1ª parte de la 6ª conferencia de M. Zundel en la Trapa de Timadeuc en abril de 1973.
Texto magistral sobre el sentido supremo de la creación y el “misterio” del mal. El misterio de la Santa Trinidad es la luz fundamental.
“Un hombre extrañamente piadoso, queriendo asegurarse de la buena conducta de sus hijos, los obligaba a comulgar todos los días. Así creía él asegurarse de su estado de gracia. En realidad, los obligaba a hacer comuniones sacrílegas. Este abuso del poder nos revela inmediatamente el sentido de una paternidad auténtica: un padre es naturalmente la providencia material de sus hijos: subsisten sólo gracias a su trabajo, sobreviven sólo gracias a su dedicación, pero todo eso no cuenta para nada ante la conciencia de sus hijos. Si es digno de ese nombre, el papá sabe que hay un terreno inviolable y que él no tiene derecho de recurrir, o de hacer pesar en la balanza la dependencia material de sus hijos para obligarlos a pensar como él o a querer lo que él quiere. Sabe que para formar las conciencias en el respeto de sí mismas, él debe ser el primero en respetarlas. Con la delicadeza de su amor, anula pues en cierto modo todos los beneficios materiales, anula la dependencia de los hijos, para situarse en un nivel de igualdad en que una conciencia se encuentra frente a otra. Y ese papá les parecerá tanto más admirable si jamás utiliza el poder material que tiene sobre ellos para forzar a sus hijos a adherir a su modo de pensar o a sus opiniones. Para tener éxito en esta empresa, será sin duda necesario que el papá viva con tal rectitud que su presencia cree en el corazón de los hijos un llamado constante hacia el bien y hacia la superación de sí mismo.
Esta imagen es sin duda una parábola de la paternidad divina para con nosotros, y es lo que necesitamos tener en la mente para comprender, o para adivinar al menos, la fragilidad de Dios en sus relaciones con nosotros: Dios anula en cierto modo todo lo que debemos a la creación que realiza al darnos el ser, porque no es sino la condición de una relación nupcial entre Él y nosotros, que es pura relación de amor, de suerte que no querrá jamás hacer interferir su poder creador en el interior de esa relación que quiere ser enteramente libre. Es lo que expresa un texto, absolutamente único en mi conocimiento, en un lenguaje incomparable e increíble para la época. El texto (en el “de beatitudine” c. 2 § 3) es el siguiente:
" Est ibi aliud inflammans animam ad amandum Deum, scilicet divina
" humilitas. Nam Deus omnipotens singularis angelis sanctisque animabus
" in tantum se subjicit quasi sit servus emptitius singulorum, quilibet
" vero ipsorum sit Deus suus. Ad hoc insinuandum transiens ministrabit
" illis dicens in psalmo octogesimo primo "ego dixi: dii estis".
" Haec autem humilitas causatur ex multitudine bonitatis et divinae
" nobilitatis, sicut arbor ex multitudine fructuum inclinatur".
"Hay pues otra cosa que inflama el alma a amar a Dios, es la humildad divina.
“Dios todopoderoso, se somete, en efecto, de tal manera a cada uno de los ángeles y a cada alma santa,
”como si fuera para cada uno(a) un esclavo que se esmera
”y como si cada uno(a) fuera su Dios! para sugerirlo pasará ante ellos
“sirviéndoles, como dice en el Salmo 81: "Yo dije: dioses sois”.
”Esa humildad resulta de la abundancia de la bondad y de la nobleza divinas,
“como un árbol se inclina por la abundancia de sus frutos”.
Nunca he encontrado un texto que vaya tan lejos en la expresión de la fragilidad de Dios. Lo encuentran en una obra, "De Beatitudine", que se atribuye a Santo Tomás de Aquino, lo que no es seguro, pero es probablemente de su época.
Ahí tienen pues un místico que comprendió hasta el fin el sentido de la paternidad divina. ¡Al crear, Dios creó dioses, e hizo de cada criatura racional – ángel u hombre – su Dios! Es decir que quiso realizar una relación nupcial con la creación. Dicho de otra manera: la creación emana de la Trinidad Divina. Eso lo afirmaba constantemente Agustín, buscando en el universo los vestigios o la imagen de la Trinidad. La creación prosigue en cierto modo y continúa “ad extra” el desbordamiento de las tres Personas divinas (“ad intra”), de donde resulta la desapropiación fundamental de la divinidad.
De esa Pobreza súper-esencial es de donde brota la creación, y si tiene su cuna en la Trinidad, también tiene su centro en la Trinidad, y como la Trinidad es la afirmación de una eterna comunión de amor, la vocación del universo es de entrar en esa eterna comunión de amor. Es decir que el ser es dado a las criaturas no para que subsistan, sino para que sean capaces de darlo, como Dios. Ese es el sentido supremo de la creación que une a Dios con la creación ya que no entra en ella sino por el Amor y para el Amor, y que lo que desea preservar en ella es el Amor que es el sentido mismo del ser, es decir que Dios está comprometido a fondo en la creación, como nos lo dirá Nuestro Señor, “hasta la muerte de la Cruz”, es decir que la creación es una historia de dos.
Dios no crea un universo de robots, como decía ayer. Él no crea un universo de robots sino un universo de libertad. El sentido de la creación es la libertad en el sentido de liberación, en el sentido de evacuación total de sí mismo que hace que en lugar de sufrir el ser lo damos convirtiéndonos enteramente en un impulso de amor, como las Tres Personas divinas Una en relación con la Otra.
Ven pues que el misterio de la Santísima Trinidad es la luz fundamental, le da a la creación un sentido absolutamente nuevo. No se trata de una “causa primera” que se divierte fabricando seres con los cuales no tiene ninguna relación real, que no son nada para él. Se trata de un Amor que se compromete a fondo y que se entrega a su creación, que se confía a ella, ya que la respuesta de amor que la creación tiene que dar es precisamente el sentido mismo del gesto creador.
La creación es una historia de dos, es una historia nupcial, y por eso, si el “sí”de Dios está eternamente asegurado – pues como dice San Pablo a propósito de Cristo: “En Jesús no hay “sí” y “no” sino sólo “sí”, pero en la criatura el “no” es posible porque la criatura no es originalmente sí , tiene que hacerse “sí”, tiene que superar sus límites, tiene que conquistar su dignidad, tiene que liberarse del “yo” posesivo que es la raíz de todo mal, y Dios, cubriendo la criatura con la solicitud nupcial infinita, Dios puede ser puesto en jaque. Y en efecto fue puesto en jaque, y podrá serlo eternamente en la medida en que ciertas criaturas rehusarán definitivamente Su Amor. Por eso además el mal entra en el mundo, el mal que pone un inmenso problema, insoluble hasta la muerte de Nuestro Señor.
Ustedes recuerdan haberlo meditado con frecuencia, en el tercer capítulo del Génesis donde se nos narra la caída original en términos tan dramáticos y profundos, y saben que ese relato, que data probablemente de la época de Salomón, y que nació en un círculo de sabios que se planteaban precisamente el problema del mal, ese relato magnífico y genial atribuye el origen del mal a la criatura, en virtud de una desobediencia cuyas consecuencias habían sido previstas y anunciadas, de suerte que los tres capítulos del Génesis, la primera visión del mal, es ya la afirmación de la inocencia de Dios: ¡Dios no tiene la culpa del mal! El mal entró en el mundo por el pecado, y por el pecado la muerte.
San Pablo retoma el tema con una potencia extraordinaria en el 8° capítulo de la epístola a los romanos. Nos muestra solamente que el hombre caído por el primer rechazo de amor, por el primer rechazo de hacerse origen: porque eso es el pecado original, el rechazo de hacerse origen, es abandonarse al universo, es dejarse llevar por él en vez de llevarlo, es instalarse en un “yo posesivo” en vez de superarlo para llegar a un “yo oblativo” que corone toda la evolución por un acto de libertad que arrastre todo el universo en la vocación de libertad en que debe participar toda criatura. Y San Pablo retoma el tema genialmente y de modo muy inesperado al solidarizar precisamente la creación material con la caída original: el universo entero fue dislocado, el universo entero fue sometido a la vanidad por el hombre, el universo entero fue privado de la gloria de los hijos de Dios, el universo entero gime en dolores de parto esperando precisamente la manifestación de la gloria de los hijos de Dios.
San Pablo concuerda pues aquí admirablemente con la visión de una creación nupcial en que el diálogo entre Dios y el universo es un diálogo de espíritu a espíritu, ya que Dios es espíritu, y quiere un mundo “espíritu”. Dialoga pues con toda la creación a través de espíritus: los ángeles y los hombres, u otras criaturas inteligentes situadas en otros planetas, poco importa. Dialoga con todo lo que hay de inteligente en la creación, Dios dialoga con toda criatura, viviente o no viviente. En la criatura inteligente, que es el punto clave del gesto creador, hay una mediación (es lo que San Pablo nos hace entender) – una mediación de la criatura inteligente, que es indispensable al equilibrio del universo, y es por falta de esa mediación que el universo está en el estado en que se encuentra.
Queda que el problema del mal no está todavía plenamente resuelto y que sigue siendo un escándalo para muchas inteligencias actuales”. (Continuará)