Final de la 5a conferencia de
Timadeuc, en abril de 1973.
“Una experiencia del juicio final
y de las sanciones eternas nos la presenta Graham Greene en su novela “El Poder
y la Gloria”,
de la que se inspiró una película que ustedes quizá vieron. Esa novela es
también extremamente preciosa por la
verdad de las situaciones que evoca. Nos cuenta que en los años 1917 ó
1918, muy poco antes de la revolución soviética, estalló en Méjico una
persecución fulminante y totalmente imprevista. Los obispos se exilan, los
sacerdotes huyen, el pueblo cristiano queda casi totalmente abandonado. Dos
sacerdotes permanecen en cierto sector. Son malos sacerdotes, que se hicieron tales
para “pasarla bueno”, que no se han rehusado ningún placer discretamente
posible, y que no pudieron o no quisieron escapar. Y ante la persecución, uno
de ellos se desinfla inmediatamente, se casa con su ama de casa, y se pone
entonces al lado del poder el cual, naturalmente, le otorga una pensión. Puesto
que descrédito su ministerio, ya no es un enemigo peligroso.
El otro, en cambio – sin ser
mejor para comenzar – en esa situación, toma conciencia de una vocación que
siente por primera vez quizá: el barco se hunde, el capitán debe permanecer a
bordo, atacan el rebaño, el pastor no puede huir. Esas dos imágenes van a
determinar su decisión. Puesto que él es el único, en kilómetros, en poder
dispensar los sacramentos a un pueblo con hambre de Dios, él debe quedarse. De
su alma se ocupará más tarde, cuando haya cuidado del alma de los demás. Está
en estado de pecado, pero la urgencia lo obliga a quedarse: y se queda. Y entra
en una vida de total desapropiación porque sólo puede ejercer su ministerio de
noche, come a escondidas, duerme lo menos posible y con frecuencia nada, se
expone a los mayores peligros porque la policía, que ha husmeado la presencia
de un sacerdote termina por poner a precio su cabeza. ¿Qué importa, además? es
totalmente indiferente a su suerte, ya que decidió jugarse la partida, la
jugará hasta el final. Y justamente, lo que lo libera y lo purifica
radicalmente es que cesa completamente
de mirarse y no ve sino al pueblo al que puede dar a Dios, y lo hace sin
ninguna consideración por sus propias necesidades. Finalmente, como la policía
no logra capturarlo, toma rehenes en los lugares donde suponen que ha ejercido
su ministerio, y entonces evidentemente se complica mucho más la partida, y él
acaba por entender que eso es un signo de la Providencia: dar su
vida hace parte del juego, exponer la vida de los demás, ¡no! Tan preciosos
como sean los sacramentos, Dios no está atado a esos signos eficaces, y puede
dar Su gracia de otra manera y no abandonará a Su rebaño. Va pues a alcanzar la
frontera, se irá a los Estados Unidos, podrá finalmente confesarse, y como se
dice, ¡“ponerse en orden”! Toma esta decisión. Sabe además que hay un espía al
acecho y lo ha encontrado varias veces, el cual husmeó al sacerdote pero no ha
podido cogerlo en flagrante delito de ejercer su ministerio, – y al que además
le salvó la vida una vez el sacerdote cuando casi se ahoga pasando un río –
pero sabe que si alguien lo traiciona, será ese individuo. Llega por fin a la
frontera con Estados Unidos y va a
pasarla cuando precisamente se presenta el espía y le tiende la mejor trampa
posible, diciéndole: “Un enfermo moribundo lo está llamando”. Obedece al
llamado, añade que es sacerdote, y cae en la trampa. Si no lo hace, arriesga
abandonar a un moribundo que lo llama, y habiendo expuesto su vida por los
demás, ¿va a rechazar ahora el llamado de un moribundo? ¡Imposible! Si existe
una sola posibilidad entre diez mil de que un moribundo lo esté llamando, ¡él
está listo! Y además, ¿Qué iría a hacer en Estados Unidos? Ve desde ya la vida
mediocre que llevaría allá y le da náusea. Vuelve entonces a sus pasos,
acompaña al espía que lo lleva a un campo solitario donde, en efecto, buscado
como él por la policía, un enfermo está agonizando. “¿Usted me mandó llamar? -
¡No!” ¡Entonces es una trampa, una emboscada! El sacerdote exhorta al moribundo
diciendo: “Finalmente, vine aquí a precio de mi vida, ¡no rehúse los
sacramentos!” Trata de convencer al moribundo, el cual resiste, y mientras le
está hablando entra la policía y se apodera de su persona. El teniente de la
policía que conduce la operación es un joven revolucionario convencido y puro,
y mira al sacerdote con desprecio soberano, hasta el momento en que el
sacerdote le cuenta ingenuamente toda su vida, sin esconderle nada. El joven
teniente admira en efecto la sinceridad, la valentía, la fe de este hombre que
va hasta la muerte para no dejar su rebaño sin pastor, que se expone a morir
regresando de la frontera con Estados Unidos para llevar auxilio a un
moribundo. Entonces le anuncia que será fusilado al día siguiente y que no
puede impedirlo, pero que si puede hacer algo por él –dice el joven teniente –
lo hará con mucho gusto…
El sacerdote no pide sino una cosa: encontrar un sacerdote que le dé la
absolución antes de ser fusilado. Y no hay más que un sacerdote que pueda
absolverlo, es el ex-colega casado, que en caso de urgencia puede evidentemente
darle la absolución. El joven teniente va a ver al sacerdote, pero la mujer se
interpone: tiene demasiados problemas con la policía, le prohíbe salir, y
naturalmente el sacerdote mártir debe entregarse al bautismo de sangre que lo
purifica radicalmente de todo lo que pueda quedarle de mancha de pecado. Será
pues fusilado al día siguiente, pero antes, hace este gran descubrimiento que
confió a una beata que arreglaba su alma, y que se preocupaba ante todo de su
elegancia moral mucho más que del amor de Dios: “Amar a Dios, le dijo, ¡amar a Dios es querer protegerlo contra
nosotros mismos!”
Eso fue lo que descubrió: “¡Amar
a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos!”. ¡Jamás tuvo miedo! No fue
como el facineroso de la primera historia que fue movido a convertirse por
estar lleno de terror – un terror perfectamente legítimo por otra parte en el
estado en que estaba – de un terror que despertó en él el sentido de su
humanidad y de las responsabilidades que conlleva el ser hombre. Él jamás tuvo
miedo, el miedo del infierno no pudo influenciarlo. Lo llevó a Dios El Amor.
Queriendo alimentar al pueblo con el pan eucarístico, queriendo sumergirlo en la Sangre de Cristo por la
absolución – como decía Santa Catalina de Siena – en la inmensa ternura del Señor fue donde descubrió su rostro y se hizo
sensible al peso de sus faltas: sus faltas no le pesaban a él, sino al
Corazón de Dios, ¡sus faltas terminaban por crucificar al Amor! Y ese Amor era
el que se debía liberar, y no él.
El dogma comporta esas dos
maneras de entenderlo. El grado mínimo es evidentemente el terror,
perfectamente legítimo en situaciones en que uno es todavía exterior a sí mismo
y a Dios, es la única manera de tomar conciencia de que uno se debe elegir,
pero a medida justamente que nos
interiorizamos, Dios se interioriza, las sanciones se interiorizan, uno se
pierde de vista y finalmente quiere salvar a Dios, quiere salvarlo de uno
mismo, quiere cesar de ser pantalla entre Él y uno, entre Él y los demás, entre
Él y el Universo.
No hay pues que reducir
el dogma a un solo nivel, en una dirección homogénea.
Según las exigencias de la analogía es verdad a cada nivel, como es verdadera
una relación, ya que se trata de un diálogo porque el “Bien” es Alguien. No
estamos en un sistema jurídico anónimo, sino en una relación nupcial en el que
se trata de dar el “sí” a las nupcias eternas de amor que Dios quiere contraer
con nosotros. Y ese “sí” puede ser más o menos cálido, ya que como dice San
Pablo, aun para los que no logran la entera liberación de sí mismos según sus
talentos y a su medida, “hay estrellas de tamaños diferentes”. Lo esencial es ir hasta el final de lo que
hemos recibido, haciendo de sí mismo una
ofrenda total.
Pero es cierto que si queremos
despertar hoy y siempre el sentido de las responsabilidades que son la nobleza
del hombre, nada me parece más escandaloso que el hecho de eliminarlas. No se puede hacer “cualquier cosa” cuando
no se es “cualquier cosa”. Hay una responsabilidad que es tan grande como
el hombre. Y si el hombre puede emerger del animal, si puede llegar a una vida
que se sostenga por sí misma, si puede vencer la muerte, la elección que haga
tiene consecuencias eternas, y al menos para él, consecuencias irremediables.
Pero desde el punto de vista del
Amor, lo terrible no es la desgracia del hombre, sino la crucifixión de Dios.
Y, en efecto, el infierno es Dios
crucificado en un alma que rehúsa obstinadamente amarlo (1), mientras Dios
sigue obstinadamente siendo el Amor que muere de amor por todos los que rehúsan
amarlo.
“Jesús estará en agonía hasta el
fin del mundo, no hay que dormir durante ese tiempo”, dijo Pascal. Se puede
decir también: Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo. Jesús estará
en agonía mientras haya un alma que se rehúse a su Amor. Porque si ya no
hubiera Amor ya no habría infierno, porque ya no habría rechazo de amor donde
no hay amor. Dios sigue siendo el Amor
en el fondo de la criatura humana que sólo subsiste gracias a Su amor, y es por
eso que el rechazo de amar crea el infierno (1).
Y por eso la dirección más
eficaz, la más conmovedora, es la dirección indicada precisamente por el
sacerdote mejicano: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”.
¿Qué será de nosotros en el momento de la muerte? Podemos morir en un segundo,
claro está, pero en fin, normalmente, la muerte no nos parece inmediata.
Si se tratara de nuestra suerte,
podríamos dejar la conversión para mañana. Si se tratara de nuestra elegancia
moral – que no debemos descuidar además – si se tratara simplemente de nuestro
buen equilibrio, podríamos dejarlo para mañana. Pero se trata de la Vida de Dios en nosotros,
ahora, a cada latido del corazón, y es imposible que nos rehusemos un instante.
A eso nos lleva la meditación de los fines últimos. El fin último en nosotros,
es el Dios vivo que nos está esperando en lo secreto del corazón, y tenemos que
llegar inmediatamente a ese fin último, si no, lo crucificamos dentro de
nosotros renovando la Agonía
del Señor.
Nada puede estimular más
nuestra generosidad que el peligro que corre Dios. Nada es más frágil que Dios, ni nada más precioso. Nada es más frágil que el Amor que es sólo
Amor y que no tiene más acción que el Amor. Pero como el amor no puede obrar sino desde adentro sobre los resortes
de la más secreta intimidad, si la intimidad se rehúsa, no le quedan a Dios
otros medios de acción que la
Cruz, que la muerte que sufre por cada uno de nosotros,
conforme al grado de nuestro rechazo.
Creo que ¡no hay nada más conmovedor que la fragilidad de Dios! Dios está en
nuestras manos, Dios nos confía Su Vida, el Reino de Dios es la vida de Dios
que se realiza en nosotros e irradia a través de nosotros, porque Dios no es un
objeto que podamos poner ante los ojos, sino una intimidad, un puro “adentro”,
un puro “intus” como dice San Agustín, un puro “adentro” que no puede
enraizarse sino en nuestra intimidad, a condición de que ésta se abra a Su Amor
y corresponda al “Sí” eterno que es Él con un “sí” renovado sin cesar.
No conozco nada que pueda cerrar
el camino al pecado que es una herida hecha a Dios, como esta toma de
conciencia de la fragilidad de Dios: Dios no se opondrá, Dios no me forzará, Dios se me dio totalmente, más aún: ¡quiere
nacer de mí! Es el Señor el que lo dice: “El que hace la voluntad de Dios,
ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre… y MI MADRE!” Tenemos pues que dar
nacimiento a Dios, como comenta Beda en otro contesto, tenemos que darle nacimiento en nosotros, alimentarlo y hacerlo
crecer en el corazón de los demás.
Llegamos así al texto de la
liturgia de esta mañana: Dios es nuestra
Madre, pero nosotros también somos la suya en la reciprocidad total que Él
quiere establecer con nosotros. Y qué podemos hacer sino pedir a la Madre
misma del Señor que nos forme para la maternidad divina, que nos despierte al
sentido de la fragilidad de Dios, para que superemos nuestros límites a fin
de acogerlo, para que resucite en nosotros inscribiendo en el fondo de nuestros
corazones, o pidiéndole más bien que inscriba ella en el fondo de nuestros
corazones estas palabras tan profundas y humanas: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”. (Fin de la 5ª
conferencia).
Nota (1). Creo que se puede decir
que estos pensamientos zundelianos son todavía desconocidos de todos los
cristianos. Estas palabras inéditas sobre el infierno no han sido todavía
reproducidas en ninguna parte, que yo sepa. Y no hay que pensar por eso que no
son justas. Pero representan un tal cambio de las perspectivas ordinarias que
son inclusive bien difíciles de comprender simplemente.
“Lo esencial es ir hasta el final
del don que hemos recibido”. Zundel tempera en cierto modo lo que acaba de
decir. Hay quizá que reconocer humildemente que no hemos recibido todavía el
don de una comprensión tan profunda del dogma del infierno, y sobre todo de la
maternidad divina a la cual estamos todos llamados, y que funda la amplitud de
nuestra responsabilidad.
Santa María, madre de Dios y
madre nuestra, ¡enséñanos la maternidad de ese Dios infinitamente frágil! ¡Ante
tal misterio no entendemos nada! Aunque podamos comprenderlo tan poquito aún,
¡ayúdanos al menos a orientarnos cada vez de mejor modo hacia la profundidad de
ese misterio!