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24 11 08. Dios se manifiesta siempre por vía de encarnación. Toda revelación es una forma de encarnación.

 

1ª parte de la 8ª conferencia de la abadía de Timadeuc en abril de 1973.

“Un gran poeta inglés llamado Coventry Patmore escribió: “Todo conocimiento digno de ese nombre es conocimiento nupcial”. En lenguaje ordinario, esto quiere decir que todo conocimiento digno de su nombre es conocimiento interpersonal, y como vimos, la revelación lo es en primer lugar: es más que toda otra expresión, conocimiento nupcial. Pero un conocimiento nupcial supone compromiso recíproco, y según el grado del compromiso, la revelación es más o menos perfecta.

Por ejemplo, en el Éxodo tenemos la visión del Horeb, que es una de las cimas del Antiguo Testamento, la visión de la Zarza Ardiente con esas palabras misteriosas: “Yo soy lo que soy”, o: “Yo soy el que soy”, según las traducción que se adopte. E inmediatamente después, en el capítulo 4, cuando Moisés había alcanzado esa cumbre que parece insuperable, tenemos esa nota extraordinaria: al hacer Moisés una pausa para pernoctar en el camino, ¡Yahvé lo encontró y trató de matarlo! Céfora, la esposa de Moisés, cogió un sílex, cortó el prepucio de su hijo y tocó con él el sexo de Moisés diciendo: “En verdad, tú eres para mí un esposo de sangre”. Y Yahvé lo dejó. Ella dijo “esposo de sangre” a causa de la circuncisión. Qué caída, comparado con la cumbre alcanzada en el Horeb, ¡qué caída! concebir que Dios envía a Moisés a Egipto precisamente a liberar a su pueblo, y concebir que Dios lo persigue para hacerlo morir, ¡y que lo desarme ese gesto bárbaro realizado por Céfora!... Caemos ahí, evidentemente, en el valle de la confusión, lo cual demuestra que si bien la revelación es conocimiento nupcial, es conocimiento fluctuante, según el grado de receptividad del sujeto humano. A propósito de este incidente, supongo que Céfora imaginaba que la enfermedad era necesariamente un castigo (puede que Moisés estuviera enfermo) y que el castigo no podía ser alejado sino por efusión de sangre, y entonces practicó sobre Moisés esa seudo-circuncisión ungiéndolo con la sangre de la circuncisión de su hijo. Por otra parte, es posible que, a un nivel más profundo, eso signifique simplemente que circuncidó a Moisés el cual no estaría circunciso todavía.

Esto es además un ejemplo que muestra que la revelación puede ser fluctuante, porque se sitúa precisamente en un orden interpersonal, porque supone un compromiso, porque supone transformación en el hombre, interiorización, liberación que atestigua la presencia de Dios, como sucede en nosotros: ¡sabemos muy bien que estamos ante Dios cuando dejamos de estar ante nosotros mismos! En la liberación experimentamos la autenticidad de la presencia divina. Tampoco necesitamos razonarlo, conceptualizarlo; ¡nuestra liberación, nuestra liberación es la más evidente experiencia de Dios!

Pero justamente, el ser humano no es jamás liberado a tal punto que la revelación pueda alcanzarlo con plenitud insuperable. Los límites no están todos en el mismo lugar, pero todo hombre tiene límites que se oponen a una plena revelación de Dios. No es que Dios no esté presente, o no esté presente totalmente, y que no esté presente en la plenitud de su perfección y de su amor: siempre está ahí desde siempre, como dice Agustín: “Tu mecum eras, et ego non eram tecum”. Dios está ahí desde siempre, pero el hombre no.

Y el cristianismo se presenta al mundo, y lo recibimos y lo vivimos como la revelación definitiva e insuperable: ¿Cómo es posible? Para que el cristianismo sea revelación definitiva e insuperable, es necesario que se haya realizado un acontecimiento único, que se expresa en el Prólogo de San Juan con estas palabras: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Lo cual significa en lenguaje corriente que ¡Dios se hizo hombre! Eso es todo, finalmente.

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. El que pueda aceptar esta proposición es cristiano, y no tiene problema en suscribir a todas las consecuencias de esa afirmación primera. Dios habitó entre nosotros. Dios entró en nuestra historia. En Cristo tenemos una referencia absoluta, definitiva e insuperable, y todos nuestros problemas se iluminan y se resuelven en esa comunión, o mejor en la presencia en nosotros de Cristo, Verbo hecho carne.

Pero ¿Cómo admitir semejante afirmación? ¿Qué quiere decir? ¿Es verdad que Dios, Señor de los espíritus, vino a caminar sobre la tierra? ¿Es verdad que el creador del mundo fue realmente artesano en Nazaret? Es claro que todas las resistencias a lo que se ha llamado la divinidad de Jesucristo, la suma increíble de erudición invertida – y que continúa a invertirse además – en este problema viene justamente de que la afirmación parecía imposible, mitológica y absurda: ¿cómo es posible que un hombre que encuentro en la calle pueda ser mi Creador? ¿Cómo puede ser el creador de todo el universo? Eso parece radicalmente insensato.

Pero justamente, todas las objeciones parten de una visión exterior de Dios. Por situar a Dios detrás de las estrellas, por hacer de Él un personaje infinitamente distante del hombre, por partir de una definición abstracta como la de la Causa Primera, por eso chocamos con todas esas dificultades. Si partimos de la experiencia, si nos situamos precisamente en el corazón de un conocimiento nupcial, todos esos fantasmas desaparecen, porque Dios se caracteriza inmediatamente – como lo hace en la experiencia agustiniana – como “intus”: Él está “adentro”: ¡no tiene que bajar de un cielo imaginario situado fuera de nosotros! Está en lo más íntimo de nosotros, “¡más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro!” ¡Él ya está ahí, desde siempre! Y no tiene que transformarse ya que es el Amor infinito que no puede perder nada porque ya lo perdió todo, porque ya lo dio todo, porque es la perfección misma de la pobreza, en una desapropiación insuperable.

Entonces, si Dios puede manifestarse, lo hará como siempre por vía de encarnación: nunca ha hecho otra cosa. Toda revelación finalmente es una forma de encarnación, es decir manifestación de la presencia divina en una transformación del ser humano a través del cual se manifiesta. Las encarnaciones son fragmentarias, parciales, no alcanzan jamás la plenitud, dados los límites que yo evocaba hace un momento, es siempre por vía de interiorización, por medio de la liberación del hombre que Dios se manifiesta.

No estoy hablando de un Dios concebido conceptualmente y que no tiene relación con la vida, sino del Dios que nos convierte, del Dios que nos transforma, del Dios que nos permite superar el egoísmo, ¡del Dios que nos conduce hasta la raíz de nuestro ser, un puro impulso de amor! En fin, el Dios que experimentamos cada vez que estamos ante la santidad, ese Dios es siempre en cierto modo un Dios encarnado, es un Dios realmente presente en una humanidad que Lo deja transparentar.

La Encarnación es pues la vía normal de las comunicaciones divinas, y la Encarnación en Nuestro Señor es la cima, el caso límite de todas las encarnaciones que jalonan la historia en Israel y fuera de Israel, de todas las encarnaciones parciales que convergen hacia la cima que es la Encarnación definitiva e insuperable en Jesús de Nazaret”. (Continuará)

 

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