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Final de la 8ª conferencia de
Timadeuc en abril de 1973.
“Jesús es el ecumenismo
en persona y sólo Él puede hacernos
superar nuestras fronteras, hacernos interiores unos a otros, por su presencia que hace de nosotros justamente, como dice el Apóstol,
“un solo pan”.
Hay una humanidad posible, una humanidad que va a surgir, no una humanidad ‘especie zoológica’ u
‘homo sapiens’ en la clasificación de los sabios, sino una humanidad persona,
una humanidad que tendrá un lazo espiritual, una humanidad cuyo centro será cada uno, en la apertura que suscita
en nosotros la Humanidad
de Nuestro Señor que es, justamente, totalmente desapropiada de sí misma.
Todos estos balbuceos (sobre el misterio de la Encarnación) tienen algo de caótico (2), pero si fijamos la mirada en la pobreza divina, y si pensamos que la Encarnación es
precisamente el enraizamiento de la pobreza divina en persona en nuestra
historia, si pensamos cómo en la
pobreza divina están contenidas todas las libertades, que ella es el principio
de nuestra liberación, que es la única luz sobre la creación que debemos
realizar, todo
se hace luz, en la medida justamente en que nos dejamos asumir por la humanidad
de Nuestro Señor que es en nosotros el fermento único de nuestra liberación.
¡Hay que olvidar todas las
palabras, todos los conceptos, que no son sino un andamio para subir al
Himalaya! Y hay que gustar en las
profundidades, donde justamente Dios se atestigua como el espacio infinito en
que respira la libertad, el misterio adorable de una revelación insuperable y
definitiva porque jamás podrá ninguna humanidad ser más pobre que la
humanidad de Jesús que subsiste en el Verbo de Dios, es decir, que subsiste en
la desapropiación infinita que constituye la personalidad del Verbo. Por eso
entonces el Corazón de Cristo puede
abrazar el mundo entero y por eso también la humanidad de Jesús está en su casa
en el interior de los demás.
Pascal debió comprender, el 23 de noviembre de 1654, el gozo infinito que brota del
encuentro con el despojamiento divino en persona en la Santa Humanidad de Nuestro
Señor, debió sentir el gozo de la liberación pues afirmó la sumisión total a
Jesucristo, al descubrir al mismo tiempo la grandeza del alma humana, y por eso
firmó el pergamino que llevó hasta el fin de su vida en su jubón, lo firmó con
estas palabras que podemos repetir nosotros: “¡Gozo, gozo, gozo, lágrimas de
gozo!” (Fin de la 8ª conferencia)
Nota (1) (bajo toda reserva). Lo
que se debe entender es que, aunque la divinidad la haya tomado perfectamente,
¡la humanidad de Cristo es y seguirá
siendo eternamente criatura! Esa Humanidad infinitamente santa no es Dios,
mientras que del Verbo se puede decir que es Dios, añadiendo la preferencia de
Zundel: “en vez de decir que Cristo es Dios, prefiero que digamos que Dios es
Él”.
En filigrana de todo eso está la
cuestión muy delicada de la exégesis del versículo (Juan 1,14) del prólogo: “Y
el Verbo se hizo carne”, ¡que no puede significar: “y la divinidad del Verbo es
carne”! Trataremos de esto mañana en este sitio.
Nota (2). Es raro que Zundel
mismo diga que sus pensamientos son “balbuceos con algo de caótico”, y parece
que lo dijo varias veces al hablar del misterio de la Encarnación, por
ejemplo en el Cenáculo de París ese mismo año, 1973 (3). Eso nos tranquiliza si
tenemos dificultad para comprender aquí el sentido de su pensamiento, ya que
puede ser a veces vacilante.
Note (3). Una excelente grabación
de esta conferencia en CD, acompañada del texto, con el título “el misterio de la Encarnación invita al
hombre a hacerse Dios”, puede ser adquirida en Editions du Carmel, 14380 Saint
Sever.