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29 12 2008. Continuación de la 13ª conferencia de Timadeuc en abril de 1973.

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Retoma: “Esa me parece ser la verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia: síntesis del sacerdocio universal y del sacerdocio ministerial, bajo una obediencia apostólica, en que la obediencia consiste en recibir la misión de Cristo por realizar en el campo de la Santa Iglesia”.

Continuación: “Evidentemente, una vida monástica vivida bajo esta luz supone una vida de fe continuamente alerta. Supone, si quieren, una mirada totalmente interior, que se une a cada instante a la presencia del Señor, y supone entonces un silencio continuo, el silencio mismo en que acallamos en nosotros todos los ruidos, para convertirnos, o poder oír “la música callada” que es el Dios vivo, y eso es evidentemente lo que buscamos en los monasterios: en primer lugar, el silencio, ¡el silencio! Es necesario que respiremos el silencio, desde el sótano hasta el granero, es necesario escuchar el silencio como presencia, como vida.

Recuerdo cuando era capellán de las benedictinas de la Rue Monsieur en París, cómo acudían los escritores, los artistas, venidos de todos los horizontes, a esa capilla sin belleza, en que un centenar de religiosas exhalaban justamente el misterio del silencio. Lo que venían a buscar era justamente eso, el silencio, no como consigna, sino el silencio como vida, el silencio como presencia, el silencio como espacio donde respira la libertad.

Un monasterio donde ya no hay silencio está perdido, ¡perdido! ¡Ya no tiene nada que dar! Porque solo el silencio, el silencio de todo el ser puede llevar a la liberación de sí mismo en que el “yo” posesivo se transforma en “yo” oblativo, en que se llega al enraizamiento de la vida en el Corazón de Dios. El silencio es capital. Es tanto más necesario cuanto más viva sea la controversia, cuanto más difundidos estén los comadreos, cuanto más se apodere del mundo la “sesionitis”, es tanto más necesario volver al silencio.

Nada es más peligroso en efecto para el cristiano que prevalerse de la perfección del Evangelio: todo está tan bien dicho, todo tan bien expresado en los libros, y hay todo un andamiaje de perfección que se puede desarrollar conceptualmente, y que se encuentra impreso en numerosas obras. Es fácil apoderarse de las palabras para creer que las vivimos, y repetirlas como si las viviéramos, ¡pero eso es perfectamente estéril! ¡Sólo la vida engendra vida! ¡Si las palabras no son presencias, si no son personas, si no son sacramentos, son inertes y no hacen sino propagar la ilusión!

Es pues indispensable rodear la vida monástica de un silencio riguroso. Es necesario que todos los que se acercan del monasterio se lleven el llamado al silencio que es el más alto llamado a la liberación. Porque en fin, ¿qué queremos? Si verdaderamente Dios es Trinidad, si es desapropiación, si es libertad, si es la transparencia del eterno Amor, si se comunica a nosotros para que nuestra vida adquiera una dimensión infinita, si cada uno de nosotros está llamado a ser centro del mundo, llevando al mundo un fermento de liberación, es necesario que hagamos el vacío en nosotros llegando hasta la raíz de nosotros mismos.

No se trata de abrirnos al mundo, sino de abrir el mundo a Dios, de abrir el mundo a Dios, siendo nosotros mismos sacramento de esa presencia. El silencio, claro está, es difícil, justamente porque los niveles de nuestro ser son innumerables. Mientras no vayamos hasta el fondo del fondo, hasta alcanzar la raíz en que el ser se hunde en el Corazón de Dios, es necesario un despojamiento, un despojamiento, un despojamiento ilimitado, tanto más cuando que tenemos que ordenar el inconsciente el cual se alimenta justamente, y se expresa en nosotros por el “yo” posesivo”. (Continuará)

 

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