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21 11 2008 ¿Cómo puede existir el mal si el mundo es obra de un Dios bueno?

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Final de la 6ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

Retoma: “Pero el problema del mal no está todavía plenamente resuelto y sigue siendo escándalo para muchas inteligencias actuales”.

Continuación: “¿Cómo puede existir el mal si el mundo es obra de un Dios bueno? – Vuelvo atrás de lo que acabo de decir, pues ya mostré el compromiso nupcial que pone a Dios a merced de la creación, como dice el texto del “De Beatitudine” que acabo de citar.

Job repitió, o mejor planteó de manera inolvidable el problema del mal en el libro genial y completamente en falso, en que ese inmenso poeta se interroga sobre los sufrimientos del justo, en la perspectiva de una vida reducida además a la etapa terrestre, en la perspectiva de una vida que no está destinada a la inmortalidad. En efecto, ustedes saben que el concepto de inmortalidad en el mundo bíblico es extremadamente reciente, pues no aparece sino a la época de los Macabeos. ¿En qué medida pudo la filosofía griega influenciar esta información?

Es cosa cierta que la mayor parte de la historia bíblica se realiza en un mundo en que no se cree en la inmortalidad. El sheol es algo tan vago por otra parte, tan temible, ¡porque allá no pasa nada! “¿Quién te alabará en el sheol?” El rey Ezequías pide sobre todo que su vida sea prolongada, y considera como beneficio inaudito que se le den 15 años de plazo, porque el sheol es prácticamente la nada.

El Libro de Job plantea entonces el problema alrededor del siglo V, más o menos en la época  en que el poeta griego Esquilo escribe su tragedia “Los Persas”, que trata también del destino. El gran poeta, desconocido del libro de Job, se plantea el problema en el marco de una vida limitada a la etapa terrestre: ¿cómo es que el inocente no está colmado de bienes? ¡Debería lógicamente estarlo si Dios es bueno! Y ustedes conocen la evolución de ese drama, el paroxismo en que apela a Dios contra Dios, y en que finalmente es confundido por la Omnipotencia.

¡No hay respuesta adecuada al grito que pide la justicia! Hay una manifestación de la Omnipotencia ante la cual él se anonada en el polvo. El problema no está resuelto porque la noción de Dios y la del hombre son incompletas ambas.

¿Y en la problemática moderna? … recibí recientemente una carta de una mujer cuya vida es un tejido de dolores, y que me ponía contra el muro diciéndome: pero en fin, ¿cómo es esa historia de su Dios? ¡Usted se burla de nosotros hablándonos de un Dios bueno! Basta con abrir los ojos: ¿Qué es el bombardeo del Vietnam? ¿Qué es el dolor y la agonía de los niños? ¿Qué es la enfermedad? ¿Qué es un tumor del cerebro? ¿Qué, la arteriosclerosis que priva a dos mujeres de todas sus facultades, que les impide reconocer a sus maridos y que están ahí vegetando, como si no hubieran sido jamás humanas? ¿Qué es ese terrible desorden? ¿Qué es ese desprecio de la humanidad? ¿Qué es ese desprecio de los valores en que creemos y que Dios parece ignorar totalmente?

Porque en fin, hay en el cosmos agresiones terribles contra la humanidad: ¡maremotos, terremotos, erupciones volcánicas, tifones, rayos! Todas las fuerzas cósmicas parecen ignorar totalmente al hombre, ¡como si el orden humano y el orden del mundo no tuvieran ninguna relación! ¿Cómo pretende usted admitir, cómo puede usted admitir que Dios sea a la vez el autor del orden del mundo y del orden de los valores humanos, puesto que están unos con otros en terrible contradicción?

Ustedes saben que en « La Peste » Camus pone esta objeción en labios del Dr Rieux que cuida víctimas de la peste y ve agonizar un niño que no tiene culpa de nada, y dice: “El honor más grande que se le pueda hacer a Dios es afirmar que no existe, ¡porque si fuera responsable de esta situación sería un monstruo!” Es evidente que el mal que encontramos en los hospitales, bajo forma de cáncer, de leucemia, de aterosclerosis, el mal bajo forma de tumor cerebral, el mal bajo forma de dolores atroces del trigémino, todos los dolores insensatos, increíbles, que torturan al hombre al que se tiene que privar de sensibilidad para que no enloquezca de dolor, ¿cómo concebir una Providencia ante el océano de males que desgarran la humanidad, que la inundan desde que existe, cuando toda una ciudad como en el caso de la capital de Nicaragua – cuando toda una ciudad queda de un golpe destruida a 90%? ¿Dónde está Dios en todo eso?

Pero es claro precisamente que esta objeción, aunque se afirma con pasión, ignora que sólo existe mal en relación con un bien. Si no existe ningún bien tampoco hay ningún mal, el mal no existe sino en virtud de un bien debido. De un niño que no tiene miembros, que es mero tronco, como Denise Legris escribió en su libro admirable “Nacida así”, se podrá decir: eso es un mal, porque normalmente un niño debería tener miembros. Ella se superó genial, magnífica, heroica y cristianamente, hasta el himno a la alegría, pero a primera vista es un mal.

Pero el mal de todos los males, el mal más imperdonable, el mal más intolerable, es evidentemente el desprecio de los valores humanos, porque los valores humanos parecen al hombre lo único absoluto que puede experimentar. Es la objeción de Camus: “¿Cómo estoy unido a un universo en el que estoy enraizado, y que ignora todos mis valores?” “¿De dónde viene esa unión monstruosa que me hace depender de fuerzas cósmicas o animales? Pues un tigre devora un hombre sin el menor escrúpulo, sin sentir en nada la majestad de la inteligencia humana. ¿Porqué estoy unido a este universo que ignora todos mis valores? Pero justamente, esos valores absolutos – de los cuales hay que alegrarse que se reconozca su carácter absoluto – en efecto, nada es más absoluto que el sentido de la inviolabilidad humana, que el sentido de la dignidad humana, que el horror que se siente ante un lavado de cerebro o ante una desintegración del cerebro, lo cual es peor aún, como se practica en la Unión Soviética, el horror que se siente es en efecto un testimonio dado al carácter absoluto de los valores que constituyen la dignidad humana.

Pero ¿en qué consiste ese absoluto sino en la presencia en el hombre de un valor infinito que es el Dios Vivo, como vimos en la historia de Koriakoff, como vimos en la experiencia agustiniana? Si el “adentro” del hombre es sagrado, es porque él es el santuario de una presencia idéntica, la misma en todos y en cada uno, que se revela a Agustín como “La Hermosura tan antigua y tan nueva, más íntima en él que lo más íntimo suyo, que es la vida de su vida, en la cual viva estará su vida toda llena de Su Presencia”.

Es pues seguro que el sentimiento profundamente justo de los valores sagrados ocultos en la conciencia humana, los de la dignidad de nuestra humanidad – que es además una conquista por hacer – es cierto que el reconocimiento de los valores absolutos, la indignación ante la violación de esos valores absolutos, es al mismo tiempo el reconocimiento del Dios Vivo que es el huésped amado del alma, de suerte que Dios pasa inmediatamente al campo de las víctimas.

¡Si hay un mal es porque Dios es pisoteado! Si Dios no fuera solidario del universo, si no fuera interior en toda criatura, si la creación no resultara del desbordamiento de la Trinidad divina, no habría mal, pues ¡no hay mal donde no hay bien! – todo sería “ad libitum”, disponible a voluntad. Si como dice Jacques Monod, el mundo es fruto del azar, ¡si la vida surgió del azar, si no hay sentido en ella, si no hay dirección, el mal no existe! Somos nosotros los que inventamos esos conceptos “a voluntad”: ¡eso es totalmente arbitrario! Sólo existe mal absoluto si existe una presencia divina oculta en el fondo de la creación

Y ustedes lo intuyen de inmediato: no van a confesarse si mataron una mosca, pero lo harían si la hubieran torturado, si le arrancaron las alas en vez de matarla de un golpe seco que le ahorrara el sufrimiento, porque la mosca tiene derecho al respeto, porque la dignidad del Creador está comprometida con ella, porque no pueden utilizar mal la creación en razón de la presencia del Amor que se la confía, poniéndose además Él mismo en sus manos.

Es pues cierto que la objeción del mal desaparece de inmediato cuando Dios pasa al campo de las víctimas y que vemos en efecto que ¡la tortura a la que se somete la creación es en primer lugar la crucifixión de Dios! Y esa es justamente la respuesta a Job: la única respuesta es la Cruz y la agonía de Nuestro Señor. Y es lo que le faltaba al Génesis.

El Génesis es una primera visión, todavía incompleta, del misterio del mal, porque en el Génesis Dios no aparece comprometido. Él es el Dueño soberano que creó por la voluntad omnipotente de Su Palabra un mundo que depende esencialmente de Él, que le está radicalmente sometido, al que le puede imponer Su voluntad a precio de las sanciones más terribles, pero no está comprometido. Si la criatura transgrede el orden que se le impuso, ¡la miseria es para ella! Dios queda indemne. Queda sin duda una luz de esperanza, la cual tomará toda su significación precisamente en el nacimiento de Nuestro Señor, pero es en la agonía de Nuestro Señor donde brilla la solidaridad entre Dios y el Universo, porque en la Agonía de Jesús el mal se manifiesta como herida hecha a Alguien: ya no hay ley promulgada por un soberano, en la cual el “bien” es lo “ordenado” y el “mal” es lo “prohibido”, hay una Vida divina comprometida a fondo en la creación, y sólo existe un Bien, el Amor, y sólo existe un mal, el rechazo de amar, pero ese rechazo hiere a Dios en pleno corazón porque se trata de un lazo nupcial.

Sin duda, Dios no puede perder nada, porque perdió todo eternamente, porque Él es el despojamiento subsistente, pero ese despojamiento subsistente sólo podrá expresarse en la historia humana en Jesús, Verbo encarnado, que justamente, bajo la forma de desapropiación crucificada, de despojamiento sangriento, de agonía hasta el corazón de las más horribles tinieblas. Ahí es pues donde el mal va a revelar su verdadero rostro: herida hecha al Amor que se comprometió enteramente en su creación, como un esposo en sus relaciones con la esposa.

El Bien es Alguien a amar, el Bien es una persona, el mal es la muerte de Dios. Hay Alguien comprometido en nuestra vida, y que ¡es siempre la primera víctima de nuestros rechazos de amor! Es lo que comprendió intuitivamente Claudel cuando el día de navidad de 1886 entró a Notre Dame de París como esteta en busca de emociones. Para engañar su tedio, siendo incrédulo, se extravió bajo las bóvedas de Notre Dame, y en las mismas Vísperas en que se canta el « De Profundis » de Dios. Como comprende todas las palabras, de repente lo conmueven las antífonas, lo conmueve ese “De profundis”, y ¡reconoce “la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios”! Y ahí queda, fulminado, como su patrono San Pablo, queda fulminado, y no puede volver atrás, en adelante queda prisionero de Cristo, reconociendo su “eterna infancia y desgarradora inocencia”.

La creación toma pues un sentido extremadamente nuevo a la Luz de la Santísima Trinidad, donde resulta del desbordamiento interior de Dios en que se celebra eternamente su infinito despojamiento. La Creación es obra de la pobreza divina que se comunica a toda la creación para llevarla al matrimonio de amor en que el “sí” de la criatura debe sellar el “sí” eterno de Dios.

El mundo está pues en nuestras manos: desde el átomo de hidrógeno hasta las más lejanas galaxias, este mundo que es nuestro cuerpo ya que actúa sobre nosotros, está esperando que actuemos sobre él: debemos asumirlo, debemos recrearlo, debemos ofrecerlo, debemos transfigurarlo, debemos hacer de él la custodia de Dios! Pero primero tenemos que cuidar a Dios, porque Su Vida está difundida en el universo para ser la vida del universo, ya que el sentido mismo es el Amor, puesto que ¡la creación comienza hoy en la medida en que nosotros cerramos el anillo de oro de las nupcias eternas!

Vean pues con qué amplitud resuenan en la creación las palabras del “De Beatitudine”: al crear, Dios se hizo esclavo de la creación y trató a las criaturas inteligentes ¡como si cada una fuera su Dios!” (Fin de la 6ª conferencia)

 

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