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3ª parte de la 8ª conferencia de
Timadeuc, en abril de 1973.
“Les voy a leer una frase del
Padre Heris que me parece luminosa: “En
efecto, el Verbo comunica a la naturaleza humana no su ser natural, por el
cual Él es formalmente Dios, sino Su ser
personal, por el cual subiste en Su naturaleza divina”. (1)
Es lo que decía el Símbolo de San
Atanasio: “Cristo es uno, non conversione divinitatis in carnem, sed
assumptione humanitatis in Deum”: “Cristo
es uno, no por la conversión de la divinidad en carne, sino por la asunción de
la humanidad a Dios”. (1)
Es pues la humanidad de Cristo la que se hace presente a Dios, y Cristo, que inscribe la presencia de Dios en el corazón de la
historia, llama a toda la humanidad
a unirse con Él, a entrar en Su Persona,
a formar con Él un solo cuerpo, un solo pan, una sola vida, en una libertad
infinita, y todo el Universo, claro está, debe entrar en esa inmensa procesión
de amor, todo el universo material debe resucitar en Cristo, como el hombre
mismo.
En efecto, toda gracia es
una misión, y la gracia hecha a la humanidad de Cristo, que es la gracia
suprema, implica una misión universal, es decir que la humanidad de Nuestro Señor
es ecuménica en su estructura misma, está abierta infinitamente a toda criatura
porque está soberanamente desapropiada de sí misma.
Cuando vemos lo estrecho que es
nuestro universo personal, lo estrecho que es nuestro espacio vital: basta con
dos o tres personas para constituir nuestro medio necesario, y todo lo que no
es ese medio vital en que estamos sumergidos, en el fondo lo percibimos sólo de
manera lejana, abstracta y teórica: existen los demás, todos los demás, existe
el mundo, el tercer mundo, las hambrunas que devastan tal o cual región del
mundo, existen las inundaciones, los maremotos, todo lo que se quiera, pero eso
no toca a nuestro universo personal, ¡a menos que el corazón se dilate a la
dimensión del corazón de Cristo! Al
contrario, Cristo es el ecumenismo en persona, Él está en su casa en el
interior de los demás, Él puede asumirlo todo, porque Él está radicalmente
vacío de Sí mismo.
Eso lo sentí en Biblos, al
encontrarme ante un esqueleto encerrado en un jarrón, que databa de 3500 años
antes de Jesucristo. Había todo un cementerio en que los jarrones servían de
sepulturas y el esqueleto estaba replegado en posición fetal como si esperara
una vida nueva, y ante un jarrón roto en que el esqueleto era muy visible, de
repente me vino a la mente la pregunta: ¿Qué relación hay entre este hombre que
vivió en 3500 antes de Cristo y mi persona? ¡Este hombre se creyó moderno!
Contempló el mismo Mediterráneo, la misma montaña del Líbano, se creyó moderno
como me creo yo, abrazó el mundo como si fuera suyo… y hace ya casi 5500 que
está esperando… ¿qué…? ¡Y yo, yo soy testigo, estoy vivo!... ¿Qué relación hay
entre él y yo? ¿Es una simple sucesión biológica? ¿Pertenecemos simplemente los
dos a una misma cadena de esclavitud carnal como un león vivo podría mirar a su
antepasado muerto, o existe realmente
entre este hombre del pasado y yo un lazo actual? ¿Pertenecemos los dos a
la misma historia? ¿Entramos los dos en un designio común? ¿Somos en cierto
modo contemporáneos?
Entonces fue cuando me vino a la
mente el pensamiento del Segundo Adán. En efecto, en Jesucristo nacido de la Virgen, cuando nace
Jesucristo que es un primer comienzo absoluto, en Jesucristo que no es un
eslabón de la cadena y por eso nació virginalmente y no de la carne y la
sangre, en Jesucristo, toda la cadena
subsiste, Él es el que sostiene toda la cadena, Él mantiene contemporáneas
todas las generaciones! En efecto, este esqueleto y yo pertenecemos a la
misma historia y somos contemporáneos en el segundo Adán que nos reúne todos
para realizar un mismo designio que es de formar justamente, de todo el
universo, un solo cuerpo animado por Su presencia y transformado en custodia de
Dios, un cuerpo donde toda realidad
entra en el impulso que es la subsistencia del Verbo, para arrojarse con Él en
el Corazón del Padre”. (Continuará)
Nota (1) (balbuceos, bajo toda
reserva). ¡Difícil de entender! Lo que se debe entender es que, aunque la
divinidad la haya tomado perfectamente, ¡la
humanidad de Cristo es y seguirá siendo eternamente criatura! Esa Humanidad
infinitamente santa no es Dios, mientras que del Verbo se puede decir que
es Dios, añadiendo la preferencia de Zundel: “en vez de decir que Cristo es
Dios, prefiero que digamos que Dios es Él”.
En filigrana de todo eso está la
cuestión muy delicada de la exégesis del versículo joánico: “Y el Verbo se hizo
carne”, ¡que no puede significar: “y la divinidad del Verbo es carne”!
Es raro que Zundel mismo diga,
como va a decirlo un poco más adelante, que sus pensamientos son balbuceos con
algo de caótico. Eso nos tranquiliza cuando tenemos dificultad a comprender
aquí su pensamiento