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20 12 2008. Existe un universal de valor que es el secreto más profundo de la persona...

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2ª parte de la 11ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

Retoma: “Es pues indispensable que mostremos en nuestra vida que estamos apasionados por la grandeza humana, y que esa pasión por la grandeza humana coincide con nuestra pasión por Dios: es la misma, porque la grandeza humana reside precisamente en la presencia de Dios que circula en nuestras venas, que es la Vida de nuestra vida, y que da a cada latido del corazón un valor infinito y una importancia eterna.

Si la vida aparece en nosotros en todo su esplendor, en toda su belleza, en toda su profundidad, si nosotros somos portadores de la Presencia, si se la puede respirar a través de nosotros, habrá un comienzo de toma de conciencia, y tendrá que ser siempre bajo el aspecto de “liberación”.

Continuación: “No hay que decir jamás a la gente: “¡Está prohibido, es pecado, es un crimen!” Hay que mostrarles que es una promoción, que es el único camino hacia el amor, que no podrán descubrir nunca el infinito sino el uno en el otro y dándose al Infinito, que podrán amarse cada día más si se dan cada día un bien más grande, y que eso es en el fondo lo que están esperando.

Todos lo que nos afecta en relación con el hombre viene precisamente de que encontramos sus límites. Cuando hemos escuchado bellos discursos en que se enuncian los más altos principios, y vemos un ser ambicioso que corre tras una situación, y se lamenta de no ser suficientemente considerado, se nos caen los brazos. ¡No es eso! Entonces todas esas palabras no significaban nada, no eran sino fachada, un rótulo luminoso, ¡no eran realidad!

Lo que buscamos justamente en el hombre es su autenticidad, que sea fuente y origen, que su “yo” no sea proyección del inconsciente y de la subjetividad pasional, sino realmente una dignidad, una grandeza, un valor, un bien universal.

Y a propósito, hagamos una observación importante: la palabra “universal” tiene doble sentido. Cuando digo “Union postal universal”, digo que hay una convención entre todos los Estados, y que la Unión Postal comprende toda la humanidad – es decir todos los hombres que viven en el planeta, que tienen cierto acceso a la civilización. Si digo de manera más profunda: existe una interfecundidad entre todas las razas humanas, hay una interfecundidad universal, quiero decir que todas las razas pueden mezclarse, que en la especie humana es posible justamente el matrimonio entre todas las razas. Pero si digo: el genio de Miguel-Ángel es universal: es a la vez arquitecto, escultor, pintor, poeta, significo, señalo, quiero designar una cualidad inherente a este hombre, una cualidad que está en él, y que, por estar en él, por ser parte de su ser, por estar enraizada en su persona, irradia sobre todas las personas, alcanza a cada uno en su intimidad y puede ser para todos un fermento de liberación. Un profesor que enseña, enseña mejor, con más eficacia – si además es pedagogo – mientras más penetrado esté de su materia, mientras más la domine, y mientras más clara sea su mente, y esa claridad es lo que va a comunicar a sus alumnos fecundando sus mentes con la luz de la suya.

Existe pues un “universal" de valor que es el secreto más profundo de la persona, y existe un “universal” difundido en el espacio, que designa simplemente el conjunto de los hombres, la especie humana en el plano de la biología. Y es claro que el “universal” que interesa al espíritu es el “universal” que pasa por cada uno, que hace de cada uno el centro del universo, un centro por desapropiación, un centro por apertura, un centro por el don de sí mismo. Pero justamente se puede hablar de “universal” en la medida en que el ser humano se hace centro en lo secreto más íntimo de sí mismo.

Los dos pilares de una sociología auténticamente humana son “juntos” y “solo”. Juntos y solo, pero es la soledad la fuente de la comunidad. Nos gargarizamos con la palabra “comunitario” en el día de hoy, olvidando que la comunidad de personas, la comunidad específicamente humana, pasa por la soledad de cada uno.

¡Sí! supongan un concierto dado por los músicos más realizados: ¡llega un momento en que toda la sala está unánime, unánime, suspendida en el silencio! Cada uno se hace música, se pierde de vista en la belleza. Pues bien, ese silencio unánime es percibido tanto más profundamente cuanto que cada uno lo vive en lo más profundo de sí mismo: cada uno puede comulgar con la soledad creadora de los demás porque está entregado a su propia soledad creadora, y entonces se establece la inmensa comunión del silencio creador.

No hay que perder nunca de vista que la comunidad humana está centrada en la soledad, y que cada uno, justamente, está llamado a ser bien común. ¿Por qué respetar la inviolabilidad de los demás, porqué sería sagrada esa dignidad? ¡Porque es un bien universal! Es el mismo bien infinito que está en mí, el que me está confiado y el que está en los demás, y ese bien infinito sólo se atestigua si yo llego a serlo, si se enraíza en mí, si yo hago el vacío para acogerlo. Cada uno pues, cada persona, es el centro de la comunidad propiamente humana.

Eso es pues lo que hay que proponer a este mundo completamente desorientado, desorientado porque ya no quiere soportar el yugo de una moral relativa, variable según las épocas, e impuesta desde afuera por un Dios que es además extranjero. Hay que reconducirlo al gran secreto de amor que cada uno lleva en sí, hay que mostrar que la exigencia de virginidad en todos los sectores, la exigencia de desapropiación, es justamente la realización de la liberación, y que no llegamos a la cumbre de nuestra humanidad sino en esta dirección. Mientras no nos coloquemos sobre este fundamento tendremos un diálogo de sordos, y naturalmente, los que defiendan la moral antigua ya perdieron la contienda.

No es que la moral de liberación sea menos rigurosa, lo es, al contrario, infinitamente más porque concierne el ser, porque concierne el nacimiento mismo de la persona: hay que hacerse “persona” a cada instante, hay que hacerse “origen” a cada latido del corazón, y todo nuestro ser está comprometido, todas nuestras decisiones, y el ser del universo, y finalmente el ser de Dios, puesto que el verdadero Dios no puede manifestarse como libertad absoluta sino a través de nuestra liberación, de tal modo que todos los debates están falseados porque no vamos hasta el fondo.

No hemos visto la novedad del Evangelio y no la podíamos ver, porque la religión ha sido siempre un fenómeno ante todo colectivo, lo mismo que la moral misma. Se comprende, se comprende que los primeros hombres, como los hombres de hoy, hayan tenido siempre los mismos problemas, pero que los primeros hombres hayan sentido la libertad – que eran totalmente incapaces de definir, como somos también nosotros incapaces de hacerlo fuera de la Trinidad – se comprende que los primeros hombres hayan percibido la libertad como un peligro mortal. Adivinaron que el poder de iniciativa que reside en el hombre podría hacer estallar todo, podía comprometer la vida del clan, la vida del grupo, más tarde, la vida de la nación, del imperio o del reino.

Percibida como peligro, era pues necesario controlar la libertad, ponerle diques, ponerle barreras protectoras, una moral justamente, que inculcara obligaciones al individuo”. (Conitnuará)

 

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