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2ª parte de la 11ª conferencia
de Timadeuc, en abril de 1973.
Retoma: “Es pues
indispensable que mostremos en nuestra vida que estamos apasionados por la
grandeza humana, y que esa pasión por la grandeza humana coincide con nuestra
pasión por Dios: es la misma, porque la grandeza humana reside precisamente en
la presencia de Dios que circula en nuestras venas, que es la Vida de nuestra vida, y que
da a cada latido del corazón un valor infinito y una importancia eterna.
Si la vida aparece en
nosotros en todo su esplendor, en toda su belleza, en toda su profundidad, si
nosotros somos portadores de la
Presencia, si se la puede respirar a través de nosotros,
habrá un comienzo de toma de conciencia, y tendrá que ser siempre bajo el
aspecto de “liberación”.
Continuación: “No hay que
decir jamás a la gente: “¡Está prohibido, es pecado, es un crimen!” Hay que
mostrarles que es una promoción, que es el único camino hacia el amor, que no podrán descubrir nunca el infinito sino
el uno en el otro y dándose al Infinito, que podrán amarse cada día más si
se dan cada día un bien más grande, y que eso es en el fondo lo que están
esperando.
Todos lo que nos afecta en
relación con el hombre viene precisamente de que encontramos sus límites. Cuando
hemos escuchado bellos discursos en que se enuncian los más altos principios, y
vemos un ser ambicioso que corre tras una situación, y se lamenta de no ser
suficientemente considerado, se nos caen los brazos. ¡No es eso! Entonces todas
esas palabras no significaban nada, no eran sino fachada, un rótulo luminoso,
¡no eran realidad!
Lo que buscamos justamente
en el hombre es su autenticidad, que sea fuente y origen, que su “yo” no sea
proyección del inconsciente y de la subjetividad pasional, sino realmente una
dignidad, una grandeza, un valor, un bien universal.
Y a propósito, hagamos una
observación importante: la palabra
“universal” tiene doble sentido. Cuando digo “Union postal universal”, digo
que hay una convención entre todos los Estados, y que la Unión Postal
comprende toda la humanidad – es decir todos los hombres que viven en el
planeta, que tienen cierto acceso a la civilización. Si digo de manera más
profunda: existe una interfecundidad entre todas las razas humanas, hay una
interfecundidad universal, quiero decir que todas las razas pueden mezclarse,
que en la especie humana es posible justamente el matrimonio entre todas las
razas. Pero si digo: el genio de Miguel-Ángel es universal: es a la vez
arquitecto, escultor, pintor, poeta, significo, señalo, quiero designar una
cualidad inherente a este hombre, una cualidad que está en él, y que, por estar
en él, por ser parte de su ser, por estar enraizada en su persona, irradia
sobre todas las personas, alcanza a cada uno en su intimidad y puede ser para
todos un fermento de liberación. Un profesor que enseña, enseña mejor, con más
eficacia – si además es pedagogo – mientras más penetrado esté de su materia,
mientras más la domine, y mientras más clara sea su mente, y esa claridad es lo
que va a comunicar a sus alumnos fecundando sus mentes con la luz de la suya.
Existe pues un “universal" de valor que es el secreto más
profundo de la persona, y existe un “universal” difundido en el espacio, que designa simplemente el
conjunto de los hombres, la especie humana en el plano de la biología. Y es
claro que el “universal” que
interesa al espíritu es el “universal” que pasa por cada uno, que hace de cada
uno el centro del universo, un centro por desapropiación, un centro por
apertura, un centro por el don de sí mismo. Pero justamente se puede
hablar de “universal” en la medida en que el ser humano se hace centro en lo
secreto más íntimo de sí mismo.
Los dos pilares de una
sociología auténticamente humana son “juntos”
y “solo”. Juntos y solo, pero es la soledad la fuente de la comunidad. Nos
gargarizamos con la palabra “comunitario” en el día de hoy, olvidando que la
comunidad de personas, la comunidad
específicamente humana, pasa por la soledad de cada uno.
¡Sí! supongan un concierto
dado por los músicos más realizados: ¡llega un momento en que toda la sala está
unánime, unánime, suspendida en el silencio! Cada uno se hace música, se pierde
de vista en la belleza. Pues bien, ese silencio unánime es percibido tanto más
profundamente cuanto que cada uno lo vive en lo más profundo de sí mismo: cada uno puede comulgar con la soledad
creadora de los demás porque está entregado a su propia soledad creadora, y
entonces se establece la inmensa comunión del silencio creador.
No hay que perder nunca de
vista que la comunidad humana está centrada en la soledad, y que cada uno,
justamente, está llamado a ser bien común. ¿Por qué respetar la inviolabilidad
de los demás, porqué sería sagrada esa dignidad? ¡Porque es un bien universal! Es el mismo bien infinito que está en mí,
el que me está confiado y el que está en los demás, y ese bien infinito sólo se
atestigua si yo llego a serlo, si se enraíza en mí, si yo hago el vacío para
acogerlo. Cada uno pues, cada persona, es el centro de la comunidad
propiamente humana.
Eso es pues lo que
hay que proponer a este mundo completamente desorientado, desorientado porque ya no quiere soportar el yugo de una moral
relativa, variable según las épocas, e impuesta desde afuera por un Dios que es
además extranjero. Hay que reconducirlo al gran secreto de amor que cada uno
lleva en sí, hay que mostrar que la exigencia de virginidad en todos los
sectores, la exigencia de desapropiación, es justamente la realización de la
liberación, y que no llegamos a la cumbre de nuestra humanidad sino en esta
dirección. Mientras no nos coloquemos sobre este fundamento tendremos un
diálogo de sordos, y naturalmente, los que defiendan la moral antigua ya
perdieron la contienda.
No es que la moral de
liberación sea menos rigurosa, lo es, al contrario, infinitamente más porque concierne
el ser, porque concierne el nacimiento mismo de la persona: hay que hacerse “persona”
a cada instante, hay que hacerse “origen” a cada latido del corazón, y todo
nuestro ser está comprometido, todas nuestras decisiones, y el ser del
universo, y finalmente el ser de Dios, puesto que el verdadero Dios no puede manifestarse como libertad absoluta sino a
través de nuestra liberación, de tal modo que todos los debates están
falseados porque no vamos hasta el fondo.
No hemos visto la novedad
del Evangelio y no la podíamos ver, porque la religión ha sido siempre un
fenómeno ante todo colectivo, lo mismo que la moral misma. Se comprende, se
comprende que los primeros hombres, como los hombres de hoy, hayan tenido
siempre los mismos problemas, pero que los primeros hombres hayan sentido la
libertad – que eran totalmente incapaces de definir, como somos también
nosotros incapaces de hacerlo fuera de la Trinidad – se
comprende que los primeros hombres hayan percibido la libertad como un peligro
mortal. Adivinaron que el poder de iniciativa que reside en el hombre podría
hacer estallar todo, podía comprometer la vida del clan, la vida del grupo, más
tarde, la vida de la nación, del imperio o del reino.
Percibida como peligro, era
pues necesario controlar la libertad, ponerle diques, ponerle barreras
protectoras, una moral justamente, que inculcara obligaciones al individuo”.
(Conitnuará)