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27 12 2008. La Iglesia es un misterio de fe a la luz de la llama de Amor.

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En la fiesta de San Juan.

Final de la 12ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

Retoma: “Lo que el sacerdote tiene que dar, lo que la jerarquía tiene que comunicar... es Jesús en persona”.

Continuación: “Toda alma cristiana tiene pues el privilegio y la gracia de confrontarse con el Señor en persona, el cual vivificar la palabra escuchada y proclamada, y fecunda los signos sacramentales en la persona que los recibe, haciendo surgir justamente en el fondo del hombre una vida divina, mediante una desapropiación cada vez más profunda.

Entonces la palabras se convierten en Alguien, el dogma es una eucaristía de verdad, la palabra neotestamentaria es una eucaristía de verdad: es “Alguien”, es la Palabra Única, que es el Verbo de Dios, y reduciendo todas esas palabras a la Palabra única que es Jesús, va a consumir los límites del lenguaje para arrojarnos en el horno de la eterna Trinidad.

La jerarquía es una jerarquía de dimisión, no crea en la Iglesia dos clases, como si hubiera los clérigos por una parte y los laicos por otra. Justamente la jerarquía, el sacerdote, desaparece totalmente en el Yo de Cristo que es el foco de todas nuestras libertades. Y el fiel – y todos, en nuestra vida personal, somos fieles – el fiel sólo trata con la presencia personal del Señor. Y cada uno además – cada uno – teniendo así una relación personal con Jesús, se convierte en la Iglesia.

La sociología sacramental realiza eminentemente la sociología interpersonal que evocaba yo anoche. La Iglesia está toda entera en cada uno, cada uno recibe a Cristo en persona que es la Vida de toda la Iglesia, cada uno lleva la Iglesia entera, cada uno es responsable de ella, cada uno es sacerdote como miembro del cuerpo místico que es el Cuerpo del Señor.

Esto implica que el sacerdocio ministerial tiene razón de ser, indispensable, precisamente para dar a Cristo en persona. Esa es, claro está una visión de fe: la Iglesia es un misterio de fe a la luz de la llama de amor (1), y la descubrimos en su santidad, en su pureza inmaculada, sin mancha ni arruga, como Jesús la quiere, cuando la abrazamos y la vivimos como puro sacramento.

Santa Catalina de Siena, que vivía en uno de los períodos más oscuros de la historia de la Iglesia, Santa Catalina de Siena, que vomitó los descarríos de la corte de Aviñón, que la estigmatizó como la “Gran Babilonia”, Sana Catalina de Siena que forzó en cierto modo a Gregorio XI a volver a Roma, Santa Catalina de Siena que defendió con todas sus fuerzas al sucesor italiano de Gregorio XI, Urbano VI que leía su breviario ¡mientras torturaba cardenales! Eso no impedía que Santa Catalina de Siena se dirigiera al Papa como “Il dolce mio Cristo in terra” ¡Mi dulce Cristo en la Tierra! Nadie vio mejor, nadie expresó mejor en su “Diálogo” la situación catastrófica de la Iglesia, pero nadie la amó con una ternura, con un amor más apasionado, precisamente porque a la mirada de la fe, ella no veía sino el Rostro de Jesús.

No se trata pues de abandonar la Iglesia a una democracia en que cada uno decide lo que quiere creer o lo que está dispuesto a hacer. No se trata pues tampoco de entregarla a una especie de abundancia carismática. Basta releer la primera a los Corintios para saber a qué anarquía pueden llevar los carismas: gente que habla en lenguas, profetas que se levantan y se sientan… San Pablo con su autoridad apostólica tiene la última palabra: la última palabra la tiene la autoridad apostólica, justamente la autoridad que está en estado de dimisión suprema. No se trata solamente de que a la jerarquía le falta testimonio, sino que justamente manifiesta cada vez más que está en estado de dimisión, para que toda la Iglesia aprenda que está en estado de dimisión, que el sello del cristianismo es la desapropiación, la cual es el misterio de la Vida intradivina.

Podemos pues amar la Iglesia y dar toda nuestra fe a su palabra, y dar toda nuestra fe a la jerarquía, porque no es a ella que la damos, porque es Jesús el que sigue siendo el único Señor. Y puesto que somos de Iglesia, puesto que tenemos también la misión de dar a Jesús en persona, no podemos sino sumergirnos en una dimisión tanto más rigurosa cuanto que, por la ordenación, hemos renunciado radicalmente a nosotros mismos.

Supliquemos a la Santísima Virgen que nos introduzca en la alegría de la Pobreza divina, , escuchando con Saulo transformado en Pablo, la Palabra que nos libera del hombre para siempre, y que nos enraíza en Cristo para siempre: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.

 

Nota (1) En la Iglesia la fe nos empuja a dejarnos iluminar, aclarar, por la llama de Amor del Dios Trinidad, lo cual sólo puede hacerse en la medida en que respondamos al Amor divino, amando como se ama en el Dios Trino, por la desapropiación y la dimisión de sí mismo.

Porque la relación del hombre con Cristo en la Iglesia es exactamente la misma que la relación eterna del Hijo con el Pare y del Padre con el Hijo en la Trinidad divina. Es una relación de pobreza, una relación de desapropiación. Y la relación del hombre con Cristo en la Iglesia es siempre al mismo tiempo relación con Cristo Y relación con cada uno de sus miembros en la humanidad entera.

 

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