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(Reflexiones de P. Debains)
¿Apocalipsis? ¡No son meros
balbuceos!
Una hoja de la diócesis de
Bayeux nos alerta contra la serie de emisiones “Apocalipsis” presentada actualmente
en una cadena de televisión. Parece que quiere, so capa de descubrimientos
arqueológicos recientes, desestabilizar y desacreditar la fe cristiana. Se
trata de mostrar, lo digo bajo toda reserva porque sólo he mirado muy poco las
emisiones, se trata finalmente de mostrar, con una serie de enseñanzas
preciosas, cómo toda clase de “historias” del Antiguo y del Nuevo Testamento
carecen de fundamento histórico. Y la demostración es hecha por personas muy
doctas, que hablan “magistralmente”. Eso me hace pensar, sin razón ciertamente,
en los escribas y fariseos contemporáneos de Jesucristo, los cuales, a fuerza
de escrutar, no las conclusiones de descubrimientos arqueológicos sino el texto
mismo de las escrituras, terminaron por no reconocer en Jesús al Mesías tan
esperado, y condenarlo finalmente a muerte de Cruz como usurpador e impostor.
Hay también algo de la
misma inspiración negadora en las ideas del número reciente de “Science et
avenir”: “La Biblia,
verdad y leyenda, descubrimientos recientes de la arqueología”, enero 2009, que
discute la importancia de los reyes David y Salomón, la historicidad del Éxodo
y otros acontecimientos contados en la Biblia, en nombre de “descubrimientos recientes
de la arqueología”: en realidad, para esos investigadores, David y Salomón
fueron sólo personajes mediocres en la historia de su época…, ¡y eso puede
finalmente arruinar toda la historicidad de la Biblia! Esto concuerda con
las tesis del hereje moderno, Jacques Duquesne, o por lo menos es del mismo
género, y mucho más hábil.
Siempre ha habido esfuerzos
hechos por desacreditar lo que puede parecer como fundamentos de la fe
cristiana. Hoy ese esfuerzo toma una forma particularmente nociva porque los
argumentos se basan en descubrimientos cuya veracidad nadie puede discutir.
El título de la serie de
emisiones “Apocalipsis” no hace referencia al libro con que termina el Nuevo
Testamento, sino al sentido de la palabra Apocalipsis, que significa revelación.
Y la intención es manifiesta: se trata de aportar pruebas que nadie pueda
discutir, de la inautenticidad de quizás muchas “verdades” sobre las cuales se
funda la fe cristiana. Se trata claramente para ellos de una especie de nueva
revelación recibida a través de los descubrimientos arqueológicos recientes,
que desmiente la antigua sobre la cual se funda nuestra fe.
A la base de esos desvíos
está el desconocimiento total de un principio que preside a toda nuestra
lectura y comprensión de los elementos de la fe y de todo su entorno, y es
difícil de explicar el fundamento de ese principio porque hace parte de la fe
misma, de nuestra fe en un Dios “puro interior” al mismo tiempo que en un Dios
Trinidad, como le gustaba pensar M. Zundel con mucha frecuencia. Hay que
intentarlo, aunque sea de manera muy torpe.
No existe sino un sólo Dios, pura y absolutamente interior, lo cual tiene como consecuencia
inmediata que el hombre no puede reconocerlo sino en la profundidad de su
interioridad. Se necesita una vida interior, una vida de nuestro espíritu en
diálogo con el Espíritu, para que el hombre empiece a vivir una fe sólida e
indefectible. Si Dios es puro interior, es en su interior donde el hombre puede
evidentemente comenzar a creer en Él. La dificultad es que se pide comenzar a
creer, al menos haber descubierto a Jesucristo para creer conforme al credo
cristiano.
Al contrario de lo que
piensan quizás muchos de nuestros contemporáneos, el hombre es
trascendentalmente diferente de todos los animales, pero para muchos hoy no hay
sino una diferencia de grado, ya que se ha llegado a entrever una forma de
pensamiento por ejemplo en los simios. Lo que no ven, y que es la diferencia
entre el hombre y el animal, no es cuestión de grado o de etapa ya franqueada o
todavía no, es que el hombre es espíritu,
y por ser espíritu podemos pensar que fue creado a imagen y semejanza de Dios,
como dice la Biblia
desde el comienzo.
Lo que es necesario decir
ahora y que es capital, es que en la historia de Jesús, como en la contada o
deformada de la Biblia
entera, todo lo que es exterior a la fe
no puede en modo alguno interferir con su contenido, y eso justamente
porque el Dios de Jesucristo, el Dios que Él nos revela en todo lo que hace, más
aún que en lo que dice, es “puro interior”. Jesús anuncia claramente a la mujer
de Samaría: nuestro Dios, el Dios de Jesucristo, único Dios verdadero, y no
existe otro, es espíritu. “Dios es espíritu
y sus verdaderos adoradores deben adorarlo en espíritu Y en verdad” (Juan,
4,24). El hombre podrá, pues, comenzar a creer en Él y a vivir según esa fe, en
la medida en que viva conforme con el espíritu que es él, tanto como es cuerpo.
Aun prestando mucho interés
a las conclusiones de los descubrimientos arqueológicos, vemos cómo no pueden
en modo alguno constituir una nueva norma para la fe cristiana. La historia de la Iglesia no se funda sobre
tales descubrimientos, no son ellos los que acreditan su fundamento. El fundamento de la fe, y no sólo su
fundamento, es la persona de Jesucristo, y todo lo que en la Iglesia se ha desarrollado
sobre Él desde hace 2000 años. La tradición es considerable si nos referimos a
las enseñanzas de los llamados “padres de la Iglesia” y que el Padre Migne reunió en el siglo
19 en una importante colección de más de 400 volúmenes… voluminosos.
Pero hay que añadir en
seguida, ya lo hemos dicho muchas veces, que es necesario referirse también a la
enseñanza de la fe a lo largo de la historia de la Iglesia y en ella, desde
luego, las enseñanzas místicas decisivas de nuestra época, que no necesitan
referirse a ningún descubrimiento.
La dificultad es que se
necesita al menos un principio de fe en Jesucristo para creer en el Dios Trinidad
y “puro interior”. Hay que creer ya, o por lo menos haber encontrado al Señor
para comenzar a creer. Pero entonces no hay que olvidar la trascendencia
absoluta del Dios de Jesucristo al que nadie ha visto nunca, y que tiene como
consecuencia justamente la dificultad para el hombre que es criatura y conoció
la caída de su ser, la dificultad de llegar a Él, y eso hace que, para comenzar
a creer, hay que haber comenzado ya… a creer.
Hay que ver claramente que
para la gran mayoría de los hombres Dios es primero exterior a nosotros, por
ser creador, mucho antes de la creación del hombre, de la inmensidad del
Universo, ¡mucho antes de que el hombre fuera! Sería pues exterior al hombre
por existir mucho antes de que él existiera, y sólo ese dios puede dar pie a
las objeciones de los despreciadores contemporáneos, como a los de toda época.
Es difícil comenzar a creer
en un misterio que nos rebasa infinitamente, y es que el hombre existía ya, al
menos en el pensamiento divino, mucho antes de su aparición en la tierra. Y no
hubo un momento en la vida eterna de Dios, si se puede hablar así, en que el
hombre estuviera ausente. ¡El hombre fue creado antes de ser creado! Su venida
y la de Jesucristo hecho hombre, no implica ningún cambio, ninguna innovación
en Dios.
¡Antes del advenimiento del
primer hombre sobre la tierra, no hay en Dios un momento infinitamente largo en
que el hombre estuviera ausente! Desde el comienzo de Dios, que no tiene
comienzo, el hombre con toda su historia, y Jesucristo con toda su historia que
constituye la verdadera historia del hombre, está presente, habiendo ya
realizado todo eternamente. Y eso converge con el pensamiento sobre la Trinidad divina, según el
cual todo lo que se realiza en ella y que en cierto modo constituye eternamente
el único verdadero Dios, todo eso se está realizando eternamente, y al mismo
tiempo está perfectamente realizado. (Bajo toda reserva, y a retomar).