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Zundel

25 11 2008. Es de inmensa importancia percibir la Encarnación bajo el aspecto de desapropiación.

2ª parte de la 8ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

“¿Cómo concebir la encarnación en Jesús de Nazaret? ¿Qué es lo que la distingue de las demás – de todas las demás? (1) Es evidentemente el enraizamiento en la naturaleza humana creada en el seno de María, o mejor: el enraizamiento en la naturaleza humana creada en el seno de María en la subsistencia del Verbo quiere decir, para tomar el camino más corto, que lo que se comunica a la humanidad de Nuestro Señor es la pobreza divina en persona.

Jesús nos va a revelar precisamente la Pobreza Divina. Nos va a introducir en el corazón de la intimidad de Dios haciéndonos conocer la desapropiación radical que hace que cada persona divina esté eternamente constituida por su relación con las otras dos.

¿De qué manera nos introduce Nuestro Señor en esos abismos? ¿Porqué es Él el testigo único e incomparable? ¡Pues porque lo vive! Porque él es “Uno de la Trinidad”, como decían en el siglo 5°, porque su personalidad está oculta precisamente en esos abismos. Pero precisamente, porque nos revela a Dios como la Pobreza súper-esencial, como la desapropiación infinita, nos revela al mismo tiempo la Encarnación como la comunicación de la naturaleza humana creada en el seno de María, como la comunicación que le hace de la pobreza infinita que es la subsistencia del Verbo.

Esta naturaleza humana es radicalmente expropiada de sí misma, no vive en su propia clausura como vivimos nosotros, en una subsistencia de orden natural, teniendo que pasar constantemente la clausura para liberarnos radicalmente de nosotros mismos a fin de entrar en diálogo con el Dios vivo, a fin de penetrar en la intimidad de los demás sin violentar su clausura, nosotros, precisamente, tenemos que pasar a través de un encierro connatural, a través de una subsistencia de orden humano. Por el contrario, la humanidad de Jesucristo es radicalmente abierta hacia la divinidad, es asumida, por decirlo así, en la ola infinita, como una cáscara de nuez por el océano, es asumida por la ola infinita que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

¡No se trata, desde luego – como lo enseña Calcedonia – de que la humanidad de Nuestro Señor fuera transformada en divinidad! La humanidad de Nuestro Señor no es Dios, es la humanidad de Dios, es el instrumento conjunto, es el sacramento, “el Sacramento de los sacramentos” como dice el Padre Schwalm, el Sacramento diáfano a través del cual se revela y se comunica personalmente la divinidad, es una Hostia viva que, justamente, inscribe en nuestra historia la presencia personal de Dios, es decir, inscribe en nuestra historia la eterna pobreza que es también la eterna libertad.

El Cardenal de Berulio lo dice a su manera, resumiendo maravillosamente la doctrina tradicional en una exhortación a vivir por y para Jesús. Dice pues Berulio:

“Y debemos mirar a Jesús como nuestra plena realización ya que Él lo es y quiere serlo, como el Verbo es la realización de la naturaleza humana que en Él subsiste, ya que, como la naturaleza humana considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia, y la da al Verbo para que el Verbo la invista y la haga suya, dándose a ella y realizándola con su propia subsistencia divina, así estamos nosotros en manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado y nos une a Jesús como espíritu de Jesús emanado de Él, adquirido por Él y enviado por Él”.

Con magistral brevedad, Berulio nos muestra la naturaleza humana de Jesús, sacada de la nada, es decir verdaderamente creada en el seno de María, y revestida inmediatamente de la subsistencia del Verbo que la desapropia radicalmente de sí misma: esta humanidad ya no puede decir “yo” por cuenta propia, sólo llega a sí misma a través de la relación subsistente que es la personalidad del Verbo, llega a sí misma precisamente siendo aspirada y arrojada en Dios por el impulso eterno que arroja al Hijo en el seno del Padre.

Es, pues, la naturaleza humana más despojada, la más pobre, la más libre, tan libre, tan despojada, que está abierta a toda la humanidad y a todo el universo: “Jesús está en su casa en el interior de los demás” como dijo el Padre Rousselot. “Está en su casa en el interior de los demás” porque no tiene nada propio: ¡no tiene nada propio! Su conciencia de hombre es de ser “de” Otro y de no poder testimoniar sino de “Ese Otro”, pues siendo justamente el “Sacramento de los sacramentos”, la humanidad de Nuestro Señor, haga lo que hiciere, diga lo que diga, experimente lo que experimente, sienta lo que sienta, sufra lo que sufra, testimonia de Otro, de Dios, es siempre revelación de Dios en persona porque, justamente, tiene su centro de gravedad en la desapropiación infinita que es la subsistencia del Verbo, el cual no tiene otro “yo” que el divino. Me parece de inmensa importancia percibir la Encarnación bajo el aspecto de desapropiación (2). Además, eso hace parte de la revelación de la Trinidad que es “la perla del Reino”.

Si todo está ahí en el Nuevo Testamento, si Cristo nos enraíza en el corazón de las relaciones intra-divinas, si toda la vida se ilumina en el concierto de las relaciones que constituyen el Gozo eterno de Dios en su infinito despojamiento, es precisamente que la Encarnación misma se enraíza en esa pobreza y es su revelación y manifestación, y su presencia personal. En este sentido y en esta dirección podemos comprender por qué la revelación crística es definitiva e insuperable: porque no se puede ser más despojado, más desapropiado, más expropiado de sí mismo que la naturaleza humana de Nuestro Señor, ¡no hay en ella nada que pueda limitar a Dios, ya que no tiene nada propio! Es el cenit de la revelación porque es la transparencia absoluta de un don infinito. Y qué aprenderemos a través de la Humanidad de Nuestro Señor, sino justamente a despojarnos, a liberarnos, a devenir como nuestro Padre Celestial, a surgir como puro impulso de amor en que la vida encuentra por fin su verdadero origen (2).

Hay una circumincesión de todas estas afirmaciones, de la Trinidad, la Encarnación, el misterio de la Iglesia, la santidad, que circula a través de la Comunión de los Santos: se trata siempre de esa libertad infinita, fundada en una desapropiación radical.

Es evidente que las objeciones contra la divinidad de Jesucristo resultan de una equivocación sobre el sentido mismo de la divinidad, que sólo Jesucristo nos ha revelado bajo su aspecto más interior, y el único además que podamos experimentar. Dios ya estaba ahí, desde siempre, ¡pero le hombre no estaba! El hombre interponía su ausencia voluntaria, que impedía el brillo de la presencia de Dios siempre oculto en el fondo del ser humano. En la Encarnación la humanidad se hace presente, se abre, está abierta radicalmente a la divinidad, y la divinidad se comunica a ella de manera insuperable ya que, justamente, se hace el verdadero “yo” que dinamiza a fondo esta naturaleza humana arrojándola en Dios, tomándola toda en la ola que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

La pobreza de Dios no podía justamente manifestarse plenamente, para ser el hogar de todas nuestras libertades, sino en una humanidad radicalmente desapropiada de sí misma por la comunicación que se hace de la desapropiación en la cual subsiste eternamente la personalidad del Verbo. Esta revelación es insuperable, esta revelación es infinita, esta revelación nos toca en pleno corazón, esta revelación nos concierne a todos, puesto que la gracia hecha a la humanidad de Nuestro Señor es una gracia hecha a toda la humanidad y a todo el universo”. (Continuará)

 

Nota (1) (bajo toda reserva): Dios desea encarnarse de manera perfecta en todo hombre. Lo específico de la encarnación divina en Jesucristo es que ella es perfecta desde el comienzo de su realización, Dios no encuentra en esa humanidad infinitamente santa ningún obstáculo a su encarnación perfecta.

Está también el caso particular de la encarnación divina en la Virgen María. Ella también es perfecta desde el momento de su inmaculada concepción, pero su perfección está ordenada a la encarnación divina perfecta y única en su Hijo, Jesucristo.

La perfecta encarnación divina en Jesucristo tiene como consecuencia que esa Humanidad, infinitamente bendita, se convierte en el “lugar” por excelencia que hace posible la perfección de la encarnación divina en todo hombre.

En el Cuerpo místico de Jesucristo, la Iglesia, es donde todos los hombres podrán reunirse y a su turno, dejar encarnarse la divinidad de manera perfecta en ellos, realizarse en ellos para la unidad perfecta de la humanidad entera.

Nota (2): habría que subrayar varias veces esta afirmación de Zundel, que debería enseñarse desde el catecismo más elemental, por las consecuencias de primera importancia que tiene en la vivencia cristiana de la encarnación divina en cada uno de nosotros, particularmente en la vivencia de la dimisión de sí mismo en todos los que tienen alguna misión en la Iglesia.

 

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