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¡Nadie jamás ha visto el
viento!
(Reflexiones de P. Debains)
Los textos zundelianos que leemos
estos días son de muy grande importancia. Se trata del misterio de la
encarnación, y después, dentro de poco, de la redención. Y se puede decir que
si esas “cosas” fueran conocidas y asimiladas por los grandes filósofos
contemporáneos, por ejemplo Comte-Sponville y Lucas Ferry, y otros, ya no
podrían razonar del mismo modo.
Son muy importantes porque
expresan un desarrollo del dogma, necesario ahora si queremos que los
intelectuales contemporáneos se detengan más y con más profundidad en los
misterios de la fe cristiana. Esto implica, a plazo más o menos largo, que
acepten felizmente un día la sustancia misma de nuestra fe, renovada, que la
acepten los contemporáneos, habiendo reconocido su carácter racional y sensato,
maravillosamente sensato.
Debemos hacer una constatación
muy sencilla: ¡nadie jamás ha visto el
viento! Sólo sabemos que hay viento por los efectos que produce: agitación
de las hojas de un árbol, sensación de frescura o de calor que provoca. Sucede lo mismo con el Espíritu de Dios:
nadie puede verlo, nadie puede ver a Dios, no lo conocemos sino por lo que
“opera”. Y no hay espacio en la tierra o en el cielo donde no se manifieste el
Espíritu, o al menos no quiera, con toda la fuerza del Dios Amor que es,
manifestarse si puede, y cuando puede, producir o realizar en ellos sus
efectos.
Cuando Zundel nos dice y repite
que la humanidad infinitamente santa de Jesucristo no es Dios, enuncia una
verdad que no fermenta todavía en la mente y el corazón de muchos. Recuerdo el
sobresalto de un erudito capellán de monasterio, cuando le dije que la Eucaristía no asegura
una presencia local de Dios o de Jesús en el lugar donde se conservan las
especies sacramentales, y que por sí mismas sólo las especies tienen presencia
local… Cuando los apóstoles veían a
Jesús no veían a Dios, ni siquiera cuando lo vieron resucitado, – (Tomás hace
un acto de fe cuando dice: Señor mío y Dios mío,) – simplemente porque “nadie
jamás ha visto a Dios” (Juan 1,18), y, una vez más, esto es inmediatamente
inteligible, así como nadie jamás ha visto el viento.
Hay que releer los textos de esta
8ª conferencia sobre los grandes misterios de la encarnación y de la redención.
Nos daremos entonces cuenta, quizá dolorosamente, de la inexactitud de ciertas
expresiones litúrgicas, contemporáneas de un desarrollo del dogma cristiano que
se debe superar ahora, y que si no son superadas mantienen en la mente una
comprensión de la fe que es rechazada con razón por los filósofos ateos, y que
inclusive los hace rebelarse. Hay que revisar, por ejemplo la doxología con que
termina la oración propiamente eucarística: “¡Porque tuyo es el reino, tuyo el
poder y la gloria!” ¡Uno se cansa pronto de ese ser supremo a quien todo debe
retornar! En realidad, nada pertenece al
único Dios verdadero, aunque en todas las religiones se diga lo contrario,
y aunque un falso cristianismo haya querido, sin ser muy consciente, retomar
por su cuenta esas expresiones que suponían definir la divinidad en las
religiones anteriores al verdadero cristianismo.
Pienso también en las palabras de
una anamnesis que se canta con frecuencia justo después de la consagración:
“¡Dios está aquí!” ¡No, Dios no está ahí! Porque Dios no puede tener presencia
local en el universo que crea, ya que es espíritu y que el espíritu, como el
viento, no puede ser localizado, excepto de cierta manera, sólo en Jesucristo
cuando pasó entre nosotros. Cuando Jesús dice a Felipe: “El que me ve, ve al
Padre”. No se trata en modo alguno de verlo con los ojos del cuerpo, no se
trata en modo alguno de una visión como la que tuvieron de Jesús mientras lo
acompañaban durante los tres años de su vida pública.
La Encarnación es el hecho de que el Espíritu, Dios que
es espíritu, toma una realidad que Él crea, el Universo entero, con Jesucristo,
Creador y Salvador de todos los hombres, en el centro y dándole sentido. La
“toma” es perfecta en lo que concierne a Jesucristo, es parcial cuando se trata
del hombre, puede ser nula si el hombre la hace imposible rehusándose. Lo que
es cierto es que el Espíritu de Dios quiere, con todas sus fuerzas y
eternamente, encarnarse no solamente en el hombre sino, por él, en toda
criatura terrestre, y que el efecto feliz de la realización de ese deseo eterno
del Espíritu comienza a operarse desde el comienzo de la creación, lo cual se
expresa en el Génesis diciendo que el espíritu “se movía” sobre las aguas del
comienzo. “Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas” (Gen.
1,2).
No se dirá que el Espíritu estaba
allá presente, sino que el espíritu de Dios opera desde el comienzo de la Creación de la que es
autor con el Padre y el Hijo. El Espíritu opera siempre en el sentido de que
opera eternamente, la generación-gestación-nacimiento del Hijo a Patre. En un
sentido, ¡el Espíritu de Dios no sabe hacer sino eso! pero “eso” es de una
inmensidad y actualidad infinitas. Para un Dios espíritu, se trata de hacer
suya toda la creación desde el principio hasta el fin, y de la única manera
posible, una manera altamente “espiritual”, siempre como el viento actúa sobre
la tierra. Esa operación lo llevará, cuando llegue el momento, a la encarnación
perfecta del Hijo de Dios en María, encarnación que hará posible la encarnación
divina en todo hombre.
Cada que un hombre se convierte,
cada que el hombre se da, hace posible la operación del Espíritu, y hay como un
aumento de felicidad en el corazón de Dios, en el paraíso.
El Espíritu de Dios no se confunde jamás con la criatura que Él inviste. Cuando en el prólogo de su evangelio
Juan nos dice que “el Verbo se hizo carne”, creo que podemos traducirlo por “y el Verbo se identificó con la carne, es
decir, con el hombre”, y esto es muy importante: esa identificación se realiza según el mismo modo que la identificación
de cada Persona divina con el Otro divino en la Trinidad: no hay
mezcla ni confusión de las personas divinas entre ellas por esa identificación,
muy al contrario, la identificación es la que da a cada persona divina su
propia personalidad.
No hay pues tampoco mezcla alguna en Jesucristo entre la divinidad y la
humanidad. Simplemente, la humanidad es asumida plena y
perfectamente por la divinidad, por el Verbo, que la inviste desde el
momento de su concepción en el seno de María. Y la distancia en Él entre la
humanidad y la divinidad que la inviste sigue siendo infinita, ya que la
desproporción entre la criatura y el creador es también infinita. El misterio
por excelencia es que nuestro Dios sea a la vez infinitamente lejano e
infinitamente cercano en y por la perfecta encarnación divina en Jesucristo.
Si Zundel habló a veces de
balbuceos para calificar su pensamiento, con cuánta mayor razón debemos hacerlo
aquí. El misterio nos rebasa infinitamente pero debemos tratar de expresarlo
con palabras humanas.
En la Santa Trinidad, si se puede
decir, hay la costumbre eterna de identificarse con el Otro. La identificación
misma es la que “construye” eternamente la Trinidad divina; y ahora “el Verbo se hace carne”,
una de las tres personas va a identificarse con la criatura humana para hacer de
esta nueva criatura humana la santa humanidad de Jesucristo, un templo perfecto
de habitación perfecta de la
Trinidad divina, y para ello va a virginizar perfectamente,
desde su origen, a la que será llamada a ser madre de esa Humanidad nueva que
es concebida y opera su primer crecimiento en el seno de una mujer
infinitamente pura también, capaz pues de ser el primer santuario perfecto de
la divinidad.
Y esa Humanidad infinitamente
santa creada en la Virgen
María va a permitir que nuestra tierra produzca hombres,
mujeres, que sean también santuario de una pureza cada vez más perfecta. El
hombre llega pues a ser capaz de la verdadera castidad del Amor, y son sin duda
numerosos los conocidos o desconocidos que aprendieron a vivir la castidad para
que la Trinidad
pueda realizar fácilmente en su interioridad lo que hace que nuestro Dios sea
eternamente el Dios Trinidad que es.
En la época de San Pablo, la
impureza abundaba en Corinto y sin duda en muchos otros lugares del mundo.
Ahora está todavía más difundida en nuestro mundo donde el uso del
preservativo, hecho necesario, y necesariamente recomendado incluso en nuestro
país, tierra cristiana, es usado por muchos. Pero estamos sólo al comienzo de
la difusión del cristianismo hasta el fondo de los corazones. Quizá deba
primero interiorizarse sin cesar más profundamente en la Iglesia y primero en los
monasterios.
En esta larga publicación del
retiro de Timadeuc, vamos a intercalar a partir de mañana una conferencia de
Zundel, pronunciada un poco después sobre el mismo tema, en el Cenáculo de
Paris, en enero de 1973. Puede ayudar a una mejor comprensión de la conferencia
que acabamos de publicar.