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Final de la 10ª conferencia de
Timadeuc, en abril de 1973.
La castidad cristiana para
que la humanidad comience a existir en el amor.
Retoma: “Claro que los papás
de Teresa del Niño Jesús, que habían decidido renunciar a la unión carnal
se dejaron persuadir – con razón además – de que no violaban la castidad al
procrear para Dios, y lo hicieron magníficamente. Indudablemente, la procreación
para Dios no rompe la castidad, ¡al contrario! Pero precisamente la
procreación para Dios no puede realizarse sino mediante una larga preparación,
mediante una victoria sobre los mecanismos de la especie”. (Ver el texto que
será publicado mañana).
Continuación: “No
se trata pues de cerrar los ojos ante el problema, ante el cuerpo humano, que es
perfectamente inocente en sí, pero que cesa
de serlo precisamente cuando se rehúsa la creación. Es maravilloso: tenemos que crearnos totalmente, en todas
las fibras de nuestro ser, tenemos que abrirlas a la presencia infinita,
tenemos que liberarlas del peso cósmico, tenemos que inmortalizarlas para que,
en la vida de hoy seamos vencedores de la muerte.
Esto debe orientar nuestras
relaciones con las mujeres (Zundel está hablando a monjes),
que deben ser relaciones de inmenso respeto, de inmenso respeto. Es la madre de Dios la que encontramos en la
mujer, y jamás debemos prestarnos a ninguna ligereza. Es necesario que la mujer
nos sienta liberados en este aspecto, que obtenga a través de nosotros un
espacio ilimitado de respeto y de acogida, pero con toda la distancia
precisamente que requiere Kierkegaard cuando dice: “La proximidad absoluta está en la distancia absoluta”.
Toda familiaridad equívoca con
una mujer nos aleja de ella, de nosotros, y del amor. Hay que amar a la mujer,
claro está, amarla como Dios la ama, es decir infinitamente, infinitamente, es
decir para promoverla a su vida personal, sin jamás dejarnos alcanzar por su
coquetería. Las mujeres tienden sus redes, es normal, tratan de engañar, de
atraer, sin ninguna intención mala por otra parte, pero tienen una inmensa
necesidad de amar, y es por amor que entran en contacto con el hombre. Hay que
respetar ese amor, interiorizarlo, virginalizarlo, mirando justamente la mujer
con la mirada de Dios, mirada personal que suscita la persona.
Y digo lo mismo de los hombres,
naturalmente. Si tenemos tendencias homosexuales, como puede suceder, porque el
sexo es algo vago, muy vago: un biólogo hablaba de “engramas”, es decir una
especie de inscripción órgano-psíquica en que un sexo siente el reconocimiento
del otro, es decir, huele al otro, lo adivina en cualquier edad. Ya el bebé
adivina el sexo del otro, y eso es verdad en todas las etapas, pero hay etapas
equívocas, un niño tiene rasgos femeninos, puede pues despertar una especie de
perturbación evocando “engramas” que son inscripción físico-química del otro
sexo, y que pueden ser afectados por una especie de error inevitable en los
períodos en que el ser está mal definido en su sexualidad.
De todos modos, sea heterosexual
u homosexual, es verdad que la
sensualidad tiene siempre por origen la mirada de la especie, es decir una
mirada anónima, y esa es la más alta exigencia de virginidad en las relaciones
entre humanos, que sólo se llega a la
persona mediante una mirada liberada. Si nos abandonamos a la mirada de la
especie, estamos seguros de no alcanzar la persona (del otro) y de perder la nuestra.
Por eso la castidad no es una
falsificación de la naturaleza. Nada es más necesario, ni tampoco más maravilloso:
el cuerpo humano va a tomar toda su
belleza, toda su nobleza, toda su grandeza cuando sea percibido en el brillo de
una presencia infinita. Entonces lo captamos de verdad en el único punto
focal donde se entrega toda su luz, es la más alta revelación del ser humano, entonces uno está más allá del sexo, ya no
existen sino las diferencias trinitarias, ya no hay sino las
complementariedades maravillosas que reinan entre el Padre y el Hijo y el
Espíritu Santo.
Nietzsche dijo – ya les cité la
primera frase del texto –: “Que su amor sea piedad por los dioses sufrientes y
velados”, y añade: “¡con mayor frecuencia es un animal que adivina a otro!”
Comprendió pues admirablemente la totalidad del problema, con las dos
vertientes: o descubrimos “dioses sufrientes y velados”, como el Infinito, o
“un animal adivinará a otro”.
Esto nos debe llevar a una estima
muy alta de nuestro celibato consagrado. Pues ¿cómo podemos ser testigos de un
Dios liberador, de un Cristo liberador, cómo podemos ser heraldos de una moral
centrada en la desapropiación trinitaria, si no estamos liberados del sexo?
Todos deben serlo, todo el mundo está llamado a serlo, no hay diferencias. Bajo
este aspecto, un matrimonio sacramento
es un matrimonio centrado en la castidad, que tiende a una castidad cada
vez más grande, que tiende justamente a personalizarse, que rehúsa ser sometido
a la mirada de la especie.
Nosotros pues (Zundel se dirige a monjes trapistas),
nosotros que estamos consagrados por el
celibato, consagrados al Señor, no podemos sino alegrarnos para toda la
humanidad. Es una riqueza para toda la humanidad, es una paternidad universal lo que debe resultar de esa
consagración, una paternidad de la
persona.
Nuestro Señor no tiene
descendencia carnal, ni tampoco Nuestra Señora: Christus virgo, Maria virgo! ¡Es una pareja virginal la que está en el
origen de la nueva humanidad! Francisco no tiene posteridad carnal, ni
Benito, ni Bernardo, ¡pero su paternidad es inmensa! Y durará hasta el fin de
los siglos.
En el centro de la
castidad hay pues un don universal. No
se trata de elegancia moral, sino de hacer de nosotros un bien universal
liberándonos de esos elementos cósmicos, es decir, transformándolos,
contribuyendo por lo mismo a transformar el universo entero, desde el átomo de
hidrógeno hasta las galaxias más grandes, pasando por todos los niveles de la
vida, y con mayor razón, ese don se
hace a la humanidad, y transforma en sí mismo la especie en persona, termina la evolución, le
aporta su coronamiento; ese es el sentido del universo: si en nosotros llega a la inteligencia y la libertad como vocación
imprescriptible, es que el sentido de toda realidad es cantar a Dios en la
libertad del verdadero amor.
Dante, al ver a Beatriz canta: “Tan
gentil y honesta parece mi dama cuando saluda a los demás que toda lengua
temblando se hace muda y los ojos no se atreven a mirarla” (Vita Nova, 26).
Ahora bien, en una mirada virginal hay
una percepción del ser en su infinitud, que es el verdadero amor, cuando ya
no hay fronteras es cuando se puede decir que uno ama de verdad.
No se trata pues,
de no amar, sino de amar de verdad, de amar como personas, de amar como Dios, que es Amor. Se trata de amar sin poseer, de amar en la libertad, de
amar creando un nuevo universo, de amar asumiendo todo el universo para
terminarlo, en la línea de la persona.
Es necesario evangelizar
el sexo, es necesario evangelizar el inconsciente. Habría que crear justamente todo un encanto
virginal para que la humanidad comience
a existir en el amor que no cesa de celebrar, de reivindicar, y que no cesa
de escarnecer, sin alcanzarlo.
Alegrémonos pues de poder
colaborar por el don de nosotros mismos al nacimiento de un mundo
verdaderamente libre, y, claro está, dejemos en manos de la Inmaculada el frágil
tesoro de un organismo que quiere crearse interiorizándose, y de un corazón que
está llamado a amar, a amar infinitamente, pero que podría desviarse a cada
instante, justamente si la mirada no despega de la especie, y no es virginizada
por la de María. Ella es ciertamente la única que puede encaminarnos hacia la
gozosa liberación, hacia la transfiguración que nos hace considerar nuestra
juventud por delante de nosotros.
Nuestra juventud está
delante de nosotros en
la medida justamente en que la vida del Espíritu se imprime cada vez más en
todas las fibras de nuestro ser, y en que nuestra vida, en vez de dejarse
llevar por los elementos del mundo, se lleva ella misma inmortalizándose.
Desde luego, no debemos hablar de
estas cosas indiscriminadamente. Tenemos que vivirlas, ¡vivirlas! Con total
respeto de la exigencia infinita inscrita en nuestros cuerpos, porque todo el
cosmos está ahí, viene a nosotros, ¡viene a nosotros! Toda la historia de la
vida viene hasta las riveras de nuestro inconsciente, es todo el mundo que nos
está confiado, es toda la historia lo que tenemos que resumir para terminarla
hoy en una ofrenda de amor que transfigura los seres vivos y resucita los
muertos”. (Fin de la conferencia)