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¡Todo eso es aún muy
importante! Dios rey, Dios señor, Dios lejos de nosotros en el cielo y que
desciende, el equívoco sigue en pie.
3ª parte de la 11ª conferencia
de Timadeuc, en abril de 1973.
(Somos incapaces, nosotros
también, de definir la libertad, sin la Trinidad). Hay una solidaridad tan antigua como
el mundo, tan antigua como el hombre, entre la religión, la moral y la
colectividad… El equívoco sobre Dios sigue hasta ahora… hay que cambiar.
Retoma: “No hemos visto la
novedad del Evangelio y no la podíamos ver, porque la religión ha sido siempre ante
todo un fenómeno colectivo, como la moral misma. Se comprende, se comprende que
los primeros hombres, como los hombres de hoy, hayan tenido siempre los mismos
problemas, pero que los primeros hombres hayan sentido la libertad – que eran
totalmente incapaces de definir, como somos también nosotros incapaces de
hacerlo fuera de la Trinidad – se
comprende que los primeros hombres hayan percibido la libertad como un peligro
mortal. Adivinaron que el poder de iniciativa que reside en el hombre podría
hacer estallar todo, podía comprometer la vida del clan, la vida del grupo, más
tarde, la vida de la nación, del imperio o del reino.
Percibida como peligro, era
pues necesario controlar la libertad, ponerle diques, ponerle barreras
protectoras, una moral justamente, que inculcara obligaciones al individuo”.
Continuación: “Vemos en
Levi Strauss, en lo que se llama “los países primitivos de hoy” que el incesto
está rigurosamente prohibido, el incesto que significa promiscuidad entre el
padre y sus hijas, entre la madre y sus hijos, promiscuidad que hundiría el
hogar en perpetua contienda. La prohibición del incesto es pues una precaución
elemental indispensable para que la pareja no se destruya. Y así sucesivamente.
Las obligaciones morales tuvieron que
surgir. Desde luego que la luz de Dios no estaba ausente, finalmente, en
cuanto podemos comprenderlo racionalmente, las
obligaciones morales surgieron instintivamente como protección del grupo
contra lo que podía destruirlo.
Y naturalmente, esas obligaciones para ser bien
respetadas, debían ser puestas bajo la
protección de un poder capaz de alcanzar al individuo en su soledad, para
que supiera que estaba amenazado de sanciones, de la divinidad, digamos, si violaba la regla del clan. Hay pues una solidaridad tan antigua como
el mundo (luego muy anterior al
cristianismo), tan antigua como el
hombre, entre la religión, la moral y la colectividad.
Cuando los faraones de
Egipto se divinizan o reciben una investidura divina, ponen su poder bajo la
protección de la potencia celestial. Los emperadores romanos tratan de hacer lo
mismo, se hacen divinizar, se establece un culto de Roma y del emperador que
deberá ser el cemento de sus estados, hechos de innumerables naciones, sin
lazos genéticos unas con otras.
No es necesario evocar a
Israel donde justamente la unión entre el clan y la divinidad está sellada al
máximo, subentendiendo el sacrificio de Abraham (que pone todo en duda además,
porque si se hubiera entendido el sacrificio de Abraham, toda la evolución de
Israel habría sido diferente). Pero generalmente se ve a Dios como el único personaje de la historia, Él es el soberano, el Rey, el Señor, el
Legislador, cuya Ley comprende toda la vida, hasta la orla del vestido,
¡nada queda al azar!, todo es religioso. Pero para que todo sea religioso, para
que la colectividad se sienta continuamente en relación de súbdito con el
soberano ante la divinidad, es evidentemente necesario que Dios esté ausente: está
arriba en el cielo, baja del cielo como se ve en el Sinaí, baja del cielo, y
eso además, es un terror para los hombres que piden sobre todo que Dios no les
hable, si no, van a morir. Baja del cielo, interviene, manifiesta su poder, es
tanto más capaz de socorrer cuanto más terrible sea porque el aparato de terror
en que se manifiesta es la garantía de un poder que puede socorrer en el
momento oportuno.
Y, desde luego, el equívoco va a continuar después del
Antiguo Testamento: va a continuar por fuerza de las cosas, porque los
apóstoles no viven en un mundo ateo, el imperio romano no es ateo, lo llamamos
“pagano”, pero tiene divinidades, una religión de la que el P. Festugière
mostró bien que no era despreciable, hay acentos de piedad muy conmovedores en
lo que llamamos el paganismo grecorromano. Entonces los apóstoles no se encontraban en un mundo ateo, pero tenían que
presentar otro rostro de Dios, como dice Pablo en el discurso de Atenas: “Les
vengo a hablar del Dios que ustedes veneran sin conocerlo” (Hechos 17,23). Y el
Imperio defiende su religión, como lo hizo Atenas contra Sócrates.
Sócrates fue ajusticiado en
399 antes de Jesucristo, precisamente porque ponía en peligro la ciudad, porque
no honraba a los dioses de la
Ciudad. Ahí vemos claramente la solidaridad entre la Ciudad y los dioses. La Ciudad paga tributo a los
dioses, ofrece sacrificios a cambio de la protección divina, pero el que rehúse
asociarse al culto pone en peligro la ciudad arriesgando atraer sobre ella la
venganza de los dioses.
Marco Aurelio, el más sabio
de los emperadores romanos, que hace su examen de conciencia cada día, que
honra al Dios interior al que rinde culto sincero, se mostró totalmente
indiferente a la persecución más severa contra los cristianos. ¿Porqué? Porque
son obstinados, como lo dice él: “¡Son obstinados!” No quieren comulgar con los
demás en el culto de Roma y el Emperador en el cual él era el primero en no
creer, pero que era el cemento indispensable a la unidad del Imperio. La religión es un fenómeno colectivo.
Los Emperadores cristianos
sólo cambiarán la perspectiva. En 381, Teodosio prohíbe el paganismo y hace del
cristianismo la religión del Estado, pero ya Constantino la había organizado,
había puesto la Iglesia
en sus oficinas, había puesto ya a los obispos bajo vigilancia y la iniciativa
de los concilios, porque la religión
tiene que ser el cemento de la unidad, luego es necesario que la religión
conserve su unidad, que no caiga en la herejía, y hasta el siglo 8 todos los
Concilios serán convocados por los emperadores, que los vigilan, los imponen,
los combaten – según su política – considerando siempre que la religión es una
cuestión de Estado.
Todos los Estados
cristianos que van a surgir después, nacerán por conversión del Soberano:
Clodoveo, Vladimiro… El soberano se hace cristiano y toda la nación es
bautizada, porque toda la nación debe tener una sola religión. Bajo Luís 14 que
revoca el Edicto de Nantes, es el mismo pensamiento: un Estado, un Reino, una
Religión. Y estemos seguros que Bossuet, el gran Bossuet, el místico Bossuet,
que escribió sus "élévations sur les Mystères" (“altos pensamientos
sobre los misterios”) que suponen una comprensión espiritual admirable, Bossuet
que era obispo de Meaux, que escribió un catecismo para su diócesis en una
lengua maravillosa, Bossuet, no cabe duda que consideraba la religión católica
como una necesidad del Estado, como la sacralización misma del Reino. ¡Un
estado laico habría parecido monstruoso! Y no cabe duda de que Bossuet veía en
esa situación una libertad, como dice San Pablo: “Toda autoridad viene de Dios”
(Rom. 13,2). Bossuet se sentía mucho más cómodo reconociendo a Luís 14 como
expresión de la autoridad divina habiendo recibido Aceite Sagrado en la Entronización en
Reims, que si hubiera sido un personaje laico y no investido de autoridad
divina. Igualmente el rey reconocía en el obispo una autoridad divina, y no le
extrañaba que le recordara en la cuaresma que debía separarse de su concubina
si quería comulgar como todo el mundo. Y el rey aceptaba que el obispo
estuviera en su papel de obispo, como el obispo aceptaba que el rey estuviera
en su papel de rey.
La Revolución comenzó a laicizar el Estado, y
Napoleón por otra parte se apresuró a reanudar con la Iglesia, protegiendo sus
intereses, haciendo inscribir en el catecismo un capítulo que se refería a él,
que se refería justamente al poder imperial como delegación divina. El primer
Estado ateo, ateo, es Albania, ¡en 1968,
el primer Estado del mundo en proclamarse ateo fue Albania!
Estamos pues
en una historia muy antigua, en que la
solidaridad entre la colectividad y la moral y la divinidad es rigurosa, y
no hay que extrañarse de que la moral haya sido vehiculada por la colectividad,
y lo que resiste todavía, lo que queda
todavía de moral es aún vehiculado por la colectividad, afortunadamente. ¡Si
no, estaríamos completamente en la jungla!
Antes de 1914 había, si quieren,
todavía respetabilidad colectiva: un hombre divorciado era mal visto, se dudaba
en recibirlo, un hombre que tenía una relación debía ocultarla, mostrarse
prudente. Las dos guerras hicieron saltar todas las protecciones, precipitando
a los hombres en la violencia, en la matanza, separando a los esposos,
separando los hogares, creando toda clase de uniones, y luego, mostrando a los
hombres que la Europa
que decían civilizada, era en realidad una Europa bárbara.
Entonces ¿dónde están los
valores? Ya no tienen ningún fundamento, y de temblor en temblor, llegamos al
estado en que nos encontramos. ¡Era inevitable! Si ya no hay moral colectiva, ya no hay nada, a menos que encontremos
una moral personal, una moral de liberación, y a eso tenemos que llegar
ahora. Había que hacer ese cambio, el
cristianismo tenía que fundarse sobre sus propias bases, que no contara ya sobre
un Estado, sobre un partido, sobre cierta forma de organización o sobre una
estructura económica, era necesario que reposara sobre el corazón de Dios. Es necesario que se base sobre la Trinidad divina, que
llegue a la nueva creación fundada sobre el segundo Adán y la segunda Eva”.
(Continuará)
Nota personal. Creo que es
claro que para Zundel, y debería serlo también para todos nosotros, que hasta
ahora, la mayor parte del tiempo, el cristianismo no reposa todavía, al menos
de manera decisiva, sobre su fundamento y es urgente que se base por fin sobre
ese fundamento, sobre la mística cristiana trinitaria.
Es posible que la mayoría
de los detractores del cristianismo, por no decir todos, inclusive hoy, no se
oponen sino a un cristianismo que justamente no reposa sobre el fundamento de la Trinidad cuyo sentido y
profundidad no han asimilado.
Es pues capital hoy en día,
para una conversión real, y justamente una conversión real no puede serlo sino
fundada sobre el misterio de la Santísima
Trinidad. Finalmente, aun hoy, el cristianismo se parece a
las demás religiones y da pie a las mismas objeciones que ellas. Se trata siempre
de un Dios exterior al hombre, y así es como lo considera el conjunto de nuestros
contemporáneos para los cuales todas las religiones son equivalentes. En cierto
sentido, el fundamento trinitario es lo que hace que el cristianismo no sea una
religión, o por lo menos, que sea completamente distinto de todas las otras
religiones.
(1) Sobre este tema, será
útil leer el reciente libro, muy didáctico, del P. Rondet: La Trinidad contada. Y
también el libro: “El problema que somos, la Trinidad en nuestra
vida”, que debería retomar yo actualmente.