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Retoma: “Esa me parece ser
la verdadera manera de situar la vida monástica en el misterio de la Iglesia: síntesis del
sacerdocio universal y del sacerdocio ministerial, bajo una obediencia
apostólica, en que la obediencia consiste en recibir la misión de Cristo por
realizar en el campo de la Santa Iglesia”.
Continuación: “Evidentemente,
una vida monástica vivida bajo esta luz supone una vida de fe continuamente
alerta. Supone, si quieren, una
mirada totalmente interior, que se une a cada instante a la presencia del
Señor, y supone entonces un silencio continuo, el silencio mismo en que
acallamos en nosotros todos los ruidos, para convertirnos, o poder oír “la
música callada” que es el Dios vivo, y eso es evidentemente lo que buscamos en los monasterios: en
primer lugar, el silencio, ¡el silencio! Es necesario que respiremos el
silencio, desde el sótano hasta el granero, es necesario escuchar el silencio
como presencia, como vida.
Recuerdo cuando era
capellán de las benedictinas de la Rue
Monsieur en París, cómo acudían los escritores, los artistas,
venidos de todos los horizontes, a esa capilla sin belleza, en que un centenar
de religiosas exhalaban justamente el misterio del silencio. Lo que venían a
buscar era justamente eso, el silencio, no como consigna, sino el silencio como vida, el silencio como
presencia, el silencio como espacio donde respira la libertad.
Un monasterio donde ya no
hay silencio está perdido, ¡perdido! ¡Ya no tiene nada que dar! Porque solo el silencio, el silencio de todo el
ser puede llevar a la liberación de sí
mismo en que el “yo” posesivo se transforma en “yo” oblativo, en que se
llega al enraizamiento de la vida en el Corazón de Dios. El silencio es capital.
Es tanto más necesario cuanto más viva sea la controversia, cuanto más
difundidos estén los comadreos, cuanto más se apodere del mundo la
“sesionitis”, es tanto más necesario volver al silencio.
Nada es más peligroso en
efecto para el cristiano que prevalerse de la perfección del Evangelio: todo está tan bien dicho,
todo tan bien expresado en los libros, y hay todo un andamiaje de perfección que se puede desarrollar conceptualmente,
y que se encuentra impreso en numerosas obras. Es fácil apoderarse de las
palabras para creer que las vivimos, y repetirlas como si las viviéramos, ¡pero
eso es perfectamente estéril! ¡Sólo la
vida engendra vida! ¡Si las palabras no son presencias, si no son personas,
si no son sacramentos, son inertes y no hacen sino propagar la ilusión!
Es pues indispensable
rodear la vida monástica de un silencio riguroso. Es necesario que todos los
que se acercan del monasterio se lleven el llamado al silencio que es el más
alto llamado a la liberación. Porque en fin, ¿qué queremos? Si verdaderamente Dios es Trinidad, si
es desapropiación, si es libertad, si es la transparencia del eterno Amor, si
se comunica a nosotros para que nuestra vida adquiera una dimensión infinita, si cada uno de nosotros está llamado a ser
centro del mundo, llevando al mundo un fermento de liberación, es necesario que
hagamos el vacío en nosotros llegando hasta la raíz de nosotros mismos.
No se trata de abrirnos al
mundo, sino de abrir el mundo a Dios, de abrir el mundo a Dios, siendo nosotros
mismos sacramento de esa presencia. El silencio, claro está, es difícil,
justamente porque los niveles de nuestro ser son innumerables. Mientras no
vayamos hasta el fondo del fondo, hasta alcanzar la raíz en que el ser se hunde
en el Corazón de Dios, es necesario un
despojamiento, un despojamiento, un despojamiento ilimitado, tanto más cuando
que tenemos que ordenar el inconsciente el cual se alimenta justamente, y
se expresa en nosotros por el “yo” posesivo”. (Continuará)