entiende que el hombre con su apertura, el hombre con su vacío interior, el hombre inacabado, el hombre que tiene que hacerse, el hombre cuyo ser, como dice Heidegger, es su “poder ser”, se comprende que este hombre se sienta acorralado. ¿Qué va a hacer con ese vacío interior? ¿Qué va a hacer con esa apertura? ¿Qué va a hacer con su incompletud? ¿Qué va a hacer con su aspiración, con su nostalgia, qué va a hacer? Le dijeron que era libre, le dijeron que podía hacer todo lo que no le haga daño ni a él ni a los demás: ¡es la declaración de los derechos humanos de la revolución francesa! – Pero, ¿Qué es lo que le hace daño a los demás, y qué es lo que me hace daño a mí? Si me gusta la droga y encuentro en ella mi paraíso, ¿por qué no? ¿Qué mal les hago a los demás? Se comprende que el hombre se vuelva loco ante el vacío infinito que se abre en su interior, como dice Pascal, ¡sin saber con qué llenarlo! En todo caso, ¡se acabó el Dios autoritario, el Dios legislador, el Dios que limita y amenaza, el Dios que juzga y que condena! Y sobre el hombre, ese Dios ya no tiene ningún poder.

    Y ustedes saben con qué facilidad se absuelve la gente de hoy, los cristianos practicantes. La tasa de confesiones cayó en una proporción de 80% en seis años, más o menos. Ya el pecado no existe, todos se absuelven a sí mismos y se declaran vagamente pecadores, ¡y eso no los compromete a nada! Es pues necesario encontrar, o mejor volver a encontrar una moral de liberación, y, cosa patética y maravillosa, en la moral de liberación ¡el único pecado es rehusar hacerse origen, es rehusar la libertad! Pero es porque la libertad ha tomado un sentido esencialmente nuevo en la revelación de la Santísima Trinidad. Una vez más es necesario comprobar la imposibilidad en que se encontraba el hombre de resolver su problema con los recursos de su inteligencia, de su razón discursiva, con los recursos de su experiencia y a través de todo el itinerario de su sufrimiento o de su voluptuosidad.”

    A mi conocimiento, nadie ha planteado el problema de la libertad como lo plantea el Misterio adorable de la Santísima Trinidad: ¡no sabíamos lo que era – lo que es – la libertad! Imposible sacar de la libertad una estructura, y lo que envenena la atmósfera en la actualidad, es justamente que el grito de Libertad… Libertad… Libertad… hace alusión o significa algo que no tiene estructura: hacer cualquier cosa, ¡como si uno fuera cualquiera! Lo que nos revela la Trinidad es que la libertad tiene estructura, es que la libertad es una exigencia: la más profunda, la más total, la más radical, porque justamente cada acto realmente libre es un acto original, como cada falta verdaderamente libre es una falta original. ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que en cada acto verdaderamente libre comprometo todo mi ser”. (Continuará)

    (1) Naturalmente, los tradicionalistas rechazan esta constatación.

  • 22 11 2008. Una situación extremamente grave...

     (NOTA: me permito traducir hoy solamente la mitad del texto presentado en el sito www.mauricezundel.net. El texto era demasiado largo. Traduciré à más tardar mañana la segunda parte) Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    1ª parte de la 7ª conferencia de M. Zundel en la abadía de Timadeuc en abril de 1973.

    “En el capítulo 7 de la epístola a los romanos, San Pablo toca los motivos más profundos de nuestra rebelión contra la ley moral: “¿Qué decir? ¿Qué la ley es pecado? ¡Ciertamente no! Solamente, no he conocido el pecado sino por medio de la Ley, y de hecho, habría ignorado la codicia si la Ley no hubiera dicho: no codiciarás. Pero el pecado, aprovechando del precepto, produce en mi toda especie de codicias, puesto que sin la Ley el pecado está muerto (el pecado no tiene vida)”…

    Existe en nosotros un aspecto espontáneo de rebelión contra la Ley por la ley, pero existe también otro aspecto, quiero decir una inspiración interior que representa la exigencia más profunda. Y se expresa en un poema de Shelley. Como ustedes saben, Shelley es un poeta inglés que murió en 1822 ahogado accidentalmente en la bahía de Specia y que había sido expulsado de la Universidad de Oxford por ateísmo. Unos meses antes, Shelley dejó un poema inacabado intitulado “The Zucca” (La Calabaza) del que cito unos versos:

     Jamás, no, jamás oigo a uno de vosotros,
    "O ningún (ser) terrestre, aunque me seáis,
    "como puede ser un corazón a otro corazón humano.

    "Jamás, yo no sé qué, pero esta baja esfera
    "Y todo lo que tiene no puede contenerte,
    "A Ti, que invisible, estás presente en todo.

    "Para el cielo y la tierra y todo lo que encierran
    ”Permaneces oculto como… una estrella.

    "Por el cielo y la tierra, a través de toda forma en la que te acomodas,
    ”Ni contenido, ni retenido, ni escondido, divinizando
    ”las más sublimes y las más humildes, cuando por un momento 
    ”no te impiden vivir en la vida que difundes
    ”Y dejando vacías, repelidas, las cosas nobles,
    "Frías como un cadáver cuando se va el espíritu,
    "Pálidas como el sol cuando nace la noche.

     En el viento, los árboles, los ríos y en todas cosas comunes
    "En la música y en los tonos melodiosos, inconscientes,
    "De los animales y en las voces humanas
    "Hechas para expresar sentimientos personales,
    "En los gestos delicados y preciosas sonrisas de mujer,
    "En las flores, las hojas, y en la hierba frescamente brotada,
    ”O muriendo en otoño, yo, por encima de todo,
    "Te adoro presente, o, perdido, te lloro.

    Vemos aquí ese genio que se creía ateo, expresando en una de las últimas manifestaciones de su genio la nostalgia de una presencia que busca por doquiera, que supera toda realidad y sin embargo puede transparentar a través de toda realidad. Existe pues un aspecto en que el hombre está abierto a una trascendencia, y otro en que la rehúsa. La rehúsa, ¿porqué?

    San Pablo acaba de decirlo: "La Ley, por ser ley, me invita a la trasgresión”. ¿Qué hay en el fondo de ese rechazo? ¿Porqué es siempre más agradable el fruto prohibido? En el plano de la naturaleza sola encontramos en esa rebelión una defensa de la autonomía; no se trata sólo de la atracción de los bienes que codiciamos naturalmente en virtud de nuestra naturaleza animal, sino, más profundamente, es más una reivindicación de nuestra dignidad.

    El hombre que tiene conciencia de su inviolabilidad quiere ser inviolable para Dios, y puesto que Dios aparece como una autoridad que lo domina desde arriba, como una autoridad que le impone una ley que el hombre no ha escogido, que contradice además con tanta frecuencia sus codicias, para defender su inviolabilidad rechaza a Dios. Preferiría además destruirse a sí mismo para afirmar su independencia más bien que aceptar un Dios que sea para él un límite. Y eso es lo que vemos hoy: después de la muerte de Dios viene la muerte del hombre.

    La muerte del hombre será el estructuralismo por ejemplo, la afirmación de un lenguaje que se habla a través de nosotros, en el sistema de Claude Lévi-Strauss, una estructura objetiva que se habla a través de nosotros, pero en la que no tenemos parte, la humanidad secreta de los mitos, en realidad son sus estructuras (de la humanidad) que secretan mitos que encontramos idénticos por doquiera, precisamente en razón de ciertas relaciones semejantes que encontramos en todas partes: ¡no hay hombre que hable, hay una estructura que habla a través del hombre! ¡El sujeto es evacuado! Ya no hay sujeto sino sólo un objeto. Y esta tendencia que Lévi-Strauss afirma deliberadamente, queriendo constituir el único humanismo, o al menos el único ateísmo científico concebible, es al menos lo que pretendió. Esta tendencia la encontramos difundida un poco en todas partes.

    Para Sartre, cada hombre debe encontrar su camino. Es cierto que el hombre es libre, pero es libre para nada, no hay nada en su estructura que le pida ir en una dirección más bien que en otra. Es totalmente libre, totalmente responsable, ¡pero ante nadie! Y por otra parte, ¡es inútil! Su vida no tiene sentido. De nuevo, precisamente porque no tiene significación, se evacua el hombre, ¡en el fondo, el hombre no existe!

    Bajo una forma más elemental, el freudismo, que tuvo una importancia enorme, el freudismo se difundió en todas las capas de la población bajo la forma muy elemental de “no hay que crear represión”. El inventario del inconsciente, y hay ciertamente mucho que retener, pero ese inmenso trabajo se vulgarizó finalmente bajo esta forma: toda represión es peligrosa para el equilibrio del hombre. Entonces, el primer principio de la moral es evitar toda represión, ¡lo cual equivale a hacer lo que uno quiera!

    Más profundamente, como ya tuve ocasión de decirlo, tendremos en Nietzsche, el gran profeta del ateísmo, creo el más respetable y el más doloroso, tenemos el sentimiento de que ¡Dios es una violación! La mirada de Dios es indecente, como decía Nietzsche! Al escrutar la intimidad, nos viola. Sólo podemos estar de pie si Dios no existe.

    En términos más moderados, como ya dije, Marx reivindica la autonomía del hombre contra la dependencia de una criatura.

    Por fin, hay una inmensa reivindicación de la libertad que va hasta la negación del hombre contra Dios: para no depender de Dios se prefiere negar el espíritu del hombre, toda especie de infinito y de trascendencia, y reducirlo al azar, como hace Jacques Monod: una vida, que carece de sentido, surge por azar”. (Continuará)

     

  • 21 11 2008 ¿Cómo puede existir el mal si el mundo es obra de un Dios bueno?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Final de la 6ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    Retoma: “Pero el problema del mal no está todavía plenamente resuelto y sigue siendo escándalo para muchas inteligencias actuales”.

    Continuación: “¿Cómo puede existir el mal si el mundo es obra de un Dios bueno? – Vuelvo atrás de lo que acabo de decir, pues ya mostré el compromiso nupcial que pone a Dios a merced de la creación, como dice el texto del “De Beatitudine” que acabo de citar.

    Job repitió, o mejor planteó de manera inolvidable el problema del mal en el libro genial y completamente en falso, en que ese inmenso poeta se interroga sobre los sufrimientos del justo, en la perspectiva de una vida reducida además a la etapa terrestre, en la perspectiva de una vida que no está destinada a la inmortalidad. En efecto, ustedes saben que el concepto de inmortalidad en el mundo bíblico es extremadamente reciente, pues no aparece sino a la época de los Macabeos. ¿En qué medida pudo la filosofía griega influenciar esta información?

    Es cosa cierta que la mayor parte de la historia bíblica se realiza en un mundo en que no se cree en la inmortalidad. El sheol es algo tan vago por otra parte, tan temible, ¡porque allá no pasa nada! “¿Quién te alabará en el sheol?” El rey Ezequías pide sobre todo que su vida sea prolongada, y considera como beneficio inaudito que se le den 15 años de plazo, porque el sheol es prácticamente la nada.

    El Libro de Job plantea entonces el problema alrededor del siglo V, más o menos en la época  en que el poeta griego Esquilo escribe su tragedia “Los Persas”, que trata también del destino. El gran poeta, desconocido del libro de Job, se plantea el problema en el marco de una vida limitada a la etapa terrestre: ¿cómo es que el inocente no está colmado de bienes? ¡Debería lógicamente estarlo si Dios es bueno! Y ustedes conocen la evolución de ese drama, el paroxismo en que apela a Dios contra Dios, y en que finalmente es confundido por la Omnipotencia.

    ¡No hay respuesta adecuada al grito que pide la justicia! Hay una manifestación de la Omnipotencia ante la cual él se anonada en el polvo. El problema no está resuelto porque la noción de Dios y la del hombre son incompletas ambas.

    ¿Y en la problemática moderna? … recibí recientemente una carta de una mujer cuya vida es un tejido de dolores, y que me ponía contra el muro diciéndome: pero en fin, ¿cómo es esa historia de su Dios? ¡Usted se burla de nosotros hablándonos de un Dios bueno! Basta con abrir los ojos: ¿Qué es el bombardeo del Vietnam? ¿Qué es el dolor y la agonía de los niños? ¿Qué es la enfermedad? ¿Qué es un tumor del cerebro? ¿Qué, la arteriosclerosis que priva a dos mujeres de todas sus facultades, que les impide reconocer a sus maridos y que están ahí vegetando, como si no hubieran sido jamás humanas? ¿Qué es ese terrible desorden? ¿Qué es ese desprecio de la humanidad? ¿Qué es ese desprecio de los valores en que creemos y que Dios parece ignorar totalmente?

    Porque en fin, hay en el cosmos agresiones terribles contra la humanidad: ¡maremotos, terremotos, erupciones volcánicas, tifones, rayos! Todas las fuerzas cósmicas parecen ignorar totalmente al hombre, ¡como si el orden humano y el orden del mundo no tuvieran ninguna relación! ¿Cómo pretende usted admitir, cómo puede usted admitir que Dios sea a la vez el autor del orden del mundo y del orden de los valores humanos, puesto que están unos con otros en terrible contradicción?

    Ustedes saben que en « La Peste » Camus pone esta objeción en labios del Dr Rieux que cuida víctimas de la peste y ve agonizar un niño que no tiene culpa de nada, y dice: “El honor más grande que se le pueda hacer a Dios es afirmar que no existe, ¡porque si fuera responsable de esta situación sería un monstruo!” Es evidente que el mal que encontramos en los hospitales, bajo forma de cáncer, de leucemia, de aterosclerosis, el mal bajo forma de tumor cerebral, el mal bajo forma de dolores atroces del trigémino, todos los dolores insensatos, increíbles, que torturan al hombre al que se tiene que privar de sensibilidad para que no enloquezca de dolor, ¿cómo concebir una Providencia ante el océano de males que desgarran la humanidad, que la inundan desde que existe, cuando toda una ciudad como en el caso de la capital de Nicaragua – cuando toda una ciudad queda de un golpe destruida a 90%? ¿Dónde está Dios en todo eso?

    Pero es claro precisamente que esta objeción, aunque se afirma con pasión, ignora que sólo existe mal en relación con un bien. Si no existe ningún bien tampoco hay ningún mal, el mal no existe sino en virtud de un bien debido. De un niño que no tiene miembros, que es mero tronco, como Denise Legris escribió en su libro admirable “Nacida así”, se podrá decir: eso es un mal, porque normalmente un niño debería tener miembros. Ella se superó genial, magnífica, heroica y cristianamente, hasta el himno a la alegría, pero a primera vista es un mal.

    Pero el mal de todos los males, el mal más imperdonable, el mal más intolerable, es evidentemente el desprecio de los valores humanos, porque los valores humanos parecen al hombre lo único absoluto que puede experimentar. Es la objeción de Camus: “¿Cómo estoy unido a un universo en el que estoy enraizado, y que ignora todos mis valores?” “¿De dónde viene esa unión monstruosa que me hace depender de fuerzas cósmicas o animales? Pues un tigre devora un hombre sin el menor escrúpulo, sin sentir en nada la majestad de la inteligencia humana. ¿Porqué estoy unido a este universo que ignora todos mis valores? Pero justamente, esos valores absolutos – de los cuales hay que alegrarse que se reconozca su carácter absoluto – en efecto, nada es más absoluto que el sentido de la inviolabilidad humana, que el sentido de la dignidad humana, que el horror que se siente ante un lavado de cerebro o ante una desintegración del cerebro, lo cual es peor aún, como se practica en la Unión Soviética, el horror que se siente es en efecto un testimonio dado al carácter absoluto de los valores que constituyen la dignidad humana.

    Pero ¿en qué consiste ese absoluto sino en la presencia en el hombre de un valor infinito que es el Dios Vivo, como vimos en la historia de Koriakoff, como vimos en la experiencia agustiniana? Si el “adentro” del hombre es sagrado, es porque él es el santuario de una presencia idéntica, la misma en todos y en cada uno, que se revela a Agustín como “La Hermosura tan antigua y tan nueva, más íntima en él que lo más íntimo suyo, que es la vida de su vida, en la cual viva estará su vida toda llena de Su Presencia”.

    Es pues seguro que el sentimiento profundamente justo de los valores sagrados ocultos en la conciencia humana, los de la dignidad de nuestra humanidad – que es además una conquista por hacer – es cierto que el reconocimiento de los valores absolutos, la indignación ante la violación de esos valores absolutos, es al mismo tiempo el reconocimiento del Dios Vivo que es el huésped amado del alma, de suerte que Dios pasa inmediatamente al campo de las víctimas.

    ¡Si hay un mal es porque Dios es pisoteado! Si Dios no fuera solidario del universo, si no fuera interior en toda criatura, si la creación no resultara del desbordamiento de la Trinidad divina, no habría mal, pues ¡no hay mal donde no hay bien! – todo sería “ad libitum”, disponible a voluntad. Si como dice Jacques Monod, el mundo es fruto del azar, ¡si la vida surgió del azar, si no hay sentido en ella, si no hay dirección, el mal no existe! Somos nosotros los que inventamos esos conceptos “a voluntad”: ¡eso es totalmente arbitrario! Sólo existe mal absoluto si existe una presencia divina oculta en el fondo de la creación

    Y ustedes lo intuyen de inmediato: no van a confesarse si mataron una mosca, pero lo harían si la hubieran torturado, si le arrancaron las alas en vez de matarla de un golpe seco que le ahorrara el sufrimiento, porque la mosca tiene derecho al respeto, porque la dignidad del Creador está comprometida con ella, porque no pueden utilizar mal la creación en razón de la presencia del Amor que se la confía, poniéndose además Él mismo en sus manos.

    Es pues cierto que la objeción del mal desaparece de inmediato cuando Dios pasa al campo de las víctimas y que vemos en efecto que ¡la tortura a la que se somete la creación es en primer lugar la crucifixión de Dios! Y esa es justamente la respuesta a Job: la única respuesta es la Cruz y la agonía de Nuestro Señor. Y es lo que le faltaba al Génesis.

    El Génesis es una primera visión, todavía incompleta, del misterio del mal, porque en el Génesis Dios no aparece comprometido. Él es el Dueño soberano que creó por la voluntad omnipotente de Su Palabra un mundo que depende esencialmente de Él, que le está radicalmente sometido, al que le puede imponer Su voluntad a precio de las sanciones más terribles, pero no está comprometido. Si la criatura transgrede el orden que se le impuso, ¡la miseria es para ella! Dios queda indemne. Queda sin duda una luz de esperanza, la cual tomará toda su significación precisamente en el nacimiento de Nuestro Señor, pero es en la agonía de Nuestro Señor donde brilla la solidaridad entre Dios y el Universo, porque en la Agonía de Jesús el mal se manifiesta como herida hecha a Alguien: ya no hay ley promulgada por un soberano, en la cual el “bien” es lo “ordenado” y el “mal” es lo “prohibido”, hay una Vida divina comprometida a fondo en la creación, y sólo existe un Bien, el Amor, y sólo existe un mal, el rechazo de amar, pero ese rechazo hiere a Dios en pleno corazón porque se trata de un lazo nupcial.

    Sin duda, Dios no puede perder nada, porque perdió todo eternamente, porque Él es el despojamiento subsistente, pero ese despojamiento subsistente sólo podrá expresarse en la historia humana en Jesús, Verbo encarnado, que justamente, bajo la forma de desapropiación crucificada, de despojamiento sangriento, de agonía hasta el corazón de las más horribles tinieblas. Ahí es pues donde el mal va a revelar su verdadero rostro: herida hecha al Amor que se comprometió enteramente en su creación, como un esposo en sus relaciones con la esposa.

    El Bien es Alguien a amar, el Bien es una persona, el mal es la muerte de Dios. Hay Alguien comprometido en nuestra vida, y que ¡es siempre la primera víctima de nuestros rechazos de amor! Es lo que comprendió intuitivamente Claudel cuando el día de navidad de 1886 entró a Notre Dame de París como esteta en busca de emociones. Para engañar su tedio, siendo incrédulo, se extravió bajo las bóvedas de Notre Dame, y en las mismas Vísperas en que se canta el « De Profundis » de Dios. Como comprende todas las palabras, de repente lo conmueven las antífonas, lo conmueve ese “De profundis”, y ¡reconoce “la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios”! Y ahí queda, fulminado, como su patrono San Pablo, queda fulminado, y no puede volver atrás, en adelante queda prisionero de Cristo, reconociendo su “eterna infancia y desgarradora inocencia”.

    La creación toma pues un sentido extremadamente nuevo a la Luz de la Santísima Trinidad, donde resulta del desbordamiento interior de Dios en que se celebra eternamente su infinito despojamiento. La Creación es obra de la pobreza divina que se comunica a toda la creación para llevarla al matrimonio de amor en que el “sí” de la criatura debe sellar el “sí” eterno de Dios.

    El mundo está pues en nuestras manos: desde el átomo de hidrógeno hasta las más lejanas galaxias, este mundo que es nuestro cuerpo ya que actúa sobre nosotros, está esperando que actuemos sobre él: debemos asumirlo, debemos recrearlo, debemos ofrecerlo, debemos transfigurarlo, debemos hacer de él la custodia de Dios! Pero primero tenemos que cuidar a Dios, porque Su Vida está difundida en el universo para ser la vida del universo, ya que el sentido mismo es el Amor, puesto que ¡la creación comienza hoy en la medida en que nosotros cerramos el anillo de oro de las nupcias eternas!

    Vean pues con qué amplitud resuenan en la creación las palabras del “De Beatitudine”: al crear, Dios se hizo esclavo de la creación y trató a las criaturas inteligentes ¡como si cada una fuera su Dios!” (Fin de la 6ª conferencia)

     

  • 20 11 2008. El sentido supremo de la Creación y el problema del mal.

     1ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel en la Trapa de Timadeuc en abril de 1973.


    Texto magistral sobre el sentido supremo de la creación y el “misterio” del mal. El misterio de la Santa Trinidad es la luz fundamental.


    “Un hombre extrañamente piadoso, queriendo asegurarse de la buena conducta de sus hijos, los obligaba a comulgar todos los días. Así creía él asegurarse de su estado de gracia. En realidad, los obligaba a hacer comuniones sacrílegas. Este abuso del poder nos revela inmediatamente el sentido de una paternidad auténtica: un padre es naturalmente la providencia material de sus hijos: subsisten sólo gracias a su trabajo, sobreviven sólo gracias a su dedicación, pero todo eso no cuenta para nada ante la conciencia de sus hijos. Si es digno de ese nombre, el papá sabe que hay un terreno inviolable y que él no tiene derecho de recurrir, o de hacer pesar en la balanza la dependencia material de sus hijos para obligarlos a pensar como él o a querer lo que él quiere. Sabe que para formar las conciencias en el respeto de sí mismas, él debe ser el primero en respetarlas. Con la delicadeza de su amor, anula pues en cierto modo todos los beneficios materiales, anula la dependencia de los hijos, para situarse en un nivel de igualdad en que una conciencia se encuentra frente a otra. Y ese papá les parecerá tanto más admirable si jamás utiliza el poder material que tiene sobre ellos para forzar a sus hijos a adherir a su modo de pensar o a sus opiniones. Para tener éxito en esta empresa, será sin duda necesario que el papá viva con tal rectitud que su presencia cree en el corazón de los hijos un llamado constante hacia el bien y hacia la superación de sí mismo.

    Esta imagen es sin duda una parábola de la paternidad divina para con nosotros, y es lo que necesitamos tener en la mente para comprender, o para adivinar al menos, la fragilidad de Dios en sus relaciones con nosotros: Dios anula en cierto modo todo lo que debemos a la creación que realiza al darnos el ser, porque no es sino la condición de una relación nupcial entre Él y nosotros, que es pura relación de amor, de suerte que no querrá jamás hacer interferir su poder creador en el interior de esa relación que quiere ser enteramente libre. Es lo que expresa un texto, absolutamente único en mi conocimiento, en un lenguaje incomparable e increíble para la época. El texto (en el “de beatitudine” c. 2 § 3) es el siguiente:
     
                     " Est ibi aliud inflammans animam ad amandum Deum, scilicet divina
                     " humilitas. Nam Deus omnipotens singularis angelis sanctisque animabus
                     " in tantum se subjicit quasi sit servus emptitius singulorum, quilibet
                     " vero ipsorum sit Deus suus. Ad hoc insinuandum transiens ministrabit
                     " illis dicens in psalmo octogesimo primo "ego dixi: dii estis".
                     " Haec autem humilitas causatur ex multitudine bonitatis et divinae
                     " nobilitatis, sicut arbor ex multitudine fructuum inclinatur".

                     "Hay pues otra cosa que inflama el alma a amar a Dios, es la humildad divina.
                     “Dios todopoderoso, se somete, en efecto, de tal manera a cada uno de los ángeles y a cada alma santa,
                     ”como si fuera para cada uno(a) un esclavo que se esmera
                     ”y como si cada uno(a) fuera su Dios! para sugerirlo pasará ante ellos
                     “sirviéndoles, como dice en el Salmo 81: "Yo dije: dioses sois”.
                     ”Esa humildad resulta de la abundancia de la bondad y de la nobleza divinas,
                     “como un árbol se inclina por la abundancia de sus frutos”.


    Nunca he encontrado un texto que vaya tan lejos en la expresión de la fragilidad de Dios. Lo encuentran en una obra, "De Beatitudine", que se atribuye a Santo Tomás de Aquino, lo que no es seguro, pero es probablemente de su época.

    Ahí tienen pues un místico que comprendió hasta el fin el sentido de la paternidad divina. ¡Al crear, Dios creó dioses, e hizo de cada criatura racional – ángel u hombre – su Dios! Es decir que quiso realizar una relación nupcial con la creación. Dicho de otra manera: la creación emana de la Trinidad Divina. Eso lo afirmaba constantemente Agustín, buscando en el universo los vestigios o la imagen de la Trinidad. La creación prosigue en cierto modo y continúa “ad extra” el desbordamiento de las tres Personas divinas (“ad intra”), de donde resulta la desapropiación fundamental de la divinidad.

    De esa Pobreza súper-esencial es de donde brota la creación, y si tiene su cuna en la Trinidad, también tiene su centro en la Trinidad, y como la Trinidad es la afirmación de una eterna comunión de amor, la vocación del universo es de entrar en esa eterna comunión de amor. Es decir que el ser es dado a las criaturas no para que subsistan, sino para que sean capaces de darlo, como Dios. Ese es el sentido supremo de la creación que une a Dios con la creación ya que no entra en ella sino por el Amor y para el Amor, y que lo que desea preservar en ella es el Amor que es el sentido mismo del ser, es decir que Dios está comprometido a fondo en la creación, como nos lo dirá Nuestro Señor, “hasta la muerte de la Cruz”, es decir que la creación es una historia de dos.

    Dios no crea un universo de robots, como decía ayer. Él no crea un universo de robots sino un universo de libertad. El sentido de la creación es la libertad en el sentido de liberación, en el sentido de evacuación total de sí mismo que hace que en lugar de sufrir el ser lo damos convirtiéndonos enteramente en un impulso de amor, como las Tres Personas divinas Una en relación con la Otra.

    Ven pues que el misterio de la Santísima Trinidad es la luz fundamental, le da a la creación un sentido absolutamente nuevo. No se trata de una “causa primera” que se divierte fabricando seres con los cuales no tiene ninguna relación real, que no son nada para él. Se trata de un Amor que se compromete a fondo y que se entrega a su creación, que se confía a ella, ya que la respuesta de amor que la creación tiene que dar es precisamente el sentido mismo del gesto creador.

    La creación es una historia de dos, es una historia nupcial, y por eso, si el “sí”de Dios está eternamente asegurado – pues como dice San Pablo a propósito de Cristo: “En Jesús no hay “sí” y “no” sino sólo “sí”, pero en la criatura el “no” es posible porque la criatura no es originalmente sí , tiene que hacerse “sí”, tiene que superar sus límites, tiene que conquistar su dignidad, tiene que liberarse del “yo” posesivo que es la raíz de todo mal, y Dios, cubriendo la criatura con la solicitud nupcial infinita, Dios puede ser puesto en jaque. Y en efecto fue puesto en jaque, y podrá serlo eternamente en la medida en que ciertas criaturas rehusarán definitivamente Su Amor. Por eso además el mal entra en el mundo, el mal que pone un inmenso problema, insoluble hasta la muerte de Nuestro Señor.

    Ustedes recuerdan haberlo meditado con frecuencia, en el tercer capítulo del Génesis donde se nos narra la caída original en términos tan dramáticos y profundos, y saben que ese relato, que data probablemente de la época de Salomón, y que nació en un círculo de sabios que se planteaban precisamente el problema del mal, ese relato magnífico y genial atribuye el origen del mal a la criatura, en virtud de una desobediencia cuyas consecuencias habían sido previstas y anunciadas, de suerte que los tres capítulos del Génesis, la primera visión del mal, es ya la afirmación de la inocencia de Dios: ¡Dios no tiene la culpa del mal! El mal entró en el mundo por el pecado, y por el pecado la muerte.

    San Pablo retoma el tema con una potencia extraordinaria en el 8° capítulo de la epístola a los romanos. Nos muestra solamente que el hombre caído por el primer rechazo de amor, por el primer rechazo de hacerse origen: porque eso es el pecado original, el rechazo de hacerse origen, es abandonarse al universo, es dejarse llevar por él en vez de llevarlo, es instalarse en un “yo posesivo” en vez de superarlo para llegar a un “yo oblativo” que corone toda la evolución por un acto de libertad que arrastre todo el universo en la vocación de libertad en que debe participar toda criatura. Y San Pablo retoma el tema genialmente y de modo muy inesperado al solidarizar precisamente la creación material con la caída original: el universo entero fue dislocado, el universo entero fue sometido a la vanidad por el hombre, el universo entero fue privado de la gloria de los hijos de Dios, el universo entero gime en dolores de parto esperando precisamente la manifestación de la gloria de los hijos de Dios.

    San Pablo concuerda pues aquí admirablemente con la visión de una creación nupcial en que el diálogo entre Dios y el universo es un diálogo de espíritu a espíritu, ya que Dios es espíritu, y quiere un mundo “espíritu”. Dialoga pues con toda la creación a través de espíritus: los ángeles y los hombres, u otras criaturas inteligentes situadas en otros planetas, poco importa. Dialoga con todo lo que hay de inteligente en la creación, Dios dialoga con toda criatura, viviente o no viviente. En la criatura inteligente, que es el punto clave del gesto creador, hay una mediación (es lo que San Pablo nos hace entender) – una mediación de la criatura inteligente, que es indispensable al equilibrio del universo, y es por falta de esa mediación que el universo está en el estado en que se encuentra.

    Queda que el problema del mal no está todavía plenamente resuelto y que sigue siendo un escándalo para muchas inteligencias actuales”. (Continuará)

  • 19 11 2008. El dogma del infierno: no se puede hacer cualquier cosa cuando no se es cualquier cosa.

    Final de la 5a conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    “Una experiencia del juicio final y de las sanciones eternas nos la presenta Graham Greene en su novela “El Poder y la Gloria”, de la que se inspiró una película que ustedes quizá vieron. Esa novela es también extremamente preciosa por la verdad de las situaciones que evoca. Nos cuenta que en los años 1917 ó 1918, muy poco antes de la revolución soviética, estalló en Méjico una persecución fulminante y totalmente imprevista. Los obispos se exilan, los sacerdotes huyen, el pueblo cristiano queda casi totalmente abandonado. Dos sacerdotes permanecen en cierto sector. Son malos sacerdotes, que se hicieron tales para “pasarla bueno”, que no se han rehusado ningún placer discretamente posible, y que no pudieron o no quisieron escapar. Y ante la persecución, uno de ellos se desinfla inmediatamente, se casa con su ama de casa, y se pone entonces al lado del poder el cual, naturalmente, le otorga una pensión. Puesto que descrédito su ministerio, ya no es un enemigo peligroso.

    El otro, en cambio – sin ser mejor para comenzar – en esa situación, toma conciencia de una vocación que siente por primera vez quizá: el barco se hunde, el capitán debe permanecer a bordo, atacan el rebaño, el pastor no puede huir. Esas dos imágenes van a determinar su decisión. Puesto que él es el único, en kilómetros, en poder dispensar los sacramentos a un pueblo con hambre de Dios, él debe quedarse. De su alma se ocupará más tarde, cuando haya cuidado del alma de los demás. Está en estado de pecado, pero la urgencia lo obliga a quedarse: y se queda. Y entra en una vida de total desapropiación porque sólo puede ejercer su ministerio de noche, come a escondidas, duerme lo menos posible y con frecuencia nada, se expone a los mayores peligros porque la policía, que ha husmeado la presencia de un sacerdote termina por poner a precio su cabeza. ¿Qué importa, además? es totalmente indiferente a su suerte, ya que decidió jugarse la partida, la jugará hasta el final. Y justamente, lo que lo libera y lo purifica radicalmente es que cesa completamente de mirarse y no ve sino al pueblo al que puede dar a Dios, y lo hace sin ninguna consideración por sus propias necesidades. Finalmente, como la policía no logra capturarlo, toma rehenes en los lugares donde suponen que ha ejercido su ministerio, y entonces evidentemente se complica mucho más la partida, y él acaba por entender que eso es un signo de la Providencia: dar su vida hace parte del juego, exponer la vida de los demás, ¡no! Tan preciosos como sean los sacramentos, Dios no está atado a esos signos eficaces, y puede dar Su gracia de otra manera y no abandonará a Su rebaño. Va pues a alcanzar la frontera, se irá a los Estados Unidos, podrá finalmente confesarse, y como se dice, ¡“ponerse en orden”! Toma esta decisión. Sabe además que hay un espía al acecho y lo ha encontrado varias veces, el cual husmeó al sacerdote pero no ha podido cogerlo en flagrante delito de ejercer su ministerio, – y al que además le salvó la vida una vez el sacerdote cuando casi se ahoga pasando un río – pero sabe que si alguien lo traiciona, será ese individuo. Llega por fin a la frontera con Estados Unidos y va  a pasarla cuando precisamente se presenta el espía y le tiende la mejor trampa posible, diciéndole: “Un enfermo moribundo lo está llamando”. Obedece al llamado, añade que es sacerdote, y cae en la trampa. Si no lo hace, arriesga abandonar a un moribundo que lo llama, y habiendo expuesto su vida por los demás, ¿va a rechazar ahora el llamado de un moribundo? ¡Imposible! Si existe una sola posibilidad entre diez mil de que un moribundo lo esté llamando, ¡él está listo! Y además, ¿Qué iría a hacer en Estados Unidos? Ve desde ya la vida mediocre que llevaría allá y le da náusea. Vuelve entonces a sus pasos, acompaña al espía que lo lleva a un campo solitario donde, en efecto, buscado como él por la policía, un enfermo está agonizando. “¿Usted me mandó llamar? - ¡No!” ¡Entonces es una trampa, una emboscada! El sacerdote exhorta al moribundo diciendo: “Finalmente, vine aquí a precio de mi vida, ¡no rehúse los sacramentos!” Trata de convencer al moribundo, el cual resiste, y mientras le está hablando entra la policía y se apodera de su persona. El teniente de la policía que conduce la operación es un joven revolucionario convencido y puro, y mira al sacerdote con desprecio soberano, hasta el momento en que el sacerdote le cuenta ingenuamente toda su vida, sin esconderle nada. El joven teniente admira en efecto la sinceridad, la valentía, la fe de este hombre que va hasta la muerte para no dejar su rebaño sin pastor, que se expone a morir regresando de la frontera con Estados Unidos para llevar auxilio a un moribundo. Entonces le anuncia que será fusilado al día siguiente y que no puede impedirlo, pero que si puede hacer algo por él –dice el joven teniente – lo hará con mucho gusto…
    El sacerdote no pide sino una cosa: encontrar un sacerdote que le dé la absolución antes de ser fusilado. Y no hay más que un sacerdote que pueda absolverlo, es el ex-colega casado, que en caso de urgencia puede evidentemente darle la absolución. El joven teniente va a ver al sacerdote, pero la mujer se interpone: tiene demasiados problemas con la policía, le prohíbe salir, y naturalmente el sacerdote mártir debe entregarse al bautismo de sangre que lo purifica radicalmente de todo lo que pueda quedarle de mancha de pecado. Será pues fusilado al día siguiente, pero antes, hace este gran descubrimiento que confió a una beata que arreglaba su alma, y que se preocupaba ante todo de su elegancia moral mucho más que del amor de Dios: “Amar a Dios, le dijo, ¡amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos!”

    Eso fue lo que descubrió: “¡Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos!”. ¡Jamás tuvo miedo! No fue como el facineroso de la primera historia que fue movido a convertirse por estar lleno de terror – un terror perfectamente legítimo por otra parte en el estado en que estaba – de un terror que despertó en él el sentido de su humanidad y de las responsabilidades que conlleva el ser hombre. Él jamás tuvo miedo, el miedo del infierno no pudo influenciarlo. Lo llevó a Dios El Amor. Queriendo alimentar al pueblo con el pan eucarístico, queriendo sumergirlo en la Sangre de Cristo por la absolución – como decía Santa Catalina de Siena – en la inmensa ternura del Señor fue donde descubrió su rostro y se hizo sensible al peso de sus faltas: sus faltas no le pesaban a él, sino al Corazón de Dios, ¡sus faltas terminaban por crucificar al Amor! Y ese Amor era el que se debía liberar, y no él.

    El dogma comporta esas dos maneras de entenderlo. El grado mínimo es evidentemente el terror, perfectamente legítimo en situaciones en que uno es todavía exterior a sí mismo y a Dios, es la única manera de tomar conciencia de que uno se debe elegir, pero a medida justamente que nos interiorizamos, Dios se interioriza, las sanciones se interiorizan, uno se pierde de vista y finalmente quiere salvar a Dios, quiere salvarlo de uno mismo, quiere cesar de ser pantalla entre Él y uno, entre Él y los demás, entre Él y el Universo.

    No hay pues que reducir el dogma a un solo nivel, en una dirección homogénea. Según las exigencias de la analogía es verdad a cada nivel, como es verdadera una relación, ya que se trata de un diálogo porque el “Bien” es Alguien. No estamos en un sistema jurídico anónimo, sino en una relación nupcial en el que se trata de dar el “sí” a las nupcias eternas de amor que Dios quiere contraer con nosotros. Y ese “sí” puede ser más o menos cálido, ya que como dice San Pablo, aun para los que no logran la entera liberación de sí mismos según sus talentos y a su medida, “hay estrellas de tamaños diferentes”. Lo esencial es ir hasta el final de lo que hemos recibido, haciendo de sí mismo una ofrenda total.

    Pero es cierto que si queremos despertar hoy y siempre el sentido de las responsabilidades que son la nobleza del hombre, nada me parece más escandaloso que el hecho de eliminarlas. No se puede hacer “cualquier cosa” cuando no se es “cualquier cosa”. Hay una responsabilidad que es tan grande como el hombre. Y si el hombre puede emerger del animal, si puede llegar a una vida que se sostenga por sí misma, si puede vencer la muerte, la elección que haga tiene consecuencias eternas, y al menos para él, consecuencias irremediables.

    Pero desde el punto de vista del Amor, lo terrible no es la desgracia del hombre, sino la crucifixión de Dios. Y, en efecto, el infierno es Dios crucificado en un alma que rehúsa obstinadamente amarlo (1), mientras Dios sigue obstinadamente siendo el Amor que muere de amor por todos los que rehúsan amarlo.

    “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir durante ese tiempo”, dijo Pascal. Se puede decir también: Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo. Jesús estará en agonía mientras haya un alma que se rehúse a su Amor. Porque si ya no hubiera Amor ya no habría infierno, porque ya no habría rechazo de amor donde no hay amor. Dios sigue siendo el Amor en el fondo de la criatura humana que sólo subsiste gracias a Su amor, y es por eso que el rechazo de amar crea el infierno (1).

    Y por eso la dirección más eficaz, la más conmovedora, es la dirección indicada precisamente por el sacerdote mejicano: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”. ¿Qué será de nosotros en el momento de la muerte? Podemos morir en un segundo, claro está, pero en fin, normalmente, la muerte no nos parece inmediata.

    Si se tratara de nuestra suerte, podríamos dejar la conversión para mañana. Si se tratara de nuestra elegancia moral – que no debemos descuidar además – si se tratara simplemente de nuestro buen equilibrio, podríamos dejarlo para mañana. Pero se trata de la Vida de Dios en nosotros, ahora, a cada latido del corazón, y es imposible que nos rehusemos un instante. A eso nos lleva la meditación de los fines últimos. El fin último en nosotros, es el Dios vivo que nos está esperando en lo secreto del corazón, y tenemos que llegar inmediatamente a ese fin último, si no, lo crucificamos dentro de nosotros renovando la Agonía del Señor.

    Nada puede estimular más nuestra generosidad que el peligro que corre Dios. Nada es más frágil que Dios, ni nada más precioso. Nada es más frágil que el Amor que es sólo Amor y que no tiene más acción que el Amor. Pero como el amor no puede obrar sino desde adentro sobre los resortes de la más secreta intimidad, si la intimidad se rehúsa, no le quedan a Dios otros medios de acción que la Cruz, que la muerte que sufre por cada uno de nosotros, conforme al grado de nuestro rechazo.

    Creo que ¡no hay nada más conmovedor que la fragilidad de Dios! Dios está en nuestras manos, Dios nos confía Su Vida, el Reino de Dios es la vida de Dios que se realiza en nosotros e irradia a través de nosotros, porque Dios no es un objeto que podamos poner ante los ojos, sino una intimidad, un puro “adentro”, un puro “intus” como dice San Agustín, un puro “adentro” que no puede enraizarse sino en nuestra intimidad, a condición de que ésta se abra a Su Amor y corresponda al “Sí” eterno que es Él con un “sí” renovado sin cesar.

    No conozco nada que pueda cerrar el camino al pecado que es una herida hecha a Dios, como esta toma de conciencia de la fragilidad de Dios: Dios no se opondrá, Dios no me forzará, Dios se me dio totalmente, más aún: ¡quiere nacer de mí! Es el Señor el que lo dice: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre… y MI MADRE!” Tenemos pues que dar nacimiento a Dios, como comenta Beda en otro contesto, tenemos que darle nacimiento en nosotros, alimentarlo y hacerlo crecer en el corazón de los demás.

    Llegamos así al texto de la liturgia de esta mañana: Dios es nuestra Madre, pero nosotros también somos la suya en la reciprocidad total que Él quiere establecer con nosotros. Y qué podemos hacer sino pedir a la Madre misma del Señor que nos forme para la maternidad divina, que nos despierte al sentido de la fragilidad de Dios, para que superemos nuestros límites a fin de acogerlo, para que resucite en nosotros inscribiendo en el fondo de nuestros corazones, o pidiéndole más bien que inscriba ella en el fondo de nuestros corazones estas palabras tan profundas y humanas: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”. (Fin de la 5ª conferencia).

     

    Nota (1). Creo que se puede decir que estos pensamientos zundelianos son todavía desconocidos de todos los cristianos. Estas palabras inéditas sobre el infierno no han sido todavía reproducidas en ninguna parte, que yo sepa. Y no hay que pensar por eso que no son justas. Pero representan un tal cambio de las perspectivas ordinarias que son inclusive bien difíciles de comprender simplemente.

    “Lo esencial es ir hasta el final del don que hemos recibido”. Zundel tempera en cierto modo lo que acaba de decir. Hay quizá que reconocer humildemente que no hemos recibido todavía el don de una comprensión tan profunda del dogma del infierno, y sobre todo de la maternidad divina a la cual estamos todos llamados, y que funda la amplitud de nuestra responsabilidad.

    Santa María, madre de Dios y madre nuestra, ¡enséñanos la maternidad de ese Dios infinitamente frágil! ¡Ante tal misterio no entendemos nada! Aunque podamos comprenderlo tan poquito aún, ¡ayúdanos al menos a orientarnos cada vez de mejor modo hacia la profundidad de ese misterio!

     

  • 18 11 2008 El dogma es Alguien.

     

    1ª parte de la 5ª conferencia de M. Zundel en la abadía de Timadeuc en abril de 1973.

    Zundel nos cuenta aquí “un ejemplo extraordinariamente conmovedor ¡que debería figurar en los catecismos!”, y que contiene una enseñanza magistral sobre el infierno. El pecador comprende que es él el que pone a Dios en el infierno y no Dios el que lo condena.

    La Trinidad divina es el sol cuyos rayos son los dogmas. La evolución de la inteligencia del dogma es su verdadera comprensión.

    “En la inteligencia del dogma – que es la formulación cada vez más explícita del testimonio apostólico, en dirección homogénea – encontramos, proporcionalmente, lo que encontramos en la revelación, es decir que la inteligencia del dogma supone un diálogo, nos introduce en un diálogo que puede situarse a diferentes niveles. Esa inteligencia puede crecer al infinito, y llega siempre justamente a un infinito: La Trinidad Divina.

    La Trinidad divina es el sol cuyos rayos son los dogmas. Cada dogma nos lleva a la Trinidad como a su centro primitivo, la Trinidad los ilumina cada uno, y nos llama al don total, a la desapropiación radical que es nuestra verdadera liberación.

    Podemos verificar esa inteligencia progresiva del dogma en una experiencia, tomando precisamente el dogma más ingrato, que concierne los fines últimos.

    “¿Cree usted en el infierno?, me preguntaba alguien recientemente. Yo le respondí: “¡La pregunta está mal planteada! No se trata de un objeto, se trata de un diálogo que es necesario vivir. El dogma es en efecto una eucaristía de la verdad, el dogma es Alguien (1), pues revela una confidencia de Amor en que la intimidad divina se entrega a Otro. Es pues claro que, según el grado de nuestra receptividad, comprenderemos el dogma a un nivel más o menos alto, y – para ser lo más concreto posible – podemos citar un ejemplo extraordinario en verdad, que me contó un abad benedictino que fue su primer testigo:

    Había en los Alpes, a 4000 metros, entre dos fronteras, un contrabandista que era un bandido, que no pensaba sino en defender su sospechoso oficio y no hesitaba en servirse de su fusil contra el que perturbara sus operaciones. Y un día – a 4000 metros – encuentra un pedazo de papel – ¡lo que no es común en esas alturas! – Lo recoge indolentemente y lee en él: “perpetuo socorro”. Piensa: ¿Qué carajo puede significar eso? Un perpetuo socorro, ¿puede existir un perpetuo socorro para gente como yo? Sigue leyendo y ve: “Novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”.

    Y él que era un hombre de montaña, que vomitaba las blasfemias más vulgares en medio de sus iras, sintió de repente el impulso de hacer la novena. En el fondo de su memoria encontró las oraciones descuidadas desde hacía tanto tiempo, y fue hasta el final de la novena. Entonces se sintió presa de un terror indecible. Por primera vez tomaba conciencia de sus responsabilidades y se sintió perdido y condenado: sus crímenes le saltaron a los ojos: ¡jamás podría salir de allí, jamás recibiría perdón! ¡Estba condenado, irremediablemente!

    Habiendo tomado conciencia por primera vez de la responsabilidad, que es finalmente uno de los primeros factores de la grandeza humana – porque negar la responsabilidad del hombre es negar al hombre, y afirmarla es reconocer la importancia de la decisión que debe tomar por sí mismo, es darle su verdadero lugar en la creación, es reconocer que en cierto modo es creador.

    Comienza la novena por segunda vez, y al final de la segunda novena siente que podrá quizás salirse con unos miles de años de purgatorio. Comienza entonces la novena por tercera vez, y al final de la tercera novena comienza a tomar conciencia de que va a ser perdonado. Hace la novena por 4ª vez, y va hasta 7 novenas seguidas. Al final de las siete novenas, yendo a confesarse donde vivía el benedictino, estaba lleno de una contrición tan perfecta, de un amor tan ardiente, que el padre quedó conmovido y le pidió contar el relato que acabo de resumirles.

    Esta historia me parece extraordinariamente profunda. Quiero decir: esa sucesión de hechos me parece extraordinariamente iluminadora, porque aquí vemos justamente profundizarse el dogma en la inteligencia que este hombre adquiere de él y que, a partir de un sentimiento de terror que correspondía a su situación, a medida que su arrepentimiento se interiorizaba, la visión de su responsabilidad tomaba una forma totalmente diferente, pues comprendía poco a poco que había pecado contra Alguien, que había pecado por haber rehusado hacerse origen, que había pecado por haber querido enraizarse en sus prefabricaciones, por haber querido quedarse en su “yo” posesivo! Y a medida que emerge, Dios se interioriza, y ya no ve en Él en primer lugar al Juez que lo va a condenar y que puede castigarlo, sino a Alguien a quien ha ofendido, ve un Amor al que ha herido, y comprende que no es Dios el que lo mandaba al infierno, sino él quien había fabricado su infierno! Tomando conciencia de que hay un orden del ser que es inviolable, se da cuenta que ese orden está en la luz de un testigo incorruptible, que es imposible engañarlo, que el hombre crea su destino y que en fin de cuentas, cosecha lo que ha sembrado y obtiene lo que ha buscado.

    Pero también toma conciencia de que, puesto que una mala voluntad lo llevó por ese camino, una voluntad que se corrige, una buena voluntad puede hacer reparación. Más profundamente, toma conciencia de que el bien que rechazó, el bien que traicionó, el bien que no quiso hacer, ese bien es “Alguien”, que se trata de una relación de amor y que en esa relación de amor, Dios sigue siempre siendo el Amor, que finalmente Él es siempre el herido, siempre Lo hacemos fracasar, ¡que siempre es Él el crucificado! Comprende por fin que el infierno en que el hombre se encierra por su mala voluntad, por la posesión de sí mismo por sí mismo, es el fracaso de Dios, que es él quien mete a Dios en el infierno y no Dios el que lo condena allá, puesto que Dios no dejará jamás de ser el Amor, no dejará jamás de ser herido por los rechazos de amor.

    Vino entonces su contrición. Ya no se trataba de él, se trataba de Dios. Se trataba de proteger a Dios, se trataba de salvar a Dios, de salvarlo de nosotros, de nuestros rechazos, de “no apagar el Espíritu”, como dice San Pablo a los tesalonicenses. Podemos apagar a Dios en nosotros, rehusando Su Luz, podemos crucificar a Dios rechazando Su Amor.

    La evolución de la inteligencia del dogma es su verdadera comprensión: sube, de nivel en nivel, hacia el foco de Amor, sube hacia la Trinidad. Es verdad que si nos obstinamos en el rechazo, cosechamos lo que hemos sembrado, es verdad que sigue habiendo una posibilidad de separación definitiva, al menos por nuestra parte, pero no es sino el primer grado y existen innumerables niveles en que el sentido de la responsabilidad se transforma, y ya no se trata de “nosotros” y de “nuestro” destino”, de “nosotros” y “nuestra felicidad”, sino del reino de Dios que debe realizarse en nosotros, con el consentimiento de nuestro amor.

    Vemos pues que no se trata primero de un “lugar” sino de una “situación”, se trata, como siempre, de una “relación”. Estamos en un diálogo en que Dios habla, en que Dios se da, en que Dios llama y nosotros podemos darnos más o menos, o rehusarlo también más o menos.

    Ahí tienen pues un ejemplo extraordinariamente conmovedor que debería figurar en los catecismos, pienso yo. Sería un modo admirable de introducir el tema de los fines últimos y de las sanciones eternas, proponer esta historia auténtica además, que fue vivida, y que termina por esa conversión extraordinaria, a través de la invocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Se vería mejor brillar la inocencia de Dios, y el infierno en efecto corresponde a la inscripción que Dante lee sobre la puerta de ese lugar maldito: “¡Me hizo el Poder divino, la Soberana Sabiduría y el Primer Amor!” Es el Primer Amor, desarmado, que se entrega al hombre y que puede fracasar si el hombre se rehúsa, porque el Amor no tiene más posibilidad de afirmarse cuando quiere perseverar en el don de sí mismo, sino la de morir de Amor por los que rehúsan amarlo.

    En Nuestra Señora de París, ustedes recuerdan que en el tímpano de la entrada principal, que representa precisamente el Juicio final, Cristo domina toda la escena mostrando las llagas de sus manos. Ese es el Juicio final: "Quid ultra debui facere et non feci ?:¿Qué más hubiera podido yo hacer y no lo hice?”  (Continuará)

     

    Note (1). Esta personificación del dogma, con la persona de Cristo, puede sorprender. Va totalmente contra innumerables falsas interpretaciones a que pudo llevar la palabra dogma. Eso parece querer decir que todos los dogmas emanan de la persona de Jesucristo, hasta el punto de identificarse con ella.

     

  • 17 11 2008. El misterio de la Trinidad, fuente del mayor júbilo.

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    Final de la 4ª conferencia de M. Zundel en la abadía de Timadeuc en abril de 1973.

    “En nosotros, la toma de conciencia es narcisista, vuelve sin cesar al “yo” posesivo que nos asfixia. En Dios, la toma de conciencia es esencialmente altruista: va hacia el Otro, por eso Dios es Espíritu. Justamente, el Espíritu es el ser que puede asumirse, que puede asumirse virginalmente, que puede asumirse sin apegarse a sí mismo, que puede asumirse liberándose de sí mismo.

    Esa es pues la libertad revelada en su fundamento eterno: ¡Dios es libre de sí mismo! Entonces comenzamos a entender lo que significa para nosotros la libertad, se sitúa en la misma dirección, se trata de despegarse de sí mismo, de cambiar de “yo”, se trata de devenir pura ofrenda de sí mismo. Entonces ya no sufrimos el ser cuando nos desapropiamos totalmente.

    Y la palabra desapropiación se vuelve fuego en todos los horizontes, eso es la desapropiación fundamental en el horno de la eterna Trinidad, y esa es nuestra única esperanza. ¡Toda la visión piramidal de la grandeza se derrumba! ¡No se trata de dominar, de mirar hacia abajo, de tener súbditos, de tener una corte, de ocupar una situación! ¡Se trata de dar todo, dándose radicalmente como lo hace Dios mismo!

    Es otro mundo, es otro universo, es otro hombre, ¡es otra escala de valores! Jesús está de rodillas en el lavatorio de los pies, ¡esa es la grandeza!, al menos la grandeza según Dios, según el Dios que Se revela en Él, el Dios Trinidad, esa es la grandeza en que vive eternamente Su personalidad. Jamás podremos reconocer lo suficiente la novedad de esta confidencia. ¡Se puede decir que Cristo nos liberó de Dios!

    ¡Ah, cómo comprendo el grito de Nietzsche! "Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?” En efecto, si Dios es un "Narciso eterno", si Él es el gran capitalista que goza de sí mismo, si Él es una grandeza que nos domina y nos limita, y nos amenaza, ¡entonces nuestro sueño sería derrocarlo, rehusar el juego! ¡Habría como una especie de violación de la mente al obligarnos a reconocer esa grandeza que limita la nuestra!

    Y he aquí que todos esos fantasmas se derrumban delante de la revelación adorable de la Trinidad: Dios no nos domina ya, es un llamado a la libertad infinita en lo más profundo de nosotros. Siendo libertad, Él no puede ser en nosotros sino fermento de nuestra liberación, pero de una liberación enteramente imprevisible ya que estamos llamados a hacer en nosotros el vacío, lo mismo que Él, para devenir espacio infinito en que pueda difundirse Su Vida.

    ¡No entendimos nada de eso! Definimos los derechos humanos consagrando el status quo, invistiendo el hombre tal como es, un embrión, una larva, y lo investimos de un derecho inviolable que es incapaz de llevar. No vimos que esos derechos eran para el ser que estamos llamados a ser, el ser que está adelante de nosotros, el ser que debemos crear en nosotros despegándonos de nosotros mismos y dándonos totalmente como Dios, a Dios que surge en nosotros como una eterna ofrenda de amor, como lo experimentó Agustín.

    ¡Las consecuencias de esta revelación son infinitas! ¡Infinitas! Absolutamente todos los valores, todas las concepciones que el hombre haya podido imaginar quedan radicalmente transformadas por la revelación trinitaria. ¡Por fin respiramos! ¡Respiramos! No estamos bajo un yugo, ¡estamos llamados a ser lo que Dios es!

    Se comprende el entusiasmo de San Francisco al descubrir la pobreza como el Absoluto, es decir como Dios mismo. Él no lo dijo, ¡y si lo hubiera dicho nadie lo habría escuchado ni un segundo! ¡Inmediatamente habría sido condenado si hubiera hablado de Dios como la pobreza por esencia! Pero lo esencial es que lo haya vivido. Él es el primer cristiano quizás en haber identificado a Dios con la Pobreza. ¡Comprendió que la primera bienaventuranza era la de Dios! Que la alegría de Dios es la del don absoluto, que Dios no puede perder nada ¡porque ya perdió todo eternamente! Porque el Padre no tiene nada sino el ser revelación para el Hijo, como dice el P. Régnon, citado por el P. Garrigou:

    "¿Dónde encontrar aquí el más mínimo egoísmo? El “yo” no es ya más que una relación subsistente con el amado. Ya no se apropia nada: todo el egoísmo del Padre consiste en dar a su Hijo su naturaleza infinitamente perfecta, reteniendo para sí mismo sólo la relación de paternidad, por la cual una vez más se relaciona esencialmente con su Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo consiste en estar en relación el Uno con el Otro, y con el Padre del que proceden. Las tres Personas divinas, esencialmente en relación una con otra, constituyen el ejemplo eminente de la vida de Caridad”.

    Cuando niños, nos decían que se trataba de un rompecabezas metafísico, que jamás entenderíamos nada, que ni había que ensayar, que “así era” como Dios lo había revelado… ¡Cómo se estrechaba la Revelación!

    Pero ¡de ahí nos viene toda la luz! Toda luz sobre nosotros, sobre el mundo, sobre la creación, sobre el bien, sobre el mal, sobre la Verdad, sobre el Amor, toda luz nos viene de la zarza que arde en el Corazón de Dios. Y justamente, la incapacidad que tenemos de liberarnos de nosotros mismos, el narcisismo de nuestra toma de conciencia, nos abren a un júbilo sin fin cuando por fin encontramos una toma de conciencia esencialmente altruista, en que la mirada es toda la Persona, y en que la mirada es totalmente mirada hacia el Otro, y en que el Amor es totalmente desapropiado en una aspiración hacia el Otro!

    ¡Es tan hermoso!, ¡tan maravilloso!, ¡tan nuevo! que cada mañana yo jubilo pensando que ¡“así es”! Verdaderamente, ¡eso es Dios, Padre, Hijo y el Espíritu Santo, un Corazón y nada más que un Corazón!, ¡el Amor y nada más que el Amor! que nos llama a ser lo que Él es, ya que tenemos que “ser perfectos como nuestro Padre celestial”. (Fin de la 4ª conferencia)

    Nota: ¡Zundel jubila! Y nosotros, al menos yo, no. ¿Porqué? Tratemos al menos, aunque no lo sintamos, de expresar el júbilo porque deseamos sentirlo, porque deberíamos sentirlo si hubiéramos sólo comenzado a entrar en este inmenso misterio ¡y para que nuestro júbilo sea comunicativo! El mundo tiene tanta necesidad de ese júbilo capaz de resolver en cada hombre, al menos por un instante, el problema que somos y con el que los hombres chocan aun con la mejor voluntad, ¡problema insoluble hasta la Revelación de la Trinidad! ¡Esto no lo podemos sentir y hacerlo sentir sino en la medida de nuestra desapropiación de nosotros mismos!

    ¡Señor de lo imposible, enséñanos a darnos totalmente, eso tan difícil y al mismo tiempo tan fácil!
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    ¡Señor, que nuestro gozo no se limite más a lo que cada día puede darnos un poco de felicidad, que comience al menos a asimilar, a hacer suyo el gozo eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu en su perfecta desapropiación y perfecta atención al Otro! ¡Gozo que trasciende toda imaginación humana pero puede por un instante ser el nuestro!

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