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1ª parte de la 13ª conferencia
de Timadeuc abril de 1973.
“Entre el 4° y el 6° siglo,
el monaquismo se transformó en un organismo, o mejor, en un sacramento
eclesial. Desde el siglo 2° y 3° se conocían movimientos de consagración bajo
forma de grupos de continentes o de vírgenes que cantaban salmos, pero era por
iniciativa personal y sin que los grupos fueran considerados como organismos o
sacramentos de la Iglesia. Lo
que es nuevo y capital en la organización es que el monaquismo se constituyó como una especie de síntesis entre el
sacerdocio universal de toda la
Iglesia y el sacerdocio ministerial.
Eso quiere decir que el
monaquismo se convirtió en uno de los aspectos de la misión apostólica, eso
quiere decir que la consagración de toda la vida al Señor, considerada como el
Absoluto al que uno desea darlo todo, la consagración integral afirma la
suficiencia plena de Dios para colmar la mente y el corazón humano, y esta forma
de consagración es finalmente la vocación bautismal de todo cristiano: todo cristiano debe llegar a hacer de Dios
su Absoluto, a hacer de toda su vida una ofrenda y una consagración.
Pero el compromiso
implícito, que se va a manifestar a través de todas las circunstancias de la
vida, sufre naturalmente enormes dificultades, ya que las circunstancias en que
se mueve la vida de la mayoría de los cristianos no son favorables al
desarrollo de una vida absolutamente consagrada a Dios. La vida monástica busca
realizar, creando circunstancias favorables y ordenando toda la vida
explícitamente a Dios – la vida monástica busca realizar precisamente la
plenitud que se enraíza en la vocación de todo bautizado.
Pero al asumir esa forma de
vida, al consagrarla, al oficializarla, puedo decir utilizando un término muy
inadecuado, en fin, al reconocer la vida monástica como uno de los aspectos
esenciales de su vida, al rodearla con una consagración litúrgica, la
Iglesia justamente
llamó el monaquismo a realizar la síntesis entre el sacerdocio universal y el
sacerdocio ministerial, es decir que el monje está siempre en misión
apostólica, cualquier cosa que haga: que beba, coma o duerma, que esté en el
trabajo o en el Oficio, siempre está “enviado”, está siempre situado en la luz
de la misión apostólica, está siempre realizando una liturgia.
En la santa Regla, como
ustedes recuerdan, San Benito pide “que sean tratados los instrumentos del
monasterio como vasos sagrados”.Entonces en el trabajo estamos como en la Iglesia, siempre haciendo liturgia. Eso da a
toda la vida, desde la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, un
aspecto rigurosamente cristocéntrico. Para el monje, no se trata solamente de
santificarse y de hacer lo mejor que pueda por triunfar de su “yo” posesivo, él
está siempre en el campo de la
Iglesia, enviado para santificar en él la vida cristiana,
para mostrar su autenticidad y su fecundidad, pero justamente con la gracia de
misión apostólica que da a su obediencia el carácter de una ordenación.
Cuando el Obispo envía al
sacerdote, le confiere justamente una misión apostólica, y no puede realizar
nada en la Iglesia
sin esa misión, como lo recordaba San Ignacio de Antioquia: “No hay Eucaristía
válida sin el Obispo – o si no es presidida al menos por un delegado del obispo”.
En la Iglesia todo depende de la misión porque
justamente, toda la vida de la
Iglesia es dimisión. La iniciativa la tiene siempre
Cristo que envía, y la fecundidad de la
misión resulta precisamente de la gracia de Cristo que pasa a través de la
dimisión.
Pues bien, el monje, como el sacerdote, es enviado
por el obispo; sea o no sacerdote, es enviado y desde la mañana hasta la tarde,
haga lo que hiciere y esté donde esté, ejerce una misión apostólica. Su obediencia tiene pues un carácter
particular: un carácter rigurosamente
sacramental. No se trata simplemente de conformarse con un orden
indispensable a la existencia de una sociedad de la cual la anarquía es el
enemigo número uno, la obediencia monástica tiene raíces infinitamente más
profundas, ya que justamente, la vida del
monje es misión apostólica continua, continua liturgia.
Un monje ilustraba eso de
manera pintoresca diciéndome: “tengo tanta devoción comiendo mi sopa como
celebrando la Eucaristía”.
Era una manera de decir que en el refectorio estaba a la mesa del Señor, como
en la Santa Liturgia,
y que estando ahí en compañía del Señor, y donde el Señor lo quería
precisamente en ese momento, entraba con el mismo espíritu de la santa liturgia
en la comida que era para él la
Cena del Señor.
Y una religiosa benedictina
que me parecía llegar a la cumbre de la santidad me decía recientemente, con
todo lo que esas palabras tienen de compromiso: “¡Yo no tengo vida privada! ¡Yo
no tengo vida privada! No vine acá para tener una vida privada, ¡no tengo vida
privada!” – Toda su vida está pues dada, consagrada, ya entre en su trabajo ya
en sus sufrimientos – que no se le ahorran – como en una misión apostólica. Esa me parece ser la verdadera manera de
situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia: síntesis del
sacerdocio universal y del sacerdocio ministerial, bajo una obediencia
apostólica, en que la obediencia consiste en recibir la misión de Cristo por
realizar en el campo de la Santa Iglesia”.
(Continuará).