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Final de la 4ª conferencia de M.
Zundel en la abadía de Timadeuc en abril de 1973.
“En nosotros, la toma de
conciencia es narcisista, vuelve sin cesar al “yo” posesivo que nos asfixia. En
Dios, la toma de conciencia es esencialmente altruista: va hacia el Otro, por
eso Dios es Espíritu. Justamente, el
Espíritu es el ser que puede asumirse, que puede asumirse virginalmente,
que puede asumirse sin apegarse a sí mismo, que puede asumirse liberándose de
sí mismo.
Esa es pues la libertad revelada
en su fundamento eterno: ¡Dios es libre de sí mismo! Entonces comenzamos
a entender lo que significa para nosotros la libertad, se sitúa en la misma
dirección, se trata de despegarse de sí mismo, de cambiar de “yo”, se
trata de devenir pura ofrenda de sí mismo. Entonces ya no sufrimos
el ser cuando nos desapropiamos totalmente.
Y la palabra
desapropiación se vuelve fuego en todos los horizontes, eso es la desapropiación
fundamental en el horno de la eterna Trinidad, y esa es nuestra única esperanza. ¡Toda la visión piramidal de la
grandeza se derrumba! ¡No se trata de dominar, de mirar hacia abajo, de tener súbditos, de tener
una corte, de ocupar una situación! ¡Se
trata de dar todo, dándose radicalmente como lo hace Dios mismo!
Es otro mundo, es otro universo,
es otro hombre, ¡es otra escala de valores! Jesús está de rodillas en el
lavatorio de los pies, ¡esa es la grandeza!, al menos la grandeza según Dios, según el Dios que Se revela en Él,
el Dios Trinidad, esa es la grandeza
en que vive eternamente Su personalidad. Jamás podremos reconocer lo suficiente
la novedad de esta confidencia. ¡Se
puede decir que Cristo nos liberó de Dios!
¡Ah, cómo comprendo el grito de Nietzsche!
"Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?” En efecto, si
Dios es un "Narciso eterno", si Él es el gran capitalista que goza de
sí mismo, si Él es una grandeza que nos domina y nos limita, y nos amenaza,
¡entonces nuestro sueño sería derrocarlo, rehusar el juego! ¡Habría como una especie de violación de la
mente al obligarnos a reconocer esa grandeza que limita la nuestra!
Y he aquí que todos esos fantasmas se derrumban
delante de la revelación adorable de la Trinidad: Dios no nos domina ya, es un llamado a
la libertad infinita en lo más profundo de nosotros. Siendo libertad, Él no
puede ser en nosotros sino fermento de nuestra liberación, pero de una
liberación enteramente imprevisible ya que estamos
llamados a hacer en nosotros el vacío, lo mismo que Él, para devenir espacio
infinito en que pueda difundirse Su Vida.
¡No entendimos nada de
eso! Definimos los derechos humanos consagrando el status quo, invistiendo el hombre tal como es, un
embrión, una larva, y lo investimos de un derecho inviolable que es incapaz de
llevar. No
vimos que esos derechos eran para el ser que estamos llamados a ser, el ser que está adelante de nosotros, el ser que debemos crear en
nosotros despegándonos de nosotros mismos y dándonos totalmente como Dios, a
Dios que surge en nosotros como una eterna ofrenda de amor, como lo experimentó
Agustín.
¡Las consecuencias de
esta revelación son infinitas! ¡Infinitas! Absolutamente todos los valores, todas las concepciones que
el hombre haya podido imaginar quedan radicalmente transformadas por la
revelación trinitaria. ¡Por fin
respiramos! ¡Respiramos! No estamos bajo un yugo, ¡estamos llamados a ser lo que Dios es!
Se comprende el entusiasmo de San
Francisco al descubrir la pobreza como el Absoluto, es decir como Dios mismo.
Él no lo dijo, ¡y si lo hubiera dicho nadie lo habría escuchado ni un segundo! ¡Inmediatamente
habría sido condenado si hubiera hablado de Dios como la pobreza por esencia!
Pero lo esencial es que lo haya vivido. Él
es el primer cristiano quizás en haber identificado a Dios con la Pobreza. ¡Comprendió que la primera bienaventuranza era la
de Dios! Que la alegría de Dios es la del don absoluto, que Dios no puede
perder nada ¡porque ya perdió todo eternamente! Porque el Padre no tiene nada
sino el ser revelación para el Hijo, como dice el P. Régnon, citado por el P.
Garrigou:
"¿Dónde
encontrar aquí el más mínimo egoísmo? El “yo” no es ya más que una relación
subsistente con el amado. Ya no se apropia nada: todo el egoísmo del Padre consiste
en dar a su Hijo su naturaleza infinitamente perfecta, reteniendo para sí mismo
sólo la relación de paternidad, por la cual una vez más se relaciona
esencialmente con su Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo
consiste en estar en relación el Uno con el Otro, y con el Padre del que
proceden. Las tres Personas divinas, esencialmente en relación una con otra,
constituyen el ejemplo eminente de la vida de Caridad”.
Cuando niños, nos decían que se
trataba de un rompecabezas metafísico, que jamás entenderíamos nada, que ni
había que ensayar, que “así era” como Dios lo había revelado… ¡Cómo se
estrechaba la Revelación!
Pero ¡de ahí nos viene toda la
luz! Toda luz sobre nosotros, sobre el mundo, sobre la creación, sobre el bien,
sobre el mal, sobre la Verdad,
sobre el Amor, toda luz nos viene de la zarza que arde en el Corazón de
Dios.
Y justamente, la incapacidad que tenemos de liberarnos de nosotros mismos, el
narcisismo de nuestra toma de conciencia, nos abren a un júbilo sin fin cuando
por fin encontramos una toma de conciencia esencialmente altruista, en que la
mirada es toda la Persona,
y en que la mirada es totalmente mirada hacia el Otro, y en que el Amor es
totalmente desapropiado en una aspiración hacia el Otro!
¡Es tan hermoso!, ¡tan
maravilloso!, ¡tan nuevo! que cada mañana yo
jubilo pensando que ¡“así es”! Verdaderamente, ¡eso es Dios, Padre, Hijo y
el Espíritu Santo, un Corazón y nada más que un Corazón!, ¡el Amor y nada más
que el Amor! que nos llama a ser lo que Él es, ya que tenemos que “ser
perfectos como nuestro Padre celestial”. (Fin de la 4ª conferencia)
Nota: ¡Zundel jubila! Y
nosotros, al menos yo, no. ¿Porqué? Tratemos al menos, aunque no lo sintamos,
de expresar el júbilo porque deseamos sentirlo, porque deberíamos sentirlo si hubiéramos
sólo comenzado a entrar en este inmenso misterio ¡y para que nuestro júbilo sea
comunicativo! El mundo tiene tanta necesidad de ese júbilo capaz de resolver en
cada hombre, al menos por un instante, el problema que somos y con el que los hombres
chocan aun con la mejor voluntad, ¡problema insoluble hasta la Revelación de la Trinidad! ¡Esto no lo
podemos sentir y hacerlo sentir sino en la medida de nuestra desapropiación de
nosotros mismos!
¡Señor de lo imposible,
enséñanos a darnos totalmente, eso tan difícil y al mismo tiempo tan fácil!
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¡Señor, que nuestro gozo no se
limite más a lo que cada día puede darnos un poco de felicidad, que comience al
menos a asimilar, a hacer suyo el gozo eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu
en su perfecta desapropiación y perfecta atención al Otro! ¡Gozo que trasciende
toda imaginación humana pero puede por un instante ser el nuestro!