1ª parte de la 8ª conferencia de
la abadía de Timadeuc en abril de 1973.
“Un gran poeta inglés llamado
Coventry Patmore escribió: “Todo
conocimiento digno de ese nombre es conocimiento nupcial”. En lenguaje
ordinario, esto quiere decir que todo conocimiento digno de su nombre es conocimiento interpersonal, y como
vimos, la revelación lo es en primer lugar: es más que toda otra expresión,
conocimiento nupcial. Pero un conocimiento nupcial supone compromiso recíproco, y según el grado del compromiso, la
revelación es más o menos perfecta.
Por ejemplo, en el Éxodo tenemos
la visión del Horeb, que es una de las cimas del Antiguo Testamento, la visión
de la Zarza Ardiente
con esas palabras misteriosas: “Yo soy lo que soy”, o: “Yo soy el que soy”,
según las traducción que se adopte. E inmediatamente después, en el capítulo 4,
cuando Moisés había alcanzado esa cumbre que parece insuperable, tenemos esa
nota extraordinaria: al hacer Moisés una pausa para pernoctar en el camino, ¡Yahvé
lo encontró y trató de matarlo! Céfora, la esposa de Moisés, cogió un sílex,
cortó el prepucio de su hijo y tocó con él el sexo de Moisés diciendo: “En
verdad, tú eres para mí un esposo de sangre”. Y Yahvé lo dejó. Ella dijo “esposo
de sangre” a causa de la circuncisión. Qué caída, comparado con la cumbre
alcanzada en el Horeb, ¡qué caída! concebir que Dios envía a Moisés a Egipto
precisamente a liberar a su pueblo, y concebir que Dios lo persigue
para hacerlo morir, ¡y que lo desarme ese gesto bárbaro realizado por
Céfora!... Caemos ahí, evidentemente, en el valle de la confusión, lo cual
demuestra que si bien la revelación
es conocimiento nupcial, es conocimiento
fluctuante, según el grado de receptividad del sujeto humano. A propósito
de este incidente, supongo que Céfora imaginaba que la enfermedad era
necesariamente un castigo (puede que Moisés estuviera enfermo) y que el castigo
no podía ser alejado sino por efusión de sangre, y entonces practicó sobre
Moisés esa seudo-circuncisión ungiéndolo con la sangre de la circuncisión de su
hijo. Por otra parte, es posible que, a un nivel más profundo, eso signifique
simplemente que circuncidó a Moisés el cual no estaría circunciso todavía.
Esto es además un ejemplo que
muestra que la revelación puede ser
fluctuante, porque se sitúa precisamente en un orden interpersonal, porque
supone un compromiso, porque supone transformación en el hombre,
interiorización, liberación que atestigua la presencia de Dios, como sucede en
nosotros: ¡sabemos muy bien que estamos ante Dios cuando dejamos de estar ante
nosotros mismos! En la liberación experimentamos la autenticidad de la
presencia divina. Tampoco necesitamos razonarlo, conceptualizarlo; ¡nuestra
liberación, nuestra liberación es la más evidente experiencia de Dios!
Pero justamente, el ser humano no es jamás liberado a tal
punto que la revelación pueda alcanzarlo con plenitud insuperable. Los
límites no están todos en el mismo lugar, pero todo hombre tiene límites que se
oponen a una plena revelación de Dios. No
es que Dios no esté presente, o no
esté presente totalmente, y que no esté presente en la plenitud de su
perfección y de su amor: siempre está ahí desde siempre, como dice Agustín:
“Tu mecum eras, et ego non eram tecum”. Dios está ahí desde siempre, pero el
hombre no.
Y el cristianismo se presenta al
mundo, y lo recibimos y lo vivimos como la revelación definitiva e insuperable:
¿Cómo es posible? Para que el cristianismo sea revelación definitiva e
insuperable, es necesario que se haya realizado un acontecimiento único, que se
expresa en el Prólogo de San Juan con estas palabras: “El Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros”. Lo cual significa en lenguaje corriente que ¡Dios se
hizo hombre! Eso es todo, finalmente.
“El Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros”. El que pueda aceptar esta proposición es cristiano, y no tiene
problema en suscribir a todas las consecuencias de esa afirmación primera. Dios
habitó entre nosotros. Dios entró en nuestra historia. En Cristo tenemos una
referencia absoluta, definitiva e insuperable, y todos nuestros problemas se
iluminan y se resuelven en esa comunión, o mejor en la presencia en nosotros de
Cristo, Verbo hecho carne.
Pero ¿Cómo admitir semejante
afirmación? ¿Qué quiere decir? ¿Es verdad que Dios, Señor de los espíritus,
vino a caminar sobre la tierra? ¿Es verdad que el creador del mundo fue realmente
artesano en Nazaret? Es claro que todas las resistencias a lo que se ha llamado
la divinidad de Jesucristo, la suma increíble de erudición invertida – y que
continúa a invertirse además – en este problema viene justamente de que la
afirmación parecía imposible, mitológica y absurda: ¿cómo es posible que un hombre que encuentro en la calle pueda ser mi
Creador? ¿Cómo puede ser el creador de todo el universo? Eso parece
radicalmente insensato.
Pero justamente, todas las
objeciones parten de una visión exterior de Dios. Por situar a Dios detrás de
las estrellas, por hacer de Él un personaje infinitamente distante del hombre,
por partir de una definición abstracta como la de la Causa Primera, por
eso chocamos con todas esas dificultades. Si
partimos de la experiencia, si nos situamos precisamente en el corazón de un
conocimiento nupcial, todos esos fantasmas desaparecen, porque Dios se caracteriza inmediatamente –
como lo hace en la experiencia agustiniana – como “intus”: Él está “adentro”:
¡no tiene que bajar de un cielo imaginario situado fuera de nosotros! Está en lo más íntimo de nosotros, “¡más
íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro!” ¡Él ya está ahí, desde
siempre! Y no tiene que transformarse ya que es el Amor infinito que no puede
perder nada porque ya lo perdió todo, porque ya lo dio todo, porque es la
perfección misma de la pobreza, en una desapropiación insuperable.
Entonces, si Dios puede
manifestarse, lo hará como siempre por vía de encarnación: nunca ha hecho otra
cosa. Toda revelación finalmente es una forma de encarnación, es decir
manifestación de la presencia divina en una transformación del ser humano a
través del cual se manifiesta. Las
encarnaciones son fragmentarias, parciales, no alcanzan jamás la plenitud,
dados los límites que yo evocaba hace un momento, es siempre por vía de
interiorización, por medio de la liberación del hombre que Dios se manifiesta.
No estoy hablando de un Dios
concebido conceptualmente y que no tiene relación con la vida, sino del Dios
que nos convierte, del Dios que nos transforma, del Dios que nos permite
superar el egoísmo, ¡del Dios que nos conduce hasta la raíz de nuestro ser, un
puro impulso de amor! En fin, el Dios que experimentamos cada vez que estamos
ante la santidad, ese Dios es siempre en
cierto modo un Dios encarnado, es un Dios realmente presente en una
humanidad que Lo deja transparentar.
La Encarnación es pues la vía normal de las
comunicaciones divinas, y la
Encarnación en Nuestro Señor es la cima, el caso límite de todas las encarnaciones que jalonan la historia en Israel y fuera de
Israel, de todas las encarnaciones parciales que convergen hacia la cima que es
la Encarnación
definitiva e insuperable en Jesús de Nazaret”. (Continuará)