Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
1ª parte de la 3ª conferencia de
M. Zundel en el Cenáculo de París en enero de 1973.
La naturaleza humana de Jesucristo es una criatura...
“Se han escrito centenares de “Vida
de Jesús” y, la mayor parte del tiempo eran para desacreditar el carácter
sobrenatural del Evangelio, es decir de los documentos que constituyen lo que
llamamos el Nuevo Testamento y que son para nosotros las fuentes esenciales que
nos permiten acceder al conocimiento de Jesús. Es evidente que la primera
pregunta que debemos plantearnos y que rara vez se plantea explícitamente, es
qué significa la señoría, qué significa la divinidad de Jesucristo.
Es claro que el cristianismo comenzó, no como especulación sobre Jesús sino como experiencia de Jesús, experiencia
paradójica ya que en cuanto podemos saberlo por los documentos de que
disponemos, los primeros discípulos que siguieron al Señor, que participaron en
Su vida, que estuvieron asociados en la catástrofe que parecía acabar con todo
por la Pasión
y la Crucifixión,
esos mismos discípulos, después de ese acontecimiento, que por otra parte vivieron
sin comprenderlo, y que llamamos la Resurrección, finalmente, en el fuego de
Pentecostés, no dudaron en colocar al mismo Jesús, con todo lo que habían
vivido, en el centro de su vida espiritual y recorrieron toda la tierra conocida
para llevar la noticia increíble que era la Vida de sus vidas.
No cabe pues duda de que el
cristianismo fue vivido, como era de esperar además en el orden del espíritu,
como una experiencia, la experiencia de una Presencia que se impuso a través de
la catástrofe más espantosa, que parecía deber acabar con todo y que, a pesar
de todo, volvió a vivir en ellos como experiencia capaz de dar sentido a toda
su vida y a la vida de toda la humanidad.
Vivieron pues a Cristo, felizmente,
lo vivieron como fuente de Vida, mucho antes de plantearse problemas y de
tratar, por vía especulativa, por medio del discurso, de expresar lo que
significaba la Presencia
de Cristo y lo que llamamos en lenguaje moderno la divinidad de Jesucristo.
Es evidente que, para el
cristiano que sigue el impulso de los primeros discípulos – es lo mejor que
podemos hacer – es evidente que, para él, Cristo
es siempre una experiencia, y en la medida en que se compromete en esa
experiencia, la Persona
de Jesús se convierte cada vez más en una inagotable fuente de vida.
Sin embargo no es inútil recurrir
al discurso. Hay momentos en que es necesario hacer la síntesis, en que la
mente necesita rendirse cuentas a sí misma sobre el sentido de su fe, aunque el
discurso no pueda, desde luego, exponer o mejor, explicitar todo lo que una fe
es capaz de vivir, lo mismo que en una unión conyugal es absolutamente
imposible poner en palabras toda la experiencia vivida. Sin embargo, hay
momentos en que podemos, sin querer agotar el misterio con palabras, hay
momentos en que podemos al menos tratar de formular algo que, aunque no agote
la experiencia, permita comunicarla y hacerla en cierto modo accesible a los
demás.
Por otra parte, como ustedes
saben, al comienzo del cristianismo,
en los cuatro o cinco primeros siglos, se
hizo un trabajo inmenso. Un trabajo maravilloso en que se trató en un nuevo
lenguaje, ya que se hablaba otra lengua, porque habían salido del medio
propiamente israelita y arameo al entrar en el mundo griego, cuando hubo que
expresar el Evangelio en nuevas categorías, hubo necesariamente una toma de
conciencia que obligaba la mente a reformularse las verdades que vivía y a
presentarlas en cuanto posible, en un lenguaje perfectamente accesible a
aquéllos que se deseaba conquistar para el Evangelio, y no se puede decir
demasiado bien de ese maravilloso trabajo de los primeros siglos cristianos, trabajo primero sobre la
Trinidad y luego sobre la Encarnación.
Es un trabajo maravilloso porque
afinó el lenguaje, le dio una ductilidad extraordinaria, en particular definió
el mundo (¿modo?) de la relación con una precisión, y un respeto, y una finura,
y una penetración, y un genio extraordinarios. Hemos entrevisto precisamente la
Trinidad que es la
cuna de nuestro nuevo nacimiento, la Trinidad que es el hogar de todas las libertades,
entrevimos que la
Trinidad es,
claro está el fondo, es decir el telón de fondo del cristianismo, está subentendida
siempre en el Evangelio ya que, como se dirá en el siglo 5°, ¡Jesús es uno
de la Trinidad!
Y si Jesús nos habla de la
Trinidad con tanta autoridad si la hace entrar en nuestra
historia, es porque la vive, es porque la Trinidad es verdaderamente el secreto último de su
Persona.
Como la Trinidad se interpreta
para nosotros como la expresión de la pobreza de Dios, de la desapropiación
infinita que constituye toda la santidad de Dios y que nos reconcilia con Él,
vimos en efecto que hay una especie de rebelión en el fondo del hombre al solo
pensar que depende de un Dios que lo domina enteramente en toda su vida y que
lo tiene a su merced, cuando el hombre es también espíritu y quisiera también
ser señor de su destino, y vimos precisamente que la revelación del Dios cristiano,
la revelación del Dios trinitario borra completamente todos los motivos de esa
rebelión ya que la Trinidad es Dios en su transparencia, es Dios en su
desapropiación, es Dios en su pobreza, es Dios en su eterna infancia, es
Dios llamándonos a una libertad infinita
porque Él mismo es totalmente libre de sí mismo. Como no adhiere a sí
mismo, como es totalmente incapaz de mirarse, como su primera mirada va siempre
hacia el Otro, nos enseña que ser espíritu es justamente mirar hacia el Otro y
darse a Él (o mirar a los demás y darse a ellos).
Ahora, ¿en qué medida ese fondo
del cuadro, en qué medida la
Trinidad, cuya revelación es Jesús, puede traducirse, y
experimentarse en las palabras de la Tradición? Jesús es el Verbo hecho carne, es
decir, en palabras más sencillas, el Hijo de Dios hecho hombre.
Evidentemente, ahí es donde las
categorías – quiero decir: el pensamiento eclesial sobre la Trinidad – ahí es donde
el universo de relaciones interiores de la divinidad, ahí es donde esas
relaciones van a jugar y permitirnos, o mejor permitir al pensamiento eclesial
formularse con la mayor sutileza, la mayor interioridad, la mayor sabiduría
posible, y es cierto que, después de haber meditado tan profundamente sobre la Trinidad divina, los grandes concilios del siglo 5° llegan a
darnos una fórmula que nos permite encontrar en el corazón de la humanidad de
Nuestro Señor precisamente la pobreza infinita que es Dios.
El cardenal de Berulio dio a este
propósito una fórmula, quiero decir que nos dio en una meditación que no tenía
absolutamente por fin instruirnos sobre la Encarnación, sino a
partir de una teología que le era familiar y que era para él el tema de una
perpetua conversión al amor y la humildad, como San Pablo en la Epístola a los
Filipenses, alcanza las cumbres de la teología de la Encarnación haciendo
una exhortación a la humildad, el cardenal de Berulio hace lo mismo al
invitarnos a mirar a Jesús como la
plenitud y la realización plena de nuestra vida. Dice en efecto: “Y debemos
mirar a Jesús como nuestra plena realización, pues lo es y quiere serlo. Como
el Verbo es la realización plena de la naturaleza humana que subsiste en Él,
pues como esa naturaleza (la naturaleza humana de Cristo), considerada en su
origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada, que la priva de
su subsistencia, que la da al Verbo a fin de que el Verbo la invista y la haga
suya, viniendo a ella y realizándola con su propia Subsistencia divina, así
estamos nosotros en manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado, nos une
con Jesús como espíritus de Jesús emanados de Él, adquiridos por Él y enviados
por Él”.
Tienen en este inciso: “pues como
esa naturaleza (la naturaleza humana de Jesús) que fue formada en el seno de
María, considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo que la saca de
la nada”, se trata pues verdaderamente de una criatura, la naturaleza humana que brota en el seno de María es una criatura que
comienza a existir, pues antes no existía, y que la priva de su
subsistencia, es decir que esa naturaleza humana, en vez de existir por sí
misma, afirmando un yo limitado como el nuestro y concéntrico como el nuestro, esa
naturaleza humana, en vez de estar ordenada a la autonomía que reivindicamos
encerrándonos y asfixiándonos, en Jesús, la naturaleza humana que brota en el
seno de María es totalmente abierta, totalmente abierta al Verbo, al Hijo
eterno de Dios y, como dice Berulio, el Espíritu Santo da esa naturaleza humana
al Verbo que la inviste, la penetra con su propia subsistencia que es una subsistencia
divina.
Y ahí encontramos evidentemente,
si queremos emplear un lenguaje que nos sea accesible, un lenguaje que alcance
en nosotros el fondo de la vida espiritual, es necesario evidentemente que
encontremos el signo de la divina pobreza.
Qué es la subsistencia del Verbo
sino justamente la desapropiación infinita que hace que en Dios, el Hijo no es
sino mirada hacia el Padre, que hace que en Dios el Verbo sea eternamente
arrojado en el seno del Padre por una atracción que constituye precisamente su
personalidad: en Dios, la personalidad es pura relación con el Otro”. (Continuará)