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Zundel

21/12/08. Ahora es necesario un cambio.

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¡Todo eso es aún muy importante! Dios rey, Dios señor, Dios lejos de nosotros en el cielo y que desciende, el equívoco sigue en pie.

3ª parte de la 11ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

(Somos incapaces, nosotros también, de definir la libertad, sin la Trinidad). Hay una solidaridad tan antigua como el mundo, tan antigua como el hombre, entre la religión, la moral y la colectividad… El equívoco sobre Dios sigue hasta ahora… hay que cambiar.

Retoma: “No hemos visto la novedad del Evangelio y no la podíamos ver, porque la religión ha sido siempre ante todo un fenómeno colectivo, como la moral misma. Se comprende, se comprende que los primeros hombres, como los hombres de hoy, hayan tenido siempre los mismos problemas, pero que los primeros hombres hayan sentido la libertad – que eran totalmente incapaces de definir, como somos también nosotros incapaces de hacerlo fuera de la Trinidad – se comprende que los primeros hombres hayan percibido la libertad como un peligro mortal. Adivinaron que el poder de iniciativa que reside en el hombre podría hacer estallar todo, podía comprometer la vida del clan, la vida del grupo, más tarde, la vida de la nación, del imperio o del reino.

Percibida como peligro, era pues necesario controlar la libertad, ponerle diques, ponerle barreras protectoras, una moral justamente, que inculcara obligaciones al individuo”.

Continuación: “Vemos en Levi Strauss, en lo que se llama “los países primitivos de hoy” que el incesto está rigurosamente prohibido, el incesto que significa promiscuidad entre el padre y sus hijas, entre la madre y sus hijos, promiscuidad que hundiría el hogar en perpetua contienda. La prohibición del incesto es pues una precaución elemental indispensable para que la pareja no se destruya. Y así sucesivamente. Las obligaciones morales tuvieron que surgir. Desde luego que la luz de Dios no estaba ausente, finalmente, en cuanto podemos comprenderlo racionalmente, las obligaciones morales surgieron instintivamente como protección del grupo contra lo que podía destruirlo.

Y naturalmente, esas obligaciones para ser bien respetadas, debían ser puestas bajo la protección de un poder capaz de alcanzar al individuo en su soledad, para que supiera que estaba amenazado de sanciones, de la divinidad, digamos, si violaba la regla del clan. Hay pues una solidaridad tan antigua como el mundo (luego muy anterior al cristianismo), tan antigua como el hombre, entre la religión, la moral y la colectividad.

Cuando los faraones de Egipto se divinizan o reciben una investidura divina, ponen su poder bajo la protección de la potencia celestial. Los emperadores romanos tratan de hacer lo mismo, se hacen divinizar, se establece un culto de Roma y del emperador que deberá ser el cemento de sus estados, hechos de innumerables naciones, sin lazos genéticos unas con otras.

No es necesario evocar a Israel donde justamente la unión entre el clan y la divinidad está sellada al máximo, subentendiendo el sacrificio de Abraham (que pone todo en duda además, porque si se hubiera entendido el sacrificio de Abraham, toda la evolución de Israel habría sido diferente). Pero generalmente se ve a Dios como el único personaje de la historia, Él es el soberano, el Rey, el Señor, el Legislador, cuya Ley comprende toda la vida, hasta la orla del vestido, ¡nada queda al azar!, todo es religioso. Pero para que todo sea religioso, para que la colectividad se sienta continuamente en relación de súbdito con el soberano ante la divinidad, es evidentemente necesario que Dios esté ausente: está arriba en el cielo, baja del cielo como se ve en el Sinaí, baja del cielo, y eso además, es un terror para los hombres que piden sobre todo que Dios no les hable, si no, van a morir. Baja del cielo, interviene, manifiesta su poder, es tanto más capaz de socorrer cuanto más terrible sea porque el aparato de terror en que se manifiesta es la garantía de un poder que puede socorrer en el momento oportuno.

Y, desde luego, el equívoco va a continuar después del Antiguo Testamento: va a continuar por fuerza de las cosas, porque los apóstoles no viven en un mundo ateo, el imperio romano no es ateo, lo llamamos “pagano”, pero tiene divinidades, una religión de la que el P. Festugière mostró bien que no era despreciable, hay acentos de piedad muy conmovedores en lo que llamamos el paganismo grecorromano. Entonces los apóstoles no se encontraban en un mundo ateo, pero tenían que presentar otro rostro de Dios, como dice Pablo en el discurso de Atenas: “Les vengo a hablar del Dios que ustedes veneran sin conocerlo” (Hechos 17,23). Y el Imperio defiende su religión, como lo hizo Atenas contra Sócrates.

Sócrates fue ajusticiado en 399 antes de Jesucristo, precisamente porque ponía en peligro la ciudad, porque no honraba a los dioses de la Ciudad. Ahí vemos claramente la solidaridad entre la Ciudad y los dioses. La Ciudad paga tributo a los dioses, ofrece sacrificios a cambio de la protección divina, pero el que rehúse asociarse al culto pone en peligro la ciudad arriesgando atraer sobre ella la venganza de los dioses.

Marco Aurelio, el más sabio de los emperadores romanos, que hace su examen de conciencia cada día, que honra al Dios interior al que rinde culto sincero, se mostró totalmente indiferente a la persecución más severa contra los cristianos. ¿Porqué? Porque son obstinados, como lo dice él: “¡Son obstinados!” No quieren comulgar con los demás en el culto de Roma y el Emperador en el cual él era el primero en no creer, pero que era el cemento indispensable a la unidad del Imperio. La religión es un fenómeno colectivo.

Los Emperadores cristianos sólo cambiarán la perspectiva. En 381, Teodosio prohíbe el paganismo y hace del cristianismo la religión del Estado, pero ya Constantino la había organizado, había puesto la Iglesia en sus oficinas, había puesto ya a los obispos bajo vigilancia y la iniciativa de los concilios, porque la religión tiene que ser el cemento de la unidad, luego es necesario que la religión conserve su unidad, que no caiga en la herejía, y hasta el siglo 8 todos los Concilios serán convocados por los emperadores, que los vigilan, los imponen, los combaten – según su política – considerando siempre que la religión es una cuestión de Estado.

Todos los Estados cristianos que van a surgir después, nacerán por conversión del Soberano: Clodoveo, Vladimiro… El soberano se hace cristiano y toda la nación es bautizada, porque toda la nación debe tener una sola religión. Bajo Luís 14 que revoca el Edicto de Nantes, es el mismo pensamiento: un Estado, un Reino, una Religión. Y estemos seguros que Bossuet, el gran Bossuet, el místico Bossuet, que escribió sus "élévations sur les Mystères" (“altos pensamientos sobre los misterios”) que suponen una comprensión espiritual admirable, Bossuet que era obispo de Meaux, que escribió un catecismo para su diócesis en una lengua maravillosa, Bossuet, no cabe duda que consideraba la religión católica como una necesidad del Estado, como la sacralización misma del Reino. ¡Un estado laico habría parecido monstruoso! Y no cabe duda de que Bossuet veía en esa situación una libertad, como dice San Pablo: “Toda autoridad viene de Dios” (Rom. 13,2). Bossuet se sentía mucho más cómodo reconociendo a Luís 14 como expresión de la autoridad divina habiendo recibido Aceite Sagrado en la Entronización en Reims, que si hubiera sido un personaje laico y no investido de autoridad divina. Igualmente el rey reconocía en el obispo una autoridad divina, y no le extrañaba que le recordara en la cuaresma que debía separarse de su concubina si quería comulgar como todo el mundo. Y el rey aceptaba que el obispo estuviera en su papel de obispo, como el obispo aceptaba que el rey estuviera en su papel de rey.

La Revolución comenzó a laicizar el Estado, y Napoleón por otra parte se apresuró a reanudar con la Iglesia, protegiendo sus intereses, haciendo inscribir en el catecismo un capítulo que se refería a él, que se refería justamente al poder imperial como delegación divina. El primer Estado ateo, ateo, es Albania, ¡en 1968, el primer Estado del mundo en proclamarse ateo fue Albania!

Estamos pues en una historia muy antigua, en que la solidaridad entre la colectividad y la moral y la divinidad es rigurosa, y no hay que extrañarse de que la moral haya sido vehiculada por la colectividad, y lo que resiste todavía, lo que queda todavía de moral es aún vehiculado por la colectividad, afortunadamente. ¡Si no, estaríamos completamente en la jungla!

Antes de 1914 había, si quieren, todavía respetabilidad colectiva: un hombre divorciado era mal visto, se dudaba en recibirlo, un hombre que tenía una relación debía ocultarla, mostrarse prudente. Las dos guerras hicieron saltar todas las protecciones, precipitando a los hombres en la violencia, en la matanza, separando a los esposos, separando los hogares, creando toda clase de uniones, y luego, mostrando a los hombres que la Europa que decían civilizada, era en realidad una Europa bárbara.

Entonces ¿dónde están los valores? Ya no tienen ningún fundamento, y de temblor en temblor, llegamos al estado en que nos encontramos. ¡Era inevitable! Si ya no hay moral colectiva, ya no hay nada, a menos que encontremos una moral personal, una moral de liberación, y a eso tenemos que llegar ahora. Había que hacer ese cambio, el cristianismo tenía que fundarse sobre sus propias bases, que no contara ya sobre un Estado, sobre un partido, sobre cierta forma de organización o sobre una estructura económica, era necesario que reposara sobre el corazón de Dios. Es necesario que se base sobre la Trinidad divina, que llegue a la nueva creación fundada sobre el segundo Adán y la segunda Eva”. (Continuará)

 

Nota personal. Creo que es claro que para Zundel, y debería serlo también para todos nosotros, que hasta ahora, la mayor parte del tiempo, el cristianismo no reposa todavía, al menos de manera decisiva, sobre su fundamento y es urgente que se base por fin sobre ese fundamento, sobre la mística cristiana trinitaria.

Es posible que la mayoría de los detractores del cristianismo, por no decir todos, inclusive hoy, no se oponen sino a un cristianismo que justamente no reposa sobre el fundamento de la Trinidad cuyo sentido y profundidad no han asimilado.

Es pues capital hoy en día, para una conversión real, y justamente una conversión real no puede serlo sino fundada sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Finalmente, aun hoy, el cristianismo se parece a las demás religiones y da pie a las mismas objeciones que ellas. Se trata siempre de un Dios exterior al hombre, y así es como lo considera el conjunto de nuestros contemporáneos para los cuales todas las religiones son equivalentes. En cierto sentido, el fundamento trinitario es lo que hace que el cristianismo no sea una religión, o por lo menos, que sea completamente distinto de todas las otras religiones.

(1) Sobre este tema, será útil leer el reciente libro, muy didáctico, del P. Rondet: La Trinidad contada. Y también el libro: “El problema que somos, la Trinidad en nuestra vida”, que debería retomar yo actualmente.

 

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