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Final de la 11ª conferencia
de Timadeuc en abril de 1973.
Es necesario encontrar
una moral personal... ¡Las estructuras que se derrumban no estaban de acuerdo
con el Evangelio! ¡Hay que estarlo! El que es se convierte en fermento de
liberación en la humanidad. El ser nacido de la desapropiación en el corazón de
la Trinidad...
Retoma: “Entonces ¿dónde
están los valores? Ya no tienen ningún fundamento, y de temblor en temblor,
llegamos al estado en que nos encontramos. ¡Era inevitable! Si ya no hay moral colectiva, ya no hay
nada, a menos que encontremos una moral personal, una moral de liberación,
y a eso tenemos que llegar ahora. Había que hacer ese cambio, el cristianismo tenía que fundarse sobre
sus propias bases, que no contara ya sobre un Estado, sobre un partido,
sobre cierta forma de organización o sobre una estructura económica, era
necesario que reposara sobre el corazón de Dios. Es necesario que se base sobre la Trinidad divina, que llegue a la nueva creación
fundada sobre el segundo Adán y la segunda Eva”
Continuación: “Pero el
problema es inmenso como ustedes ven y hay que considerarlo con benevolencia y
con una esperanza inquebrantable. Nada está perdido, en el sentido que las estructuras que se derrumban no estaban
de acuerdo con el Evangelio, amalgamaban el Evangelio con fines que no eran
evangélicos y es mejor que cesen los equívocos y que sean superados.
La noción corriente de Dios
era una amalgama de Antiguo Testamento, filosofía aristotélica y Nuevo
Testamento, una amalgama heterogénea por otra parte: estamos llamados a
encontrar la fuente que mana en vida eterna. Es un momento en cierto modo
difícil, pero después de todo, es un
inmenso beneficio si el cristianismo toma finalmente conciencia de su novedad
inagotable. El Evangelio es la Buena
Nueva, es una Buena Nueva cada día más nueva, precisamente
porque nos vuelve siempre al origen. Jamás se trata de algo terminado,
realizado y sobre lo cual podríamos descansar: es algo en perpetua gestación,
ya que se trata de nuestro “devenir”.
De modo que hoy más que
nunca, la única esperanza del mundo es
Cristo, Cristo que va a salvarnos de todo, de todo lo que no es la grandeza, la
dignidad, la belleza, la nobleza humana, Cristo nos va a devolver y
restituir nuestra humanidad, la que perdimos o que no hemos descubierto aún,
porque no hemos escrutado las profundidades de Dios que vive en nosotros.
¡Esa es nuestra tarea! ¡Es
inmensa, es magnífica! Comienza por nosotros precisamente, porque no
necesitamos hablar, no necesitamos actuar, ¡es
necesario ser! El que es se convierte en fermento de liberación para la
humanidad.
Siempre me ha impresionado
ver la basílica de Choubra, en el Cairo, donde el dinero musulmán lo mismo que
el cristiano levantó una magnífica basílica a Santa Teresa del Niño Jesús, ver
que en esa barriada donde los cristianos son ahora una minoría muy pequeña
(cuando eran quizás cien mil o más en 1940) – son las mujeres musulmanas las
que entran en la basílica, mujeres del pueblo, que no saben leer ni escribir,
que no saben una palabra de francés… ¿qué vienen a buscar? pero ¿qué buscan?
¡Una presencia, una presencia! y esa niña que no hizo nada, que murió a los 24
años en un Carmelo totalmente ignorado hace 76 años, ¿cómo puede ejercer esa
niña esa atracción sobre mujeres que ni siquiera son cristianas? ¡Es el
milagro! el milagro de la autenticidad, ¡se
trata de ser!
¡Si construimos nuestra humanidad nos convertimos en bien universal y estamos presentes por doquiera!
es la única manera de estar presentes en todas partes.
Miren al presidente Nixon: tiene
un gran poder, pudo emprender o perpetuar la guerra de Vietnam y terminarla más
o menos bien. Si muere, un segundo después, el vicepresidente se hace
Presidente, tiene los mismos poderes que no dependen de la persona. Pero lo que
el Presidente Nixon no puede hacer es cambiar, cambiar profundamente un alma.
Puede mover gente en el espacio, ¡es totalmente incapaz, con ese poder, de
cambiar un hombre, de reestructurarlo, de conferirle el honor de su humanidad!
Con el ser no se
puede hacer trampa, y el ser no nace justamente sino del "de profundis", sólo nace de la desapropiación en el seno
de la Trinidad
y sólo puede nacer por medio de nosotros, del fondo del despojo que nos abre a
toda la humanidad y a todo el universo. El
universo lo llevamos en nosotros, ¡lo llevamos en nosotros! Y el
inconsciente, como decía ayer o no sé cuando, el inconsciente es eso, un océano
cósmico, toda la historia del mundo, ¡toda la historia del mundo! todas las
generaciones, todas las vidas, todos los fracasos, todos los sufrimientos, todo
eso, todo llega hasta nosotros para realizarse, para realizarse a través de
nosotros.
Nada está
definitivamente terminado, todo puede devenir, todo puede resurgir, todo puede
revivir como los huesos de Ezequiel, en el Amor del Señor.
Entonces aquí ahora, en el
silencio, es donde tenemos que hacer de nosotros un bien universal. El
ecumenismo pasa por el corazón de cada uno. La Iglesia
tiene sus bases en cada uno, cada uno es portador del mundo, cada uno es indispensable
para el equilibrio del mundo.
Pero ¿creen ustedes que si
nuestros contemporáneos oyeran este mensaje, si les fuera propuesto por alguien
que lo vive, si lo escucharan, no tendrían una idea totalmente diferente de lo
que significan: “Dios”, el “bien”, la “libertad”, la “dignidad” la “grandeza”,
la “inviolabilidad”, la “universalidad”? Todo eso lo recibimos del Señor, todo
eso nos lo trae Cristo, todo eso lo vamos a aprender sumergiéndonos en el
corazón de la Trinidad
divina, ¡escuchando Sus silencios donde se realizan los misterios de clamor!”
(Ignacio de Antioquía, carta a los Efesios, 19,1) ». (Fin de la 11a
conferencia.