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Navidad: que Jesús nazca de
nuevo en nuestro corazón, ¡en la mayor pobreza! ¡Que el misterio de la pobreza
de Dios revelado en la noche de Navidad nos aparezca bajo una nueva luz en este
25 de diciembre de 2008! ¡Que Dios bendiga a todos los fieles visitantes de
este sitio: que gocen de salud, estén libres de todo mal, felices y en paz!
Continuación de la 12ª
conferencia de Timadeuc en abril de 1973.
Retoma: “Si la Iglesia es Jesús, es
inmediatamente claro que todo lo que no
es Jesús en la Iglesia
es sacramento de Jesús (1), es un signo que representa Su Presencia, y la
comunica, lo cual nos introduce inmediatamente en el misterio de la pobreza, lo cual sella inmediatamente el misterio de la Iglesia en la
desapropiación que brilla en el corazón de la Trinidad divina.
La misión de la Iglesia no puede ser sino
dimisión, dimisión total en (« de » en el texto) la Persona de Jesús, a tal punto que, si vivimos la Iglesia como un misterio de fe y bajo la luz del
Espíritu Santo, podemos decir que en la Iglesia siempre tratamos únicamente con Jesús”.
Continuación: “Es lo que
San Pablo indica en la epístola a los Corintios – en la primera – haciendo
alusión a las facciones que dividen la iglesia de Corinto: unos siguen a
Apolos, otros a Pablo, otros a Cefas, otros a Cristo: “¿Está Cristo dividido?
¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo? ¿Fue Pablo crucificado por vosotros?
¿Quién es Pablo? ¿Quién es Apolos? ¡Servidores, gracias a los cuales habéis
sido llevados a la fe en Cristo, conforme a la parte que el Señor le dio! (1
Cor. 1, 10 -16).
En el principio del
misterio de la Iglesia
hay pues una dimisión radical. Es el Sacramento inmenso en el cual y por el
cual Jesús permanece eternamente presente a la humanidad – al menos hasta el
fin de los siglos –. Y por eso la jerarquía es una jerarquía de dimisión. Y
mientras más crezca la jerarquía, más profunda y radical es la dimisión. Lo que
hace a la vez la grandeza de su autoridad y su poder liberador es que ella es
una dimisión total en Jesús.
Pablo reivindica con
firmeza su autoridad de Apóstol ante los gálatas: “¡Si yo mismo, o un ángel del
cielo, os anunciara otro Evangelio que el que yo os he anunciado, que sea
anatema!” (Galates 1, 8). Pero al mismo tiempo el creyente es totalmente libre,
precisamente porque a través de esa autoridad, sólo tiene que ver con Jesús.
Hay que vivir continuamente la
Iglesia como misterio de dimisión en la Persona de Jesús.
Además, la dimisión es
doble: hay la dimisión sacramental y la dimisión personal. La
dimisión sacramental es radical, absoluta. Pedro no es Pedro sino cuando no es
él mismo. Cuando quiere hacer lo que quiere, se vuelve Satán: “¡Lejos de mí,
Satanás!” En el Evangelio de San Mateo, capítulo 16, esto se dice unas líneas
después de la investidura que reconoce a Pedro como piedra sobre la cual se
edifica la Iglesia,
y como el guardián de las llaves del Reino de los Cielos.
La dimisión
sacramental la vivimos además nosotros, es la que nos hace sacerdotes. Somos sacerdotes en cuanto “no-yo”: “Esto es mi Cuerpo”, claro está, es
Jesús el que lo dice, a través de nuestros labios. “Te absuelvo de tus
pecados”, es evidente que es Jesús el que absuelve por nuestro ministerio. Ahí desaparecemos radicalmente, no
contamos absolutamente para nada. Dimisión sacramental que debe manifestarse –
o al menos expresarse – mediante una dimisión personal.
Pero la dimisión personal
no estará jamás en el mismo nivel que la dimisión sacramental. Dicho de otro
modo: nadie tendrá jamás ni la sabiduría, ni la santidad, ni la virtud de
Jesucristo. Y aunque el sacerdote esté llamado a poner de acuerdo su vida y su
misión, no hay que confundir una con la otra. “Si Pedro bautiza, dice San
Agustín, es Jesús el que bautiza! ¡Si Pablo bautiza, es Jesús el que bautiza!
¡Si Judas bautiza, es Cristo el que bautiza!” Sea cual fuere la dignidad o la
indignidad del ministro, es Cristo el que bautiza, y eso implica una consecuencia inmensa para la concepción del sacerdocio
y de la jerarquía y para la realización del sacerdocio. ¡Lo que motiva la
jerarquía, lo que constituye el fundamento de la jerarquía, lo que nos hace
comprender su institución, es precisamente que se trata de dar a Cristo en
persona! No se trata de comentarios sobre Cristo, no se trata de exhortaciones
para ir a Cristo, se trata de Jesús en persona.
Cuando se proclamó la
infalibilidad pontificia en 1870 en el primer Concilio Vaticano, y que se llevó
al papa en triunfo gritando: “¡Viva el Papa infalible!”, no se pensaba que era
la suprema dimisión. Era como decirle: “¡No eres nada, estrictamente nada! ¡No
es tu palabra lo que escuchamos, porque no es tu palabra sino la de Él! ¡Ante
esa Palabra, en tu vida personal tú eres un fiel como nosotros! Como nosotros,
tú la comprendes en la fe, y menos que nosotros, si estás menos comprometido en
una vida crística! ¡Lo que aprendemos en esta proclamación de la infalibilidad pontificia es tu dimisión
absoluta en la Persona
de Jesucristo!”
Y sucede lo mismo con el
poder sacramental y su eficacia intrínseca. Si el sacramento obra “ex opere
operato”, eso quiere decir precisamente que Jesús es el santificador, que Él es
el autor del sacramento, que Él es quien confiere la gracia como confiere su
presencia, y que el sacerdote, el ministro – que además es sacerdote para los
demás y no para sí mismo – que el
ministro, que en su propia vida es un fiel como los demás, eso quiere decir
que él sólo es un signo, un sacramento de la presencia de Jesucristo, que está
encargado de comunicar. Y esto tiene una grande importancia hoy cuando el
sacerdote pone en duda su vocación, se pregunta por qué es sacerdote, y está
tentado precisamente de dedicarse a un trabajo cualquiera, de abandonar caca
vez más su ministerio propiamente sacerdotal como si no tuviera sentido, como
si se tratara sólo de una herencia de ideas anticuadas que ya no son de
actualidad. ¡Y no! Lo que el sacerdote tiene que dar, lo que la jerarquía tiene
que comunicar y que no depende de ninguna santidad personal ni de ningún
carisma, es precisamente ese poder. Es decir, lo que tiene que dar, es Jesús en
persona”. (Continuará)
Notae (1) (ballbuceos). Es
sin duda un poco difícil de entender lo que Zundel quiere decirnos aquí. La Iglesia es una realidad
mística, al mismo tiempo que una realidad sacramental en el sentido más amplio
de la palabra. Lo que se dijo ayer: “Pablo se convierte en el gran teólogo de la Iglesia, cuyo carácter
místico y sacramental percibe inmediatamente”.
La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, y
es también su signo sacramental. Todo en ella es, o debería ser signo de Cristo,
lo más legible posible. Y eso plantea inmediatamente la cuestión infinitamente
delicada y difícil de las “pompas” romanas que hacen parte de la historia,
ahora desde hace siglos. Tanto que algunos (entre otros Efraín, fundador de la
comunidad de las Bienaventuranzas) llegan a pensar que un día la Iglesia será trasladada de
Roma a Jerusalén.
Se habla quizá demasiado
fácilmente del Cuerpo místico, muy difícil de representar, sin hablar al mismo
tiempo del carácter sacramental de la Iglesia.
De hecho la
Iglesia no se hace Cuerpo místico de Cristo sino cuando
aparece como signo de Jesucristo.
“Todo lo que no es Jesús en
la Iglesia es
sacramento de Jesús”. ¿Qué quiere decir eso? ¡No se puede decir que toda la
historia de la Iglesia,
especialmente en sus épocas más oscuras, haya sido sacramento de Jesús en la Iglesia! Evidentemente,
muchas “cosas” que no son Jesús en la Iglesia no son en modo alguno sacramento de
Jesús.
Pero Zundel piensa aquí en
muchas “cosas” de la Iglesia
que tampoco son Jesús, pero que pueden ser como sacramentos de Jesús. Se trata
de todo lo que no está en el orden de los 7 sacramentos. En el santuario de
Lourdes tales “cosas” son especialmente numerosas, pero pueden serlo también en
todas partes en la Iglesia
(peregrinaciones, procesiones, ¡la pompa romana inclusive cuya belleza puede, a
su manera, salvar al mundo!...)
La dificultad viene de que
Zundel emplea aquí la palabra “sacramental” como signo sagrado, y no se refiere
entonces a los 7 sacramentos propiamente tales.