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1ª parte de la 12ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.
Sobre el misterio de la Iglesia ya se dijo lo
esencial desde el comienzo. ¿En qué medida perciben lo esencial los hombres de
Iglesia? ¿Nos lo podemos preguntar?
La resurrección de Jesús sólo toma todo su sentido en el acontecimiento
de Pentecostés… ¡Saulo se hace Pablo al encontrar a Jesús bajo la forma de
Iglesia! y por eso se convierte en el gran teólogo de la Iglesia, cuyo carácter
místico y sacramental percibe inmediatamente. La revelación definitiva e
insuperable no puede ser separada de la persona de Jesús.
“Todo lo que sabemos de
Jesús lo sabemos por la Iglesia. Jesús
no escribió nada. Resurgió en el centro de la Historia después de su
crucifixión, gracias al testimonio que dio de Él la comunidad que salió de Él.
El Viernes Santo por la tarde, todo se acabó en el plano público, y para las
autoridades no hubo nada después. Evidentemente, si la comunidad resurge, si la
fe de los apóstoles renace – estaba enterrada en el sepulcro – es porque la resurrección introduce un acontecimiento
esencialmente nuevo. Cristo se apareció, vivo, vencedor de la muerte, y la
comunidad dispersada, desanimada, desesperada, resurgió, esperando la venida
del Espíritu Santo.
Es de notar que la
Resurrección es un
acontecimiento confidencial que tendrá por testigos a los amigos de Jesús,
aquellos que habían puesto en Él sus esperanzas, y a los que su muerte había
precipitado en la noche y encuentran en el Señor vivo todos los motivos de
esperar. Jesús no se presentó vivo a las autoridades que lo habían condenado, a
Caifás o a Pilatos o al Sanedrín. Eso habría sido inútil, como Jesús lo había
dado a entender en la parábola del rico y del pobre Lázaro (Lucas 16,31): “¡Si
no creen a Moisés y los profetas, no creerán aunque un muerto resucite!”
Entonces, en cierto modo, la
resurrección sigue siendo un misterio de fe, se dirige a aquellos para quienes podrá convertirse en acontecimiento
interior y en principio de resurrección personal.
La resurrección es un acontecimiento
confidencial, en
los límites de lo que acaba de expresar, y al mismo tiempo – y esto es
totalmente digno de ser notado – es un acontecimiento que no determina nada. ¡Los apóstoles no saben qué hacer con eso!
No cambia nada en su visión del mundo, no cambia nada en el color de sus
esperanzas, simplemente transfieren a Cristo resucitado las esperanzas que
habían fundado en Cristo antes de su muerte. En efecto, la última pregunta que
le hacen en la última conversación que nos cuenta el libro de los Hechos de los
Apóstoles, en el momento de la
Ascensión: “¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino a
favor de Israel?” (Hechos 1,6). ¡Si hubieran inventado la resurrección, no
sabrían qué hacer con ella! No les sirve para nada.
Por eso el acontecimiento de Pascua sólo es lisible
y toma todo su sentido en el acontecimiento de Pentecostés. El misterio en
suspenso que encontramos en los relatos de las apariciones va a dar toda la luz
al interiorizarse: los apóstoles ya no
ven a Cristo delante de ellos, lo ven adentro, se va a convertir –se
convierte con la efusión del Espíritu Santo – se convierte en principio
interior a ellos mismos. Y entonces saben qué hacer, y lo hacen.
Eso es precisamente lo que
cambia cambio con el relato de Pentecostés: toman inmediatamente la iniciativa,
se dirigen a la muchedumbre, la invitan a una adhesión personal a la Persona de Jesús, recibiendo
el Espíritu Santo para el perdón de los pecados. Ya no se trata del reino de
Israel, aunque de cierto modo el mensaje se dirige a los judíos en primer
lugar. Si Jesús, como dice Pedro, fue exaltado a la derecha de Dios, es con el
fin de dar la conversión a Israel y el perdón de los pecados. Por eso los primeros apóstoles, que son judíos
hasta la médula, que siguen practicando las observancias judías, no tienen
impresión de estar en ruptura con la sinagoga.
La sinagoga es más
perspicaz: las autoridades los observan, los convocan, los flagelan, los
encarcelan. A pesar de ello, la primera comunidad en sus primeros días no tiene
impresión de una ruptura, y es el gran enemigo, el enemigo genial, Saulo, Saulo
que se convierte en San Pablo, Saulo es el primero en darse cuenta con todo el
ardor de sus celos incompatibles de la nueva comunidad y la sinagoga. Y a
diferencia de la benevolencia de su maestro Gamaliel, Pablo, fogoso, intolerante como es, habiendo participado en el
martirio de Esteban, sueña con destruir esa comunidad rival de la sinagoga, y
ahogarla en el huevo. Vio con más claridad que todos los demás, en el ardor
mismo de sus celos.
Todo se va a transformar
radicalmente ya que Pablo también va a interiorizar su problema, también él va
a ser derribado por la gracia, transformado en un solo instante, arrojado en la
nueva economía – que es en efecto tan nueva que la otra economía queda superada
– y va a aprender en frente de Damasco, va a aprender quién es Jesús y quien es
la comunidad, en la identificación que es toda la teología de la Iglesia: “Yo soy Jesús al que tú persigues” (Hechos,
9,5). Los hombres y mujeres que quería encarcelar, que estaba listo a masacrar
hasta el último, viven de Alguien, de ese “Alguien” precisamente que comienza a
vivir en él y el poder que lo derriba, que se apodera de él, que lo libera
derribándolo con su luz, ese poder se va le a revelar precisamente como
idéntico con la comunidad que deseaba destruir.
Es pues en forma de
Iglesia como Saulo, hecho Pablo, encuentra a Jesús. Por eso se convierte en el
gran teólogo de la Iglesia,
cuyo carácter místico y sacramental percibe de inmediato. “Yo soy Jesús al que tú persigues”. Es una luz inmensa sobre la
revelación personal de Dios en el Verbo Encarnado. En efecto, la revelación definitiva e
insuperable que brota de la desapropiación radical
de la santa Humanidad de Nuestro Señor
por la subsistencia en el Verbo, esa revelación definitiva no puede ser separada de su persona. La revelación definitiva no será un discurso sobre Jesús, porque
estaríamos de nuevo prisioneros del lenguaje, que es siempre inadecuado para
expresar las realidades eternas, estaríamos además doblemente limitados ya que
un discurso sobre Jesús reflejaría lo que entendieron de Él los que de Él nos
hablarían.
La revelación, no es un discurso sobre Jesús, ni
tampoco un discurso de Jesús, ya que Jesús estaba condicionado por su
auditorio. Él mismo lo dijo: era necesario que hablara en parábolas para una
multitud que no podía comprender otra cosa, y a sus discípulos mismos les
recuerda, o mejor les repite, que son incapaces de comprender lo que tiene
todavía que decirles, y que el Espíritu santo les enseñaría la Verdad entera.
Entonces el discurso de
Jesús es incompleto, voluntariamente incompleto. Todavía no ha llegado la hora
de la plena luz que resultará de la efusión del Espíritu Santo. ¡La revelación no es ni un discurso
“sobre” Jesús ni un discurso “de” Jesús sino Jesús mismo! Jesús es la
Revelación, hasta el fin de los siglos, estará presente
para hacer surgir la luz de su historia, para interpretarse Él mismo, por medio
del misterio de la Iglesia,
y por eso La Iglesia
es Jesús.
Si la Iglesia es Jesús, es
inmediatamente claro que todo lo que no
es Jesús en la Iglesia
es sacramento de Jesús, es un signo que representa Su Presencia, y la
comunica, lo cual nos introduce inmediatamente en el misterio de la pobreza, lo cual sella inmediatamente el misterio de la Iglesia en la
desapropiación que brilla en el corazón de la Trinidad divina.
La misión de la Iglesia no puede ser sino
dimisión, dimisión total en (« de » en el texto) la Persona de Jesús, a tal punto que, si vivimos la Iglesia como un misterio de fe y bajo la luz del
Espíritu Santo, podemos decir que en la Iglesia siempre tratamos únicamente con Jesús”. (Continuará)