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Zundel

28 11 2008. El Verbo se identificó con la carne.

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¡Nadie jamás ha visto el viento!

(Reflexiones de P. Debains)

Los textos zundelianos que leemos estos días son de muy grande importancia. Se trata del misterio de la encarnación, y después, dentro de poco, de la redención. Y se puede decir que si esas “cosas” fueran conocidas y asimiladas por los grandes filósofos contemporáneos, por ejemplo Comte-Sponville y Lucas Ferry, y otros, ya no podrían razonar del mismo modo.

Son muy importantes porque expresan un desarrollo del dogma, necesario ahora si queremos que los intelectuales contemporáneos se detengan más y con más profundidad en los misterios de la fe cristiana. Esto implica, a plazo más o menos largo, que acepten felizmente un día la sustancia misma de nuestra fe, renovada, que la acepten los contemporáneos, habiendo reconocido su carácter racional y sensato, maravillosamente sensato.

Debemos hacer una constatación muy sencilla: ¡nadie jamás ha visto el viento! Sólo sabemos que hay viento por los efectos que produce: agitación de las hojas de un árbol, sensación de frescura o de calor que provoca. Sucede lo mismo con el Espíritu de Dios: nadie puede verlo, nadie puede ver a Dios, no lo conocemos sino por lo que “opera”. Y no hay espacio en la tierra o en el cielo donde no se manifieste el Espíritu, o al menos no quiera, con toda la fuerza del Dios Amor que es, manifestarse si puede, y cuando puede, producir o realizar en ellos sus efectos.

Cuando Zundel nos dice y repite que la humanidad infinitamente santa de Jesucristo no es Dios, enuncia una verdad que no fermenta todavía en la mente y el corazón de muchos. Recuerdo el sobresalto de un erudito capellán de monasterio, cuando le dije que la Eucaristía no asegura una presencia local de Dios o de Jesús en el lugar donde se conservan las especies sacramentales, y que por sí mismas sólo las especies tienen presencia local… Cuando los apóstoles veían a Jesús no veían a Dios, ni siquiera cuando lo vieron resucitado, – (Tomás hace un acto de fe cuando dice: Señor mío y Dios mío,) – simplemente porque “nadie jamás ha visto a Dios” (Juan 1,18), y, una vez más, esto es inmediatamente inteligible, así como nadie jamás ha visto el viento.

Hay que releer los textos de esta 8ª conferencia sobre los grandes misterios de la encarnación y de la redención. Nos daremos entonces cuenta, quizá dolorosamente, de la inexactitud de ciertas expresiones litúrgicas, contemporáneas de un desarrollo del dogma cristiano que se debe superar ahora, y que si no son superadas mantienen en la mente una comprensión de la fe que es rechazada con razón por los filósofos ateos, y que inclusive los hace rebelarse. Hay que revisar, por ejemplo la doxología con que termina la oración propiamente eucarística: “¡Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria!” ¡Uno se cansa pronto de ese ser supremo a quien todo debe retornar! En realidad, nada pertenece al único Dios verdadero, aunque en todas las religiones se diga lo contrario, y aunque un falso cristianismo haya querido, sin ser muy consciente, retomar por su cuenta esas expresiones que suponían definir la divinidad en las religiones anteriores al verdadero cristianismo.

Pienso también en las palabras de una anamnesis que se canta con frecuencia justo después de la consagración: “¡Dios está aquí!” ¡No, Dios no está ahí! Porque Dios no puede tener presencia local en el universo que crea, ya que es espíritu y que el espíritu, como el viento, no puede ser localizado, excepto de cierta manera, sólo en Jesucristo cuando pasó entre nosotros. Cuando Jesús dice a Felipe: “El que me ve, ve al Padre”. No se trata en modo alguno de verlo con los ojos del cuerpo, no se trata en modo alguno de una visión como la que tuvieron de Jesús mientras lo acompañaban durante los tres años de su vida pública.

La Encarnación es el hecho de que el Espíritu, Dios que es espíritu, toma una realidad que Él crea, el Universo entero, con Jesucristo, Creador y Salvador de todos los hombres, en el centro y dándole sentido. La “toma” es perfecta en lo que concierne a Jesucristo, es parcial cuando se trata del hombre, puede ser nula si el hombre la hace imposible rehusándose. Lo que es cierto es que el Espíritu de Dios quiere, con todas sus fuerzas y eternamente, encarnarse no solamente en el hombre sino, por él, en toda criatura terrestre, y que el efecto feliz de la realización de ese deseo eterno del Espíritu comienza a operarse desde el comienzo de la creación, lo cual se expresa en el Génesis diciendo que el espíritu “se movía” sobre las aguas del comienzo. “Y el soplo de Dios se movía sobre la superficie de las aguas” (Gen. 1,2).

No se dirá que el Espíritu estaba allá presente, sino que el espíritu de Dios opera desde el comienzo de la Creación de la que es autor con el Padre y el Hijo. El Espíritu opera siempre en el sentido de que opera eternamente, la generación-gestación-nacimiento del Hijo a Patre. En un sentido, ¡el Espíritu de Dios no sabe hacer sino eso! pero “eso” es de una inmensidad y actualidad infinitas. Para un Dios espíritu, se trata de hacer suya toda la creación desde el principio hasta el fin, y de la única manera posible, una manera altamente “espiritual”, siempre como el viento actúa sobre la tierra. Esa operación lo llevará, cuando llegue el momento, a la encarnación perfecta del Hijo de Dios en María, encarnación que hará posible la encarnación divina en todo hombre.

Cada que un hombre se convierte, cada que el hombre se da, hace posible la operación del Espíritu, y hay como un aumento de felicidad en el corazón de Dios, en el paraíso.

El Espíritu de Dios no se confunde jamás con la criatura que Él inviste. Cuando en el prólogo de su evangelio Juan nos dice que “el Verbo se hizo carne”, creo que podemos traducirlo por “y el Verbo se identificó con la carne, es decir, con el hombre”, y esto es muy importante: esa identificación se realiza según el mismo modo que la identificación de cada Persona divina con el Otro divino en la Trinidad: no hay mezcla ni confusión de las personas divinas entre ellas por esa identificación, muy al contrario, la identificación es la que da a cada persona divina su propia personalidad.

No hay pues tampoco mezcla alguna en Jesucristo entre la divinidad y la humanidad. Simplemente, la humanidad es asumida plena y perfectamente por la divinidad, por el Verbo, que la inviste desde el momento de su concepción en el seno de María. Y la distancia en Él entre la humanidad y la divinidad que la inviste sigue siendo infinita, ya que la desproporción entre la criatura y el creador es también infinita. El misterio por excelencia es que nuestro Dios sea a la vez infinitamente lejano e infinitamente cercano en y por la perfecta encarnación divina en Jesucristo.

Si Zundel habló a veces de balbuceos para calificar su pensamiento, con cuánta mayor razón debemos hacerlo aquí. El misterio nos rebasa infinitamente pero debemos tratar de expresarlo con palabras humanas.

En la Santa Trinidad, si se puede decir, hay la costumbre eterna de identificarse con el Otro. La identificación misma es la que “construye” eternamente la Trinidad divina; y ahora “el Verbo se hace carne”, una de las tres personas va a identificarse con la criatura humana para hacer de esta nueva criatura humana la santa humanidad de Jesucristo, un templo perfecto de habitación perfecta de la Trinidad divina, y para ello va a virginizar perfectamente, desde su origen, a la que será llamada a ser madre de esa Humanidad nueva que es concebida y opera su primer crecimiento en el seno de una mujer infinitamente pura también, capaz pues de ser el primer santuario perfecto de la divinidad.

Y esa Humanidad infinitamente santa creada en la Virgen María va a permitir que nuestra tierra produzca hombres, mujeres, que sean también santuario de una pureza cada vez más perfecta. El hombre llega pues a ser capaz de la verdadera castidad del Amor, y son sin duda numerosos los conocidos o desconocidos que aprendieron a vivir la castidad para que la Trinidad pueda realizar fácilmente en su interioridad lo que hace que nuestro Dios sea eternamente el Dios Trinidad que es.

En la época de San Pablo, la impureza abundaba en Corinto y sin duda en muchos otros lugares del mundo. Ahora está todavía más difundida en nuestro mundo donde el uso del preservativo, hecho necesario, y necesariamente recomendado incluso en nuestro país, tierra cristiana, es usado por muchos. Pero estamos sólo al comienzo de la difusión del cristianismo hasta el fondo de los corazones. Quizá deba primero interiorizarse sin cesar más profundamente en la Iglesia y primero en los monasterios.

En esta larga publicación del retiro de Timadeuc, vamos a intercalar a partir de mañana una conferencia de Zundel, pronunciada un poco después sobre el mismo tema, en el Cenáculo de Paris, en enero de 1973. Puede ayudar a una mejor comprensión de la conferencia que acabamos de publicar.

 

 

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