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Zundel

22 11 2008 b. Continuación del texto

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Esta es la segunda parte del texto publicado ayer en www.mauricezundel.net

“Se difunden finalmente por radio y televisión tantas concepciones que inundan las mentes, que penetran en todos los hogares, tantas que los hombres más aferrados a las tradiciones o a la fe, los más sinceros creyentes, se inquietan, se sienten incómodos, tienen la impresión de que todo se derrumba, de que ya nada es seguro, y eso se traduce en numerosas familias por cierta forma de tolerancia: hay que cerrar los ojos sobre los accidentes del camino, no hay que imponer a los hijos una moral que los adultos no practican por otra parte. ¡Al contrario! Hay que abrirlos lo más pronto posible a los goces que los adultos se permiten, ya que – como decía la princesa Bonaparte – no hay razón de rehusar a un bebé el goce sexual que sería normal en la edad adulta. De ahí resulta, como ustedes saben, que ya no existe el pecado y en el orden sexual especialmente el sentimiento de culpabilidad es completamente anacrónico. ¡A niños de once años se les habla de la píldora contraceptiva! Una niña de primer año de bachillerato en un liceo dio a luz sola en su liceo y arrojó su bebito a la caneca de basura! En esa ocasión, se informó que ¡por lo menos 4000 muchachas estaban encintas en los liceos de Francia!

El fondo de todo eso, una vez más, el elemento positivo de esa inmensa controversia que tiene tantas raíces diferentes pero que termina creando por doquiera un clima de controversia o de incertidumbre, en el fondo de todo eso hay un elemento positivo, que es justamente la reivindicación de la inviolabilidad del hombre.

¡Por eso hay que acabar con la moral de obligación! ¡La moral de obligación queda condenada en adelante! Es imposible exigir que la humanidad se incline ante la ley por la ley, que acepte el Decálogo porque fue Dios el que lo proclamó. ¿De dónde viene el “Decálogo” que no ha hecho finalmente sino expresar un fondo de honestidad humana que se encuentra en otras partes, que se encuentra en particular en las declaraciones de inocencia del ‘Libro de los Muertos’ egipcio? ¿En qué nos concierne ese Decálogo? El Decálogo fue dado a un pueblo del que no hacemos parte, ese Decálogo dado por un Dios que es además exterior a nosotros; además el Decálogo que ha sufrido transformaciones, pues la moral, inclusive la moral bíblica, ha cambiado: ¡se aceptaba la poligamia como cosa normal, se autorizaba el divorcio! la pena de muerte que nos repugna abunda en la Biblia, ¡se la proclama continuamente, se la reclama, se la impone! ¿En qué podríamos sentirnos ligados por esa antigua moral? La moral es histórica, la moral cambia y nos toca entonces estimar qué moral nos conviene.

Un profesor de moral e la Universidad de Friburgo se ilustró precisamente al defender estas tesis: la moral es histórica, la moral es relativa, ¿después de todo, por qué no aceptar que la masturbación sea una etapa hacia una sexualidad normal? ¿Y por qué no aceptar que las relaciones prematrimoniales, a condición de que sean estériles, sean un proceso muy adecuado hacia un matrimonio feliz? ¡La contracepción puede ser excelente, precisamente en la medida en que permite ensayos para llegar a un matrimonio feliz! ¡Después de todo, hay que hacer feliz a la gente!

En efecto, ¡se puede operar una revolución copernicana! Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Es más fácil decir: ¡todo lo que estaba prohibido ayer está permitido hoy! ¡Así todo el mundo estará con nosotros! ¡Qué maravilla si se pudiera remplazar a la Santísima Virgen por Venus! ¡Ya no habrá más controversia, todo el mundo estará de acuerdo y se evitará toda represión psicológica!

Esta situación es extremadamente grave porque está destruyendo el mundo libre – que además, de libre no tiene sino el nombre – lo está destruyendo. ¿Qué le podemos oponer al absoluto del marxismo? El marxismo tiene un absoluto que es erróneo, ¡pero lo tiene! Afirma contra viento y marea, afirma vigilando sobre todo su ideología. A eso le pone todo el cuidado: ¡no tocar a la ideología! ¡Más bien desintegrar el cerebro de los oponentes que permitir la controversia sobre el materialismo dialéctico o histórico! El mundo libre no tiene nada que oponerle, ¡y cede terreno! Discute todos los valores en que reposaban sus tradiciones y el marxismo emprende una ofensiva inmensa, en particular contra la inteligentsia del mundo libre: desintegrar la inteligentsia, empujarla hasta el fondo de sus negaciones es el medio más seguro de llegar a instaurar un marxismo universal – que tiene además por todas partes células de propaganda – y que ¡encuentra cómplices hasta en la Iglesia! ¡Hay que ser de izquierda, sobre todo, de izquierda! Y ¡jamás, jamás tener enemigos en la izquierda!
Pero una vez más, todo eso tiene sus raíces en lo que San Pablo indica tan profundamente: la Ley provoca la rebelión, no solamente porque enciende la codicia, sino más profundamente porque hace brotar en el hombre la voluntad de afirmar su autonomía. No conozco objeción más profunda, y si no hubiera encontrado la Trinidad, esa objeción sería mía.

¿Porqué nos creó Dios para hacernos sentir la dependencia? ¿Porqué nos habría dado inteligencia suficiente para comprender que nuestro destino está sellado, determinado para siempre, que en Dios todo está decidido, que hagamos lo que hagamos, la historia está escrita de antemano? Si ese fuera Dios, en efecto, sería el primero en violar nuestra autonomía, violaría nuestra dignidad con una especie de sadismo ¡y nosotros no podríamos defender nuestra dignidad sino vomitando a Dios! (“Si hubiera dioses, decía Nietzsche, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?”)

Es pues necesario que sintamos, con la misma fuerza que el acontecimiento, la mutación que hace de la historia contemporánea una controversia tan profunda, tan extensa, tan espontánea – en apariencia por lo menos – y tan universal. Es que precisamente, Dios no fue visto, no fue percibido, no fue reconocido conforme a la nostalgia expresada por Shelley, como “la única presencia que puede colmarnos”.

Y se entiende que el hombre con su apertura, el hombre con su vacío interior, el hombre inacabado, el hombre que tiene que hacerse, el hombre cuyo ser, como dice Heidegger, es su “poder ser”, se comprende que este hombre se sienta acorralado. ¿Qué va a hacer con ese vacío interior? ¿Qué va a hacer con esa apertura? ¿Qué va a hacer con su incompletud? ¿Qué va a hacer con su aspiración, con su nostalgia, qué va a hacer? Le dijeron que era libre, le dijeron que podía hacer todo lo que no le haga daño ni a él ni a los demás: ¡es la declaración de los derechos humanos de la revolución francesa! – Pero, ¿Qué es lo que le hace daño a los demás, y qué es lo que me hace daño a mí? Si me gusta la droga y encuentro en ella mi paraíso, ¿por qué no? ¿Qué mal les hago a los demás? Se comprende que el hombre se vuelva loco ante el vacío infinito que se abre en su interior, como dice Pascal, ¡sin saber con qué llenarlo! En todo caso, ¡se acabó el Dios autoritario, el Dios legislador, el Dios que limita y amenaza, el Dios que juzga y que condena! Y sobre el hombre, ese Dios ya no tiene ningún poder.

Y ustedes saben con qué facilidad se absuelve la gente de hoy, los cristianos practicantes. La tasa de confesiones cayó en una proporción de 80% en seis años, más o menos. Ya el pecado no existe, todos se absuelven a sí mismos y se declaran vagamente pecadores, ¡y eso no los compromete a nada! Es pues necesario encontrar, o mejor volver a encontrar una moral de liberación, y, cosa patética y maravillosa, en la moral de liberación ¡el único pecado es rehusar hacerse origen, es rehusar la libertad! Pero es porque la libertad ha tomado un sentido esencialmente nuevo en la revelación de la Santísima Trinidad. Una vez más es necesario comprobar la imposibilidad en que se encontraba el hombre de resolver su problema con los recursos de su inteligencia, de su razón discursiva, con los recursos de su experiencia y a través de todo el itinerario de su sufrimiento o de su voluptuosidad.”

A mi conocimiento, nadie ha planteado el problema de la libertad como lo plantea el Misterio adorable de la Santísima Trinidad: ¡no sabíamos lo que era – lo que es – la libertad! Imposible sacar de la libertad una estructura, y lo que envenena la atmósfera en la actualidad, es justamente que el grito de Libertad… Libertad… Libertad… hace alusión o significa algo que no tiene estructura: hacer cualquier cosa, ¡como si uno fuera cualquiera! Lo que nos revela la Trinidad es que la libertad tiene estructura, es que la libertad es una exigencia: la más profunda, la más total, la más radical, porque justamente cada acto realmente libre es un acto original, como cada falta verdaderamente libre es una falta original. ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que en cada acto verdaderamente libre comprometo todo mi ser”. (Continuará)

(1) Naturalmente, los tradicionalistas rechazan esta constatación.

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