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Final de la 7ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.
La única moral posible
resulta de la Trinidad.
La moral ya no aparece como obligación sino como un
matrimonio de amor.
Retoma: “A mi conocimiento,
nadie ha planteado el problema de la libertad como lo plantea el Misterio
adorable de la Santísima Trinidad: ¡no sabíamos lo que era
– lo que es – la libertad! Imposible
sacar de la libertad una estructura, y lo que envenena la atmósfera en la actualidad,
es justamente que el grito de Libertad… Libertad… Libertad… hace alusión a, o
significa, algo que no tiene estructura: hacer cualquier cosa, ¡como si uno
fuera cualquiera! Lo que nos revela la Trinidad es que la
libertad tiene estructura, es que la libertad es una exigencia: la más profunda, la más
total, la más radical, porque justamente cada acto realmente libre es un acto
original, como cada falta verdaderamente libre es una falta original. ¿Qué
quiere decir eso? Eso quiere decir que en cada acto verdaderamente libre
comprometo todo mi ser”.
Continuación: “Como dice
Paul Tillich, ahí está implicada la totalidad de mi ser. ¡En cada acto libre,
totalmente libre, me elijo a mí mismo! En cada acto totalmente libre afirmo mi
“yo”, sea como posesivo, sea como oblativo; en cada acto totalmente libre me
construyo, me hago ser, me creo a mí mismo, o me descreo si me encierro en el
“yo” posesivo.
La moral concierne pues el
ser, la moral no puede ser sino una ontología creadora. Lo que se trata de
hacer descubrir, a sí mismo y a los demás, es que la moral no es un
orden que se impone del exterior sino una exigencia que surge de adentro,
una exigencia de ser, una exigencia de grandeza, una exigencia creadora. El
honor supremo es precisamente tener que crearnos a nosotros mismos, el honor supremo es no sufrir la vida sino
hacerla surgir en un puro impulso de amor.
“Dios crea
creadores”, como decía Bergson. Ese
es el principio de toda moral. Si el hombre siente que: "To be or not to be, that is
the question" que ser o no ser, ese es el problema, si comprende que de él
depende ser o no ser, se encuentra ante el verdadero problema, el problema que
es él, y no pude extrañarse de tener que esforzarse ya que debe asumirse hasta
las últimas raíces de su ser para promoverse a un “ser fuente” a fin de ser un “yo”
original, pues en fin la estima que reclamo para mí mismo, el respeto de mi
dignidad que reivindico, no tiene ningún sentido si no soy un “yo” original, si
me limito a ser totalmente prefabricado, y no soy más respetable que un
insecto, o un escorpión, los cuales son totalmente prefabricados en su ser. Lo
que hace toda la diferencia es que puedo surgir de lo prefabricado, puedo
hacerme fuente, en mí puede nacer un “yo” original, un “yo” universal, un “yo”
que es un bien común, que todos los hombres están interesados en defender
porque es un tesoro común, por que es para todos un fermento de grandeza, de
liberación.
Se trata, pues, de
ser, de ser de manera original, de ser como creador de sí mismo, de ser
rehusando sufrirse, lo cual no es posible,
como no hemos cesado de verlo, lo cual no es posible sino mediante el don total
de sí mismo. Pero necesitábamos el modelo divino, y eso fue justamente lo que
le faltó a la humanidad antes de la Revelación única que se realiza en Cristo, o
mejor, que es Cristo mismo. ¡Lo que faltó a la humanidad, fue el modelo
divino que es el modelo trinitario!
Fue necesario que Jesús revelara la
Pobreza divina, que nos introdujera en el circuito del
altruismo eterno, que nos manifestara la personalidad de Dios como pura
relación con el Otro, como desapropiación radical, para que comprendiéramos por fin el
sentido de la libertad como vocación de liberación. Es algo que nadie parece comprender: no hay libertad sino donde hay
liberación.
Estoy en el “mundo libre”,
¡sí! Puedo viajar donde quiera, puedo leer lo que quiera, puedo hacer lo que
quiera en mi vida privada, mientras no caiga bajo las leyes penales. Pero ¿qué
cambia eso en mi esclavitud interna, que es la más terrible de todas?
Epicteto, esclavo, es un
hombre libre. Según la leyenda, su dueño pudo fracturarle la pierna en un
yunque, y Epicteto se limitó a constatar después de la fractura: “¡Te lo había
dicho!” Epicteto, esclavo, es libre porque es libre por dentro. El hombre que puede disponer de todos sus
movimientos en la sociedad, como es el caso en el “mundo libre”, hasta
cierto punto al menos, si no está
liberado de sí mismo, va a transferir la esclavitud a toda su actividad, a
todas sus opiniones, a todas sus afirmaciones, a todos sus libros, a todas sus
obras. No podrá no contaminar el medio ambiente con la esclavitud interior
que está sufriendo. Está pues perfectamente claro que la libertad no significa nada si no es camino hacia la liberación, y
nuestra liberación es radicalmente imposible si no sabemos lo que
significa, si no tenemos el modelo divino, si no comprendemos que la plenitud
del ser es la plenitud del Amor, si no
identificamos el ser con el Amor, como sucede en el corazón de la vida
divina.
¡Hay pues, como
resultado de la Trinidad,
una moral que es la única posible,
la única actual, la única que reúne todas las exigencias de autonomía, de
grandeza, de interioridad, de creación, de dignidad, de individualidad! Todo eso brota
del Encuentro con el corazón de la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No hay pues sino una moral que es finalmente
una mística, ya que es una relación personal con la divina pobreza. Ya no
aparece como una obligación sino como un matrimonio de amor. “Os he
desposado con un esposo único, a fin de presentaros a Cristo como una virgen
pura”.
¡Es otro mundo! ¡La moral de obligación está muerta, no
hay que resucitarla! Hay una moral de liberación infinitamente más exigente,
que pide todo, siempre, a cada instante y por doquiera, en un compromiso que va
hasta la raíz del ser, ya que compromete siempre la totalidad del ser en
nuestras decisiones plenamente libres. Nada es más exigente pero nada es más
creador, ni nada más liberador.
Podemos pues considerar
nuestro mundo con comprensión, con simpatía, con amor. Tiene razón si abandona
ese yugo: su desgracia es no haber encontrado a Dios, el Dios vivo; su
desgracia es no haber descubierto la pobreza divina, su desgracia está en no
haber entrado en la Zarza
ardiente que arde en el Corazón de Dios, su desgracia está en no haber
encontrado el Rostro de fiesta de Cristo Jesús.
En cuanto a nosotros, lo
único que podemos hacer, es aferrarnos cada vez más profundamente a la
exigencia totalitaria, que es la condición de un ser auténtico. Sólo podemos
maravillarnos de poder decidir, a cada latido del corazón, del valor de nuestra
existencia, poder crearnos de nuevo a cada instante, poder crecer en libertad a
cada instante, liberándonos más, de poder a cada instante devenir un espacio
más grande de una presencia más universal, un Bien más realmente común.
“Ser” ¡ahí está
todo! – o “¡Ama!” Amar, ahí está todo, puesto que “finalmente”, ser y amar es lo mismo. “Ama et quod vis, fac!” como dice San Agustín magníficamente: “Ama y
haz lo que quieras”. Sí, ¡ama! pero ¡el Amor es lo más difícil que existe,
porque el Amor se compromete por entero! Porque el amor no es sino un engaño si
no realiza el vacío en nosotros para que la vida sólo sea ya sino un impulso
hacia el otro puesto que “YO” es finalmente Otro”.
Existe pues una respuesta a
la angustia y a la anarquía del mundo actual, y es la Santa Trinidad, en la medida en
que vivimos en el júbilo de un encuentro en que nuestra libertad puede por fin
comprenderse y realizarse.
Es curioso que Nietzsche,
que tiene aspectos diferentes, que tocó a veces a verdades tan profundas, es curioso que Nietzsche haya dicho las
palabras que retomaremos en otro contexto: “Que vuestro amor… - habla del amor
entre el hombre y la mujer – “Que vuestro amor sea compasión por los dioses
sufrientes y ocultos”. ¡Que vuestro amor
sea compasión por los dioses sufrientes y ocultos! Tuvo, pues, en ciertos
momentos, la intuición de que el hombre era portador de una divinidad
escondida, sufriente y oculta, a la cual había que ofrecerle todo el respeto de
nuestro amor.
Miren el itinerario de San
Pablo a los romanos, del conflicto insoluble en que el hombre se opone a la Ley con toda la energía de su
deseo, con toda la reivindicación de su autonomía. Y luego la exigencia de amor
que se respiraba en el poema de Shelley. Finalmente, ahí termina la aventura,
ahí se consuma, ahí se esclarece. Estamos en camino, estamos peregrinando, como
dice un místico del Islam: “Peregrinando hacia el Amigo que mora en nosotros”.
(Fin de la 7ª conferencia).
Nota: aquí, como en muchos
otros lugares, Zundel nos convence, pero queda la cuestión, lancinante quizás:
¿Cómo hacer? (Ver los pensamientos que publicaremos mañana).