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Zundel

19 11 2008. El dogma del infierno: no se puede hacer cualquier cosa cuando no se es cualquier cosa.

Final de la 5a conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

“Una experiencia del juicio final y de las sanciones eternas nos la presenta Graham Greene en su novela “El Poder y la Gloria”, de la que se inspiró una película que ustedes quizá vieron. Esa novela es también extremamente preciosa por la verdad de las situaciones que evoca. Nos cuenta que en los años 1917 ó 1918, muy poco antes de la revolución soviética, estalló en Méjico una persecución fulminante y totalmente imprevista. Los obispos se exilan, los sacerdotes huyen, el pueblo cristiano queda casi totalmente abandonado. Dos sacerdotes permanecen en cierto sector. Son malos sacerdotes, que se hicieron tales para “pasarla bueno”, que no se han rehusado ningún placer discretamente posible, y que no pudieron o no quisieron escapar. Y ante la persecución, uno de ellos se desinfla inmediatamente, se casa con su ama de casa, y se pone entonces al lado del poder el cual, naturalmente, le otorga una pensión. Puesto que descrédito su ministerio, ya no es un enemigo peligroso.

El otro, en cambio – sin ser mejor para comenzar – en esa situación, toma conciencia de una vocación que siente por primera vez quizá: el barco se hunde, el capitán debe permanecer a bordo, atacan el rebaño, el pastor no puede huir. Esas dos imágenes van a determinar su decisión. Puesto que él es el único, en kilómetros, en poder dispensar los sacramentos a un pueblo con hambre de Dios, él debe quedarse. De su alma se ocupará más tarde, cuando haya cuidado del alma de los demás. Está en estado de pecado, pero la urgencia lo obliga a quedarse: y se queda. Y entra en una vida de total desapropiación porque sólo puede ejercer su ministerio de noche, come a escondidas, duerme lo menos posible y con frecuencia nada, se expone a los mayores peligros porque la policía, que ha husmeado la presencia de un sacerdote termina por poner a precio su cabeza. ¿Qué importa, además? es totalmente indiferente a su suerte, ya que decidió jugarse la partida, la jugará hasta el final. Y justamente, lo que lo libera y lo purifica radicalmente es que cesa completamente de mirarse y no ve sino al pueblo al que puede dar a Dios, y lo hace sin ninguna consideración por sus propias necesidades. Finalmente, como la policía no logra capturarlo, toma rehenes en los lugares donde suponen que ha ejercido su ministerio, y entonces evidentemente se complica mucho más la partida, y él acaba por entender que eso es un signo de la Providencia: dar su vida hace parte del juego, exponer la vida de los demás, ¡no! Tan preciosos como sean los sacramentos, Dios no está atado a esos signos eficaces, y puede dar Su gracia de otra manera y no abandonará a Su rebaño. Va pues a alcanzar la frontera, se irá a los Estados Unidos, podrá finalmente confesarse, y como se dice, ¡“ponerse en orden”! Toma esta decisión. Sabe además que hay un espía al acecho y lo ha encontrado varias veces, el cual husmeó al sacerdote pero no ha podido cogerlo en flagrante delito de ejercer su ministerio, – y al que además le salvó la vida una vez el sacerdote cuando casi se ahoga pasando un río – pero sabe que si alguien lo traiciona, será ese individuo. Llega por fin a la frontera con Estados Unidos y va  a pasarla cuando precisamente se presenta el espía y le tiende la mejor trampa posible, diciéndole: “Un enfermo moribundo lo está llamando”. Obedece al llamado, añade que es sacerdote, y cae en la trampa. Si no lo hace, arriesga abandonar a un moribundo que lo llama, y habiendo expuesto su vida por los demás, ¿va a rechazar ahora el llamado de un moribundo? ¡Imposible! Si existe una sola posibilidad entre diez mil de que un moribundo lo esté llamando, ¡él está listo! Y además, ¿Qué iría a hacer en Estados Unidos? Ve desde ya la vida mediocre que llevaría allá y le da náusea. Vuelve entonces a sus pasos, acompaña al espía que lo lleva a un campo solitario donde, en efecto, buscado como él por la policía, un enfermo está agonizando. “¿Usted me mandó llamar? - ¡No!” ¡Entonces es una trampa, una emboscada! El sacerdote exhorta al moribundo diciendo: “Finalmente, vine aquí a precio de mi vida, ¡no rehúse los sacramentos!” Trata de convencer al moribundo, el cual resiste, y mientras le está hablando entra la policía y se apodera de su persona. El teniente de la policía que conduce la operación es un joven revolucionario convencido y puro, y mira al sacerdote con desprecio soberano, hasta el momento en que el sacerdote le cuenta ingenuamente toda su vida, sin esconderle nada. El joven teniente admira en efecto la sinceridad, la valentía, la fe de este hombre que va hasta la muerte para no dejar su rebaño sin pastor, que se expone a morir regresando de la frontera con Estados Unidos para llevar auxilio a un moribundo. Entonces le anuncia que será fusilado al día siguiente y que no puede impedirlo, pero que si puede hacer algo por él –dice el joven teniente – lo hará con mucho gusto…
El sacerdote no pide sino una cosa: encontrar un sacerdote que le dé la absolución antes de ser fusilado. Y no hay más que un sacerdote que pueda absolverlo, es el ex-colega casado, que en caso de urgencia puede evidentemente darle la absolución. El joven teniente va a ver al sacerdote, pero la mujer se interpone: tiene demasiados problemas con la policía, le prohíbe salir, y naturalmente el sacerdote mártir debe entregarse al bautismo de sangre que lo purifica radicalmente de todo lo que pueda quedarle de mancha de pecado. Será pues fusilado al día siguiente, pero antes, hace este gran descubrimiento que confió a una beata que arreglaba su alma, y que se preocupaba ante todo de su elegancia moral mucho más que del amor de Dios: “Amar a Dios, le dijo, ¡amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos!”

Eso fue lo que descubrió: “¡Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos!”. ¡Jamás tuvo miedo! No fue como el facineroso de la primera historia que fue movido a convertirse por estar lleno de terror – un terror perfectamente legítimo por otra parte en el estado en que estaba – de un terror que despertó en él el sentido de su humanidad y de las responsabilidades que conlleva el ser hombre. Él jamás tuvo miedo, el miedo del infierno no pudo influenciarlo. Lo llevó a Dios El Amor. Queriendo alimentar al pueblo con el pan eucarístico, queriendo sumergirlo en la Sangre de Cristo por la absolución – como decía Santa Catalina de Siena – en la inmensa ternura del Señor fue donde descubrió su rostro y se hizo sensible al peso de sus faltas: sus faltas no le pesaban a él, sino al Corazón de Dios, ¡sus faltas terminaban por crucificar al Amor! Y ese Amor era el que se debía liberar, y no él.

El dogma comporta esas dos maneras de entenderlo. El grado mínimo es evidentemente el terror, perfectamente legítimo en situaciones en que uno es todavía exterior a sí mismo y a Dios, es la única manera de tomar conciencia de que uno se debe elegir, pero a medida justamente que nos interiorizamos, Dios se interioriza, las sanciones se interiorizan, uno se pierde de vista y finalmente quiere salvar a Dios, quiere salvarlo de uno mismo, quiere cesar de ser pantalla entre Él y uno, entre Él y los demás, entre Él y el Universo.

No hay pues que reducir el dogma a un solo nivel, en una dirección homogénea. Según las exigencias de la analogía es verdad a cada nivel, como es verdadera una relación, ya que se trata de un diálogo porque el “Bien” es Alguien. No estamos en un sistema jurídico anónimo, sino en una relación nupcial en el que se trata de dar el “sí” a las nupcias eternas de amor que Dios quiere contraer con nosotros. Y ese “sí” puede ser más o menos cálido, ya que como dice San Pablo, aun para los que no logran la entera liberación de sí mismos según sus talentos y a su medida, “hay estrellas de tamaños diferentes”. Lo esencial es ir hasta el final de lo que hemos recibido, haciendo de sí mismo una ofrenda total.

Pero es cierto que si queremos despertar hoy y siempre el sentido de las responsabilidades que son la nobleza del hombre, nada me parece más escandaloso que el hecho de eliminarlas. No se puede hacer “cualquier cosa” cuando no se es “cualquier cosa”. Hay una responsabilidad que es tan grande como el hombre. Y si el hombre puede emerger del animal, si puede llegar a una vida que se sostenga por sí misma, si puede vencer la muerte, la elección que haga tiene consecuencias eternas, y al menos para él, consecuencias irremediables.

Pero desde el punto de vista del Amor, lo terrible no es la desgracia del hombre, sino la crucifixión de Dios. Y, en efecto, el infierno es Dios crucificado en un alma que rehúsa obstinadamente amarlo (1), mientras Dios sigue obstinadamente siendo el Amor que muere de amor por todos los que rehúsan amarlo.

“Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir durante ese tiempo”, dijo Pascal. Se puede decir también: Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo. Jesús estará en agonía mientras haya un alma que se rehúse a su Amor. Porque si ya no hubiera Amor ya no habría infierno, porque ya no habría rechazo de amor donde no hay amor. Dios sigue siendo el Amor en el fondo de la criatura humana que sólo subsiste gracias a Su amor, y es por eso que el rechazo de amar crea el infierno (1).

Y por eso la dirección más eficaz, la más conmovedora, es la dirección indicada precisamente por el sacerdote mejicano: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”. ¿Qué será de nosotros en el momento de la muerte? Podemos morir en un segundo, claro está, pero en fin, normalmente, la muerte no nos parece inmediata.

Si se tratara de nuestra suerte, podríamos dejar la conversión para mañana. Si se tratara de nuestra elegancia moral – que no debemos descuidar además – si se tratara simplemente de nuestro buen equilibrio, podríamos dejarlo para mañana. Pero se trata de la Vida de Dios en nosotros, ahora, a cada latido del corazón, y es imposible que nos rehusemos un instante. A eso nos lleva la meditación de los fines últimos. El fin último en nosotros, es el Dios vivo que nos está esperando en lo secreto del corazón, y tenemos que llegar inmediatamente a ese fin último, si no, lo crucificamos dentro de nosotros renovando la Agonía del Señor.

Nada puede estimular más nuestra generosidad que el peligro que corre Dios. Nada es más frágil que Dios, ni nada más precioso. Nada es más frágil que el Amor que es sólo Amor y que no tiene más acción que el Amor. Pero como el amor no puede obrar sino desde adentro sobre los resortes de la más secreta intimidad, si la intimidad se rehúsa, no le quedan a Dios otros medios de acción que la Cruz, que la muerte que sufre por cada uno de nosotros, conforme al grado de nuestro rechazo.

Creo que ¡no hay nada más conmovedor que la fragilidad de Dios! Dios está en nuestras manos, Dios nos confía Su Vida, el Reino de Dios es la vida de Dios que se realiza en nosotros e irradia a través de nosotros, porque Dios no es un objeto que podamos poner ante los ojos, sino una intimidad, un puro “adentro”, un puro “intus” como dice San Agustín, un puro “adentro” que no puede enraizarse sino en nuestra intimidad, a condición de que ésta se abra a Su Amor y corresponda al “Sí” eterno que es Él con un “sí” renovado sin cesar.

No conozco nada que pueda cerrar el camino al pecado que es una herida hecha a Dios, como esta toma de conciencia de la fragilidad de Dios: Dios no se opondrá, Dios no me forzará, Dios se me dio totalmente, más aún: ¡quiere nacer de mí! Es el Señor el que lo dice: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre… y MI MADRE!” Tenemos pues que dar nacimiento a Dios, como comenta Beda en otro contesto, tenemos que darle nacimiento en nosotros, alimentarlo y hacerlo crecer en el corazón de los demás.

Llegamos así al texto de la liturgia de esta mañana: Dios es nuestra Madre, pero nosotros también somos la suya en la reciprocidad total que Él quiere establecer con nosotros. Y qué podemos hacer sino pedir a la Madre misma del Señor que nos forme para la maternidad divina, que nos despierte al sentido de la fragilidad de Dios, para que superemos nuestros límites a fin de acogerlo, para que resucite en nosotros inscribiendo en el fondo de nuestros corazones, o pidiéndole más bien que inscriba ella en el fondo de nuestros corazones estas palabras tan profundas y humanas: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”. (Fin de la 5ª conferencia).

 

Nota (1). Creo que se puede decir que estos pensamientos zundelianos son todavía desconocidos de todos los cristianos. Estas palabras inéditas sobre el infierno no han sido todavía reproducidas en ninguna parte, que yo sepa. Y no hay que pensar por eso que no son justas. Pero representan un tal cambio de las perspectivas ordinarias que son inclusive bien difíciles de comprender simplemente.

“Lo esencial es ir hasta el final del don que hemos recibido”. Zundel tempera en cierto modo lo que acaba de decir. Hay quizá que reconocer humildemente que no hemos recibido todavía el don de una comprensión tan profunda del dogma del infierno, y sobre todo de la maternidad divina a la cual estamos todos llamados, y que funda la amplitud de nuestra responsabilidad.

Santa María, madre de Dios y madre nuestra, ¡enséñanos la maternidad de ese Dios infinitamente frágil! ¡Ante tal misterio no entendemos nada! Aunque podamos comprenderlo tan poquito aún, ¡ayúdanos al menos a orientarnos cada vez de mejor modo hacia la profundidad de ese misterio!

 

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