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Personal. La conferencia publicada estos últimos días
presenta una enseñanza nueva sobre la castidad cristiana en el matrimonio, que
deseamos sea enseñada en la
Iglesia de hoy.
Zundel fue pues hasta ver
en el modo de procrear una manifestación de que Dios es Amor porque es
Trinidad, Porque Dios no puede crear y redimir sino conforme con su naturaleza
eterna. Recordemos aquí, en boca de Zundel, el grito del corazón, casi un
grito, de una niñita en un momento de felicidad perfecta con su mamá: “¡Mamá,
tú naciste de mi corazón!”. Eso quiere decir que es como si fuera en su corazón
y de su corazón donde comenzó a existir su mamá, como el Espíritu nace y brota eternamente
del corazón del Hijo e inseparablemente del Padre que le da eternamente
nacimiento.
¿Se podría decir eso en la
oración? “¡Jesús, tú naciste de mi corazón!”, como si no comenzara a ser el
Hijo del Padre sino en el momento en que comienza el éxtasis del hombre al
mismo tiempo que una adoración profunda. ¡No estamos habituados a este tipo de
expresiones! Aunque parezca insensato, ¿porqué no atrevernos a decirlo?
Y esto puede hacernos volver
admirablemente hasta nuestros elementos originales, el óvulo materno y el
espermatozoide paterno, más precisamente hasta el encuentro en que uno penetra
en el otro para concebir un tercer ser. ¡Ya no existe indignidad en el momento
de la concepción! Muy al contrario, pues entonces, nos atrevemos a repetirlo,
pasa una imagen de lo que hace eternamente que nuestro Dios sea el Dios de
Amor, por ser el Dios Trinidad.
Es sorprendente que Zundel
haya hablado ya de los papás de Santa Teresa, 35 años antes de su beatificación
en Lisieux, el año pasado. Pocos cristianos habían prestado atención a su
testimonio, ni siquiera conocían sus nombres antes de la reciente
beatificación. Las pocas palabras que siguen la mención de Zundel pueden ser
instructivas.
“Procrearon para Dios” Se puede decir que son en el siglo 19 testigos auténticos de la vivencia
de la castidad cristiana ampliamente tratada por M. Zundel en la conferencia
publicada en estos últimos días. Y el resultado, si podemos decirlo, de la
vivencia es justamente el don a Dios de cuatro e sus hijas, y entre ellas, el
don a Dios de la que va a ser la santa, que parece la más conocida y a la que
más se ora en la Iglesia
de hoy, la patrona de todas las misiones.
Los papás de Santa Teresa,
que vivieron como parece la castidad cristiana de manera perfecta, no fueron
menos duramente probados. La salida de todas las hijas del hogar, la soledad en
que se encontraron, fueron sin duda parte de la prueba terrible que golpeó a Luís
Martín, que al fin de su vida perdió la razón. No se puede comprender que Dios
trate así a sus mejores amigos, al menos que haya dejado terminar así a Luís Martín
sin intervenir.
El testimonio de los
esposos Martín es particularmente bienvenido en el día de hoy. Nos recuerda
que, para los padres, vivir la castidad cristiana por el bien de toda la Iglesia y por la felicidad
de Dios, puede permitir favorecer el nacimiento de numerosas vocaciones
religiosas, o al menos darles una tierra fértil en la cual puedan brotar,
crecer y desarrollarse. Es una razón más de buscar comprender mejor la
enseñanza de Zundel, a la vez nueva y aún inédita, de la que podemos desear que
sea más conocida y enseñada en la
Iglesia contemporánea.
Esta castidad cristiana es
quizás vivida hoy por muchas parejas cristianas desconocidas, gracias
justamente a la oración de Santa Teresa. Me tocó conocer al menos una pareja
así, que engendró hijos numerosos.
Hay que subrayar aquí el
inmenso respeto que Zundel nos pide hacia los elementos de la procreación
humana, cuando cierta costumbre en la Iglesia hacía evitar que se hablara de esas “cosas”
como si fueran indignas, y eso provocaba un silencio desafortunado en los
padres con sus hijos sobre este tema, mientras los padres cristianos deben ser
los primeros educadores de la pureza de sus hijos, no lo pueden, no los
escuchan sino en la medida en que ellos mismos viven lo mejor posible la castidad
cristiana que Zundel trata con tanta propiedad.