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1ª parte de la 11 conferencia
de Timadeuc, en abril de 1973. La moral cristiana, ¿un yugo o una liberación?
La moral cristiana es
la única promoción posible para la grandeza humana.
Una mutación es
indispensable: hay que cambiar de Dios. Hay que descubrir el verdadero Dios, el
Dios interior, que es el único camino hacia nosotros mismos y que quiere
promovernos a una grandeza infinita que es la Suya.
“Encontramos hoy en las
revistas católicas indicaciones como evidentes sobre la contracepción. Si
queremos estar al día, por una parte la única manera de considerar el problema
demográfico – que es un problema en verdad considerable – y por otra de dar al
amor humano todo su desarrollo, ¿por qué sembrar constantemente trampas en el
camino del amor humano, si también es ahí donde el ser humano tiene más
posibilidades de desarrollarse, por qué revolverle esos escrúpulos que
provienen de ideas anticuadas, en que la criatura – o por lo menos la creación
– está rodeada de sospechas? ¡Liberémonos de todos esos prejuicios, y entremos
por fin en la edad adulta! Hasta ahora éramos niños dejados a la orilla, ahora
somos adultos, capaces de saber lo que nos conviene. ¡Que permitan a cada uno
decidir lo que juzgue oportuno para su equilibrio y para el despliegue de su
alegría!
Esta afirmación del derecho
a la felicidad humana no la vamos a discutir, claro está, pero reposa sobre
bases falsas evidentes, reposa sobre un equívoco fundamental: “¿De qué Dios hablamos, y a qué hombre?”
Es evidente que si la moral
no es mística, si la moral no es promoción para la humanidad, si no se trata de
un problema metafísico, si no se trata de una ontología creadora, comprendemos
en efecto la indignación contra la encíclica “Humanae Vitae” y contra todo lo
que sería denunciación de los contraceptivos. (1)
Estamos en un clima en que
se percibe que una mutación es
indispensable: hay que cambiar de Dios, en una palabra, hay que llegar a encontrar de nuevo o a descubrir el Dios interior, el Dios
Trinidad, el Dios Libertad, el Dios que es el único camino hacia nosotros
mismos, el Dios que nos promueve a una grandeza infinita que es la suya y es
sin duda lo que falta más a los católicos, de cuya buena fe no podemos dudar,
lo que falta a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a todas las
personas que se agitan, que se oponen, que sufren, que se van, que cierran la
puerta con violencia, que denuncian, que se muestran en la televisión, que exponen
sus casos de conciencia y protestan contra la servidumbre a que quieren
someterlos, en nombre de una libertad humana que depende finalmente de los
derechos humanos, ya que se invocan los derechos humanos contra las
prescripciones de la Iglesia,
las cuales no son finalmente prescripciones sino un inmenso llamado a la
libertad, ya que todo en la
Iglesia es “sacramento”, todo en la Iglesia busca integrarnos
e injertarnos en la libertad infinita que se revela y se nos comunica en
Cristo.
Pero hay que ver que el
debate es sobre ese tema: no se trata de física sino de metafísica, se trata de
una antropología, ¡se trata de saber qué
es el hombre, qué tenemos que hacer de nosotros, si tenemos que crearnos o no!
Ustedes ven la contradicción: ven gente que denuncia con vigor los bombardeos
en Vietnam – y tienen toda la razón – ¡y que proclaman al mismo tiempo la
libertad del aborto! Vemos entonces que no toman partido por la vida, ¡no saben
lo que es la vida! ¡Tienen miedo! Temen finalmente por su vida, se ponen en lugar
de la gente de Vietnam pensando: “¡Y si fuera con nosotros! ¡Hay que evitar que
eso nos suceda!” no se ponen en lugar del feto porque ya no les puede suceder, ¡jamás
podrán volver a ser fetos! entonces, no les importa suprimir un feto, ¡como si
el futuro de la humanidad no estuviera en el feto!, como si la vida nueva de un feto no tuviera el mismo valor que la
nuestra, como si pronunciarse contra él no fuera pronunciarse contra
nosotros, ya que en fin si ahora se puede suprimir el feto en el vientre materno,
¿porqué no podían suprimirnos a nosotros cuando estábamos en seno de nuestra
madre?
¡Pero estamos en un abismo
de contradicción! Porque todavía no se
ha construido la antropología, la metafísica del hombre, la metafísica de la libertad, la cual es en
fin de cuentas una mística ya que ¡la libertad tiene su secreto supremo en el
corazón de la Trinidad!
Pero nosotros debemos ser
firmes, no tenemos que ceder una pulgada en el respeto de la vida, en la
exigencia de la virginidad que está en el corazón del amor, y tenemos que ver
aún la inmensa mayoría de cristianos que
no saben nada de ese secreto divino, que, ¡para la inmensa mayoría de cristianos la moral es un yugo! Buscan
de hacerse un túnel a través de los principios, tratan de liberarse de la
dominación de la moral porque no ven que es
una promoción, la única promoción posible para la grandeza humana.
Es pues indispensable que
mostremos en nuestra vida que estamos apasionados por la grandeza humana, y que
esa pasión por la grandeza humana coincide con nuestra pasión por Dios: es la
misma, porque la grandeza humana reside precisamente en la presencia de Dios
que circula en nuestras venas, que es la Vida de nuestra vida, y que da a cada latido del
corazón un valor infinito y una importancia eterna.
Si la vida aparece en nosotros
en todo su esplendor, en toda su belleza, en toda su profundidad, si nosotros
somos portadores de la
Presencia, si se la puede respirar a través de nosotros,
habrá un comienzo de toma de conciencia, y tendrá que ser siempre bajo el
aspecto de “liberación”. (Continuará)
Nota (1): La encíclica
“Humanae vitae” parecía prohibir prácticamente el uso de todos los
contraceptivos y provocó ciertas turbulencias en la Iglesia en esa época (en
los años 50), inclusive entre los jesuitas.