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Zundel

December 2008 - Posts

  • 31 12 2008. Votos-oraciones para 2009.

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    Para el año 2009, votos y oraciones por nuestros amigos y todos los que visitan este sitio.

    “¡Que le Señor te bendiga y te guarde! ¡Que le Señor haga brillar su rostro sobre ti, que se incline hacia ti! ¡Que el Señor vuelva su rostro hacia ti y de traiga la paz!” (1)

    ¡Que estés sano, liberado de todo mal, feliz de vivir en paz! ¡Difunde alegría y felicidad a tu derredor! ¡Que donde vayas, donde vivas, siempre lleves la paz!

    ¡Que el conocimiento, renovado sin cesar, el conocimiento del Dios Padre, Hijo y Espíritu esté en tu corazón y en tu vida más aún que en tu mente!

    ¡Que cada día aprendas la fidelidad total a lo que el Señor espera de ti, aquello por lo que te creó!

    ¡Y sé en su Iglesia “un gran ser vivo, con la vida que engendra Su vida!” (2)

     

    (1) Libro de los Números 6, 24-27. 1a lectura de la Misa del 1 de enero.

    (2) Texto publicado el 30 de diciembre último.

     

  • 30/12/2008. Evangelización del inconsciente...

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    Fin de la 13ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    Evangelización del inconsciente. Necesidad de orientarlo y para ello el silencio es indispensable. La liturgia de hoy (innovada desde hacía poco tiempo) se dirige sobre todo al intelecto, a la razón...

    Retoma: “No se trata de abrirnos al mundo, sino de abrir el mundo a Dios, de abrir el mundo a Dios, siendo nosotros sacramento vivo de su presencia. El silencio, claro está, es difícil, justamente porque los niveles de nuestro ser son innumerables. Mientras no vayamos hasta el fondo del fondo, hasta alcanzar la raíz en que el ser se hunde en el Corazón de Dios, es necesario un despojamiento, un despojamiento, un despojamiento ilimitado, tanto más cuando que tenemos que ordenar el inconsciente el cual se alimenta justamente, y se expresa en nosotros por el “yo” posesivo”.

    Continuación: “¿De dónde viene el poder del "yo" posesivo, sino del océano cósmico que constituye nuestro inconsciente? Cuando me interrogo sobre la evolución del universo, la evolución de la vida, me parece que la encuentro ahí, en el inconsciente.

    Todas las formas de la vida, todas sus pulsiones, toda su efervescencia, gravitan en el fondo de nosotros mismos. Y si el príncipe de este mundo está actuando, es justamente a través del inconsciente; ahí tiene a su disposición una multitud de imágenes y sobre todo de dinamismos innumerables, para hacer presión sobre nosotros haciéndonos creer que somos nosotros, que de nosotros viene todo eso, que es verdaderamente expresión de lo más profundo y más auténtico que tenemos.

    El silencio es indispensable, quiero decir el silencio de vida, para ordenar el inconsciente. ¡Inmenso problema! Podemos darnos cuenta de ello con un ejemplo que ilustra admirablemente la dificultad de llegar al fondo de sí mismo. Se trata del Diario de una esquizofrénica. La autora del Diario se llama convencionalmente “Renata” es una niñita, que a los tres meses sufre de gastritis, mal diagnosticada además, el médico se equivoca, ordena cortar la leche con agua, y la reduce finalmente a beber agua. La niña se deteriora de manera evidente, y llega una abuela que dice: “¡Esta niña está muriendo de hambre!” Efectivamente, comprende que el tratamiento es totalmente contraindicado, se lleva a la niña a su casa, la alimenta, la cuida hasta la edad de 11 meses, cuando debe devolverla a su familia, a sus papás.

    El papá, que es un imbécil, se burla de la niña, simula devorar a la mamá delante de la niña. Ella crece en condiciones extremamente difíciles ya que el papá abandona el hogar, dejándolo en la pobreza más extrema. La mamá hace lo mejor que puede con extrema dignidad para criar los cinco hijos, de los que la mayor es Renata. A la edad de 5 años, Renata tiene dificultades de orientación, el mundo se deshace, ¡ella se encuentra en un mundo desértico, mineral, hostil! Como es aterrorizada por la mamá que le pide siempre – por ser la mayor – que trabaje, que dé sus juguetes a sus hermanitas, ella no se abre a nadie, guarda para sí misma sus profundas perturbaciones, las cuales se van a acentuar en el momento de la adolescencia, cuando experimenta de nuevo al desorientación profunda que le da pánico, se detiene en medio de la calle, arriesgando hacerse atropellar, suplica a sus compañeras que la acompañen a casa, sin revelarles sus terrores, y finalmente, como la familia es pobre, no puede terminar sus estudios secundarios y la ponen a trabajar, y ahí es cuando redoblan sus fantasmas que se convierten en fantasmas de agresividad que se vuelven contra ella misma, con la orden de destruirse, y de destruirse por el fuego.

    Ella resiste lo mejor que puede a tales órdenes terminantes, quiere absolutamente permanecer en el mundo de la gente normal, pero un día eso es más fuerte que ella, y pone su mano derecha en carbones encendidos. Su jefe de oficina la sorprende en esa actitud, lo señala al consejo público de higiene mental, y finalmente vienen a detenerla, o mejor vienen para internarla de oficio.

    Una psicoanalista, que va a jugar un papel eminente en el resto de su vida, acogió la joven, y ese día precisamente se encuentra en casa. Cuando la psicoanalista llega a saber que la quieren internar de oficio, impide el internamiento y coloca la niña en una clínica donde su enfermedad se transforma en un autismo absoluto. Se encierra en sí misma, en un mutismo riguroso, rehúsa alimentarse, busca todas las ocasiones de suicidarse, pues lleva en sí misma una prohibición de vivir. Yo la vi además en esa época, vi cuando una vez que trató de suicidarse arrojándose por la ventana.

    En ese marasmo que parecía sin salida, había un detalle curioso y sorprendente. Aunque la joven – pues era ya una joven, una señorita –rehusaba absolutamente alimentarse, aceptaba comer manzanas, a condición de poderlas coger del árbol: “manzanas vivas”, como dirá ella un día: “las manzanas de mamá”. Eso provocaba naturalmente incidentes con las campesinas del vecindario que no comprendían el sentido de tal merodeo. Finalmente, un día en que hace una fuga, la habían vuelto a traer y le habían cambiado la enfermera, hizo otra fuga que afortunadamente la llevó donde la psicoanalista, donde habló justamente de las “manzanas de mamá”, mostrando con un gesto los senos de la psicoanalista.

    La psicoanalista, que estaba al corriente de este discernimiento, es decir que ella rehusaba todas las manzanas que le traían del mercado pero podía comer las que cogía del árbol, comprendió la relación entre el seno y la manzana. Adivinó que había habido una perturbación de destete, muy primitiva, y le dio un casco de manzana a la joven que apoyaba la cabeza contra su hombro, diciendo: “Es hora de beber la buena leche de las manzanas de mamá, mamá misma se la va a dar a su pequeña Renata”. Le dio, pues, simbólicamente el seno con cascos de manzana. Fue la curación instantánea, instantánea, y la joven volvió a la normalidad.

    La psicoanalista había dado en el clavo. Creyó que la victoria estaba ganada, la hizo sentar a la mesa como todo el mundo y la trató con cierta severidad, y la joven volvió a caer en un estado peor que antes. Pero había descubierto el camino, es decir la realización simbólica con la manzana, a la cual se añadieron un tigre y un simio en peluche, un bebé en estopa y la dulce penumbra verde de una pieza protegida contra el ruido donde la enferma encontraba el paraíso del estado prenatal a que aspiraba. Si la curación definitiva pudo realizarse finalmente, fue con larga paciencia, intuición muy segura e inmenso amor. Y la curación fue tan completa además, que la joven misma pudo escribir el “Diario de una psicoanalista”, y practica ahora el psicoanálisis en beneficio de los demás.

    Ahí tenemos pues un ejemplo extremamente instructivo en que podemos ver el traumatismo, una herida psíquica grabada a los tres meses y sentida por el inconsciente como un rechazo de la madre. En esta niña que había sido sometida al hambre, por orden médica, el inconsciente había grabado la situación como la madre que había rehusado alimentarla, la madre que la había sometido al hambre, la madre que le prohibía vivir, y entonces llevaba en sí misma la prohibición de vivir que la había perseguido durante toda la vida, hasta la identificación de la manzana con el seno la cual le permitió volver al comienzo, lo cual habría sido imposible justamente si el símbolo no hubiera sido comprendido y no hubiera abierto el camino a un diálogo con el inconsciente.

    Hay pues profundidades en nosotros: todos llevamos un inconsciente, no sabemos qué es, no sabemos cuáles son los traumas infantiles si los hubo, ya que vemos esta joven que ignoraba totalmente el origen de su mal, que la psicoanalista sólo pudo descubrir gracias al feliz concurso de circunstancias. Pero lo que sabemos es que tenemos que orientar el inconsciente, y que es entonces necesario que nuestro silencio llegue hasta allá.

    Desde luego, el silencio puede ser favorecido y debería serlo precisamente por realizaciones simbólicas. Porque el inconsciente no comprende otro lenguaje, todo discurso fracasa; a la razón se le puede hablar con lógica, se le puede demostrar algo, se le puede ilustrar con ejemplos adecuados, pero para llegar al inconsciente se necesita una imagen, se necesita el ritmo, la música, se necesitan las correspondencias de que habla Beaudelaire en “El soneto de las correspondencias”, se necesita “yo no se qué” a través del universo sensible, que sugiere una presencia que penetra hasta el fondo y que el inconsciente reconozca como su bien. Porque, para que las pasiones sean ordenadas, es necesario que reconozcan “el” bien como su bien. Todo el ruido debe convertirse en música, pero justamente, hay que descubrir el ritmo apropiado para hacer música todo ese ruido.

    Si participan en una liturgia rusa en la calle Daru en París o en la Iglesia rusa de Jerusalén, si participan en una liturgia rusa o bizantina (yo tuve el privilegio de celebrar en rito bizantino cuando tuve la ocasión), ¡es toda una belleza! ¡Hay sólo sinfonía! Es rica, matizada, variada, gestual, procesional, un velo que se corre y se cierra, todo eso impresiona, penetra el inconsciente, aunque no entendamos nada de la lengua. Uno se impresiona porque justamente las realizaciones simbólicas calman y ordenan el inconsciente.

    ¿Es que la liturgia actual hace eso? Parece dirigirse mucho más al intelecto, a la razón, y parece que hemos perdido completamente de vista que era necesario evangelizar el inconsciente. Es capital. Si no se evangeliza el inconsciente, todo ese hormigueo permanece desordenado. Pueden mantenerlo en suspenso mediante un acto de voluntad, pero sigue siendo incoherente y ustedes están a merced de una explosión. Habría pues que encontrar una realización simbólica que vaya hasta el fondo, y que concurra al silencio. En fin, afortunadamente, tenemos en los discos y en las diapositivas la posibilidad de totalizar en casa toda la música y todas las obras de arte.

    Podemos pues ayudarnos, si el medio no basta para alimentarnos, podemos ayudarnos con todas las músicas, con todas las obras de arte, podemos ayudarnos con todas esas “correspondencias” para establecer todo nuestro ser en régimen de silencio.

    Es delicado lo que tenemos que hacer de nosotros para el Señor. Cuando ya no haya ruido en nosotros, entonces ejerceremos justamente, a través de la vida monástica, el sacerdocio a la vez ministerial y universal, estaremos en misión apostólica continua y llegaremos al fondo del ser humano.

    ¿Qué es lo que tenemos que dar al mundo? Pues, justamente, la libertad creadora. Y sólo se la podremos dar si somos seres libres nosotros mismos. Tenemos que sumergirnos en el silencio de Dios, en el silencio eucarístico, tiene que ser nuestro, que nosotros mismos seamos eucaristía viviente, es necesario que quienes entran en este monasterio descubran de repente el silencio como Alguien que los estaba esperando, que los va a colmar revelándoles el secreto de amor que llevan en sí mismos sin saberlo.

    ¡Qué alegría pensar que ustedes están siempre en misión, siempre enviados, siempre en liturgia! Que el Señor les confíe su universo, y les pida a través de Su silencio, hacer discípulos de todas las Naciones, en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Fin de la 13ª conferencia)

     

    Nota: Zundel se dirige a monjes. Pero es verdad que tenemos sin duda mucho que aprender aquí  acerca de la manera de vivir como cristianos, sea cual fuere nuestro compromiso en la Iglesia.

    “¡Sólo la vida engendra vida!” “¡Hay todo un andamiaje de perfección que podemos desarrollar conceptualmente y que está impreso en numerosos escritos!”

    No hay que tener miedo de estos cuestionamientos, pero sin imaginar que no hemos vivido desde hace tiempo un poco, o quizás mucho, de esta enseñanza.

     

  • 29 12 2008. Continuación de la 13ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

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    Retoma: “Esa me parece ser la verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia: síntesis del sacerdocio universal y del sacerdocio ministerial, bajo una obediencia apostólica, en que la obediencia consiste en recibir la misión de Cristo por realizar en el campo de la Santa Iglesia”.

    Continuación: “Evidentemente, una vida monástica vivida bajo esta luz supone una vida de fe continuamente alerta. Supone, si quieren, una mirada totalmente interior, que se une a cada instante a la presencia del Señor, y supone entonces un silencio continuo, el silencio mismo en que acallamos en nosotros todos los ruidos, para convertirnos, o poder oír “la música callada” que es el Dios vivo, y eso es evidentemente lo que buscamos en los monasterios: en primer lugar, el silencio, ¡el silencio! Es necesario que respiremos el silencio, desde el sótano hasta el granero, es necesario escuchar el silencio como presencia, como vida.

    Recuerdo cuando era capellán de las benedictinas de la Rue Monsieur en París, cómo acudían los escritores, los artistas, venidos de todos los horizontes, a esa capilla sin belleza, en que un centenar de religiosas exhalaban justamente el misterio del silencio. Lo que venían a buscar era justamente eso, el silencio, no como consigna, sino el silencio como vida, el silencio como presencia, el silencio como espacio donde respira la libertad.

    Un monasterio donde ya no hay silencio está perdido, ¡perdido! ¡Ya no tiene nada que dar! Porque solo el silencio, el silencio de todo el ser puede llevar a la liberación de sí mismo en que el “yo” posesivo se transforma en “yo” oblativo, en que se llega al enraizamiento de la vida en el Corazón de Dios. El silencio es capital. Es tanto más necesario cuanto más viva sea la controversia, cuanto más difundidos estén los comadreos, cuanto más se apodere del mundo la “sesionitis”, es tanto más necesario volver al silencio.

    Nada es más peligroso en efecto para el cristiano que prevalerse de la perfección del Evangelio: todo está tan bien dicho, todo tan bien expresado en los libros, y hay todo un andamiaje de perfección que se puede desarrollar conceptualmente, y que se encuentra impreso en numerosas obras. Es fácil apoderarse de las palabras para creer que las vivimos, y repetirlas como si las viviéramos, ¡pero eso es perfectamente estéril! ¡Sólo la vida engendra vida! ¡Si las palabras no son presencias, si no son personas, si no son sacramentos, son inertes y no hacen sino propagar la ilusión!

    Es pues indispensable rodear la vida monástica de un silencio riguroso. Es necesario que todos los que se acercan del monasterio se lleven el llamado al silencio que es el más alto llamado a la liberación. Porque en fin, ¿qué queremos? Si verdaderamente Dios es Trinidad, si es desapropiación, si es libertad, si es la transparencia del eterno Amor, si se comunica a nosotros para que nuestra vida adquiera una dimensión infinita, si cada uno de nosotros está llamado a ser centro del mundo, llevando al mundo un fermento de liberación, es necesario que hagamos el vacío en nosotros llegando hasta la raíz de nosotros mismos.

    No se trata de abrirnos al mundo, sino de abrir el mundo a Dios, de abrir el mundo a Dios, siendo nosotros mismos sacramento de esa presencia. El silencio, claro está, es difícil, justamente porque los niveles de nuestro ser son innumerables. Mientras no vayamos hasta el fondo del fondo, hasta alcanzar la raíz en que el ser se hunde en el Corazón de Dios, es necesario un despojamiento, un despojamiento, un despojamiento ilimitado, tanto más cuando que tenemos que ordenar el inconsciente el cual se alimenta justamente, y se expresa en nosotros por el “yo” posesivo”. (Continuará)

     

  • 28/12/08. La verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia.

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    1ª parte de la 13ª conferencia de Timadeuc abril de 1973.

    “Entre el 4° y el 6° siglo, el monaquismo se transformó en un organismo, o mejor, en un sacramento eclesial. Desde el siglo 2° y 3° se conocían movimientos de consagración bajo forma de grupos de continentes o de vírgenes que cantaban salmos, pero era por iniciativa personal y sin que los grupos fueran considerados como organismos o sacramentos de la Iglesia. Lo que es nuevo y capital en la organización es que el monaquismo se constituyó como una especie de síntesis entre el sacerdocio universal de toda la Iglesia y el sacerdocio ministerial.

    Eso quiere decir que el monaquismo se convirtió en uno de los aspectos de la misión apostólica, eso quiere decir que la consagración de toda la vida al Señor, considerada como el Absoluto al que uno desea darlo todo, la consagración integral afirma la suficiencia plena de Dios para colmar la mente y el corazón humano, y esta forma de consagración es finalmente la vocación bautismal de todo cristiano: todo cristiano debe llegar a hacer de Dios su Absoluto, a hacer de toda su vida una ofrenda y una consagración.

    Pero el compromiso implícito, que se va a manifestar a través de todas las circunstancias de la vida, sufre naturalmente enormes dificultades, ya que las circunstancias en que se mueve la vida de la mayoría de los cristianos no son favorables al desarrollo de una vida absolutamente consagrada a Dios. La vida monástica busca realizar, creando circunstancias favorables y ordenando toda la vida explícitamente a Dios – la vida monástica busca realizar precisamente la plenitud que se enraíza en la vocación de todo bautizado.

    Pero al asumir esa forma de vida, al consagrarla, al oficializarla, puedo decir utilizando un término muy inadecuado, en fin, al reconocer la vida monástica como uno de los aspectos esenciales de su vida, al rodearla con una consagración litúrgica, la Iglesia justamente llamó el monaquismo a realizar la síntesis entre el sacerdocio universal y el sacerdocio ministerial, es decir que el monje está siempre en misión apostólica, cualquier cosa que haga: que beba, coma o duerma, que esté en el trabajo o en el Oficio, siempre está “enviado”, está siempre situado en la luz de la misión apostólica, está siempre realizando una liturgia.

    En la santa Regla, como ustedes recuerdan, San Benito pide “que sean tratados los instrumentos del monasterio como vasos sagrados”.Entonces en el trabajo estamos como en la Iglesia, siempre haciendo liturgia. Eso da a toda la vida, desde la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, un aspecto rigurosamente cristocéntrico. Para el monje, no se trata solamente de santificarse y de hacer lo mejor que pueda por triunfar de su “yo” posesivo, él está siempre en el campo de la Iglesia, enviado para santificar en él la vida cristiana, para mostrar su autenticidad y su fecundidad, pero justamente con la gracia de misión apostólica que da a su obediencia el carácter de una ordenación.

    Cuando el Obispo envía al sacerdote, le confiere justamente una misión apostólica, y no puede realizar nada en la Iglesia sin esa misión, como lo recordaba San Ignacio de Antioquia: “No hay Eucaristía válida sin el Obispo – o si no es presidida al menos por un delegado del obispo”. En la Iglesia todo depende de la misión porque justamente, toda la vida de la Iglesia es dimisión. La iniciativa la tiene siempre Cristo que envía, y la fecundidad de la misión resulta precisamente de la gracia de Cristo que pasa a través de la dimisión.

    Pues bien, el monje, como el sacerdote, es enviado por el obispo; sea o no sacerdote, es enviado y desde la mañana hasta la tarde, haga lo que hiciere y esté donde esté, ejerce una misión apostólica. Su obediencia tiene pues un carácter particular: un carácter rigurosamente sacramental. No se trata simplemente de conformarse con un orden indispensable a la existencia de una sociedad de la cual la anarquía es el enemigo número uno, la obediencia monástica tiene raíces infinitamente más profundas, ya que justamente, la vida del monje es misión apostólica continua, continua liturgia.

    Un monje ilustraba eso de manera pintoresca diciéndome: “tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la Eucaristía”. Era una manera de decir que en el refectorio estaba a la mesa del Señor, como en la Santa Liturgia, y que estando ahí en compañía del Señor, y donde el Señor lo quería precisamente en ese momento, entraba con el mismo espíritu de la santa liturgia en la comida que era para él la Cena del Señor.

    Y una religiosa benedictina que me parecía llegar a la cumbre de la santidad me decía recientemente, con todo lo que esas palabras tienen de compromiso: “¡Yo no tengo vida privada! ¡Yo no tengo vida privada! No vine acá para tener una vida privada, ¡no tengo vida privada!” – Toda su vida está pues dada, consagrada, ya entre en su trabajo ya en sus sufrimientos – que no se le ahorran – como en una misión apostólica. Esa me parece ser la verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia: síntesis del sacerdocio universal y del sacerdocio ministerial, bajo una obediencia apostólica, en que la obediencia consiste en recibir la misión de Cristo por realizar en el campo de la Santa Iglesia”. (Continuará).

     

  • 27 12 2008. La Iglesia es un misterio de fe a la luz de la llama de Amor.

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    En la fiesta de San Juan.

    Final de la 12ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    Retoma: “Lo que el sacerdote tiene que dar, lo que la jerarquía tiene que comunicar... es Jesús en persona”.

    Continuación: “Toda alma cristiana tiene pues el privilegio y la gracia de confrontarse con el Señor en persona, el cual vivificar la palabra escuchada y proclamada, y fecunda los signos sacramentales en la persona que los recibe, haciendo surgir justamente en el fondo del hombre una vida divina, mediante una desapropiación cada vez más profunda.

    Entonces la palabras se convierten en Alguien, el dogma es una eucaristía de verdad, la palabra neotestamentaria es una eucaristía de verdad: es “Alguien”, es la Palabra Única, que es el Verbo de Dios, y reduciendo todas esas palabras a la Palabra única que es Jesús, va a consumir los límites del lenguaje para arrojarnos en el horno de la eterna Trinidad.

    La jerarquía es una jerarquía de dimisión, no crea en la Iglesia dos clases, como si hubiera los clérigos por una parte y los laicos por otra. Justamente la jerarquía, el sacerdote, desaparece totalmente en el Yo de Cristo que es el foco de todas nuestras libertades. Y el fiel – y todos, en nuestra vida personal, somos fieles – el fiel sólo trata con la presencia personal del Señor. Y cada uno además – cada uno – teniendo así una relación personal con Jesús, se convierte en la Iglesia.

    La sociología sacramental realiza eminentemente la sociología interpersonal que evocaba yo anoche. La Iglesia está toda entera en cada uno, cada uno recibe a Cristo en persona que es la Vida de toda la Iglesia, cada uno lleva la Iglesia entera, cada uno es responsable de ella, cada uno es sacerdote como miembro del cuerpo místico que es el Cuerpo del Señor.

    Esto implica que el sacerdocio ministerial tiene razón de ser, indispensable, precisamente para dar a Cristo en persona. Esa es, claro está una visión de fe: la Iglesia es un misterio de fe a la luz de la llama de amor (1), y la descubrimos en su santidad, en su pureza inmaculada, sin mancha ni arruga, como Jesús la quiere, cuando la abrazamos y la vivimos como puro sacramento.

    Santa Catalina de Siena, que vivía en uno de los períodos más oscuros de la historia de la Iglesia, Santa Catalina de Siena, que vomitó los descarríos de la corte de Aviñón, que la estigmatizó como la “Gran Babilonia”, Sana Catalina de Siena que forzó en cierto modo a Gregorio XI a volver a Roma, Santa Catalina de Siena que defendió con todas sus fuerzas al sucesor italiano de Gregorio XI, Urbano VI que leía su breviario ¡mientras torturaba cardenales! Eso no impedía que Santa Catalina de Siena se dirigiera al Papa como “Il dolce mio Cristo in terra” ¡Mi dulce Cristo en la Tierra! Nadie vio mejor, nadie expresó mejor en su “Diálogo” la situación catastrófica de la Iglesia, pero nadie la amó con una ternura, con un amor más apasionado, precisamente porque a la mirada de la fe, ella no veía sino el Rostro de Jesús.

    No se trata pues de abandonar la Iglesia a una democracia en que cada uno decide lo que quiere creer o lo que está dispuesto a hacer. No se trata pues tampoco de entregarla a una especie de abundancia carismática. Basta releer la primera a los Corintios para saber a qué anarquía pueden llevar los carismas: gente que habla en lenguas, profetas que se levantan y se sientan… San Pablo con su autoridad apostólica tiene la última palabra: la última palabra la tiene la autoridad apostólica, justamente la autoridad que está en estado de dimisión suprema. No se trata solamente de que a la jerarquía le falta testimonio, sino que justamente manifiesta cada vez más que está en estado de dimisión, para que toda la Iglesia aprenda que está en estado de dimisión, que el sello del cristianismo es la desapropiación, la cual es el misterio de la Vida intradivina.

    Podemos pues amar la Iglesia y dar toda nuestra fe a su palabra, y dar toda nuestra fe a la jerarquía, porque no es a ella que la damos, porque es Jesús el que sigue siendo el único Señor. Y puesto que somos de Iglesia, puesto que tenemos también la misión de dar a Jesús en persona, no podemos sino sumergirnos en una dimisión tanto más rigurosa cuanto que, por la ordenación, hemos renunciado radicalmente a nosotros mismos.

    Supliquemos a la Santísima Virgen que nos introduzca en la alegría de la Pobreza divina, , escuchando con Saulo transformado en Pablo, la Palabra que nos libera del hombre para siempre, y que nos enraíza en Cristo para siempre: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.

     

    Nota (1) En la Iglesia la fe nos empuja a dejarnos iluminar, aclarar, por la llama de Amor del Dios Trinidad, lo cual sólo puede hacerse en la medida en que respondamos al Amor divino, amando como se ama en el Dios Trino, por la desapropiación y la dimisión de sí mismo.

    Porque la relación del hombre con Cristo en la Iglesia es exactamente la misma que la relación eterna del Hijo con el Pare y del Padre con el Hijo en la Trinidad divina. Es una relación de pobreza, una relación de desapropiación. Y la relación del hombre con Cristo en la Iglesia es siempre al mismo tiempo relación con Cristo Y relación con cada uno de sus miembros en la humanidad entera.

     

  • 26 12 08. La Parábola del Vitral

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    Un vitral en la noche es un muro opaco,
    tan oscuro como la piedra
    en la que está encastrado.

    Se necesita la luz
    para que canten la sinfonía de los colores
    cuyas relaciones constituyen su música
    .

    En vano describimos sus colores
    en vano describiríamos el sol
    que les da vida.

    El encanto del vitral lo conocemos
    sólo al exponerlo a la luz que lo revela
    atravesando su mosaico de vidrio
    .

    Nuestra naturaleza es un vitral sepultado en la noche.

    La personalidad es la luz que lo ilumina
    y que enciende en ella una fuente luminosa
    .

    Pero esa luz no tiene en nosotros su origen
    que emana del Sol,
    del Sol vivo que es la Verdad en persona.

    Ese Sol vivo es lo que buscan los hombres
    en medio de sus tinieblas.

    No les hablemos del Sol,
    de nada serviría
    .

    Mostremos Su presencia
    borrando en nosotros todo lo que no es de Él.

    Si Su Luz brilla en ellos,
    sabrán quién es Él,
    quiénes son ellos,
    en el canto de su propio vitral.

    La vida nace de la VIDA.
    Si en nosotros brota
    de su fuente divina manifestada claramente,
    ¿quién rehusará beber de esa fuente
    cuando la haya reconocido
    como “Vida de su vida”?

     

  • 25 12 2008. Carácter místico y sacramental de la Iglesia.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Navidad: que Jesús nazca de nuevo en nuestro corazón, ¡en la mayor pobreza! ¡Que el misterio de la pobreza de Dios revelado en la noche de Navidad nos aparezca bajo una nueva luz en este 25 de diciembre de 2008! ¡Que Dios bendiga a todos los fieles visitantes de este sitio: que gocen de salud, estén libres de todo mal, felices y en paz!

    Continuación de la 12ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

    Retoma: “Si la Iglesia es Jesús, es inmediatamente claro que todo lo que no es Jesús en la Iglesia es sacramento de Jesús (1), es un signo que representa Su Presencia, y la comunica, lo cual nos introduce inmediatamente en el misterio de la pobreza, lo cual sella inmediatamente el misterio de la Iglesia en la desapropiación que brilla en el corazón de la Trinidad divina.

    La misión de la Iglesia no puede ser sino dimisión, dimisión total en (« de » en el texto) la Persona de Jesús, a tal punto que, si vivimos la Iglesia como un misterio de fe y bajo la luz del Espíritu Santo, podemos decir que en la Iglesia siempre tratamos únicamente con Jesús.

    Continuación: “Es lo que San Pablo indica en la epístola a los Corintios – en la primera – haciendo alusión a las facciones que dividen la iglesia de Corinto: unos siguen a Apolos, otros a Pablo, otros a Cefas, otros a Cristo: “¿Está Cristo dividido? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo? ¿Fue Pablo crucificado por vosotros? ¿Quién es Pablo? ¿Quién es Apolos? ¡Servidores, gracias a los cuales habéis sido llevados a la fe en Cristo, conforme a la parte que el Señor le dio! (1 Cor. 1, 10 -16).

    En el principio del misterio de la Iglesia hay pues una dimisión radical. Es el Sacramento inmenso en el cual y por el cual Jesús permanece eternamente presente a la humanidad – al menos hasta el fin de los siglos –. Y por eso la jerarquía es una jerarquía de dimisión. Y mientras más crezca la jerarquía, más profunda y radical es la dimisión. Lo que hace a la vez la grandeza de su autoridad y su poder liberador es que ella es una dimisión total en Jesús.

    Pablo reivindica con firmeza su autoridad de Apóstol ante los gálatas: “¡Si yo mismo, o un ángel del cielo, os anunciara otro Evangelio que el que yo os he anunciado, que sea anatema!” (Galates 1, 8). Pero al mismo tiempo el creyente es totalmente libre, precisamente porque a través de esa autoridad, sólo tiene que ver con Jesús. Hay que vivir continuamente la Iglesia como misterio de dimisión en la Persona de Jesús.

    Además, la dimisión es doble: hay la dimisión sacramental y la dimisión personal. La dimisión sacramental es radical, absoluta. Pedro no es Pedro sino cuando no es él mismo. Cuando quiere hacer lo que quiere, se vuelve Satán: “¡Lejos de mí, Satanás!” En el Evangelio de San Mateo, capítulo 16, esto se dice unas líneas después de la investidura que reconoce a Pedro como piedra sobre la cual se edifica la Iglesia, y como el guardián de las llaves del Reino de los Cielos.

    La dimisión sacramental la vivimos además nosotros, es la que nos hace sacerdotes. Somos sacerdotes en cuanto “no-yo”: “Esto es mi Cuerpo”, claro está, es Jesús el que lo dice, a través de nuestros labios. “Te absuelvo de tus pecados”, es evidente que es Jesús el que absuelve por nuestro ministerio. Ahí desaparecemos radicalmente, no contamos absolutamente para nada. Dimisión sacramental que debe manifestarse – o al menos expresarse – mediante una dimisión personal.

    Pero la dimisión personal no estará jamás en el mismo nivel que la dimisión sacramental. Dicho de otro modo: nadie tendrá jamás ni la sabiduría, ni la santidad, ni la virtud de Jesucristo. Y aunque el sacerdote esté llamado a poner de acuerdo su vida y su misión, no hay que confundir una con la otra. “Si Pedro bautiza, dice San Agustín, es Jesús el que bautiza! ¡Si Pablo bautiza, es Jesús el que bautiza! ¡Si Judas bautiza, es Cristo el que bautiza!” Sea cual fuere la dignidad o la indignidad del ministro, es Cristo el que bautiza, y eso implica una consecuencia inmensa para la concepción del sacerdocio y de la jerarquía y para la realización del sacerdocio. ¡Lo que motiva la jerarquía, lo que constituye el fundamento de la jerarquía, lo que nos hace comprender su institución, es precisamente que se trata de dar a Cristo en persona! No se trata de comentarios sobre Cristo, no se trata de exhortaciones para ir a Cristo, se trata de Jesús en persona.

    Cuando se proclamó la infalibilidad pontificia en 1870 en el primer Concilio Vaticano, y que se llevó al papa en triunfo gritando: “¡Viva el Papa infalible!”, no se pensaba que era la suprema dimisión. Era como decirle: “¡No eres nada, estrictamente nada! ¡No es tu palabra lo que escuchamos, porque no es tu palabra sino la de Él! ¡Ante esa Palabra, en tu vida personal tú eres un fiel como nosotros! Como nosotros, tú la comprendes en la fe, y menos que nosotros, si estás menos comprometido en una vida crística! ¡Lo que aprendemos en esta proclamación de la infalibilidad pontificia es tu dimisión absoluta en la Persona de Jesucristo!”

    Y sucede lo mismo con el poder sacramental y su eficacia intrínseca. Si el sacramento obra “ex opere operato”, eso quiere decir precisamente que Jesús es el santificador, que Él es el autor del sacramento, que Él es quien confiere la gracia como confiere su presencia, y que el sacerdote, el ministro – que además es sacerdote para los demás y no para sí mismo – que el ministro, que en su propia vida es un fiel como los demás, eso quiere decir que él sólo es un signo, un sacramento de la presencia de Jesucristo, que está encargado de comunicar. Y esto tiene una grande importancia hoy cuando el sacerdote pone en duda su vocación, se pregunta por qué es sacerdote, y está tentado precisamente de dedicarse a un trabajo cualquiera, de abandonar caca vez más su ministerio propiamente sacerdotal como si no tuviera sentido, como si se tratara sólo de una herencia de ideas anticuadas que ya no son de actualidad. ¡Y no! Lo que el sacerdote tiene que dar, lo que la jerarquía tiene que comunicar y que no depende de ninguna santidad personal ni de ningún carisma, es precisamente ese poder. Es decir, lo que tiene que dar, es Jesús en persona”. (Continuará)

     

    Notae (1) (ballbuceos). Es sin duda un poco difícil de entender lo que Zundel quiere decirnos aquí. La Iglesia es una realidad mística, al mismo tiempo que una realidad sacramental en el sentido más amplio de la palabra. Lo que se dijo ayer: “Pablo se convierte en el gran teólogo de la Iglesia, cuyo carácter místico y sacramental percibe inmediatamente”.

    La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, y es también su signo sacramental. Todo en ella es, o debería ser signo de Cristo, lo más legible posible. Y eso plantea inmediatamente la cuestión infinitamente delicada y difícil de las “pompas” romanas que hacen parte de la historia, ahora desde hace siglos. Tanto que algunos (entre otros Efraín, fundador de la comunidad de las Bienaventuranzas) llegan a pensar que un día la Iglesia será trasladada de Roma a Jerusalén.

    Se habla quizá demasiado fácilmente del Cuerpo místico, muy difícil de representar, sin hablar al mismo tiempo del carácter sacramental de la Iglesia. De hecho la Iglesia no se hace Cuerpo místico de Cristo sino cuando aparece como signo de Jesucristo.

    “Todo lo que no es Jesús en la Iglesia es sacramento de Jesús”. ¿Qué quiere decir eso? ¡No se puede decir que toda la historia de la Iglesia, especialmente en sus épocas más oscuras, haya sido sacramento de Jesús en la Iglesia! Evidentemente, muchas “cosas” que no son Jesús en la Iglesia no son en modo alguno sacramento de Jesús.

    Pero Zundel piensa aquí en muchas “cosas” de la Iglesia que tampoco son Jesús, pero que pueden ser como sacramentos de Jesús. Se trata de todo lo que no está en el orden de los 7 sacramentos. En el santuario de Lourdes tales “cosas” son especialmente numerosas, pero pueden serlo también en todas partes en la Iglesia (peregrinaciones, procesiones, ¡la pompa romana inclusive cuya belleza puede, a su manera, salvar al mundo!...)

    La dificultad viene de que Zundel emplea aquí la palabra “sacramental” como signo sagrado, y no se refiere entonces a los 7 sacramentos propiamente tales.

     

  • 24 12 2008. El misterio de la Iglesia está sellado en la desapropiación trinitaria.

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    Sobre el misterio de la Iglesia ya se dijo lo esencial desde el comienzo. ¿En qué medida perciben lo esencial los hombres de Iglesia? ¿Nos lo podemos preguntar?

    La resurrección de Jesús sólo toma todo su sentido en el acontecimiento de Pentecostés… ¡Saulo se hace Pablo al encontrar a Jesús bajo la forma de Iglesia! y por eso se convierte en el gran teólogo de la Iglesia, cuyo carácter místico y sacramental percibe inmediatamente. La revelación definitiva e insuperable no puede ser separada de la persona de Jesús.

    “Todo lo que sabemos de Jesús lo sabemos por la Iglesia. Jesús no escribió nada. Resurgió en el centro de la Historia después de su crucifixión, gracias al testimonio que dio de Él la comunidad que salió de Él. El Viernes Santo por la tarde, todo se acabó en el plano público, y para las autoridades no hubo nada después. Evidentemente, si la comunidad resurge, si la fe de los apóstoles renace – estaba enterrada en el sepulcro – es porque la resurrección introduce un acontecimiento esencialmente nuevo. Cristo se apareció, vivo, vencedor de la muerte, y la comunidad dispersada, desanimada, desesperada, resurgió, esperando la venida del Espíritu Santo.

    Es de notar que la Resurrección es un acontecimiento confidencial que tendrá por testigos a los amigos de Jesús, aquellos que habían puesto en Él sus esperanzas, y a los que su muerte había precipitado en la noche y encuentran en el Señor vivo todos los motivos de esperar. Jesús no se presentó vivo a las autoridades que lo habían condenado, a Caifás o a Pilatos o al Sanedrín. Eso habría sido inútil, como Jesús lo había dado a entender en la parábola del rico y del pobre Lázaro (Lucas 16,31): “¡Si no creen a Moisés y los profetas, no creerán aunque un muerto resucite!” Entonces, en cierto modo, la resurrección sigue siendo un misterio de fe, se dirige a aquellos para quienes podrá convertirse en acontecimiento interior y en principio de resurrección personal.

    La resurrección es un acontecimiento confidencial, en los límites de lo que acaba de expresar, y al mismo tiempo – y esto es totalmente digno de ser notado – es un acontecimiento que no determina nada. ¡Los apóstoles no saben qué hacer con eso! No cambia nada en su visión del mundo, no cambia nada en el color de sus esperanzas, simplemente transfieren a Cristo resucitado las esperanzas que habían fundado en Cristo antes de su muerte. En efecto, la última pregunta que le hacen en la última conversación que nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento de la Ascensión: “¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino a favor de Israel?” (Hechos 1,6). ¡Si hubieran inventado la resurrección, no sabrían qué hacer con ella! No les sirve para nada.

    Por eso el acontecimiento de Pascua sólo es lisible y toma todo su sentido en el acontecimiento de Pentecostés. El misterio en suspenso que encontramos en los relatos de las apariciones va a dar toda la luz al interiorizarse: los apóstoles ya no ven a Cristo delante de ellos, lo ven adentro, se va a convertir –se convierte con la efusión del Espíritu Santo – se convierte en principio interior a ellos mismos. Y entonces saben qué hacer, y lo hacen.

    Eso es precisamente lo que cambia cambio con el relato de Pentecostés: toman inmediatamente la iniciativa, se dirigen a la muchedumbre, la invitan a una adhesión personal a la Persona de Jesús, recibiendo el Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Ya no se trata del reino de Israel, aunque de cierto modo el mensaje se dirige a los judíos en primer lugar. Si Jesús, como dice Pedro, fue exaltado a la derecha de Dios, es con el fin de dar la conversión a Israel y el perdón de los pecados. Por eso los primeros apóstoles, que son judíos hasta la médula, que siguen practicando las observancias judías, no tienen impresión de estar en ruptura con la sinagoga.

    La sinagoga es más perspicaz: las autoridades los observan, los convocan, los flagelan, los encarcelan. A pesar de ello, la primera comunidad en sus primeros días no tiene impresión de una ruptura, y es el gran enemigo, el enemigo genial, Saulo, Saulo que se convierte en San Pablo, Saulo es el primero en darse cuenta con todo el ardor de sus celos incompatibles de la nueva comunidad y la sinagoga. Y a diferencia de la benevolencia de su maestro Gamaliel, Pablo, fogoso, intolerante como es, habiendo participado en el martirio de Esteban, sueña con destruir esa comunidad rival de la sinagoga, y ahogarla en el huevo. Vio con más claridad que todos los demás, en el ardor mismo de sus celos.

    Todo se va a transformar radicalmente ya que Pablo también va a interiorizar su problema, también él va a ser derribado por la gracia, transformado en un solo instante, arrojado en la nueva economía – que es en efecto tan nueva que la otra economía queda superada – y va a aprender en frente de Damasco, va a aprender quién es Jesús y quien es la comunidad, en la identificación que es toda la teología de la Iglesia: “Yo soy Jesús al que tú persigues” (Hechos, 9,5). Los hombres y mujeres que quería encarcelar, que estaba listo a masacrar hasta el último, viven de Alguien, de ese “Alguien” precisamente que comienza a vivir en él y el poder que lo derriba, que se apodera de él, que lo libera derribándolo con su luz, ese poder se va le a revelar precisamente como idéntico con la comunidad que deseaba destruir.

    Es pues en forma de Iglesia como Saulo, hecho Pablo, encuentra a Jesús. Por eso se convierte en el gran teólogo de la Iglesia, cuyo carácter místico y sacramental percibe de inmediato. “Yo soy Jesús al que tú persigues”. Es una luz inmensa sobre la revelación personal de Dios en el Verbo Encarnado. En efecto, la revelación definitiva e insuperable que brota de la desapropiación radical de la santa Humanidad de Nuestro Señor por la subsistencia en el Verbo, esa revelación definitiva no puede ser separada de su persona. La revelación definitiva no será un discurso sobre Jesús, porque estaríamos de nuevo prisioneros del lenguaje, que es siempre inadecuado para expresar las realidades eternas, estaríamos además doblemente limitados ya que un discurso sobre Jesús reflejaría lo que entendieron de Él los que de Él nos hablarían.

    La revelación, no es un discurso sobre Jesús, ni tampoco un discurso de Jesús, ya que Jesús estaba condicionado por su auditorio. Él mismo lo dijo: era necesario que hablara en parábolas para una multitud que no podía comprender otra cosa, y a sus discípulos mismos les recuerda, o mejor les repite, que son incapaces de comprender lo que tiene todavía que decirles, y que el Espíritu santo les enseñaría la Verdad entera.

    Entonces el discurso de Jesús es incompleto, voluntariamente incompleto. Todavía no ha llegado la hora de la plena luz que resultará de la efusión del Espíritu Santo. ¡La revelación no es ni un discurso “sobre” Jesús ni un discurso “de” Jesús sino Jesús mismo! Jesús es la Revelación, hasta el fin de los siglos, estará presente para hacer surgir la luz de su historia, para interpretarse Él mismo, por medio del misterio de la Iglesia, y por eso La Iglesia es Jesús.

    Si la Iglesia es Jesús, es inmediatamente claro que todo lo que no es Jesús en la Iglesia es sacramento de Jesús, es un signo que representa Su Presencia, y la comunica, lo cual nos introduce inmediatamente en el misterio de la pobreza, lo cual sella inmediatamente el misterio de la Iglesia en la desapropiación que brilla en el corazón de la Trinidad divina.

    La misión de la Iglesia no puede ser sino dimisión, dimisión total en (« de » en el texto) la Persona de Jesús, a tal punto que, si vivimos la Iglesia como un misterio de fe y bajo la luz del Espíritu Santo, podemos decir que en la Iglesia siempre tratamos únicamente con Jesús”. (Continuará)

     

  • 23 12 08. ¿Apocalipsis?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    (Reflexiones de P. Debains)

    ¿Apocalipsis? ¡No son meros balbuceos!

    Una hoja de la diócesis de Bayeux nos alerta contra la serie de emisiones “Apocalipsis” presentada actualmente en una cadena de televisión. Parece que quiere, so capa de descubrimientos arqueológicos recientes, desestabilizar y desacreditar la fe cristiana. Se trata de mostrar, lo digo bajo toda reserva porque sólo he mirado muy poco las emisiones, se trata finalmente de mostrar, con una serie de enseñanzas preciosas, cómo toda clase de “historias” del Antiguo y del Nuevo Testamento carecen de fundamento histórico. Y la demostración es hecha por personas muy doctas, que hablan “magistralmente”. Eso me hace pensar, sin razón ciertamente, en los escribas y fariseos contemporáneos de Jesucristo, los cuales, a fuerza de escrutar, no las conclusiones de descubrimientos arqueológicos sino el texto mismo de las escrituras, terminaron por no reconocer en Jesús al Mesías tan esperado, y condenarlo finalmente a muerte de Cruz como usurpador e impostor.

    Hay también algo de la misma inspiración negadora en las ideas del número reciente de “Science et avenir”: “La Biblia, verdad y leyenda, descubrimientos recientes de la arqueología”, enero 2009, que discute la importancia de los reyes David y Salomón, la historicidad del Éxodo y otros acontecimientos contados en la Biblia, en nombre de “descubrimientos recientes de la arqueología”: en realidad, para esos investigadores, David y Salomón fueron sólo personajes mediocres en la historia de su época…, ¡y eso puede finalmente arruinar toda la historicidad de la Biblia! Esto concuerda con las tesis del hereje moderno, Jacques Duquesne, o por lo menos es del mismo género, y mucho más hábil.

    Siempre ha habido esfuerzos hechos por desacreditar lo que puede parecer como fundamentos de la fe cristiana. Hoy ese esfuerzo toma una forma particularmente nociva porque los argumentos se basan en descubrimientos cuya veracidad nadie puede discutir.

    El título de la serie de emisiones “Apocalipsis” no hace referencia al libro con que termina el Nuevo Testamento, sino al sentido de la palabra Apocalipsis, que significa revelación. Y la intención es manifiesta: se trata de aportar pruebas que nadie pueda discutir, de la inautenticidad de quizás muchas “verdades” sobre las cuales se funda la fe cristiana. Se trata claramente para ellos de una especie de nueva revelación recibida a través de los descubrimientos arqueológicos recientes, que desmiente la antigua sobre la cual se funda nuestra fe.

    A la base de esos desvíos está el desconocimiento total de un principio que preside a toda nuestra lectura y comprensión de los elementos de la fe y de todo su entorno, y es difícil de explicar el fundamento de ese principio porque hace parte de la fe misma, de nuestra fe en un Dios “puro interior” al mismo tiempo que en un Dios Trinidad, como le gustaba pensar M. Zundel con mucha frecuencia. Hay que intentarlo, aunque sea de manera muy torpe.

    No existe sino un sólo Dios, pura y absolutamente interior, lo cual tiene como consecuencia inmediata que el hombre no puede reconocerlo sino en la profundidad de su interioridad. Se necesita una vida interior, una vida de nuestro espíritu en diálogo con el Espíritu, para que el hombre empiece a vivir una fe sólida e indefectible. Si Dios es puro interior, es en su interior donde el hombre puede evidentemente comenzar a creer en Él. La dificultad es que se pide comenzar a creer, al menos haber descubierto a Jesucristo para creer conforme al credo cristiano.

    Al contrario de lo que piensan quizás muchos de nuestros contemporáneos, el hombre es trascendentalmente diferente de todos los animales, pero para muchos hoy no hay sino una diferencia de grado, ya que se ha llegado a entrever una forma de pensamiento por ejemplo en los simios. Lo que no ven, y que es la diferencia entre el hombre y el animal, no es cuestión de grado o de etapa ya franqueada o todavía no, es que el hombre es espíritu, y por ser espíritu podemos pensar que fue creado a imagen y semejanza de Dios, como dice la Biblia desde el comienzo.

    Lo que es necesario decir ahora y que es capital, es que en la historia de Jesús, como en la contada o deformada de la Biblia entera, todo lo que es exterior a la fe no puede en modo alguno interferir con su contenido, y eso justamente porque el Dios de Jesucristo, el Dios que Él nos revela en todo lo que hace, más aún que en lo que dice, es “puro interior”. Jesús anuncia claramente a la mujer de Samaría: nuestro Dios, el Dios de Jesucristo, único Dios verdadero, y no existe otro, es espíritu. “Dios es espíritu y sus verdaderos adoradores deben adorarlo en espíritu Y en verdad” (Juan, 4,24). El hombre podrá, pues, comenzar a creer en Él y a vivir según esa fe, en la medida en que viva conforme con el espíritu que es él, tanto como es cuerpo.

    Aun prestando mucho interés a las conclusiones de los descubrimientos arqueológicos, vemos cómo no pueden en modo alguno constituir una nueva norma para la fe cristiana. La historia de la Iglesia no se funda sobre tales descubrimientos, no son ellos los que acreditan su fundamento. El fundamento de la fe, y no sólo su fundamento, es la persona de Jesucristo, y todo lo que en la Iglesia se ha desarrollado sobre Él desde hace 2000 años. La tradición es considerable si nos referimos a las enseñanzas de los llamados “padres de la Iglesia” y que el Padre Migne reunió en el siglo 19 en una importante colección de más de 400 volúmenes… voluminosos.

    Pero hay que añadir en seguida, ya lo hemos dicho muchas veces, que es necesario referirse también a la enseñanza de la fe a lo largo de la historia de la Iglesia y en ella, desde luego, las enseñanzas místicas decisivas de nuestra época, que no necesitan referirse a ningún descubrimiento.

    La dificultad es que se necesita al menos un principio de fe en Jesucristo para creer en el Dios Trinidad y “puro interior”. Hay que creer ya, o por lo menos haber encontrado al Señor para comenzar a creer. Pero entonces no hay que olvidar la trascendencia absoluta del Dios de Jesucristo al que nadie ha visto nunca, y que tiene como consecuencia justamente la dificultad para el hombre que es criatura y conoció la caída de su ser, la dificultad de llegar a Él, y eso hace que, para comenzar a creer, hay que haber comenzado ya… a creer.

    Hay que ver claramente que para la gran mayoría de los hombres Dios es primero exterior a nosotros, por ser creador, mucho antes de la creación del hombre, de la inmensidad del Universo, ¡mucho antes de que el hombre fuera! Sería pues exterior al hombre por existir mucho antes de que él existiera, y sólo ese dios puede dar pie a las objeciones de los despreciadores contemporáneos, como a los de toda época.

    Es difícil comenzar a creer en un misterio que nos rebasa infinitamente, y es que el hombre existía ya, al menos en el pensamiento divino, mucho antes de su aparición en la tierra. Y no hubo un momento en la vida eterna de Dios, si se puede hablar así, en que el hombre estuviera ausente. ¡El hombre fue creado antes de ser creado! Su venida y la de Jesucristo hecho hombre, no implica ningún cambio, ninguna innovación en Dios.

    ¡Antes del advenimiento del primer hombre sobre la tierra, no hay en Dios un momento infinitamente largo en que el hombre estuviera ausente! Desde el comienzo de Dios, que no tiene comienzo, el hombre con toda su historia, y Jesucristo con toda su historia que constituye la verdadera historia del hombre, está presente, habiendo ya realizado todo eternamente. Y eso converge con el pensamiento sobre la Trinidad divina, según el cual todo lo que se realiza en ella y que en cierto modo constituye eternamente el único verdadero Dios, todo eso se está realizando eternamente, y al mismo tiempo está perfectamente realizado. (Bajo toda reserva, y a retomar).

     

  • 22/12/08. Nada está definitivamente terminado, todo puede llegar a ser, todo puede resurgir, todo puede revivir.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Final de la 11ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

    Es necesario encontrar una moral personal... ¡Las estructuras que se derrumban no estaban de acuerdo con el Evangelio! ¡Hay que estarlo! El que es se convierte en fermento de liberación en la humanidad. El ser nacido de la desapropiación en el corazón de la Trinidad...

    Retoma: “Entonces ¿dónde están los valores? Ya no tienen ningún fundamento, y de temblor en temblor, llegamos al estado en que nos encontramos. ¡Era inevitable! Si ya no hay moral colectiva, ya no hay nada, a menos que encontremos una moral personal, una moral de liberación, y a eso tenemos que llegar ahora. Había que hacer ese cambio, el cristianismo tenía que fundarse sobre sus propias bases, que no contara ya sobre un Estado, sobre un partido, sobre cierta forma de organización o sobre una estructura económica, era necesario que reposara sobre el corazón de Dios. Es necesario que se base sobre la Trinidad divina, que llegue a la nueva creación fundada sobre el segundo Adán y la segunda Eva”

    Continuación: “Pero el problema es inmenso como ustedes ven y hay que considerarlo con benevolencia y con una esperanza inquebrantable. Nada está perdido, en el sentido que las estructuras que se derrumban no estaban de acuerdo con el Evangelio, amalgamaban el Evangelio con fines que no eran evangélicos y es mejor que cesen los equívocos y que sean superados.

    La noción corriente de Dios era una amalgama de Antiguo Testamento, filosofía aristotélica y Nuevo Testamento, una amalgama heterogénea por otra parte: estamos llamados a encontrar la fuente que mana en vida eterna. Es un momento en cierto modo difícil, pero después de todo, es un inmenso beneficio si el cristianismo toma finalmente conciencia de su novedad inagotable. El Evangelio es la Buena Nueva, es una Buena Nueva cada día más nueva, precisamente porque nos vuelve siempre al origen. Jamás se trata de algo terminado, realizado y sobre lo cual podríamos descansar: es algo en perpetua gestación, ya que se trata de nuestro “devenir”.

    De modo que hoy más que nunca, la única esperanza del mundo es Cristo, Cristo que va a salvarnos de todo, de todo lo que no es la grandeza, la dignidad, la belleza, la nobleza humana, Cristo nos va a devolver y restituir nuestra humanidad, la que perdimos o que no hemos descubierto aún, porque no hemos escrutado las profundidades de Dios que vive en nosotros.

    ¡Esa es nuestra tarea! ¡Es inmensa, es magnífica! Comienza por nosotros precisamente, porque no necesitamos hablar, no necesitamos actuar, ¡es necesario ser! El que es se convierte en fermento de liberación para la humanidad.

    Siempre me ha impresionado ver la basílica de Choubra, en el Cairo, donde el dinero musulmán lo mismo que el cristiano levantó una magnífica basílica a Santa Teresa del Niño Jesús, ver que en esa barriada donde los cristianos son ahora una minoría muy pequeña (cuando eran quizás cien mil o más en 1940) – son las mujeres musulmanas las que entran en la basílica, mujeres del pueblo, que no saben leer ni escribir, que no saben una palabra de francés… ¿qué vienen a buscar? pero ¿qué buscan? ¡Una presencia, una presencia! y esa niña que no hizo nada, que murió a los 24 años en un Carmelo totalmente ignorado hace 76 años, ¿cómo puede ejercer esa niña esa atracción sobre mujeres que ni siquiera son cristianas? ¡Es el milagro! el milagro de la autenticidad, ¡se trata de ser!

    ¡Si construimos nuestra humanidad nos convertimos en bien universal y estamos presentes por doquiera! es la única manera de estar presentes en todas partes.

    Miren al presidente Nixon: tiene un gran poder, pudo emprender o perpetuar la guerra de Vietnam y terminarla más o menos bien. Si muere, un segundo después, el vicepresidente se hace Presidente, tiene los mismos poderes que no dependen de la persona. Pero lo que el Presidente Nixon no puede hacer es cambiar, cambiar profundamente un alma. Puede mover gente en el espacio, ¡es totalmente incapaz, con ese poder, de cambiar un hombre, de reestructurarlo, de conferirle el honor de su humanidad!

    Con el ser no se puede hacer trampa, y el ser no nace justamente sino del "de profundis", sólo nace de la desapropiación en el seno de la Trinidad y sólo puede nacer por medio de nosotros, del fondo del despojo que nos abre a toda la humanidad y a todo el universo. El universo lo llevamos en nosotros, ¡lo llevamos en nosotros! Y el inconsciente, como decía ayer o no sé cuando, el inconsciente es eso, un océano cósmico, toda la historia del mundo, ¡toda la historia del mundo! todas las generaciones, todas las vidas, todos los fracasos, todos los sufrimientos, todo eso, todo llega hasta nosotros para realizarse, para realizarse a través de nosotros.

    Nada está definitivamente terminado, todo puede devenir, todo puede resurgir, todo puede revivir como los huesos de Ezequiel, en el Amor del Señor.

    Entonces aquí ahora, en el silencio, es donde tenemos que hacer de nosotros un bien universal. El ecumenismo pasa por el corazón de cada uno. La Iglesia tiene sus bases en cada uno, cada uno es portador del mundo, cada uno es indispensable para el equilibrio del mundo.

    Pero ¿creen ustedes que si nuestros contemporáneos oyeran este mensaje, si les fuera propuesto por alguien que lo vive, si lo escucharan, no tendrían una idea totalmente diferente de lo que significan: “Dios”, el “bien”, la “libertad”, la “dignidad” la “grandeza”, la “inviolabilidad”, la “universalidad”? Todo eso lo recibimos del Señor, todo eso nos lo trae Cristo, todo eso lo vamos a aprender sumergiéndonos en el corazón de la Trinidad divina, ¡escuchando Sus silencios donde se realizan los misterios de clamor!” (Ignacio de Antioquía, carta a los Efesios, 19,1) ». (Fin de la 11a conferencia.

     

  • 21/12/08. Ahora es necesario un cambio.

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    ¡Todo eso es aún muy importante! Dios rey, Dios señor, Dios lejos de nosotros en el cielo y que desciende, el equívoco sigue en pie.

    3ª parte de la 11ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    (Somos incapaces, nosotros también, de definir la libertad, sin la Trinidad). Hay una solidaridad tan antigua como el mundo, tan antigua como el hombre, entre la religión, la moral y la colectividad… El equívoco sobre Dios sigue hasta ahora… hay que cambiar.

    Retoma: “No hemos visto la novedad del Evangelio y no la podíamos ver, porque la religión ha sido siempre ante todo un fenómeno colectivo, como la moral misma. Se comprende, se comprende que los primeros hombres, como los hombres de hoy, hayan tenido siempre los mismos problemas, pero que los primeros hombres hayan sentido la libertad – que eran totalmente incapaces de definir, como somos también nosotros incapaces de hacerlo fuera de la Trinidad – se comprende que los primeros hombres hayan percibido la libertad como un peligro mortal. Adivinaron que el poder de iniciativa que reside en el hombre podría hacer estallar todo, podía comprometer la vida del clan, la vida del grupo, más tarde, la vida de la nación, del imperio o del reino.

    Percibida como peligro, era pues necesario controlar la libertad, ponerle diques, ponerle barreras protectoras, una moral justamente, que inculcara obligaciones al individuo”.

    Continuación: “Vemos en Levi Strauss, en lo que se llama “los países primitivos de hoy” que el incesto está rigurosamente prohibido, el incesto que significa promiscuidad entre el padre y sus hijas, entre la madre y sus hijos, promiscuidad que hundiría el hogar en perpetua contienda. La prohibición del incesto es pues una precaución elemental indispensable para que la pareja no se destruya. Y así sucesivamente. Las obligaciones morales tuvieron que surgir. Desde luego que la luz de Dios no estaba ausente, finalmente, en cuanto podemos comprenderlo racionalmente, las obligaciones morales surgieron instintivamente como protección del grupo contra lo que podía destruirlo.

    Y naturalmente, esas obligaciones para ser bien respetadas, debían ser puestas bajo la protección de un poder capaz de alcanzar al individuo en su soledad, para que supiera que estaba amenazado de sanciones, de la divinidad, digamos, si violaba la regla del clan. Hay pues una solidaridad tan antigua como el mundo (luego muy anterior al cristianismo), tan antigua como el hombre, entre la religión, la moral y la colectividad.

    Cuando los faraones de Egipto se divinizan o reciben una investidura divina, ponen su poder bajo la protección de la potencia celestial. Los emperadores romanos tratan de hacer lo mismo, se hacen divinizar, se establece un culto de Roma y del emperador que deberá ser el cemento de sus estados, hechos de innumerables naciones, sin lazos genéticos unas con otras.

    No es necesario evocar a Israel donde justamente la unión entre el clan y la divinidad está sellada al máximo, subentendiendo el sacrificio de Abraham (que pone todo en duda además, porque si se hubiera entendido el sacrificio de Abraham, toda la evolución de Israel habría sido diferente). Pero generalmente se ve a Dios como el único personaje de la historia, Él es el soberano, el Rey, el Señor, el Legislador, cuya Ley comprende toda la vida, hasta la orla del vestido, ¡nada queda al azar!, todo es religioso. Pero para que todo sea religioso, para que la colectividad se sienta continuamente en relación de súbdito con el soberano ante la divinidad, es evidentemente necesario que Dios esté ausente: está arriba en el cielo, baja del cielo como se ve en el Sinaí, baja del cielo, y eso además, es un terror para los hombres que piden sobre todo que Dios no les hable, si no, van a morir. Baja del cielo, interviene, manifiesta su poder, es tanto más capaz de socorrer cuanto más terrible sea porque el aparato de terror en que se manifiesta es la garantía de un poder que puede socorrer en el momento oportuno.

    Y, desde luego, el equívoco va a continuar después del Antiguo Testamento: va a continuar por fuerza de las cosas, porque los apóstoles no viven en un mundo ateo, el imperio romano no es ateo, lo llamamos “pagano”, pero tiene divinidades, una religión de la que el P. Festugière mostró bien que no era despreciable, hay acentos de piedad muy conmovedores en lo que llamamos el paganismo grecorromano. Entonces los apóstoles no se encontraban en un mundo ateo, pero tenían que presentar otro rostro de Dios, como dice Pablo en el discurso de Atenas: “Les vengo a hablar del Dios que ustedes veneran sin conocerlo” (Hechos 17,23). Y el Imperio defiende su religión, como lo hizo Atenas contra Sócrates.

    Sócrates fue ajusticiado en 399 antes de Jesucristo, precisamente porque ponía en peligro la ciudad, porque no honraba a los dioses de la Ciudad. Ahí vemos claramente la solidaridad entre la Ciudad y los dioses. La Ciudad paga tributo a los dioses, ofrece sacrificios a cambio de la protección divina, pero el que rehúse asociarse al culto pone en peligro la ciudad arriesgando atraer sobre ella la venganza de los dioses.

    Marco Aurelio, el más sabio de los emperadores romanos, que hace su examen de conciencia cada día, que honra al Dios interior al que rinde culto sincero, se mostró totalmente indiferente a la persecución más severa contra los cristianos. ¿Porqué? Porque son obstinados, como lo dice él: “¡Son obstinados!” No quieren comulgar con los demás en el culto de Roma y el Emperador en el cual él era el primero en no creer, pero que era el cemento indispensable a la unidad del Imperio. La religión es un fenómeno colectivo.

    Los Emperadores cristianos sólo cambiarán la perspectiva. En 381, Teodosio prohíbe el paganismo y hace del cristianismo la religión del Estado, pero ya Constantino la había organizado, había puesto la Iglesia en sus oficinas, había puesto ya a los obispos bajo vigilancia y la iniciativa de los concilios, porque la religión tiene que ser el cemento de la unidad, luego es necesario que la religión conserve su unidad, que no caiga en la herejía, y hasta el siglo 8 todos los Concilios serán convocados por los emperadores, que los vigilan, los imponen, los combaten – según su política – considerando siempre que la religión es una cuestión de Estado.

    Todos los Estados cristianos que van a surgir después, nacerán por conversión del Soberano: Clodoveo, Vladimiro… El soberano se hace cristiano y toda la nación es bautizada, porque toda la nación debe tener una sola religión. Bajo Luís 14 que revoca el Edicto de Nantes, es el mismo pensamiento: un Estado, un Reino, una Religión. Y estemos seguros que Bossuet, el gran Bossuet, el místico Bossuet, que escribió sus "élévations sur les Mystères" (“altos pensamientos sobre los misterios”) que suponen una comprensión espiritual admirable, Bossuet que era obispo de Meaux, que escribió un catecismo para su diócesis en una lengua maravillosa, Bossuet, no cabe duda que consideraba la religión católica como una necesidad del Estado, como la sacralización misma del Reino. ¡Un estado laico habría parecido monstruoso! Y no cabe duda de que Bossuet veía en esa situación una libertad, como dice San Pablo: “Toda autoridad viene de Dios” (Rom. 13,2). Bossuet se sentía mucho más cómodo reconociendo a Luís 14 como expresión de la autoridad divina habiendo recibido Aceite Sagrado en la Entronización en Reims, que si hubiera sido un personaje laico y no investido de autoridad divina. Igualmente el rey reconocía en el obispo una autoridad divina, y no le extrañaba que le recordara en la cuaresma que debía separarse de su concubina si quería comulgar como todo el mundo. Y el rey aceptaba que el obispo estuviera en su papel de obispo, como el obispo aceptaba que el rey estuviera en su papel de rey.

    La Revolución comenzó a laicizar el Estado, y Napoleón por otra parte se apresuró a reanudar con la Iglesia, protegiendo sus intereses, haciendo inscribir en el catecismo un capítulo que se refería a él, que se refería justamente al poder imperial como delegación divina. El primer Estado ateo, ateo, es Albania, ¡en 1968, el primer Estado del mundo en proclamarse ateo fue Albania!

    Estamos pues en una historia muy antigua, en que la solidaridad entre la colectividad y la moral y la divinidad es rigurosa, y no hay que extrañarse de que la moral haya sido vehiculada por la colectividad, y lo que resiste todavía, lo que queda todavía de moral es aún vehiculado por la colectividad, afortunadamente. ¡Si no, estaríamos completamente en la jungla!

    Antes de 1914 había, si quieren, todavía respetabilidad colectiva: un hombre divorciado era mal visto, se dudaba en recibirlo, un hombre que tenía una relación debía ocultarla, mostrarse prudente. Las dos guerras hicieron saltar todas las protecciones, precipitando a los hombres en la violencia, en la matanza, separando a los esposos, separando los hogares, creando toda clase de uniones, y luego, mostrando a los hombres que la Europa que decían civilizada, era en realidad una Europa bárbara.

    Entonces ¿dónde están los valores? Ya no tienen ningún fundamento, y de temblor en temblor, llegamos al estado en que nos encontramos. ¡Era inevitable! Si ya no hay moral colectiva, ya no hay nada, a menos que encontremos una moral personal, una moral de liberación, y a eso tenemos que llegar ahora. Había que hacer ese cambio, el cristianismo tenía que fundarse sobre sus propias bases, que no contara ya sobre un Estado, sobre un partido, sobre cierta forma de organización o sobre una estructura económica, era necesario que reposara sobre el corazón de Dios. Es necesario que se base sobre la Trinidad divina, que llegue a la nueva creación fundada sobre el segundo Adán y la segunda Eva”. (Continuará)

     

    Nota personal. Creo que es claro que para Zundel, y debería serlo también para todos nosotros, que hasta ahora, la mayor parte del tiempo, el cristianismo no reposa todavía, al menos de manera decisiva, sobre su fundamento y es urgente que se base por fin sobre ese fundamento, sobre la mística cristiana trinitaria.

    Es posible que la mayoría de los detractores del cristianismo, por no decir todos, inclusive hoy, no se oponen sino a un cristianismo que justamente no reposa sobre el fundamento de la Trinidad cuyo sentido y profundidad no han asimilado.

    Es pues capital hoy en día, para una conversión real, y justamente una conversión real no puede serlo sino fundada sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Finalmente, aun hoy, el cristianismo se parece a las demás religiones y da pie a las mismas objeciones que ellas. Se trata siempre de un Dios exterior al hombre, y así es como lo considera el conjunto de nuestros contemporáneos para los cuales todas las religiones son equivalentes. En cierto sentido, el fundamento trinitario es lo que hace que el cristianismo no sea una religión, o por lo menos, que sea completamente distinto de todas las otras religiones.

    (1) Sobre este tema, será útil leer el reciente libro, muy didáctico, del P. Rondet: La Trinidad contada. Y también el libro: “El problema que somos, la Trinidad en nuestra vida”, que debería retomar yo actualmente.

     

  • 20 12 2008. Existe un universal de valor que es el secreto más profundo de la persona...

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    2ª parte de la 11ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    Retoma: “Es pues indispensable que mostremos en nuestra vida que estamos apasionados por la grandeza humana, y que esa pasión por la grandeza humana coincide con nuestra pasión por Dios: es la misma, porque la grandeza humana reside precisamente en la presencia de Dios que circula en nuestras venas, que es la Vida de nuestra vida, y que da a cada latido del corazón un valor infinito y una importancia eterna.

    Si la vida aparece en nosotros en todo su esplendor, en toda su belleza, en toda su profundidad, si nosotros somos portadores de la Presencia, si se la puede respirar a través de nosotros, habrá un comienzo de toma de conciencia, y tendrá que ser siempre bajo el aspecto de “liberación”.

    Continuación: “No hay que decir jamás a la gente: “¡Está prohibido, es pecado, es un crimen!” Hay que mostrarles que es una promoción, que es el único camino hacia el amor, que no podrán descubrir nunca el infinito sino el uno en el otro y dándose al Infinito, que podrán amarse cada día más si se dan cada día un bien más grande, y que eso es en el fondo lo que están esperando.

    Todos lo que nos afecta en relación con el hombre viene precisamente de que encontramos sus límites. Cuando hemos escuchado bellos discursos en que se enuncian los más altos principios, y vemos un ser ambicioso que corre tras una situación, y se lamenta de no ser suficientemente considerado, se nos caen los brazos. ¡No es eso! Entonces todas esas palabras no significaban nada, no eran sino fachada, un rótulo luminoso, ¡no eran realidad!

    Lo que buscamos justamente en el hombre es su autenticidad, que sea fuente y origen, que su “yo” no sea proyección del inconsciente y de la subjetividad pasional, sino realmente una dignidad, una grandeza, un valor, un bien universal.

    Y a propósito, hagamos una observación importante: la palabra “universal” tiene doble sentido. Cuando digo “Union postal universal”, digo que hay una convención entre todos los Estados, y que la Unión Postal comprende toda la humanidad – es decir todos los hombres que viven en el planeta, que tienen cierto acceso a la civilización. Si digo de manera más profunda: existe una interfecundidad entre todas las razas humanas, hay una interfecundidad universal, quiero decir que todas las razas pueden mezclarse, que en la especie humana es posible justamente el matrimonio entre todas las razas. Pero si digo: el genio de Miguel-Ángel es universal: es a la vez arquitecto, escultor, pintor, poeta, significo, señalo, quiero designar una cualidad inherente a este hombre, una cualidad que está en él, y que, por estar en él, por ser parte de su ser, por estar enraizada en su persona, irradia sobre todas las personas, alcanza a cada uno en su intimidad y puede ser para todos un fermento de liberación. Un profesor que enseña, enseña mejor, con más eficacia – si además es pedagogo – mientras más penetrado esté de su materia, mientras más la domine, y mientras más clara sea su mente, y esa claridad es lo que va a comunicar a sus alumnos fecundando sus mentes con la luz de la suya.

    Existe pues un “universal" de valor que es el secreto más profundo de la persona, y existe un “universal” difundido en el espacio, que designa simplemente el conjunto de los hombres, la especie humana en el plano de la biología. Y es claro que el “universal” que interesa al espíritu es el “universal” que pasa por cada uno, que hace de cada uno el centro del universo, un centro por desapropiación, un centro por apertura, un centro por el don de sí mismo. Pero justamente se puede hablar de “universal” en la medida en que el ser humano se hace centro en lo secreto más íntimo de sí mismo.

    Los dos pilares de una sociología auténticamente humana son “juntos” y “solo”. Juntos y solo, pero es la soledad la fuente de la comunidad. Nos gargarizamos con la palabra “comunitario” en el día de hoy, olvidando que la comunidad de personas, la comunidad específicamente humana, pasa por la soledad de cada uno.

    ¡Sí! supongan un concierto dado por los músicos más realizados: ¡llega un momento en que toda la sala está unánime, unánime, suspendida en el silencio! Cada uno se hace música, se pierde de vista en la belleza. Pues bien, ese silencio unánime es percibido tanto más profundamente cuanto que cada uno lo vive en lo más profundo de sí mismo: cada uno puede comulgar con la soledad creadora de los demás porque está entregado a su propia soledad creadora, y entonces se establece la inmensa comunión del silencio creador.

    No hay que perder nunca de vista que la comunidad humana está centrada en la soledad, y que cada uno, justamente, está llamado a ser bien común. ¿Por qué respetar la inviolabilidad de los demás, porqué sería sagrada esa dignidad? ¡Porque es un bien universal! Es el mismo bien infinito que está en mí, el que me está confiado y el que está en los demás, y ese bien infinito sólo se atestigua si yo llego a serlo, si se enraíza en mí, si yo hago el vacío para acogerlo. Cada uno pues, cada persona, es el centro de la comunidad propiamente humana.

    Eso es pues lo que hay que proponer a este mundo completamente desorientado, desorientado porque ya no quiere soportar el yugo de una moral relativa, variable según las épocas, e impuesta desde afuera por un Dios que es además extranjero. Hay que reconducirlo al gran secreto de amor que cada uno lleva en sí, hay que mostrar que la exigencia de virginidad en todos los sectores, la exigencia de desapropiación, es justamente la realización de la liberación, y que no llegamos a la cumbre de nuestra humanidad sino en esta dirección. Mientras no nos coloquemos sobre este fundamento tendremos un diálogo de sordos, y naturalmente, los que defiendan la moral antigua ya perdieron la contienda.

    No es que la moral de liberación sea menos rigurosa, lo es, al contrario, infinitamente más porque concierne el ser, porque concierne el nacimiento mismo de la persona: hay que hacerse “persona” a cada instante, hay que hacerse “origen” a cada latido del corazón, y todo nuestro ser está comprometido, todas nuestras decisiones, y el ser del universo, y finalmente el ser de Dios, puesto que el verdadero Dios no puede manifestarse como libertad absoluta sino a través de nuestra liberación, de tal modo que todos los debates están falseados porque no vamos hasta el fondo.

    No hemos visto la novedad del Evangelio y no la podíamos ver, porque la religión ha sido siempre un fenómeno ante todo colectivo, lo mismo que la moral misma. Se comprende, se comprende que los primeros hombres, como los hombres de hoy, hayan tenido siempre los mismos problemas, pero que los primeros hombres hayan sentido la libertad – que eran totalmente incapaces de definir, como somos también nosotros incapaces de hacerlo fuera de la Trinidad – se comprende que los primeros hombres hayan percibido la libertad como un peligro mortal. Adivinaron que el poder de iniciativa que reside en el hombre podría hacer estallar todo, podía comprometer la vida del clan, la vida del grupo, más tarde, la vida de la nación, del imperio o del reino.

    Percibida como peligro, era pues necesario controlar la libertad, ponerle diques, ponerle barreras protectoras, una moral justamente, que inculcara obligaciones al individuo”. (Conitnuará)

     

  • 19 12 2008. La moral cristiana es la única promoción posible para la grandeza humana.

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    1ª parte de la 11 conferencia de Timadeuc, en abril de 1973. La moral cristiana, ¿un yugo o una liberación?

    La moral cristiana es la única promoción posible para la grandeza humana.

    Una mutación es indispensable: hay que cambiar de Dios. Hay que descubrir el verdadero Dios, el Dios interior, que es el único camino hacia nosotros mismos y que quiere promovernos a una grandeza infinita que es la Suya.

    “Encontramos hoy en las revistas católicas indicaciones como evidentes sobre la contracepción. Si queremos estar al día, por una parte la única manera de considerar el problema demográfico – que es un problema en verdad considerable – y por otra de dar al amor humano todo su desarrollo, ¿por qué sembrar constantemente trampas en el camino del amor humano, si también es ahí donde el ser humano tiene más posibilidades de desarrollarse, por qué revolverle esos escrúpulos que provienen de ideas anticuadas, en que la criatura – o por lo menos la creación – está rodeada de sospechas? ¡Liberémonos de todos esos prejuicios, y entremos por fin en la edad adulta! Hasta ahora éramos niños dejados a la orilla, ahora somos adultos, capaces de saber lo que nos conviene. ¡Que permitan a cada uno decidir lo que juzgue oportuno para su equilibrio y para el despliegue de su alegría!

    Esta afirmación del derecho a la felicidad humana no la vamos a discutir, claro está, pero reposa sobre bases falsas evidentes, reposa sobre un equívoco fundamental: “¿De qué Dios hablamos, y a qué hombre?”

    Es evidente que si la moral no es mística, si la moral no es promoción para la humanidad, si no se trata de un problema metafísico, si no se trata de una ontología creadora, comprendemos en efecto la indignación contra la encíclica “Humanae Vitae” y contra todo lo que sería denunciación de los contraceptivos. (1)

    Estamos en un clima en que se percibe que una mutación es indispensable: hay que cambiar de Dios, en una palabra, hay que llegar a encontrar de nuevo o a descubrir el Dios interior, el Dios Trinidad, el Dios Libertad, el Dios que es el único camino hacia nosotros mismos, el Dios que nos promueve a una grandeza infinita que es la suya y es sin duda lo que falta más a los católicos, de cuya buena fe no podemos dudar, lo que falta a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a todas las personas que se agitan, que se oponen, que sufren, que se van, que cierran la puerta con violencia, que denuncian, que se muestran en la televisión, que exponen sus casos de conciencia y protestan contra la servidumbre a que quieren someterlos, en nombre de una libertad humana que depende finalmente de los derechos humanos, ya que se invocan los derechos humanos contra las prescripciones de la Iglesia, las cuales no son finalmente prescripciones sino un inmenso llamado a la libertad, ya que todo en la Iglesia es “sacramento”, todo en la Iglesia busca integrarnos e injertarnos en la libertad infinita que se revela y se nos comunica en Cristo.

    Pero hay que ver que el debate es sobre ese tema: no se trata de física sino de metafísica, se trata de una antropología, ¡se trata de saber qué es el hombre, qué tenemos que hacer de nosotros, si tenemos que crearnos o no! Ustedes ven la contradicción: ven gente que denuncia con vigor los bombardeos en Vietnam – y tienen toda la razón – ¡y que proclaman al mismo tiempo la libertad del aborto! Vemos entonces que no toman partido por la vida, ¡no saben lo que es la vida! ¡Tienen miedo! Temen finalmente por su vida, se ponen en lugar de la gente de Vietnam pensando: “¡Y si fuera con nosotros! ¡Hay que evitar que eso nos suceda!” no se ponen en lugar del feto porque ya no les puede suceder, ¡jamás podrán volver a ser fetos! entonces, no les importa suprimir un feto, ¡como si el futuro de la humanidad no estuviera en el feto!, como si la vida nueva de un feto no tuviera el mismo valor que la nuestra, como si pronunciarse contra él no fuera pronunciarse contra nosotros, ya que en fin si ahora se puede suprimir el feto en el vientre materno, ¿porqué no podían suprimirnos a nosotros cuando estábamos en seno de nuestra madre?

    ¡Pero estamos en un abismo de contradicción! Porque todavía no se ha construido la antropología, la metafísica del hombre, la metafísica de la libertad, la cual es en fin de cuentas una mística ya que ¡la libertad tiene su secreto supremo en el corazón de la Trinidad!

    Pero nosotros debemos ser firmes, no tenemos que ceder una pulgada en el respeto de la vida, en la exigencia de la virginidad que está en el corazón del amor, y tenemos que ver aún la inmensa mayoría de cristianos que no saben nada de ese secreto divino, que, ¡para la inmensa mayoría de cristianos la moral es un yugo! Buscan de hacerse un túnel a través de los principios, tratan de liberarse de la dominación de la moral porque no ven que es una promoción, la única promoción posible para la grandeza humana.

    Es pues indispensable que mostremos en nuestra vida que estamos apasionados por la grandeza humana, y que esa pasión por la grandeza humana coincide con nuestra pasión por Dios: es la misma, porque la grandeza humana reside precisamente en la presencia de Dios que circula en nuestras venas, que es la Vida de nuestra vida, y que da a cada latido del corazón un valor infinito y una importancia eterna.

    Si la vida aparece en nosotros en todo su esplendor, en toda su belleza, en toda su profundidad, si nosotros somos portadores de la Presencia, si se la puede respirar a través de nosotros, habrá un comienzo de toma de conciencia, y tendrá que ser siempre bajo el aspecto de “liberación”. (Continuará)

     

    Nota (1): La encíclica “Humanae vitae” parecía prohibir prácticamente el uso de todos los contraceptivos y provocó ciertas turbulencias en la Iglesia en esa época (en los años 50), inclusive entre los jesuitas.

     

  • 18 12 2008. Luís y Celia Martín procrearon para Dios.

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    Personal. La conferencia publicada estos últimos días presenta una enseñanza nueva sobre la castidad cristiana en el matrimonio, que deseamos sea enseñada en la Iglesia de hoy.

    Zundel fue pues hasta ver en el modo de procrear una manifestación de que Dios es Amor porque es Trinidad, Porque Dios no puede crear y redimir sino conforme con su naturaleza eterna. Recordemos aquí, en boca de Zundel, el grito del corazón, casi un grito, de una niñita en un momento de felicidad perfecta con su mamá: “¡Mamá, tú naciste de mi corazón!”. Eso quiere decir que es como si fuera en su corazón y de su corazón donde comenzó a existir su mamá, como el Espíritu nace y brota eternamente del corazón del Hijo e inseparablemente del Padre que le da eternamente nacimiento.

    ¿Se podría decir eso en la oración? “¡Jesús, tú naciste de mi corazón!”, como si no comenzara a ser el Hijo del Padre sino en el momento en que comienza el éxtasis del hombre al mismo tiempo que una adoración profunda. ¡No estamos habituados a este tipo de expresiones! Aunque parezca insensato, ¿porqué no atrevernos a decirlo?

    Y esto puede hacernos volver admirablemente hasta nuestros elementos originales, el óvulo materno y el espermatozoide paterno, más precisamente hasta el encuentro en que uno penetra en el otro para concebir un tercer ser. ¡Ya no existe indignidad en el momento de la concepción! Muy al contrario, pues entonces, nos atrevemos a repetirlo, pasa una imagen de lo que hace eternamente que nuestro Dios sea el Dios de Amor, por ser el Dios Trinidad.

     

    Es sorprendente que Zundel haya hablado ya de los papás de Santa Teresa, 35 años antes de su beatificación en Lisieux, el año pasado. Pocos cristianos habían prestado atención a su testimonio, ni siquiera conocían sus nombres antes de la reciente beatificación. Las pocas palabras que siguen la mención de Zundel pueden ser instructivas.

    “Procrearon para Dios” Se puede decir que son en el siglo 19 testigos auténticos de la vivencia de la castidad cristiana ampliamente tratada por M. Zundel en la conferencia publicada en estos últimos días. Y el resultado, si podemos decirlo, de la vivencia es justamente el don a Dios de cuatro e sus hijas, y entre ellas, el don a Dios de la que va a ser la santa, que parece la más conocida y a la que más se ora en la Iglesia de hoy, la patrona de todas las misiones.

    Los papás de Santa Teresa, que vivieron como parece la castidad cristiana de manera perfecta, no fueron menos duramente probados. La salida de todas las hijas del hogar, la soledad en que se encontraron, fueron sin duda parte de la prueba terrible que golpeó a Luís Martín, que al fin de su vida perdió la razón. No se puede comprender que Dios trate así a sus mejores amigos, al menos que haya dejado terminar así a Luís Martín sin intervenir.

    El testimonio de los esposos Martín es particularmente bienvenido en el día de hoy. Nos recuerda que, para los padres, vivir la castidad cristiana por el bien de toda la Iglesia y por la felicidad de Dios, puede permitir favorecer el nacimiento de numerosas vocaciones religiosas, o al menos darles una tierra fértil en la cual puedan brotar, crecer y desarrollarse. Es una razón más de buscar comprender mejor la enseñanza de Zundel, a la vez nueva y aún inédita, de la que podemos desear que sea más conocida y enseñada en la Iglesia contemporánea.

    Esta castidad cristiana es quizás vivida hoy por muchas parejas cristianas desconocidas, gracias justamente a la oración de Santa Teresa. Me tocó conocer al menos una pareja así, que engendró hijos numerosos.

    Hay que subrayar aquí el inmenso respeto que Zundel nos pide hacia los elementos de la procreación humana, cuando cierta costumbre en la Iglesia hacía evitar que se hablara de esas “cosas” como si fueran indignas, y eso provocaba un silencio desafortunado en los padres con sus hijos sobre este tema, mientras los padres cristianos deben ser los primeros educadores de la pureza de sus hijos, no lo pueden, no los escuchan sino en la medida en que ellos mismos viven lo mejor posible la castidad cristiana que Zundel trata con tanta propiedad.

     

  • 17 12 2008. Tenemos que crearnos totalmente, en todas las fibras de nuestro ser.

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    Final de la 10ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

    La castidad cristiana para que la humanidad comience a existir en el amor.

    Retoma: “Claro que los papás de Teresa del Niño Jesús, que habían decidido renunciar a la unión carnal se dejaron persuadir – con razón además – de que no violaban la castidad al procrear para Dios, y lo hicieron magníficamente. Indudablemente, la procreación para Dios no rompe la castidad, ¡al contrario! Pero precisamente la procreación para Dios no puede realizarse sino mediante una larga preparación, mediante una victoria sobre los mecanismos de la especie”. (Ver el texto que será publicado mañana).

    Continuación:No se trata pues de cerrar los ojos ante el problema, ante el cuerpo humano, que es perfectamente inocente en sí, pero que cesa de serlo precisamente cuando se rehúsa la creación. Es maravilloso: tenemos que crearnos totalmente, en todas las fibras de nuestro ser, tenemos que abrirlas a la presencia infinita, tenemos que liberarlas del peso cósmico, tenemos que inmortalizarlas para que, en la vida de hoy seamos vencedores de la muerte.

    Esto debe orientar nuestras relaciones con las mujeres (Zundel está hablando a monjes), que deben ser relaciones de inmenso respeto, de inmenso respeto. Es la madre de Dios la que encontramos en la mujer, y jamás debemos prestarnos a ninguna ligereza. Es necesario que la mujer nos sienta liberados en este aspecto, que obtenga a través de nosotros un espacio ilimitado de respeto y de acogida, pero con toda la distancia precisamente que requiere Kierkegaard cuando dice: “La proximidad absoluta está en la distancia absoluta”.

    Toda familiaridad equívoca con una mujer nos aleja de ella, de nosotros, y del amor. Hay que amar a la mujer, claro está, amarla como Dios la ama, es decir infinitamente, infinitamente, es decir para promoverla a su vida personal, sin jamás dejarnos alcanzar por su coquetería. Las mujeres tienden sus redes, es normal, tratan de engañar, de atraer, sin ninguna intención mala por otra parte, pero tienen una inmensa necesidad de amar, y es por amor que entran en contacto con el hombre. Hay que respetar ese amor, interiorizarlo, virginalizarlo, mirando justamente la mujer con la mirada de Dios, mirada personal que suscita la persona.

    Y digo lo mismo de los hombres, naturalmente. Si tenemos tendencias homosexuales, como puede suceder, porque el sexo es algo vago, muy vago: un biólogo hablaba de “engramas”, es decir una especie de inscripción órgano-psíquica en que un sexo siente el reconocimiento del otro, es decir, huele al otro, lo adivina en cualquier edad. Ya el bebé adivina el sexo del otro, y eso es verdad en todas las etapas, pero hay etapas equívocas, un niño tiene rasgos femeninos, puede pues despertar una especie de perturbación evocando “engramas” que son inscripción físico-química del otro sexo, y que pueden ser afectados por una especie de error inevitable en los períodos en que el ser está mal definido en su sexualidad.

    De todos modos, sea heterosexual u homosexual, es verdad que la sensualidad tiene siempre por origen la mirada de la especie, es decir una mirada anónima, y esa es la más alta exigencia de virginidad en las relaciones entre humanos, que sólo se llega a la persona mediante una mirada liberada. Si nos abandonamos a la mirada de la especie, estamos seguros de no alcanzar la persona (del otro) y de perder la nuestra.

    Por eso la castidad no es una falsificación de la naturaleza. Nada es más necesario, ni tampoco más maravilloso: el cuerpo humano va a tomar toda su belleza, toda su nobleza, toda su grandeza cuando sea percibido en el brillo de una presencia infinita. Entonces lo captamos de verdad en el único punto focal donde se entrega toda su luz, es la más alta revelación del ser humano, entonces uno está más allá del sexo, ya no existen sino las diferencias trinitarias, ya no hay sino las complementariedades maravillosas que reinan entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

    Nietzsche dijo – ya les cité la primera frase del texto –: “Que su amor sea piedad por los dioses sufrientes y velados”, y añade: “¡con mayor frecuencia es un animal que adivina a otro!” Comprendió pues admirablemente la totalidad del problema, con las dos vertientes: o descubrimos “dioses sufrientes y velados”, como el Infinito, o “un animal adivinará a otro”.

    Esto nos debe llevar a una estima muy alta de nuestro celibato consagrado. Pues ¿cómo podemos ser testigos de un Dios liberador, de un Cristo liberador, cómo podemos ser heraldos de una moral centrada en la desapropiación trinitaria, si no estamos liberados del sexo? Todos deben serlo, todo el mundo está llamado a serlo, no hay diferencias. Bajo este aspecto, un matrimonio sacramento es un matrimonio centrado en la castidad, que tiende a una castidad cada vez más grande, que tiende justamente a personalizarse, que rehúsa ser sometido a la mirada de la especie.

    Nosotros pues (Zundel se dirige a monjes trapistas), nosotros que estamos consagrados por el celibato, consagrados al Señor, no podemos sino alegrarnos para toda la humanidad. Es una riqueza para toda la humanidad, es una paternidad universal lo que debe resultar de esa consagración, una paternidad de la persona.

    Nuestro Señor no tiene descendencia carnal, ni tampoco Nuestra Señora: Christus virgo, Maria virgo! ¡Es una pareja virginal la que está en el origen de la nueva humanidad! Francisco no tiene posteridad carnal, ni Benito, ni Bernardo, ¡pero su paternidad es inmensa! Y durará hasta el fin de los siglos.

    En el centro de la castidad hay pues un don universal. No se trata de elegancia moral, sino de hacer de nosotros un bien universal liberándonos de esos elementos cósmicos, es decir, transformándolos, contribuyendo por lo mismo a transformar el universo entero, desde el átomo de hidrógeno hasta las galaxias más grandes, pasando por todos los niveles de la vida, y con mayor razón, ese don se hace a la humanidad, y transforma en sí mismo la especie en persona, termina la evolución, le aporta su coronamiento; ese es el sentido del universo: si en nosotros llega a la inteligencia y la libertad como vocación imprescriptible, es que el sentido de toda realidad es cantar a Dios en la libertad del verdadero amor.

    Dante, al ver a Beatriz canta: “Tan gentil y honesta parece mi dama cuando saluda a los demás que toda lengua temblando se hace muda y los ojos no se atreven a mirarla” (Vita Nova, 26). Ahora bien, en una mirada virginal hay una percepción del ser en su infinitud, que es el verdadero amor, cuando ya no hay fronteras es cuando se puede decir que uno ama de verdad.

    No se trata pues, de no amar, sino de amar de verdad, de amar como personas, de amar como Dios, que es Amor. Se trata de amar sin poseer, de amar en la libertad, de amar creando un nuevo universo, de amar asumiendo todo el universo para terminarlo, en la línea de la persona.

    Es necesario evangelizar el sexo, es necesario evangelizar el inconsciente. Habría que crear justamente todo un encanto virginal para que la humanidad comience a existir en el amor que no cesa de celebrar, de reivindicar, y que no cesa de escarnecer, sin alcanzarlo.

    Alegrémonos pues de poder colaborar por el don de nosotros mismos al nacimiento de un mundo verdaderamente libre, y, claro está, dejemos en manos de la Inmaculada el frágil tesoro de un organismo que quiere crearse interiorizándose, y de un corazón que está llamado a amar, a amar infinitamente, pero que podría desviarse a cada instante, justamente si la mirada no despega de la especie, y no es virginizada por la de María. Ella es ciertamente la única que puede encaminarnos hacia la gozosa liberación, hacia la transfiguración que nos hace considerar nuestra juventud por delante de nosotros.

    Nuestra juventud está delante de nosotros en la medida justamente en que la vida del Espíritu se imprime cada vez más en todas las fibras de nuestro ser, y en que nuestra vida, en vez de dejarse llevar por los elementos del mundo, se lleva ella misma inmortalizándose.

    Desde luego, no debemos hablar de estas cosas indiscriminadamente. Tenemos que vivirlas, ¡vivirlas! Con total respeto de la exigencia infinita inscrita en nuestros cuerpos, porque todo el cosmos está ahí, viene a nosotros, ¡viene a nosotros! Toda la historia de la vida viene hasta las riveras de nuestro inconsciente, es todo el mundo que nos está confiado, es toda la historia lo que tenemos que resumir para terminarla hoy en una ofrenda de amor que transfigura los seres vivos y resucita los muertos”. (Fin de la conferencia)

     

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