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28/12/08. La verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia.

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1ª parte de la 13ª conferencia de Timadeuc abril de 1973.

“Entre el 4° y el 6° siglo, el monaquismo se transformó en un organismo, o mejor, en un sacramento eclesial. Desde el siglo 2° y 3° se conocían movimientos de consagración bajo forma de grupos de continentes o de vírgenes que cantaban salmos, pero era por iniciativa personal y sin que los grupos fueran considerados como organismos o sacramentos de la Iglesia. Lo que es nuevo y capital en la organización es que el monaquismo se constituyó como una especie de síntesis entre el sacerdocio universal de toda la Iglesia y el sacerdocio ministerial.

Eso quiere decir que el monaquismo se convirtió en uno de los aspectos de la misión apostólica, eso quiere decir que la consagración de toda la vida al Señor, considerada como el Absoluto al que uno desea darlo todo, la consagración integral afirma la suficiencia plena de Dios para colmar la mente y el corazón humano, y esta forma de consagración es finalmente la vocación bautismal de todo cristiano: todo cristiano debe llegar a hacer de Dios su Absoluto, a hacer de toda su vida una ofrenda y una consagración.

Pero el compromiso implícito, que se va a manifestar a través de todas las circunstancias de la vida, sufre naturalmente enormes dificultades, ya que las circunstancias en que se mueve la vida de la mayoría de los cristianos no son favorables al desarrollo de una vida absolutamente consagrada a Dios. La vida monástica busca realizar, creando circunstancias favorables y ordenando toda la vida explícitamente a Dios – la vida monástica busca realizar precisamente la plenitud que se enraíza en la vocación de todo bautizado.

Pero al asumir esa forma de vida, al consagrarla, al oficializarla, puedo decir utilizando un término muy inadecuado, en fin, al reconocer la vida monástica como uno de los aspectos esenciales de su vida, al rodearla con una consagración litúrgica, la Iglesia justamente llamó el monaquismo a realizar la síntesis entre el sacerdocio universal y el sacerdocio ministerial, es decir que el monje está siempre en misión apostólica, cualquier cosa que haga: que beba, coma o duerma, que esté en el trabajo o en el Oficio, siempre está “enviado”, está siempre situado en la luz de la misión apostólica, está siempre realizando una liturgia.

En la santa Regla, como ustedes recuerdan, San Benito pide “que sean tratados los instrumentos del monasterio como vasos sagrados”.Entonces en el trabajo estamos como en la Iglesia, siempre haciendo liturgia. Eso da a toda la vida, desde la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, un aspecto rigurosamente cristocéntrico. Para el monje, no se trata solamente de santificarse y de hacer lo mejor que pueda por triunfar de su “yo” posesivo, él está siempre en el campo de la Iglesia, enviado para santificar en él la vida cristiana, para mostrar su autenticidad y su fecundidad, pero justamente con la gracia de misión apostólica que da a su obediencia el carácter de una ordenación.

Cuando el Obispo envía al sacerdote, le confiere justamente una misión apostólica, y no puede realizar nada en la Iglesia sin esa misión, como lo recordaba San Ignacio de Antioquia: “No hay Eucaristía válida sin el Obispo – o si no es presidida al menos por un delegado del obispo”. En la Iglesia todo depende de la misión porque justamente, toda la vida de la Iglesia es dimisión. La iniciativa la tiene siempre Cristo que envía, y la fecundidad de la misión resulta precisamente de la gracia de Cristo que pasa a través de la dimisión.

Pues bien, el monje, como el sacerdote, es enviado por el obispo; sea o no sacerdote, es enviado y desde la mañana hasta la tarde, haga lo que hiciere y esté donde esté, ejerce una misión apostólica. Su obediencia tiene pues un carácter particular: un carácter rigurosamente sacramental. No se trata simplemente de conformarse con un orden indispensable a la existencia de una sociedad de la cual la anarquía es el enemigo número uno, la obediencia monástica tiene raíces infinitamente más profundas, ya que justamente, la vida del monje es misión apostólica continua, continua liturgia.

Un monje ilustraba eso de manera pintoresca diciéndome: “tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la Eucaristía”. Era una manera de decir que en el refectorio estaba a la mesa del Señor, como en la Santa Liturgia, y que estando ahí en compañía del Señor, y donde el Señor lo quería precisamente en ese momento, entraba con el mismo espíritu de la santa liturgia en la comida que era para él la Cena del Señor.

Y una religiosa benedictina que me parecía llegar a la cumbre de la santidad me decía recientemente, con todo lo que esas palabras tienen de compromiso: “¡Yo no tengo vida privada! ¡Yo no tengo vida privada! No vine acá para tener una vida privada, ¡no tengo vida privada!” – Toda su vida está pues dada, consagrada, ya entre en su trabajo ya en sus sufrimientos – que no se le ahorran – como en una misión apostólica. Esa me parece ser la verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia: síntesis del sacerdocio universal y del sacerdocio ministerial, bajo una obediencia apostólica, en que la obediencia consiste en recibir la misión de Cristo por realizar en el campo de la Santa Iglesia”. (Continuará).

 

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