2ª parte de la 8ª conferencia de
Timadeuc en abril de 1973.
“¿Cómo concebir la encarnación en
Jesús de Nazaret? ¿Qué es lo que la distingue de las demás – de todas las
demás? (1) Es evidentemente el enraizamiento en la naturaleza humana creada en
el seno de María, o mejor: el enraizamiento en la naturaleza humana creada en
el seno de María en la subsistencia del Verbo quiere decir, para tomar el
camino más corto, que lo que se comunica a la humanidad de Nuestro Señor es la
pobreza divina en persona.
Jesús nos va a revelar
precisamente la Pobreza Divina.
Nos va a introducir en el corazón de la intimidad de Dios haciéndonos conocer
la desapropiación radical que hace que cada persona divina esté eternamente
constituida por su relación con las otras dos.
¿De qué manera nos introduce
Nuestro Señor en esos abismos? ¿Porqué es Él el testigo único e incomparable?
¡Pues porque lo vive! Porque él es “Uno de la Trinidad”, como decían en
el siglo 5°, porque su personalidad está oculta precisamente en esos abismos.
Pero precisamente, porque nos revela a Dios como la Pobreza súper-esencial,
como la desapropiación infinita, nos revela al mismo tiempo la Encarnación como la
comunicación de la naturaleza humana creada en el seno de María, como la
comunicación que le hace de la pobreza infinita que es la subsistencia del
Verbo.
Esta naturaleza humana es
radicalmente expropiada de sí misma, no vive en su propia clausura como vivimos
nosotros, en una subsistencia de orden natural, teniendo que pasar
constantemente la clausura para liberarnos radicalmente de nosotros mismos a
fin de entrar en diálogo con el Dios vivo, a fin de penetrar en la intimidad de
los demás sin violentar su clausura, nosotros, precisamente, tenemos que pasar
a través de un encierro connatural, a través de una subsistencia de orden
humano. Por el contrario, la humanidad de Jesucristo es radicalmente abierta
hacia la divinidad, es asumida, por decirlo así, en la ola infinita, como una
cáscara de nuez por el océano, es asumida por la ola infinita que arroja
eternamente al Hijo en el seno del Padre.
¡No se trata, desde luego – como
lo enseña Calcedonia – de que la humanidad de Nuestro Señor fuera transformada
en divinidad! La humanidad de Nuestro
Señor no es Dios, es la humanidad de Dios, es el instrumento conjunto, es el
sacramento, “el Sacramento de los sacramentos” como dice el Padre Schwalm, el Sacramento diáfano a través del cual se
revela y se comunica personalmente la divinidad, es una Hostia viva que,
justamente, inscribe en nuestra historia la presencia personal de Dios, es
decir, inscribe en nuestra historia la eterna pobreza que es también la eterna
libertad.
El Cardenal de Berulio lo dice a
su manera, resumiendo maravillosamente la doctrina tradicional en una
exhortación a vivir por y para Jesús. Dice pues Berulio:
“Y
debemos mirar a Jesús como nuestra plena realización ya que Él lo es y quiere
serlo, como el Verbo es la realización de la naturaleza humana que en Él
subsiste, ya que, como la naturaleza humana considerada en su origen está en
manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia,
y la da al Verbo para que el Verbo la invista y la haga suya, dándose a ella y
realizándola con su propia subsistencia divina, así estamos nosotros en manos
del Espíritu Santo que nos saca del pecado y nos une a Jesús como espíritu de
Jesús emanado de Él, adquirido por Él y enviado por Él”.
Con magistral brevedad, Berulio
nos muestra la naturaleza humana de Jesús, sacada de la nada, es decir
verdaderamente creada en el seno de María, y revestida inmediatamente de la
subsistencia del Verbo que la desapropia radicalmente de sí misma: esta
humanidad ya no puede decir “yo” por cuenta propia, sólo llega a sí misma a
través de la relación subsistente que es la personalidad del Verbo, llega a sí
misma precisamente siendo aspirada y arrojada en Dios por el impulso eterno que
arroja al Hijo en el seno del Padre.
Es, pues, la naturaleza humana
más despojada, la más pobre, la más libre, tan libre, tan despojada, que está
abierta a toda la humanidad y a todo el universo: “Jesús está en su casa en el interior de los demás” como dijo el
Padre Rousselot. “Está en su casa en el interior de los demás” porque no tiene nada
propio: ¡no tiene nada propio! Su
conciencia de hombre es de ser “de” Otro y de no poder testimoniar sino de “Ese
Otro”, pues siendo justamente el “Sacramento de los sacramentos”, la humanidad de Nuestro Señor, haga lo
que hiciere, diga lo que diga, experimente lo que experimente, sienta lo que
sienta, sufra lo que sufra, testimonia de Otro, de Dios, es siempre revelación
de Dios en persona porque, justamente, tiene
su centro de gravedad en la desapropiación infinita que es la subsistencia del
Verbo, el cual no tiene otro “yo” que el divino. Me parece de inmensa importancia percibir la Encarnación bajo el
aspecto de desapropiación (2). Además, eso hace parte de la revelación de la Trinidad que es “la perla
del Reino”.
Si todo está ahí en el Nuevo
Testamento, si Cristo nos enraíza en el corazón de las relaciones
intra-divinas, si toda la vida se ilumina en el concierto de las relaciones que
constituyen el Gozo eterno de Dios en su infinito despojamiento, es
precisamente que la Encarnación misma se enraíza en esa pobreza y es su
revelación y manifestación, y su presencia personal. En este sentido y en esta
dirección podemos comprender por qué la revelación crística es definitiva e
insuperable: porque no se puede ser más despojado, más desapropiado, más expropiado
de sí mismo que la naturaleza humana de Nuestro Señor, ¡no hay en ella nada que
pueda limitar a Dios, ya que no tiene nada propio! Es el cenit de la revelación
porque es la transparencia absoluta de un don infinito. Y qué aprenderemos a través de la Humanidad de Nuestro Señor, sino justamente a
despojarnos, a liberarnos, a devenir como nuestro Padre Celestial, a surgir
como puro impulso de amor en que la vida encuentra por fin su verdadero origen (2).
Hay una circumincesión de todas
estas afirmaciones, de la
Trinidad, la
Encarnación, el misterio de la Iglesia, la santidad, que
circula a través de la Comunión
de los Santos: se trata siempre de esa libertad infinita, fundada en una
desapropiación radical.
Es evidente que las
objeciones contra la divinidad de Jesucristo resultan de una equivocación sobre
el sentido mismo de la divinidad, que
sólo Jesucristo nos ha revelado bajo su aspecto más interior, y el único además
que podamos experimentar. Dios ya estaba ahí, desde siempre, ¡pero le hombre no
estaba! El hombre interponía su ausencia voluntaria, que impedía el brillo de
la presencia de Dios siempre oculto en el fondo del ser humano. En la Encarnación la
humanidad se hace presente, se abre, está abierta radicalmente a la divinidad,
y la divinidad se comunica a ella de manera insuperable ya que, justamente, se
hace el verdadero “yo” que dinamiza a fondo esta naturaleza humana arrojándola
en Dios, tomándola toda en la ola que arroja eternamente al Hijo en el seno del
Padre.
La pobreza de Dios no podía justamente
manifestarse plenamente, para ser el hogar de todas nuestras libertades, sino
en una humanidad radicalmente desapropiada de sí misma por la comunicación que
se hace de la desapropiación en la cual subsiste eternamente la personalidad
del Verbo. Esta revelación es insuperable, esta revelación es infinita, esta
revelación nos toca en pleno corazón, esta revelación nos concierne a todos,
puesto que la gracia hecha a la
humanidad de Nuestro Señor es una gracia hecha a toda la humanidad y a todo el
universo”. (Continuará)
Nota (1) (bajo toda reserva): Dios
desea encarnarse de manera perfecta en todo hombre. Lo específico de la
encarnación divina en Jesucristo es que ella es perfecta desde el comienzo de
su realización, Dios no encuentra en esa humanidad infinitamente santa ningún
obstáculo a su encarnación perfecta.
Está también el caso particular
de la encarnación divina en la Virgen María.
Ella también es perfecta desde el momento de su inmaculada concepción, pero su
perfección está ordenada a la encarnación divina perfecta y única en su Hijo,
Jesucristo.
La perfecta encarnación divina en
Jesucristo tiene como consecuencia que esa Humanidad, infinitamente bendita, se
convierte en el “lugar” por excelencia que hace posible la perfección de la encarnación
divina en todo hombre.
En el Cuerpo místico de
Jesucristo, la Iglesia,
es donde todos los hombres podrán reunirse y a su turno, dejar encarnarse la
divinidad de manera perfecta en ellos, realizarse en ellos para la unidad
perfecta de la humanidad entera.
Nota (2): habría que subrayar
varias veces esta afirmación de Zundel, que debería enseñarse desde el
catecismo más elemental, por las consecuencias de primera importancia que tiene
en la vivencia cristiana de la encarnación divina en cada uno de nosotros, particularmente
en la vivencia de la dimisión de sí mismo en todos los que tienen alguna misión
en la Iglesia.