1ª parte de la 5ª conferencia de
M. Zundel en la abadía de Timadeuc en abril de 1973.
Zundel nos cuenta aquí “un ejemplo
extraordinariamente conmovedor ¡que debería figurar en los catecismos!”, y que
contiene una enseñanza magistral sobre el infierno. El pecador comprende que es
él el que pone a Dios en el infierno y no Dios el que lo condena.
La Trinidad divina es el sol cuyos rayos son los
dogmas. La evolución de la inteligencia del dogma es su verdadera comprensión.
“En la inteligencia del dogma – que es la formulación cada vez más
explícita del testimonio apostólico, en dirección homogénea – encontramos,
proporcionalmente, lo que encontramos en la revelación, es decir que la
inteligencia del dogma supone un diálogo,
nos introduce en un diálogo que puede situarse a diferentes niveles. Esa
inteligencia puede crecer al infinito, y
llega siempre justamente a un infinito: La
Trinidad Divina.
La Trinidad divina es el
sol cuyos rayos son los dogmas. Cada dogma nos lleva a la Trinidad como a su centro
primitivo, la Trinidad los ilumina cada uno, y nos llama al don
total, a la desapropiación radical que es nuestra verdadera liberación.
Podemos verificar esa
inteligencia progresiva del dogma en una experiencia, tomando precisamente el
dogma más ingrato, que concierne los fines últimos.
“¿Cree usted en el infierno?, me preguntaba
alguien recientemente. Yo le respondí: “¡La pregunta está mal planteada! No se
trata de un objeto, se trata de un diálogo que es necesario vivir. El dogma es en efecto una
eucaristía de la verdad, el dogma es Alguien (1), pues revela una
confidencia de Amor en que la intimidad divina se entrega a Otro. Es pues claro
que, según el grado de nuestra
receptividad, comprenderemos el dogma a un nivel más o menos alto, y – para
ser lo más concreto posible – podemos citar un ejemplo extraordinario en
verdad, que me contó un abad benedictino que fue su primer testigo:
Había en los Alpes, a 4000
metros, entre dos fronteras, un contrabandista que era un bandido, que no pensaba
sino en defender su sospechoso oficio y no hesitaba en servirse de su fusil
contra el que perturbara sus operaciones. Y un día – a 4000 metros – encuentra
un pedazo de papel – ¡lo que no es común en esas alturas! – Lo recoge
indolentemente y lee en él: “perpetuo socorro”. Piensa: ¿Qué carajo puede
significar eso? Un perpetuo socorro, ¿puede existir un perpetuo socorro para
gente como yo? Sigue leyendo y ve: “Novena a Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro”.
Y él que era un hombre de
montaña, que vomitaba las blasfemias más vulgares en medio de sus iras, sintió
de repente el impulso de hacer la novena. En el fondo de su memoria encontró
las oraciones descuidadas desde hacía tanto tiempo, y fue hasta el final de la
novena. Entonces se sintió presa de un terror indecible. Por primera vez tomaba
conciencia de sus responsabilidades y se sintió perdido y condenado: sus
crímenes le saltaron a los ojos: ¡jamás podría salir de allí, jamás recibiría
perdón! ¡Estba condenado, irremediablemente!
Habiendo tomado conciencia por
primera vez de la responsabilidad, que es finalmente uno de los primeros
factores de la grandeza humana – porque negar la responsabilidad del hombre es
negar al hombre, y afirmarla es reconocer la importancia de la decisión que
debe tomar por sí mismo, es darle su verdadero lugar en la creación, es
reconocer que en cierto modo es creador.
Comienza la novena por segunda
vez, y al final de la segunda novena siente que podrá quizás salirse con unos
miles de años de purgatorio. Comienza entonces la novena por tercera vez, y al
final de la tercera novena comienza a tomar conciencia de que va a ser
perdonado. Hace la novena por 4ª vez, y va hasta 7 novenas seguidas. Al final
de las siete novenas, yendo a confesarse donde vivía el benedictino, estaba
lleno de una contrición tan perfecta, de un amor tan ardiente, que el padre
quedó conmovido y le pidió contar el relato que acabo de resumirles.
Esta historia me parece
extraordinariamente profunda. Quiero decir: esa sucesión de hechos me parece
extraordinariamente iluminadora, porque aquí
vemos justamente profundizarse el dogma en la inteligencia que este hombre
adquiere de él y que, a partir de un sentimiento de terror que correspondía a
su situación, a medida que su arrepentimiento se interiorizaba, la visión de su
responsabilidad tomaba una forma totalmente diferente, pues comprendía poco a
poco que había pecado contra Alguien, que había pecado por haber rehusado
hacerse origen, que había pecado por haber querido enraizarse en sus
prefabricaciones, por haber querido quedarse en su “yo” posesivo! Y a medida
que emerge, Dios se interioriza, y ya no ve en Él en primer lugar al Juez que
lo va a condenar y que puede castigarlo, sino a Alguien a quien ha ofendido, ve
un Amor al que ha herido, y comprende que no es Dios el que lo mandaba al
infierno, sino él quien había
fabricado su infierno! Tomando conciencia de que hay un orden del ser que es inviolable, se da cuenta que ese orden
está en la luz de un testigo incorruptible, que es imposible engañarlo, que el
hombre crea su destino y que en fin de cuentas, cosecha lo que ha sembrado y
obtiene lo que ha buscado.
Pero también toma conciencia de
que, puesto que una mala voluntad lo llevó por ese camino, una voluntad que se
corrige, una buena voluntad puede hacer reparación. Más profundamente, toma
conciencia de que el bien que rechazó, el bien que traicionó, el bien que no
quiso hacer, ese bien es “Alguien”, que se trata de una relación de amor y que
en esa relación de amor, Dios sigue siempre siendo el Amor, que finalmente Él
es siempre el herido, siempre Lo hacemos fracasar, ¡que siempre es Él el
crucificado! Comprende por fin que el infierno en que el hombre se encierra por
su mala voluntad, por la posesión de sí mismo por sí mismo, es el fracaso de
Dios, que es él quien mete a Dios en el
infierno y no Dios el que lo condena allá, puesto que Dios no dejará jamás
de ser el Amor, no dejará jamás de ser herido por los rechazos de amor.
Vino entonces su contrición. Ya
no se trataba de él, se trataba de Dios. Se trataba de proteger a Dios, se
trataba de salvar a Dios, de salvarlo de nosotros, de nuestros rechazos, de “no
apagar el Espíritu”, como dice San Pablo a los tesalonicenses. Podemos apagar a Dios en nosotros,
rehusando Su Luz, podemos crucificar a Dios rechazando Su Amor.
La evolución de la
inteligencia del dogma es su verdadera comprensión: sube, de nivel en nivel, hacia el foco de Amor, sube hacia la Trinidad. Es verdad que si nos
obstinamos en el rechazo, cosechamos lo que hemos sembrado, es verdad que sigue
habiendo una
posibilidad de separación definitiva, al menos por nuestra parte, pero no es sino el primer grado y existen innumerables niveles en que
el sentido de la responsabilidad se transforma, y ya no se trata de “nosotros”
y de “nuestro” destino”, de “nosotros” y “nuestra felicidad”, sino del reino de
Dios que debe realizarse en nosotros, con el consentimiento de nuestro amor.
Vemos pues que no se
trata primero de un “lugar” sino de una “situación”, se trata, como siempre, de una “relación”. Estamos en un diálogo en que Dios habla, en que Dios se da, en que Dios llama y nosotros
podemos darnos más o menos, o rehusarlo también más o menos.
Ahí tienen pues un ejemplo
extraordinariamente conmovedor que debería figurar en los catecismos, pienso
yo. Sería un modo admirable de introducir el tema de los fines últimos y de las
sanciones eternas, proponer esta historia auténtica además, que fue vivida, y
que termina por esa conversión extraordinaria, a través de la invocación de
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Se vería mejor brillar la inocencia de
Dios, y el infierno en efecto corresponde a la inscripción que Dante lee sobre
la puerta de ese lugar maldito: “¡Me hizo el Poder divino, la Soberana Sabiduría
y el Primer Amor!” Es el Primer Amor, desarmado, que se entrega al hombre y que
puede fracasar si el hombre se rehúsa, porque el Amor no tiene más posibilidad
de afirmarse cuando quiere perseverar en el don de sí mismo, sino la de morir
de Amor por los que rehúsan amarlo.
En Nuestra Señora de París, ustedes
recuerdan que en el tímpano de la entrada principal, que representa
precisamente el Juicio final, Cristo domina toda la escena mostrando las llagas
de sus manos. Ese es el Juicio final: "Quid ultra debui facere et non feci
?:¿Qué más hubiera podido yo hacer y no lo hice?” (Continuará)
Note (1). Esta personificación
del dogma, con la persona de Cristo, puede sorprender. Va totalmente contra
innumerables falsas interpretaciones a que pudo llevar la palabra dogma. Eso
parece querer decir que todos los dogmas emanan de la persona de Jesucristo,
hasta el punto de identificarse con ella.