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30/12/2008. Evangelización del inconsciente...

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Fin de la 13ª conferencia de Timadeuc, en abril de 1973.

Evangelización del inconsciente. Necesidad de orientarlo y para ello el silencio es indispensable. La liturgia de hoy (innovada desde hacía poco tiempo) se dirige sobre todo al intelecto, a la razón...

Retoma: “No se trata de abrirnos al mundo, sino de abrir el mundo a Dios, de abrir el mundo a Dios, siendo nosotros sacramento vivo de su presencia. El silencio, claro está, es difícil, justamente porque los niveles de nuestro ser son innumerables. Mientras no vayamos hasta el fondo del fondo, hasta alcanzar la raíz en que el ser se hunde en el Corazón de Dios, es necesario un despojamiento, un despojamiento, un despojamiento ilimitado, tanto más cuando que tenemos que ordenar el inconsciente el cual se alimenta justamente, y se expresa en nosotros por el “yo” posesivo”.

Continuación: “¿De dónde viene el poder del "yo" posesivo, sino del océano cósmico que constituye nuestro inconsciente? Cuando me interrogo sobre la evolución del universo, la evolución de la vida, me parece que la encuentro ahí, en el inconsciente.

Todas las formas de la vida, todas sus pulsiones, toda su efervescencia, gravitan en el fondo de nosotros mismos. Y si el príncipe de este mundo está actuando, es justamente a través del inconsciente; ahí tiene a su disposición una multitud de imágenes y sobre todo de dinamismos innumerables, para hacer presión sobre nosotros haciéndonos creer que somos nosotros, que de nosotros viene todo eso, que es verdaderamente expresión de lo más profundo y más auténtico que tenemos.

El silencio es indispensable, quiero decir el silencio de vida, para ordenar el inconsciente. ¡Inmenso problema! Podemos darnos cuenta de ello con un ejemplo que ilustra admirablemente la dificultad de llegar al fondo de sí mismo. Se trata del Diario de una esquizofrénica. La autora del Diario se llama convencionalmente “Renata” es una niñita, que a los tres meses sufre de gastritis, mal diagnosticada además, el médico se equivoca, ordena cortar la leche con agua, y la reduce finalmente a beber agua. La niña se deteriora de manera evidente, y llega una abuela que dice: “¡Esta niña está muriendo de hambre!” Efectivamente, comprende que el tratamiento es totalmente contraindicado, se lleva a la niña a su casa, la alimenta, la cuida hasta la edad de 11 meses, cuando debe devolverla a su familia, a sus papás.

El papá, que es un imbécil, se burla de la niña, simula devorar a la mamá delante de la niña. Ella crece en condiciones extremamente difíciles ya que el papá abandona el hogar, dejándolo en la pobreza más extrema. La mamá hace lo mejor que puede con extrema dignidad para criar los cinco hijos, de los que la mayor es Renata. A la edad de 5 años, Renata tiene dificultades de orientación, el mundo se deshace, ¡ella se encuentra en un mundo desértico, mineral, hostil! Como es aterrorizada por la mamá que le pide siempre – por ser la mayor – que trabaje, que dé sus juguetes a sus hermanitas, ella no se abre a nadie, guarda para sí misma sus profundas perturbaciones, las cuales se van a acentuar en el momento de la adolescencia, cuando experimenta de nuevo al desorientación profunda que le da pánico, se detiene en medio de la calle, arriesgando hacerse atropellar, suplica a sus compañeras que la acompañen a casa, sin revelarles sus terrores, y finalmente, como la familia es pobre, no puede terminar sus estudios secundarios y la ponen a trabajar, y ahí es cuando redoblan sus fantasmas que se convierten en fantasmas de agresividad que se vuelven contra ella misma, con la orden de destruirse, y de destruirse por el fuego.

Ella resiste lo mejor que puede a tales órdenes terminantes, quiere absolutamente permanecer en el mundo de la gente normal, pero un día eso es más fuerte que ella, y pone su mano derecha en carbones encendidos. Su jefe de oficina la sorprende en esa actitud, lo señala al consejo público de higiene mental, y finalmente vienen a detenerla, o mejor vienen para internarla de oficio.

Una psicoanalista, que va a jugar un papel eminente en el resto de su vida, acogió la joven, y ese día precisamente se encuentra en casa. Cuando la psicoanalista llega a saber que la quieren internar de oficio, impide el internamiento y coloca la niña en una clínica donde su enfermedad se transforma en un autismo absoluto. Se encierra en sí misma, en un mutismo riguroso, rehúsa alimentarse, busca todas las ocasiones de suicidarse, pues lleva en sí misma una prohibición de vivir. Yo la vi además en esa época, vi cuando una vez que trató de suicidarse arrojándose por la ventana.

En ese marasmo que parecía sin salida, había un detalle curioso y sorprendente. Aunque la joven – pues era ya una joven, una señorita –rehusaba absolutamente alimentarse, aceptaba comer manzanas, a condición de poderlas coger del árbol: “manzanas vivas”, como dirá ella un día: “las manzanas de mamá”. Eso provocaba naturalmente incidentes con las campesinas del vecindario que no comprendían el sentido de tal merodeo. Finalmente, un día en que hace una fuga, la habían vuelto a traer y le habían cambiado la enfermera, hizo otra fuga que afortunadamente la llevó donde la psicoanalista, donde habló justamente de las “manzanas de mamá”, mostrando con un gesto los senos de la psicoanalista.

La psicoanalista, que estaba al corriente de este discernimiento, es decir que ella rehusaba todas las manzanas que le traían del mercado pero podía comer las que cogía del árbol, comprendió la relación entre el seno y la manzana. Adivinó que había habido una perturbación de destete, muy primitiva, y le dio un casco de manzana a la joven que apoyaba la cabeza contra su hombro, diciendo: “Es hora de beber la buena leche de las manzanas de mamá, mamá misma se la va a dar a su pequeña Renata”. Le dio, pues, simbólicamente el seno con cascos de manzana. Fue la curación instantánea, instantánea, y la joven volvió a la normalidad.

La psicoanalista había dado en el clavo. Creyó que la victoria estaba ganada, la hizo sentar a la mesa como todo el mundo y la trató con cierta severidad, y la joven volvió a caer en un estado peor que antes. Pero había descubierto el camino, es decir la realización simbólica con la manzana, a la cual se añadieron un tigre y un simio en peluche, un bebé en estopa y la dulce penumbra verde de una pieza protegida contra el ruido donde la enferma encontraba el paraíso del estado prenatal a que aspiraba. Si la curación definitiva pudo realizarse finalmente, fue con larga paciencia, intuición muy segura e inmenso amor. Y la curación fue tan completa además, que la joven misma pudo escribir el “Diario de una psicoanalista”, y practica ahora el psicoanálisis en beneficio de los demás.

Ahí tenemos pues un ejemplo extremamente instructivo en que podemos ver el traumatismo, una herida psíquica grabada a los tres meses y sentida por el inconsciente como un rechazo de la madre. En esta niña que había sido sometida al hambre, por orden médica, el inconsciente había grabado la situación como la madre que había rehusado alimentarla, la madre que la había sometido al hambre, la madre que le prohibía vivir, y entonces llevaba en sí misma la prohibición de vivir que la había perseguido durante toda la vida, hasta la identificación de la manzana con el seno la cual le permitió volver al comienzo, lo cual habría sido imposible justamente si el símbolo no hubiera sido comprendido y no hubiera abierto el camino a un diálogo con el inconsciente.

Hay pues profundidades en nosotros: todos llevamos un inconsciente, no sabemos qué es, no sabemos cuáles son los traumas infantiles si los hubo, ya que vemos esta joven que ignoraba totalmente el origen de su mal, que la psicoanalista sólo pudo descubrir gracias al feliz concurso de circunstancias. Pero lo que sabemos es que tenemos que orientar el inconsciente, y que es entonces necesario que nuestro silencio llegue hasta allá.

Desde luego, el silencio puede ser favorecido y debería serlo precisamente por realizaciones simbólicas. Porque el inconsciente no comprende otro lenguaje, todo discurso fracasa; a la razón se le puede hablar con lógica, se le puede demostrar algo, se le puede ilustrar con ejemplos adecuados, pero para llegar al inconsciente se necesita una imagen, se necesita el ritmo, la música, se necesitan las correspondencias de que habla Beaudelaire en “El soneto de las correspondencias”, se necesita “yo no se qué” a través del universo sensible, que sugiere una presencia que penetra hasta el fondo y que el inconsciente reconozca como su bien. Porque, para que las pasiones sean ordenadas, es necesario que reconozcan “el” bien como su bien. Todo el ruido debe convertirse en música, pero justamente, hay que descubrir el ritmo apropiado para hacer música todo ese ruido.

Si participan en una liturgia rusa en la calle Daru en París o en la Iglesia rusa de Jerusalén, si participan en una liturgia rusa o bizantina (yo tuve el privilegio de celebrar en rito bizantino cuando tuve la ocasión), ¡es toda una belleza! ¡Hay sólo sinfonía! Es rica, matizada, variada, gestual, procesional, un velo que se corre y se cierra, todo eso impresiona, penetra el inconsciente, aunque no entendamos nada de la lengua. Uno se impresiona porque justamente las realizaciones simbólicas calman y ordenan el inconsciente.

¿Es que la liturgia actual hace eso? Parece dirigirse mucho más al intelecto, a la razón, y parece que hemos perdido completamente de vista que era necesario evangelizar el inconsciente. Es capital. Si no se evangeliza el inconsciente, todo ese hormigueo permanece desordenado. Pueden mantenerlo en suspenso mediante un acto de voluntad, pero sigue siendo incoherente y ustedes están a merced de una explosión. Habría pues que encontrar una realización simbólica que vaya hasta el fondo, y que concurra al silencio. En fin, afortunadamente, tenemos en los discos y en las diapositivas la posibilidad de totalizar en casa toda la música y todas las obras de arte.

Podemos pues ayudarnos, si el medio no basta para alimentarnos, podemos ayudarnos con todas las músicas, con todas las obras de arte, podemos ayudarnos con todas esas “correspondencias” para establecer todo nuestro ser en régimen de silencio.

Es delicado lo que tenemos que hacer de nosotros para el Señor. Cuando ya no haya ruido en nosotros, entonces ejerceremos justamente, a través de la vida monástica, el sacerdocio a la vez ministerial y universal, estaremos en misión apostólica continua y llegaremos al fondo del ser humano.

¿Qué es lo que tenemos que dar al mundo? Pues, justamente, la libertad creadora. Y sólo se la podremos dar si somos seres libres nosotros mismos. Tenemos que sumergirnos en el silencio de Dios, en el silencio eucarístico, tiene que ser nuestro, que nosotros mismos seamos eucaristía viviente, es necesario que quienes entran en este monasterio descubran de repente el silencio como Alguien que los estaba esperando, que los va a colmar revelándoles el secreto de amor que llevan en sí mismos sin saberlo.

¡Qué alegría pensar que ustedes están siempre en misión, siempre enviados, siempre en liturgia! Que el Señor les confíe su universo, y les pida a través de Su silencio, hacer discípulos de todas las Naciones, en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Fin de la 13ª conferencia)

 

Nota: Zundel se dirige a monjes. Pero es verdad que tenemos sin duda mucho que aprender aquí  acerca de la manera de vivir como cristianos, sea cual fuere nuestro compromiso en la Iglesia.

“¡Sólo la vida engendra vida!” “¡Hay todo un andamiaje de perfección que podemos desarrollar conceptualmente y que está impreso en numerosos escritos!”

No hay que tener miedo de estos cuestionamientos, pero sin imaginar que no hemos vivido desde hace tiempo un poco, o quizás mucho, de esta enseñanza.

 

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