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Zundel

January 2009 - Posts

  • 29/01/09. ... Dios, primera víctima del mal.

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    7a conferencia de la Rochette, en septiembre de 1959.

    ... El Universo debe tener un enraizamiento profundo en nosotros, fundado sobre el ejercicio de la libertad y el poder de nuestro amor.

    “Todo conocimiento es un nacimiento” como dijo Claudel con tanta profundidad, y no hay verdadero nacimiento sino el que nos transforma. Igualmente, no hay verdadero problema sino el que nos cuestiona ni verdadera respuesta sino la que tiene repercusiones sobre nuestra vida. Hay que desconfiar de los problemas que vienen de afuera y que no tienen fecundidad por ser falsos problemas. Una cuestión planteada debe transformarse en experiencia vivida realmente.

    Por eso hay que cuidarse de poner a los niños falsos problemas que arriesgan falsearlos de por vida. Por ejemplo no se puede hablar eficazmente de la Creación sino situándola en una experiencia en que están comprometidos. Están en “la” casa: la casa, para ustedes, no son cuatro paredes, sino ante todo su Mamá, el corazón que los espera, el rostro que da alma al espacio material: “Mamá, tú eres la casa”. Si la casa es la mamá, su mamá, no es sólo su mamá, es su mamá y usted. Si usted no responde a su ternura, ya no será la casa. Igualmente, el universo no tiene sentido si no es una historia de dos, del Dios vivo y nosotros. El universo no se constituye sin esa doble presencia de Dios y de la humanidad. La Creación es un circuito de amor. Un regalo debe ser recibido con amor igual a aquél con que se da. Es ante todo un testimonio y el don de la amistad, y no puede ser recibido sino por la amistad. Esa corriente de reciprocidad es la que constituye el regalo, símbolo y sacramento de una presencia de amor. El universo es el regalo de la ternura divina.

    No tiene significado sino cuando nuestro “sí” sella el “sí” de Dios. ¡El Creador no es un fabricante de objetos inanimados! El mundo sólo tiene sentido, digno de Dios, si nosotros lo terminamos sacando de él la verdad que contiene, en el “Benedícite” del amor.

    No existe, pues, materia radicalmente opuesta al espíritu ya que a partir de la materia los sabios se elevan al conocimiento, al gozo de conocer cantado por Pedro Terrier. El mundo material no es extranjero al espíritu, nosotros tenemos las raíces en el universo, que nos sostiene y que tenemos que sostener. Debe haber en nosotros un enraizamiento espiritual fundado sobre el ejercicio de la libertad y el poder de nuestro amor. Si rehusamos ser, el mundo no puede revelar sus dimensiones espirituales.

    Después del desastre de Nagasaki los sabios japoneses que se desgastaban con los heridos se detuvieron para interrogarse sobre la bomba atómica que acababa de vencerlos. Nada más grande que esa pausa en que se impuso el espíritu científico: “La ciencia había conocido un nuevo triunfo, pero al mismo tiempo, la derrota de mi país aparecía ineluctable. En mí se chocaban la exultación del médico especialista y el dolor del japonés patriota. ¿Qué sucedía cuando un átomo explotaba? Esta pregunta ocupaba mis pensamientos mientras permanecía acostado al lado de ese gran hombre despojado. Energía, corpúsculos, ondas electromagnéticas, calor fueron las cuatro cosas en que pensé en primer lugar”.

    “Poco a poco, Choro y los demás se habían reunido alrededor del Profesor Seiki y habían comenzado una discusión seria. “¿Quién habrá podido hacer eso? ¿Compton? ¿Lawrence? – Einstein debe haber jugado un papel. Y Bohr con los demás sabios refugiados en América. En todo caso, concluyó el grupo, es un éxito famoso”.

    “Así pues, especialistas e investigadores, nosotros mismos éramos víctimas de la bomba. Le habíamos servido de cobayos y estábamos ahora en buena posición para observar sus efectos ulteriores sobre las víctimas. Bajo el dolor, la ira y el doloroso despecho de la derrota, renacía en nuestros corazones un deseo profundo de buscar la verdad. Entre las ruinas de la ciudad devastada, revivía en nosotros poco a poco la pasión científica”. (Las campana de Nagasaki - Paul Nagaï - pp. 84-87)

    En las catástrofes Dios no puede estrictamente nada, no por impotencia sino porque no va en la línea del gesto creador. La Creación es un proyecto de amor, una obra de dos. Es necesario que el “sí” humano responda a la invitación divina. El mal viene del rechazo del amor por parte del hombre.

    Ante el martirio de los inocentes, Dostoïevski pone en los labios de Ivan Karamazov la objeción: “¿Se puede creer en un Dios que permite tales cosas?” Ahora bien, en el problema del mal hay que pensar no que Dios puede intervenir, sino que Él es su primera víctima. Si no hubiera en el hombre un valor infinito, el problema del mal no se plantearía. Ese valor es la presencia silenciosa de Dios. Cierto, Dios no puede perder nada de su integridad, pero el mal que hiere Su presencia en el hombre Lo alcanza a Él mismo. Se puede decir que si existe una agonía, ¡Dios agoniza en ella! Si hay una soledad desgarrada, ¡Dios sufre en ella! Si hay un crimen, ¡Dios está ensangrentado! El mal no tiene tales dimensiones sino porque Dios es el primero en ser golpeado.

    Es que Dios nos ama con amor infinito del que puede sólo dar una idea el amor materno que es un eco del Suyo. Testigo esa mujer, mártir de un hombre del que esperó en vano el amor, descubrió a Dios dentro de ella y se hizo la respiración de su vida. Estaba casada con un borrachín brutal, que para vengarse de la dignidad de su mujer, no había encontrado nada mejor que separarla moralmente de su hijo, reservándose el derecho de educarlo a su manera. El resultado fue lo que se podía esperar: sin timón, sin disciplina, el muchacho, a pesar de ser bien dotado, quemó su vida hasta el momento en que la tuberculosis lo hizo volver a casa de su madre, la cual, además, no había cesado jamás de proveer a sus necesidades materiales, sacando de sus economías de obrera, con qué suplir a la irregularidad crónica de su trabajo, pues no había cesado nunca de sostenerlo con su sufrimiento y sus oraciones. En verdad, nunca hemos encontrado un amor más grande.

    Ella se había realmente identificado con él, por él. Pues no esperaba nada de él, ni presencia, ni reconocimiento, ni afecto. Estaba tan despojada de sí misma que no podía ya sufrir por sí misma, sufría por él, sufría en él. Su ternura podía colorearse diferentemente según las situaciones en que se comprometía su hijo o según le parecía más o menos indigno de él, pero ella permanecía igual, siempre íntegra, tanto que no habría podido añadir nada. No podía dar más en efecto, pues daba todo.

    Había en ella una serenidad discreta y sonriente que nunca le vimos faltar. ¿Qué temor podía perturbarla? No podía perder nada, pues había perdido todo. Como consentía plenamente con ese despojamiento, estaba libre y creaba alrededor un espacio en que respiraba la felicidad que Francisco debía aprender y recibir de la divina Pobreza, el gozo del don.

    Por fin, un día el hijo comprendió sin que ella hubiera dicho una palabra. En el don prodigioso de una generosidad sin límites, había reconocido a Dios. No hubo otro evangelio y murió en su luz. La madre se identificó con la paz, con la alegría de su hijo, como se había identificado con su decadencia y su enfermedad, pero era siempre el mismo don. El rayo de su ternura había sencillamente cambiado de color para llegarle en plena conformidad con lo que había llegado a ser.

    Así, a través de esa mujer de tan alta estatura, llegué yo a ver a Dios como la madre que se identifica con su hijo, que vive su angustia, que es la primera en ser herida en todas sus desgracias, que paga con su persona por todas sus faltas.

    Eso no quita nada a la trascendencia divina, incapaz de perder nada, que reconocimos como fundamento de nuestra libertad. Si la libertad es la capacidad de darse, que se actualiza plenamente en el don sin reserva de sí mismo, ninguna otra cosa que un Dios perfecto y totalmente realizado podría imantar el crecimiento y provocar la saturación. Sólo en el espacio de una generosidad sin límites, tanto que nuestros límites ceden, que los instintos posesivos desenganchan y nosotros nacemos a ese espacio interior que es toda nuestra grandeza y toda nuestra dignidad. Y Francisco, justamente, recubre exactamente esa experiencia viendo en Dama Pobreza la única imagen aceptable de la divinidad con la cual no cesa de conversar” (M. Zundel - Croyez-vous en l'homme? - pp. 108-110)

    Al final de la identificación con Cristo Crucificado, Francisco de Asís fue reconciliado con el universo para cantar el Cántico del Sol. La Creación se revistió de nobleza. Por el poder de superación del espíritu, se hizo como consciente en nosotros. Por eso la Iglesia bendice el mar y las montañas, los oficios y los aviones, etc.

    Para adherir a Dios, tenemos que tomar en cargo toda la Creación, tenemos que perseguir el mal hasta en sus raíces para liberar un Dios Crucificado. Tenemos el poder, por el amor, de curar las heridas divinas, de bajar a Cristo de la Cruz, de hacer de Él el resucitado. En su Persona sólo hay “sí” (2 Cor., 1, 19). El cristiano auténtico sería el que se prohíbe el “no” del mal humor, de la maledicencia, del rostro cerrado, de las recriminaciones, que jamás envenenaría el ambiente con su negativismo, sino que sería “sí” totalmente para hacer estallar la juventud y la belleza para ser fuente de alegría, de paz y de amor para los demás. El “sí” perfecto triunfa de la muerte y hace de la muerte misma un acto libre”.

     

  • 28/01/09. ¿Cuántos cristianos no han comprendido todavía la novedad increíble del Evangelio que nos revela la Trinidad divina?

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    Personal (Pueden contentarse con leer el texto de la conferencia publicado más abajo).

    ¿Cuando arriesgamos hacer daño a Dios hablando de Él? Cada vez que hablamos de Él descuidando su “trinitariedad”, o sin subentenderla al menos.

    Dios es trinidad y cada persona divina no es personalizada sino en su relación con la Otra en la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu no tienen otra personalidad que la relación con el Otro en la Trinidad.

    Dios es único pero no solitario. No es ni ha estado jamás solo, es único a causa de la cualidad de la relación que constituye cada Persona y permite la unidad perfecta del Dios Trino.

    Se puede decir que se arriesga hacer daño a Dios cuando se habla de Él como alguien exterior al hombre, y que estaría entonces finalmente poco preocupado de lo que pueda sucederle a su criatura, si ésta permanece exterior. Ya no se comprendería por qué fue hasta comprometerse por la felicidad y la salvación del hombre, haciéndose hombre hace 2000 años.

    Además... Jesucristo, aparentemente, parece exteriorizar a Dios, al ser Su encarnación perfecta en el hombre. De hecho, hace y quiere hacer exactamente lo contrario: quiere hacernos saber que Dios es espíritu.

    Lo que se olvida fácilmente, y Zundel insistió mucho en ello, es que la Humanidad santa de Jesucristo no es Dios, aunque sea Su perfecta encarnación, y por lo mismo, cuando vemos a Jesucristo antes de “pasar” al Padre, no vemos a Dios. Jesucristo justamente vino para liberarnos de una concepción exterior de Dios, diciéndonos que “Dios es espíritu” (Juan 4, 24), y haciendo a la humanidad el día de Pentecostés el don del Espíritu que es Dios, don que es el término y la razón de ser de su encarnación perfecta en el hombre al hacerse uno de nosotros.

    * He aquí ahora la 5a conferencia de Zundel en la Rochette. Presenta la Trinidad divina bajo una nueva luz, y es importante, capital, reconocer su novedad. Conviene prestar una atención especial a esta enseñanza, es extremadamente importante.

    “Nietzsche expresó brutalmente el rechazo que el mundo opone a toda religión: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios? Luego, ¡no hay dioses!” Esta actitud, bajo formas menos abruptas seguramente, está más generalizada de lo que pensamos.

    Recuerdo la niñita que, habiendo oído hablar de la gloria, el poder, la riqueza y la felicidad infinita de Dios no podía admitir que ventajas tan exorbitantes fueran para uno solo y esperaba tranquilamente su turno para ser dios.

    Una especie de capitalismo trascendente, invulnerable, despótico y todopoderoso, a cuyos caprichos todo está sometido y al que nadie puede escapar, y es, en efecto, bajo estos rasgos caricaturales como muchos se representan la divinidad totalmente embriagada de sí misma, totalmente ocupada en celebrarse y ¡haciendo gracia sólo a los que se humillan delante de ella! realiza a una escala infinita el tipo de Narciso mitológico, enamorado de sí mismo, y que pasa su tiempo saboreando su propia belleza.

    Ciertos creyentes van hasta hablar de un egoísmo legítimo y necesario de Dios, cuyo privilegio le reconocen con ingenuidad. Otros no se atreven a decirlo pero piensan en el fondo de sí mismos que sería mucho más sencillo si Dios no existiera y si uno pudiera hacer todo lo que quiere.

    Todas estas concepciones, sean religiosas o antirreligiosas, gravitan alrededor de un ídolo. El Dios vivo del Evangelio es Trinidad, es decir supremo despojamiento. Personificado en un triple foco de altruismo, todo Su ser es eternamente difundido en oblación de Luz y de Amor (1) en que “circula” de uno a otro por el juego recíproco de las sustancias relativas (relacionales) en las cuales sólo se afirma para y por la comunicación: ¡nada está más lejos del súper capitalismo al que acabo de aludir! Nada está más cerca de las intuiciones del trovador seráfico que soñaba con desposar Dama Pobreza.

    ¿Cómo dudar, en efecto, de que San Francisco percibiera bajo esta figura la realidad misma de la vida divina? Habría sido sin duda bien incapaz de explicitar en conceptos la convicción que tenía y que defendía con tan inflexible obstinación, pero no era un hombre a dar su vida por un sueño o a sacrificar la realidad por una imagen. Si renunció a sus ambiciones de joven burgués que aspiraba a la más alta nobleza, fue porque se le apareció la verdadera grandeza bajo los rasgos de la divina Pobreza. El anatema que pronuncia contra toda propiedad material en el seno de su orden está dirigido contra el espíritu de posesión. Si el “hermano menor” no debe apropiarse nada, es para llegar más seguramente al despojamiento íntimo en que se libera de sí mismo.

    La pobreza exterior es el símbolo y la garantía de la pobreza interior, de la pobreza según el espíritu que es la primera bienaventuranza, primera, a los ojos del Poverello, no sólo en el orden de la promulgación según la letra del texto evangélico, sino en el orden de los valores donde se identifica con la caridad, con la bienaventuranza misma de Dios que es el gozo del don.

    ¡Cómo le habría gustado la expresión de Séneca, si la hubiera conocido: “No es la riqueza lo que te hará semejante a Dios. ¡Dios no tiene nada, Dios está desnudo!” En efecto, qué posesión, en el sentido egocéntrico que tiene la palabra generalmente, ¿qué posesión atribuir al ser que está totalmente desposeído de sí mismo y cuyo Yo está constituido por el altruismo tres veces subsistente, que hace de Él un éxtasis de Luz y de Amor? Según el vocabulario salido de la distinción entre el ser y el tener, Dios ES todo porque no TIENE nada, es decir, en lenguaje cristiano: Dios es el valor supremo porque es la eterna Caridad.

    Es lástima que la Santísima Trinidad haya sido a veces presentada como ininteligible por haber sido presentada de afuera. Afortunadamente, Jesucristo nos revela el verdadero rostro de Dios al introducirnos en la intimidad de la Santísima Trinidad que es la fuente, la luz y el espacio de nuestra libertad.

    El misterio cristiano no es un misterio limitado sino un misterio de plenitud. No es misterio porque la inteligencia choca en él con lo incomprensible, sino porque pasará la eternidad descubriendo, contemplando, admirando sin jamás agotar la fuente de gozo, de belleza y de amor de la Vida divina que brota sin cesar.

    El niño comprende muy bien el lazo que existe entre su padre, su madre y él. El bien de la familia, su tesoro, es su unidad, su armonía, su amor. Ese bien esencial está constituido por el hecho de que cada uno mira al otro. En la medida en que cada uno se olvida por el bien de los demás es como subsiste el bien incomparable de la unidad y del amor.

    Ese bien único no puede ser poseído por uno solo. Si uno quiere acapararlo, hacerse el centro, destruye la armonía y el gozo de la familia. Es un bien que no puede existir sino en estado de comunicación.

    Es además la condición de todos los bienes del espíritu. El músico que ha tocado divinamente, que ha revelado la música a sus auditores, que los ha llevado al corazón del silencio, perdería contacto con la música si tomara los aplausos a cuenta de su éxito personal. Sólo puede permanecer en la música escuchándola. Si se escucha a sí mismo, se cierra las puertas de la música, como el sabio se cierra a la verdad si se la quiere apropiar, conservar su monopolio. Así es también en la Vida Divina.

    El bien supremo de la eterna divinidad sólo existe en estado de comunicación. Dios es único pero no solitario, Dios es una familia, Dios se comunica, en Dios “Yo” es Otro. En Dios, el conocimiento no es una mirada vuelta hacia sí mismo, sino una confidencia eterna del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. La personalidad de Dios es constituida por un altruismo subsistente. Lo que distingue a las Personas Divinas es que cada una es toda comunicación con las Demás. Toda la Vida Divina sólo subsiste en ese intercambio. En Dios no hay nada que no sea comunicado, es lo que quiere decir “Dios es Amor”.

    Dios es Amor, comunicación, totalmente, sin resto ni reserva. La divinidad no pertenece al Padre que la comunica, ni al Hijo que la comunica igualmente, ni al Espíritu Santo que es todo aspiración y re-spiración. Dios es Dios porque no tiene nada. Es el Infinito despojamiento. Él da todo.

    La intuición de San Francisco de Asís lo llevó a esa inmensa luz. Afortunadamente, no hizo teorías sino que vivió la Pobreza divina y nos permitió entrever su profundidad insondable y sacar de ella un gozo que nadie puede quitarnos.

    El verdadero Dios no puede poseer ni perder nada. Da todo eternamente y nos invita a dar todo para hacernos lo que es Él. ¡Cuántos cristianos no han comprendido todavía la novedad increíble del Evangelio! Es necesario cambiar de mirada para percibir al Dios que se revela en la transparencia de Jesucristo.

    Hasta Jesús se concebía la grandeza como dominación. ¡Ser grande era mandar, tener esclavos, recibir homenajes! Se proyectaba sobre Dios la imagen de los reyes absolutos de la Antigüedad y se hacía de Él un ser colosal capaz de aplastarnos ¡y al que le gustaba vernos prosternados en el polvo!

    Jesucristo nos reveló otra escala de valores, la del Lavatorio de los pies, escena revolucionaria que nos lleva al centro del Evangelio. Los apóstoles la rechazan en nombre de la imagen del Dios dominador y Jesús quiere abrir el Nuevo Testamento por ese gesto que nos enseña que la grandeza no está en la dominación sino en la generosidad del don. Estamos tentados de construirnos en la dominación, ¡queremos una corte que nos admire!

    Nuestra grandeza, como la de Dios, está en la generosidad. Dios no tiene súbditos, no tiene esclavos, no defiende su dominio contra nosotros. Dios es liberador, el espacio donde se realiza nuestra libertad.

    Dios es el Amor que quiere introducirnos en el Amor. Dios es la Pobreza que quiere introducirnos en la Pobreza. Dios es el que da todo y nos llama a darlo todo.

    Era necesario Nuestro Señor para liberarnos de la imagen de un falso dios con rostro de propietario y de déspota. Jesús nos hizo la gran confidencia que hace la novedad del Evangelio. Pero falta que la visión cristiana del mundo se difunda por doquiera.

    ¡Ciertos cristianos leen todavía el Nuevo Testamento con el espíritu del Antiguo! En vez de leer el Antiguo con el espíritu del Nuevo. Jamás sabremos acoger con gozo suficiente esa confidencia divina. ¡Cuando es acogida, todos los ídolos se derrumban y todas las falsas grandezas caen! Queda solo la verdadera grandeza que es la de amar. Dejemos despertar en nosotros el gozo del descubrimiento inagotable de las Tres Personas Divinas.

    Si tenemos el honor terrible de enseñar a los niños, pongámoslos delante de ese Dios Amor que quiere hacernos semejantes a Él. No hay día en que el encuentro con la Trinidad no sea como la fuente que brota en Vida eterna, en que el descubrimiento de los abismos del Corazón de dios no sea una novedad inagotable.

    Tenemos que permanecer en esta admiración para trabajar en nuestro lugar en el mundo que se presenta como enemigo de Dios. Para desarmar este mundo que se desgarra, es necesario presentar el verdadero Dios en una vida de Pobreza, una vida transparente, silenciosa, una vida en que cada uno se sienta acogido y donde Dios aparezca como el espacio ilimitado donde la libertad respira.

    Viviendo este gozo, pediremos que esta visión se comunique, que el mundo conozca por fin el verdadero rostro de Dios y ¡que el nuéstro no sea sino Su transparencia!

    (l) Para el comienzo de esta conferencia, recopiamos exactamente el texto de Mauricio ZUNDEL en su libro “Itinerario”, cap. X, “La suprema libertad”, pp. 166-168.

    Nota (1). La objeción, o mejor, la pregunta más fuerte sigue siendo: ¿Y porqué Dios no hizo de modo que el hombre reconociera inmediatamente Su “trinitariedad”? ¡Habría sido mucho más sencillo! Fundamentalmente, el hombre no tiene mala voluntad. ¿Porqué yerra tan fácil y generalmente, y tan dramáticamente, y tantas veces, cuando viene a la tierra? No conozco respuesta que satisfaga plenamente, sino quizás la que ve a Dios queriendo dar al hombre una felicidad tal que tiene que merecerla, sin lo cual el hombre mismo habría sido infeliz, infeliz de tener, o de ser todo eso, con tanta felicidad, sin haberla merecido.

    Y el mérito se adquiere continuando la obra de la creación y de la redención comenzada por el Dios Trino. Dios la continúa ahora, quiere terminarla, en y por el hombre. El hombre, en cierto modo, toma la releva.

    Es posible además que Dios mismo merezca eternamente, de manera inmediatamente misteriosa, ser lo que es, con su felicidad perfecta.

    Se puede leer aquí con gran provecho en el maravilloso capítulo primero de la epístola a los Efesios, la oración: “¡Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestra inteligencia!” (Efesios, 1,18)

     

  • 30/01/09. La Humanidad universal de Jesucristo, única que reúne todos los hombres.

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    8ª conferencia de La Rochette en septiembre de 1959.

    Todas las fases de nuestra historia están reunidas en un solo proyecto, un solo amor, una sola presencia, una sola persona...

    “En un cementerio de unos 3500 años antes de Jesucristo, en el Líbano, se encuentran esqueletos encerrados en jarrones, dispuestos según la curva del recipiente, como el feto en el seno materno. Bajo este aspecto, el esqueleto no tiene la rigidez de nuestros yacentes, parece vivo, parece dormir en el seno materno de la tierra antes de despertarse el último día.

    Ante ese esqueleto, uno se pregunta: ¿Qué relación hay entre él y yo? Vivió en esta región, está ahí desde hace unos 5500 años. ¿Qué es lo que llena ese intervalo? ¿Forma este hombre parte de la misma historia que yo? ¿Hay continuidad entre las generaciones? ¿Constituye la serie evolutiva una sola historia?

    La Historia no tiene sentido si todas las fases no están reunidas en un solo proyecto, un solo amor, una sola presencia, una sola persona. ¡No soy yo el que hago la unión entre las generaciones! Para que la historia sea realmente una, para que vaya con un solo impulso hacia un fin único, ¡es necesario que Alguien la viva en plenitud, que Alguien la sostenga! Solo Jesucristo puede sostener la historia. No basta que Dios la sostenga, es necesario también que un hombre la sostenga. Sólo el Hombre Dios, Jesucristo, puede sostener la historia, es uno de los aspectos más esenciales y más emocionantes de Jesucristo.

    Los hombres están separados unos de otros en el tiempo por miles de siglos y, en una misma época, por fronteras que los separan y los oponen, no las fronteras geográficas sino los fanatismos, los racismos, etc. Si las conversaciones internacionales son tan laboriosas, es porque falta El único que puede hacer la unidad.

    Solo Jesucristo nos es dado como el que hace la unión entre las generaciones, entre los pueblos y los individuos, el que hace tocarse los muros de separación. Jesús se dio un nombre significativo que evoca esa vocación de unidad y de unificación. Se llamó “El Hijo del Hombre”. Nosotros somos hombres, pero Jesús es El Hombre. Cada uno de nosotros constituye un individuo entre miles de millones de individuos, mientras que Cristo es “El Hombre”, hombre es para Él un nombre propio y no un nombre común que lo haría entrar en una serie donde desaparecería. Él es, como dice magníficamente San Pablo, “el segundo Adán”.

    Para Cristo no hay frontera de tiempo ni de lugar. Puede entrar en la vida de todos y de cada uno. Él está en su casa en el interior de mí mismo y de todos los demás, nada nos toca más en las fibras más humanas que esa Humanidad universal de Jesús. Por ser El Hombre, nacerá de un nacimiento virginal porque no es un anillo en la serie de generaciones: El constituye el lazo, el sentido, la unidad de la cadena que Él contiene toda entera. El es el Jefe, la Cabeza de la humanidad.

    ¿Porqué multiplicar los individuos si no tienen lazos entre ellos? Para que la multiplicación de los individuos no sea absurda, es necesario que estén reunidos en una sola vida y en una sola Persona. Jesús tiene el papel de reunirlos. Él hace contemporáneo nuestro ese hombre cuyo esqueleto está encerrado en un jarrón desde hace 5500 años

    La historia del Verbo encarnado en la humanidad, siempre vivo delante de Dios, no está terminada y encuentra su realización en cada una de nuestras vidas (Continuará)

     

  • 27/01/09. Para Dios, cada uno de nosotros es único. La oración sobre la vida.

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    4ª conferencia de la Rochette, a las oblatas benedictinas, en septiembre de 1959.

    “En una familia, cada hijo ve a sus padres con sus propios ojos y dice: “mis” padres, porque siente que tiene con ellos un lazo personal. Los padres consideran igualmente a los hijos cada uno por separado, y una mamá que ha perdido uno entre sus diez hijos no dirá jamás: “Me quedan todavía nueve”, porque cada hijo es irremplazable. Es lo mismo en nuestras relaciones con Dios. La religión comunitaria no excluye la religión personal, al contrario, porque cada uno de nosotros es único para Dios.

    Nuestra primera vocación es lo que somos. Es necesario que Dios alcance lo más profundo que hay en nosotros, los gustos que dibujan nuestra orientación fundamental y así es como debe tomar forma nuestra religión. Cada uno debe llegar a su religión personal, que es única ya que cada uno de nosotros es único. Cada uno es un pensamiento de Dios encargado de llevar al mundo una revelación que sólo puede pasar mediante cada uno. Si un alma falta a su vocación personal, falta algo irremplazable. Cada uno es un camino único hacia Dios.

    En la asamblea litúrgica decimos las mismas palabras, hacemos los mismos gestos, entramos en el mismo silencio para participar todos en la única oración de Cristo y de la Iglesia, ¡pero eso no significa que debemos entrar en el mismo molde! Fuera de la liturgia, la religión debe tomar las formas espontáneas de nuestros gustos y de nuestras posibilidades de cada día y de cada hora.

    Es sobre todo normal que nuestra religión esté informada por nuestra profesión, nuestro estado de vida. Es lástima que se pueda escribir la vida de un sabio, de un profesor, mostrando su santidad en los ejercicios religiosos, sin mencionar el ejercicio de su profesión. Se comprende que tales libros respiran aburrimiento ya que dan una sensación de artificio. Se ha encerrado la vida cristiana en fórmulas estereotipadas como si no fuera toda la vida la que nos lleva a Dios, como si el hombre no pudiera encontrar en su profesión la escala de Jacob que lo conduce a la más íntima unión divina. Cristo fue obrero, conocido de sus conciudadanos como el hijo del carpintero.

    Por eso el sabio debe hacer oración sobre sus descubrimientos de laboratorio, el médico y la enfermera sobre sus enfermos, y la madre sobre su hijo. En la admiración del sabio sobre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, en la de la joven madre sobre la maravilla que es su hijo, hay el encanto de Dios delante de Su creación: “Y vio Dios que era bueno”.

    Miguel-Ángel orando ante los bloques de mármol, esperando la inspiración que haría surgir de esa masa la obra de arte. Las catedrales brotaron de la oración de los constructores. Todas las bellezas son camino hacia Dios, hasta la danza cuando es arte sagrado. “No soy yo, es la idea”, exclamaba una bailarina haciendo de la euritmia de su cuerpo un reflejo de la eterna Belleza.

    ¿Porqué sería la religión el arte de aburrirse? Debe ser el arte de prevenir la esclerosis, de preludiar la eterna resurrección. ¡El Dios de hoy no es el Dios de ayer! Dios es siempre nuevo. En la próxima curva del camino hay que descubrirlo como un Dios desconocido.

    Hay que ir a Dios por los caminos de la vida: ¡no pasemos al lado de la vida real! El trabajo bien hecho es siempre un trabajo fecundo, creador, que mantiene en nosotros las energías vivas en que encontramos al Dios Vivo.

    Para vivir del Dios Único para cada uno de nosotros, nuestras energías deben estar ordenadas, orquestadas: “Las virtudes son sólo pasiones ordenadas”. Las pasiones son el registro de energías puesto a nuestra disposición para que toda la Creación se convierta en nosotros en alabanza y amor.

    Es esencial para cada uno de nosotros tener cada día un momento en que lleguemos al centro del recogimiento, en que las energías se ordenen, en que la armonía se establezca, en que del silencio brote la fuente viva. Eso puede hacerlo, cada uno, en la lectura, o escalando una montaña, o haciendo un ramo de flores, o en la música, en todo lo que nos hace salir de nosotros mismos, haciéndonos dejar de vernos, de escucharnos, y dando así a cada actividad una dimensión divina.

    Recurramos a lo que nos pone en estado de silencio para llevarnos a la audición íntima en que la música eterna brota del amor: es el país de la Verdad donde nos encontramos cuando hacemos silencio en nosotros. Ahí es donde resuena el Verbo silencioso.

    “Esplendor de la gloria del Padre, tú que sacas tu luz de Su luz, luz de luz y fuente de luz, ¡Día del que el día recibe su claridad! ilumínanos, sol de verdad que brillas con brillo eterno, y que el fuego del Espíritu Santo se difunda por ti en nuestros corazones” (Himno de Laudes del Lunes).

    La vida es el gran manual de oración donde debemos buscar y encontrar lo que nos hace dar a la vida nuestra su secreto más profundo.

    Emmanuel Mounier y su mujer oraban juntos sobre su pequeña Francisca que, privada de inteligencia humana, era puramente santuario de la Santa Trinidad. Bach escuchaba la música eterna al componer su Pasión según san Mateo, trataba de traducir en música el dolor insondable del eterno Amor.

    La oración sobre la vida es comprender que Alguien se dice a través de un paisaje, una mirada de niño, pues cada uno es un camino hacia el Dios Vivo. Basta que lleguemos a nosotros mismos, dejando de hacer ruido con nosotros mismos para que Dios se revele con un Rostro siempre nuevo.

    La religión comunitaria es imposible sin la religión personal a la cual quiere llevarnos. La religión comunitaria es la religión sacramental, es decir que deja a cada uno en su más íntimo secreto.

    En un concierto, el silencio se hace a veces presencia real. El silencio establece una perfecta comunión, y todos, como una persona, se lanzan delante de la única Belleza. Para escuchar la música, hay que devenir música y entrar en comunión personal, comunión tanto más intensa cuanto que cada uno está perdido en el silencio de su soledad.

    La verdadera sociedad, al contrario de la masa gregaria, del rebaño, tiene sus bases en la soledad. La religión comunitaria tiene sus bases en la religión personal, en el sacramento, signo comunicado que es eficaz sólo si es vivido por cada uno en su soledad, en el grado de su fe y de su fervor.

    Dios nos reúne no para borrar las diferencias sino para hacernos a cada uno en la soledad fecunda, abierta a todos los demás. Es la obra maestra de la Encarnación: el gesto común no banaliza, personifica. La Iglesia no nos banaliza sino que nos personifica mediante la vida comunitaria. La riqueza de la vida comunitaria es lo que sucede en la intimidad de cada uno. Todos están imantados y se reúnen en la imantación convergente que deja a cada uno en su secreto más personal. No hay pues contradicción sino complementariedad entre religión personal y religión comunitaria, entre soledad y comunidad.

    ¡Se ha laicizado la vida por no haber percibido la riqueza de la vida sacramental! Toda la vida es liturgia, todas las actividades son indispensables a la realización del misterio de Cristo. No hay vida profana y vida religiosa. No hay estado que no sea necesario a la expresión del Cristo total. Por eso, la oración cristiana es oración sobre toda la vida.

    Arreglar la casa es introducir belleza en su interior, es dar alegría a las personas con quienes vivimos.

    El hombre no vive solamente de pan, necesita belleza y alegría, música y amor. Toda nuestra actividad puede devenir un inmenso “Benedícite” alrededor de la Presencia del Señor que nos confía la Creación y nos da la vida cotidiana.

    Jesús tomó los gestos del hombre para comunicarnos la Vida divina y utilizó los elementos de la vida humana, el pan, el vino, el aceite, el fuego, para enseñarnos a hacer de la vida ordinaria una liturgia porque el Reino de Dios es aquí, ahora, hoy, dentro de nosotros.

    Nuestra vocación es terminar la Creación, como Francisco de Asís que veía en un guijarro un pensamiento y una ternura de Dios. Por eso cantamos con toda la Iglesia el Cántico de las criaturas y la antífona de comunión del rosario: “Floreced como el lirio, dad vuestro perfume, cantad un cántico de alabanza, bendecid al Señor por todas sus obras” (Sir., 39, 14).

     

  • 26/01/09. Un Dios exterior al hombre jamás ha existido.

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    Explicación propuesta. (Personal)

    Ensayo de explicación, después de unas observaciones hechas al texto publicado ayer. Creo que puede interesar a otros visitantes del sitio.

    Leo en un comentario del 1er texto del 25 de enero las observaciones siguientes, y agradezco al que las escribió: “Me siento incómodo con la primera parte de su afirmación: un Dios exterior al hombre jamás ha existido…” Y también: “¿No deberíamos limitarnos a hablar de Jesucristo más bien que arriesgar hacer daño hablando de Dios?”

    Creo que estamos obligados a hablar de Dios (con el riesgo de perjudicarlo, de acuerdo), porque se habla de Él (incorrectamente) cada vez más hoy en día. Se trata con mayor frecuencia de un falso Dios, lo cual es evidente cuando se dice que no existe (se proclama inclusive sobre los buses madrileños su no existencia probable).

    Estoy cada vez más convencido de la verdad de la afirmación: un Dios exterior al hombre no ha existido jamás, porque si Dios es “puro interior” como lo dijo y repitió con frecuencia M. Zundel, no se ve cómo podría ser situado al exterior de algo o de alguien.

    Evidentemente, para nosotros, el hombre comienza a existir en la tierra al cabo de una evolución muy larga y aún no terminada, y por lo mismo mucho después de la creación del Universo y de la tierra. Pero sabemos por San Pablo (Efesios 1, 4; 2 Tesalonicences 2,13) que “Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo”. Existíamos pues desde antes de la creación, en el pensamiento de Dios.

    Creo pues que Dios, en ese pensamiento, no ve las “cosas” como nosotros y que, siendo pura interioridad, siendo puro espíritu, no puede vernos con ninguna exterioridad respecto a Él. (No puede ser exterior a nosotros, como tampoco nosotros podemos vivir verdaderamente como exteriores a Él).

    El pensamiento divino, con la elección que implica, me parece pues que debe incluir que el hombre está presente en Dios desde toda eternidad, y evidente y prioritariamente, Cristo también, y que un Dios exterior al hombre jamás ha existido.

     

  • 25/01/09. Un Dios exterior al hombre nunca existió. (Personal)

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    Dios no existe, es al menos lo que piensan, y a veces profesan hoy, cada vez más personas.

    Dos ejemplos nos son dados de la urgencia dramática de la difusión del pensamiento de M. Zundel sobre Dios. El nos dice algo esencial: El único Dios verdadero, no hay otro, es un Dios interior – Jesús dice “Dios es espíritu” – y no puede ser reconocido sino por el hombre interior. Grábense eso en la mente”.

    Tengo también deseo de decir, ante la propaganda actual: un Dios exterior al hombre nunca existió. Un Dios interior al hombre existe desde siempre, infinitamente más real que el hombre que Él crea.

    He aquí los dos ejemplos:

    También se puede leer en el número reciente del Nouvel Observateur:

    “Enero 2007. Francia conoce la mayor ofensiva creacionista jamás tentada sobre su territorio. Un libro extraño de 7 kilos y 800 páginas, intitulado: “L'Atlas de la création” ricamente ilustrado y refutando las teorías de Darwin en nombre del Islam, es distribuido por miles en las escuelas y las instituciones. Sin escrúpulos, el autor acusa el darwinismo de todos los males de la sociedad: racismo, eugenismo, fascismo, nazismo, comunismo, ateísmo, materialismo, hasta de los atentados del 11 septiembre 2001. ¡Es el pánico en la enseñanza!” (Extracto del N. O. del 22 al 28 de enero de 2009, página 18)

    Sorprendente también el 2° ejemplo, de otro orden, pero procedente de la misma carencia dramática (del sentido de un Dios interior): en las noticias de la noche del 21 de enero dijeron: desde hace poco, circulan en Madrid, buses urbanos que llevan en sus flancos grandes afiches diciendo que ahora sabemos, por fin, con gran probabilidad que Dios no existe, y que hay que aprovechar de la vida al máximo. Sorprendente, en un país que vio nacer tantos de los grandes místicos cristianos, como Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola…

    El último número citado del Nouvel Observateur contiene todo un “documento”: “Dios contra la ciencia” “200 años después del nacimiento de Darwin la guerra continúa” (1). El debate, si no la guerra, entre los partidarios de la evolución, y los cada vez más numerosos que la rechazan, y entre los dos “bandos” los que piensan más bien en un “proyecto inteligente” del Dios Creador, porque no quieren rechazar completamente la idea de la evolución, es real hoy.

    Zundel habría planteado inmediatamente a todos la pregunta esencial: ¿de qué Dios hablamos y a qué hombre? A esta pregunta súper esencial, sólo la respuesta de la mística cristiana podrá poner fin al debate, ¡pero aparentemente nadie piensa en ella! ¿Se trata de un dios exterior al hombre y a la creación, como lo piensan los musulmanes, los creacionistas, y tantos cristianos, o se trata de un Dios interior?

    Zundel había ya planteado la pregunta a los padres conciliares de Vaticano 2. Evidentemente, para él como para nosotros y para todos los que tratan de reflexionar profundamente, el único Dios verdadero, el único Dios que existe realmente es “puro interior”.

    La cuestión es primordial y capital. Es urgente plantearla hoy. Si el único Dios verdadero es un Dios interior, un Dios puro interior, un Dios pura interioridad, un Dios espíritu, como lo dice Jesús a la samaritana, la teoría de la evolución es perfectamente compatible con ese Dios porque, en sus mejores presentaciones, en sus presentaciones cristianas, ve a Dios como interior a toda la evolución, imantándola y dirigiéndola a lo largo de su larga historia.

    Es urgente que la humanidad contemporánea tome conciencia de que no puede haber otro Dios que ese Dios interior, y de que sólo el hombre interior puede descubrirlo.

    Habrá que volver a este tema porque la cuestión es hoy extremamente importante, ya que si le creemos al autor del expediente del N.O., “cerca del 40 por ciento de los norteamericanos adultos actuales rechazan la evolución y el rechazo es superior al 50% en Turquía, Indonesia, Pakistán, Malasia y Egipto”. Y el Islam, justamente para el cual Dios es exterior al hombre, está en camino de rechazar por todas partes la teoría de la evolución. Todo eso por ignorancia del Dios interior, y del hombre interior en el hombre. “Que le Padre os conceda en su gloriosa riqueza, el ser poderosamente fortificados por su Espíritu para que crezca el hombre interior” (Ef. 3, 16).

    Nota (1). El Nouvel Observateur intitula su número: “Dios contra la ciencia” “200 años después de Darwin la guerra continúa”.

    ¡No! ¡El Dios interior no está contra la ciencia! Es interior a los sabios como a los autores de los libros de la Biblia. Si sus enseñanzas parecen opuestas, es sólo a causa de los límites de la inteligencia de todo hombre, particularmente cuando se trata del Dios Trinidad que trasciende toda inteligencia humana.

    Eso no quiere decir que no podamos conocerlo, sino que no podemos alcanzarlo en toda su verdad sino con la venida de Jesucristo en el cual se encarna Dios perfectamente, aunque su humanidad siga siendo criatura, y por eso, limitada y entonces no apta para entregarnos todos los secretos de Dios. No los entrega a la vez, esencialmente, en la manera como pasa al Padre, y al mismo tiempo el hombre no puede recibirlos sino a lo largo de una historia muy larga no terminada, la de la ciencia y la del desarrollo del dogma cristiano. La revelación crística terminó con la muerte del último apóstol, pero es como el embrión que contiene ya todas las líneas de su futuro ser, y no puede negarlas. (Continuará)

     

  • 25/01/09. Lo que san Pablo va a aprender es la presencia interior de Jesús, hasta la identificación, en los cristianos que está persiguiendo. (Personal)

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    2º texto, personal también, en el día de la conversión de San Pablo. Leer primero el primer texto.

    Zacarías había enmudecido por no haber creído. Pablo se va a enceguecer para comenzar a tener una visión totalmente diferente de las “cosas” y de todo, después del encuentro con Jesús en el camino de Damasco.

    Zacarías había enmudecido por su falta de fe que hacía que no tenía nada más que decir, porque no podía decir nada realmente sensato, mientras no creyera. Pablo, convertido, al entrar en la fe, va a hablar mucho, va a escribir muchas “cosas” sensatas, cristianamente sensatas, porque ahora es creyente. ¡El que no ha entrado en la fe no debería hablar!

    Lo que Pablo va a tener que aprender, es la presencia interior de Jesucristo en los cristianos que persigue, una verdadera identificación con Él. Es Jesús el que es herido cuando él los persigue. Esa presencia interior hasta la identificación, Jesús quiere hacernos entender que Dios la quiere interior a todo hombre, y que en adelante no se puede hablar sensatamente sino en la medida de la fe que hace eficaz la presencia divina interior.

    “¡Yo soy Jesús al que tú persigues!” Jesús no dice: “¡Es como si fuera yo a quien tú persigues!” Es una verdadera identificación de un Dios interior a todo hombre, o que al menos quiere serlo.

    Hay que repetirlo aquí: ¡un Dios exterior al hombre no ha existido jamás! Un Dios interior al hombre es el único que existe en verdad y en realidad. Si no conocemos ese Dios interior, no podemos pensar y decir que Dios no existe, como lo hacen tan fácilmente hoy, hasta escribirlo en los buses madrileños, y hacer de ello una especie de estribillo a repetir sin cesar.

    Pablo comenzó a estar ciego cuando se convirtió, y, luego en casa de Ananías, recobró la vista, una nueva visión sobre todas las cosas. ¡Ojalá sea nuestro caso! ¡Tenemos que habituarnos y re-habituarnos sin cesar a ese Dios “puro interior”, que no puede tener para nosotros otro interior que nuestro corazón! hay que vivir con ese Dios Espíritu cuya habitación preferida es el corazón del hombre, no tenemos que preguntarnos sobre otro “lugar” donde podría vivir eternamente, no lo hay, sobre su “otro lugar” en la Trinidad, no lo hay (?). El corazón del hombre debe devenir el paraíso del Dios Trinidad donde el Dios Trino quiere eternamente engendrar el Hijo y de donde quiere brotar el Espíritu, de Uno y Otro, en el mismo instante eterno.

    ¡Toda nuestra antigua visión no llega, y no concierne, sino a las apariencias! El “comercio” con el Dios interior es el único que puede enseñarnos a ir más allá. Todas las apariencias quisieran enseñarnos que Dios no existe. ¡Son convincentes! Todo pudo, todo puede muy bien pasarse de Dios, no lo necesitamos para explicar las cosas, ¡pero sin Él ninguna explicación puede llegar a proclamar su inexistencia!

    Y vamos a llegar, con la 3ª conferencia de la Rochette en 1959, vamos a escuchar a Zundel hablarnos del verdadero Dios. “Se tratará de saber lo que recubre la palabra “Dios”. Una multitud de gente defiende un ídolo porque se hace un dios según sus ideas…” ¡Evidentemente, es un dios según nuestras ideas aquél del que afirmamos que no existe! Pablo también se había hecho una idea de Dios según sus ideas. Todo cambió con el encuentro en el camino de Damasco.

    El verdadero Dios es el espacio en que respira nuestra libertad. San Juan de la Cruz llama a Dios una música callada. El Evangelio nos revela al Dios interior, silencioso, que es la vida de todos los genios creadores, la vida de nuestra vida, como dice San Agustín. ¡Nadie está más cerca de nosotros!”

    Y, al final de la 3ª conferencia: “Hay que descubrir a Dios sin cesar. La fuente que brota en vida eterna. Sólo se puede conocer a Dios mediante el nuevo nacimiento, dándose, comprometiéndose, transformándose en Él, entrando y permaneciendo en la soledad interior para escuchar la música silenciosa que es el Dios vivo”. (Ver texto de mañana, 26/01/09).

    Eso debe ser posible en todos los estados de vida. ¡Que San Pablo convertido nos enseñe la verdadera conversión!

  • 24/01/09. El camino del hombre real al hombre posible es Dios mismo.

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    Final de la 2ª conferencia del retiro de la Rochette, en septiembre de 1959.

    El camino del hombre real al hombre posible es Dios mismo. Estamos tan lejos de nosotros mismos como de Dios, y tan cerca de nosotros mismos como de Dios. Gravitando en torno de Dios entramos en la luz de la vida interior.

    “Cuando el hombre es despreciado descubre que hay en él otra cosa. La rebeldía que surge testimonia de ese “más” que lleva en sí mismo. Es lo que expresa el grito de una mujer pobre, que escuché en Lión: “El mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad!” lo que quiere decir: “Vienen a nosotros antes de ir a Chamonix o a la Costa Azul, vienen a darnos justo de que no morir, pero nadie viene con el sentimiento de que los pobres podemos dar algo, nadie nos cree capaces de dar, de devenir personas, de ser fuente, origen, valor, comienzo”.

    Y esta mujer había visto ir en prisión a uno de sus hijos y sucumbir los demás a la mala alimentación, pero su peor sufrimiento, era que nadie necesitaba su amistad. Ahí tenemos una necesidad de grandeza verdadera, de gratuidad, de desinterés.

    En el hombre real hay un hombre posible, pero para que el hombre posible nazca es necesaria una generosidad infinita que haga contrapeso al animal y nos eleve al nivel en que todo se hace luz, esperanza y libertad. El camino del hombre real al hombre posible es un camino infinito y ese camino infinito es Dios mismo.

    En el campo de Auschwitz, cuando el Padre Kolbe se ofrece a morir de hambre en lugar de un camarada, el jefe del campo queda mudo de estupor. Su ferocidad está desarmada porque no conocía esa dimensión humana, esa posibilidad de grandeza. Los verdugos dicen: “¡Jamás vimos algo semejante!” Así muestran la nostalgia de la grandeza humana. En su admiración hay un homenaje y como una añoranza. También hay el presentimiento de una Presencia Infinita, sienten despertar en ellos una atracción hacia un Dios Vivo oculto como el sol en lo más íntimo de la conciencia humana.

    Hay un camino hacia nosotros mismos, es Dios. Es lo que Cristo enseña a la samaritana. Él nos conduce poco a poco, como a ella, a la fuente que brota en vida eterna. ¡Qué diálogo y qué descubrimiento! Esta mujer que vive en el desorden encuentra a Aquél que va a transformarla y a hacer de ella el santuario de la divinidad. Va a aprender que Dios no está aquí o allá, afuera de ella, sino dentro de ella misma y que no ha cesado nunca de esperarla. Cuando el hombre comprende que Dios no está más allá de las estrellas sino en él, descubre el hombre posible, el Himalaya de grandeza que está llamado a ser, descubre el valor que una mujer pobre deseaba comunicar en una amistad.

    Oscar Wilde, seguro de su genio, festejado, admirado, imbuido de sí mismo, Oscar Wilde que en una aduana no tenía nada qué declarar sino su propio genio, se ve de repente envuelto en un proceso infamante, desenmascarado ante su mujer y sus dos hijos, privado de su paternidad, destruido por la deshonra, condenado a dos años de prisión. En la cárcel, está vencido, furioso, desamparado, hasta que recuerda que uno de sus amigos, después de la condena, lo saludó, uno solo de sus amigos no lo abandonó, se inclinó ante él. La imagen del rostro de su único amigo fiel va a surgir, a hacerle comprender que, a pesar de su vicio, hay en él un valor posible. Descubre un día su alma: “¿Quién puede calcular la órbita de su alma?”

    En su celda ya no está aprisionado en sí mismo, ya no está solo: hay en él Alguien, la fuente ha brotado, ha entrado en el diálogo. Está listo a decir: “¡La mayor bendición de mi vida fue el día en que la sociedad me envió a la prisión!” porque ese día salió de la prisión de sí mismo y entró en la luz y en el Amor.

    Estamos tan lejos de nosotros como lo estamos de Dios, y tan cerca de nosotros mismos como lo estamos de Dios. Cuando estamos perdidos en Él, entonces encontramos por fin el hombre posible que hay en nosotros. Entonces verdaderamente, ya no podemos calcular la órbita de nuestra alma: gravitando en torno de Dios, entramos en la luz de la vida interior. Allá es donde quiere llevarnos Jesús.

    Jesús sabe lo que hay en el hombre. Sin embargo nadie apostó tanto como Él para hacer del hombre el santuario de la divinidad.

    Hundámonos en el diálogo junto al pozo de Jacob de donde brotará la fuente. Dejémonos cubrir por esa luz: “¡En tu luz, Señor, veremos la luz!” (Salmo 36) (Fin de la conferencia)

     

  • 23/01/09. Ejemplos del paso del hombre real al hombre posible.

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    2ª parte de la 2ª conferencia del retiro predicado a las oblatas benedictinas de la Rochette.

    “El Evangelio nos presenta otros ejemplos sorprendentes del paso del hombre real al hombre posible: la mujer adúltera. Leonardo da Vinci dibujó con lápiz un admirable rostro de Cristo con los ojos bajos, llenos de luz interior. Detrás de sus párpados, está toda la luz, la belleza, el poder de una ternura infinita. Jesús lleva la vergüenza de esa mujer, siente hasta el horror la cobardía de los acusadores. La mujer permanece sola ante Cristo con los ojos bajos, respetuoso, esperando y amando. Ese amor silencioso simpatiza con su vergüenza y despierta en ella el hambre de otro Amor. ¡Toma entonces conciencia de lo que está buscando en lo más profundo de sí misma, es purificada y llega a ser, según la expresión de San Francisco de Sales, “archi-virgen” por haber sido consagrada por esa mirada que la hizo nacer de nuevo! Es totalmente nueva, totalmente pura, enteramente libre, nació de nuevo. Lleva en sí un universo nuevo, insospechado, imprevisto, infinito, se ha convertido en el Reino de Dios.

    Magdalena, al entrar en casa de Simón, no sabía lo que la esperaba. No podía pensar que al salir sería la primera de las contemplativas. Jesús no se va a detener en sus pecados sino a canonizar su amor. Basta con que venga a Él, se olvide a sí misma y a todos los demás, para no ver más que a Cristo, y el diálogo se establece entre ella y Él, en el silencio formidable en que el Corazón de Dios habla a nuestro corazón y hasta el fin de la historia la saludaremos como la más fiel discípula de Jesús.

    El buen ladrón tuvo compasión del Crucificado. Adivinó la inocencia infinita que estaba junto a él. Por eso nació en un segundo al Reino en el cual entraría ese mismo día. El paso del hombre real al hombre posible, que sólo se puede realizar refundiendo todo el ser, por un nuevo nacimiento, el nacimiento de lo alto. El hombre no puede encontrarse mirándose, el hombre se conoce cuando encuentra más que sí dentro de sí mismo.

    El relato extremamente emocionante de una película sueca da el sentimiento agudo del paso del hombre real al hombre posible pues se trata de todo un grupo de almas que cambia de nivel. Elga es colocada en casa de un burgués honorablemente conocido y el burgués se propone seducir la jovencita que es toda inocente, incapaz de mentir y que no puede imaginar que los demás sean capaces de mentir. La trata con toda clase de atenciones, de afecto, y la lleva lentamente a consentir con sus intenciones. La joven no sabe de qué se trata, no de da cuenta de lo que le sucede. Cuando queda encinta, el burgués la abandona. Echada de la casa, no encuentra ninguna misericordia.

    Sus padres, deshonrados, son demasiado pobres para alimentar a la hija y al niño. Están de acuerdo con guardar el bebé a condición de que Elga pague la alimentación de los dos. Como le niegan todo trabajo, recorre al tribunal para obtener la pensión alimenticia que salvaría al niño. El recurso al tribunal alimenta las conversaciones. La indignación de la región llega al colmo. El escándalo alimenta las chácharas y cada uno se promete estar presente el día del juicio para la confusión de esa chantajista.

    Llegado el día, la joven baja de su montaña, más muerta que viva, imantada solamente por la necesidad de salvar a su hijo. La sala de audiencia está repleta, todos los fariseos del país están ahí, con el rostro lleno de desprecio. El juez está furioso porque el burgués es su amigo, pero debe respetar las formas legales. Según la ley sueca, debe decir al acusado: “¡Jure sobre la Biblia que no conoce a esa mujer!”

    Entonces Elga no piensa más a sí misma o a su hijo. Ya no piensa sino en el destino de un hombre que se condenaría a sí mismo si jura por la Biblia que no la conoce. No puede concebir que haga un juramento falso, y quiere salvarlo del perjurio. Se arroja sobre la Biblia, la defiende con tal fuerza que el húsar no logra quitársela. Grita: “¡No quiero que sea perjuro!” y, cuando le dicen que sin juramento el juicio no puede realizarse: “¡Entonces retiro mi queja!” Y la sesión es levantada.

    Toda la sala cambia de nivel y comprende. Cuando sale la joven, todos la escoltan con un silencio de admiración porque acaban de ver surgir la grandeza humana. Hubo que provocar ese despertar, la generosidad, el heroísmo de la sinceridad de Elga, la conciencia que tenía del crimen de perjurio. Reveló a esa muchedumbre una dimensión desconocida, una dimensión infinita que coincide con la Presencia de Dios.

    Otra imagen de la grandeza humana se da en el libro de Koriakoff: “Me puse fuera de la ley”. Obrero soviético, encontró un día el Evangelio que le dio un viejo amigo de su familia. Educado en la más pura doctrina marxista, descubre en el evangelio el Rostro de Cristo y entra en diálogo continuo con el Señor. Mientras el ejército ruso avanza en Alemania, hace lo que puede como oficial por impedir que los soldados se entreguen a pillar o violar. Logra así salvar a dos jóvenes alemanas. Lo hacen prisionero. El capitán nazi que lo recibe le da una bofetada monumental que le hace caer las gafas, diciendo: “¡Usted es uno de esos animales soviéticos que violan a las mujeres alemanas!” La madre de las jóvenes está presente y testimonia al contrario del hecho de que las protegió.

    Un coronel alemán se inclina, recoge las gafas arrancadas por el gesto de su subordinado y las tiende al prisionero. Ese gesto era la reparación de una conciencia frente a otra conciencia: el coronel no vio ante sí un enemigo sino un hombre ultrajado. La clara evidencia de la injusticia y el ultraje provocó ese gesto que fue el signo del paso del hombre real al hombre posible.

    El Padre Damián, campesino flamenco de su época, tenía un corazón ardiente de la caridad de Cristo y, dejaba a los leprosos fumar de su pipa a escondidas. Sabía que iba a contactar la lepra, pero fingía no ver nada. Se volvió leproso de los pies a la cabeza, y ese fue su mejor catecismo. Sus leprosos comprendieron que no los confundía con la lepra, sino que en ellos había un tesoro. El Padre Damián tenía el agudo sentimiento del tesoro que es la presencia del Reino de Dios y para revelárselo se hizo leproso como ellos.

    San Francisco de Asís, al besar al leproso, comprendió también que no se puede identificar a los leprosos con su mal y que necesitan estima y afecto. El rostro del leproso se transfiguró poco a poco para convertirse en el de Jesucristo, y así fue como Francisco encontró a Nuestro Señor en su camino. Anota en su testamento que ese es el punto de partida más esencial de su conversión.

    Aunque dejado a sí mismo el hombre real es un simio, un animal encerrado en sus instintos, hay en él posibilidades inagotables, una gracia que puede transformarlo radicalmente para hacer de él un San Francisco e Asís, un Padre Damián, un buen ladrón, una santa María Magdalena, o la “archi-virgen” en que se convirtió la mujer adúltera bajo la mirada de Nuestro Señor”. (Continuará)

  • 22/01/09. El hombre real y el hombre posible.

    1ª parte de la 2ª instrucción del retiro de la Rochette en septiembre de 1959.

    Mientras no hayamos orientado todo hacia el hombre posible vivimos en falso.

    “Sócrates meditó largamente sobre la expresión: “Conócete a ti mismo”. Para él, es el punto de partida de toda sabiduría, y va a pasar toda su vida conquistando el conocimiento de sí mismo, que le parece ser el único camino hacia la Sabiduría.

    En verdad el conocimiento de sí mismo puede ser fecundo, pero arriesga también ser una trampa porque no basta con hacer el balance de lo que encontramos en nosotros, con verificar lo que somos para convertirnos en lo que estamos llamados a ser.

    Andrés Gide, que descubrió en sí mismo tendencias homosexuales, primero se asustó, se sintió culpable, y después hizo de ello una especie de “nuevo evangelio”, una falsa mística. El conocimiento de sí mismo lo condujo sólo a esa terrible trampa en la cual quedó apresado y a la cual indujo a tantos otros. El conocimiento de sí mismo es inútil si no tiene como objetivo la superación de sí mismo. Para llegar hasta nosotros hay que recordar la distinción entre el hombre real y el hombre posible.

    El hombre real viene del primer nacimiento con lo que nos impone: tendencias, prejuicios, contexto social, un paquete de instintos, un haz de impresiones, una colección de determinismos. El hombre que acogemos con el nacimiento carnal es bien real, pero afortunadamente hay en nosotros un hombre posible que debemos devenir.

    El hombre posible es el que ha pasado por el nuevo nacimiento, el hombre de Dios que tiende a la verdadera libertad. Esta distinción es fundamental. Su olvido provoca verdaderas catástrofes.

    El filósofo Jaspers cuenta la conversación de dos campesinos bávaros: “Oye, dice uno, es formidable, pero parece que el hombre desciende realmente del simio”. – “Sí, dice el otro, pero yo quisiera ver el primer simio que se dio cuenta de que ya no era simio”.

    El hombre real es el simio que se da cuenta de vez en cuando de que no es simio y que existe un hombre posible en que debe convertirse.

    Los dos grandes temas del balance de nuestra época son el sexo y la guerra. Los mejores recursos humanos se agotan en la preparación de la guerra: el guerrero quiere dominar. El animal es dominado por el sexo. Entre los dos, el gangster es víctima del sexo y no hesita en verter sangre. Estos temas llenan los periódicos, los éxitos de librería, el cine. De eso se alimenta la imaginación de la muchedumbre. La trata de blancas existe, la guerra existe y la inmensa mayoría de los hombres permanece pasiva, se deja llevar por otros hombres, víctimas también de sus tendencias. ¿Cómo apoyarse en la humanidad? ¿Cómo esperar sacar de ella algo a menos que recordemos que en el hombre real hay un hombre posible que podrá revelarse en ciertos momentos, aparecer como fuente de valor, como dignidad, como persona, como libertad, lo más grande, noble y santo que exista.

    Tenemos una imagen admirable del paso del hombre real al hombre posible en la comparición de las dos prostitutas ante Salomón (1 Re. 3, 16 - 28). Incluso esas dos mujeres están orgullosas de tener un hijo, lo defienden como una posesión, como fuente de su gloria. Salomón hace aparecer la verdadera madre, el paso del hombre real al hombre posible se realiza en esta mujer toda de carne y sangre.

    La madre verdadera comprende que sólo ella puede salvar a su hijo. Es promovida a otra dignidad al aceptar dar a la otra el hijo que ya no defiende como su propio bien sino como un bien de él, no como la loba sino como madre que acepta ser privada de su hijo para que él viva. La mujer, toda gritos, iras, reivindicaciones, llena de sí misma y que no ve en el hijo sino su propia prolongación, cambia de repente de alma y corazón, ya no ve en el niño sino un tesoro confiado a su amor que ella debe defender al costo de sí misma. Renuncia a sí misma para salvarlo. Cambia de nivel. El hombre posible ha surgido en ella.

    Mientras no hayamos adivinado al hombre posible, mientras no hayamos orientado todo hacia él, vivimos en falso, nos equivocamos en todo lo que podemos decir sobre el hombre. Creer que el hombre ama la paz, que es profundamente generoso, que le gusta el bien, que es libre por nacimiento, es un error colosal. Por eso dice Nuestro Señor: “Es necesario nacer de nuevo”. Eso está lleno de realismo.

    Cristo sabía bien lo que hay en el hombre. En sus propios apóstoles experimentaba la lentitud del nacimiento del hombre posible. Antes de su muerte, no hará ni un solo discípulo. Comprenden todo de través y lo reducen a sus dimensiones, encierran el Evangelio en sus ambiciones. Abandonan al Maestro.

    No basta conocerse, mantener un diario, hacer el balance de sus tendencias. Es necesario “nacer de nuevo”. Esa es la paradoja.

    Como Pascal hace decir a Dios: “No me buscarías si no me hubieras encontrado ya”, es necesario haber percibido ya el hombre posible para descubrirlo. No buscar en el hombre real el hombre posible: eso es equivocarse esencialmente sobre el hombre”. (Continuará)

     

     

  • 21 01 2009. Necesidad de nacer de nuevo.

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    Retiro predicado por M. Zundel en la abadía benedictina de San José de la Rochette, del 23 a 28 de septiembre de 1959. 1ª parte.

    Una decisión que hay que tomar y retomar sin cesar.

    “Una página del Evangelio que va hasta la raíz de nuestro ser, es la conversación de Jesús con Nicodemo (Juan, cap. 3). Nicodemo, doctor en Israel, alma ávida de luz, es lo bastante humilde como para pedir una lección al profeta de Nazaret, para aprender algo de Jesús. Por prudencia, viene de noche a interrogar al Señor. Comienza con un cumplimiento: “Maestro, sabemos que tú eres un maestro que viene de parte de Dios. Nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él”.

    Jesús responde con estas palabras decisivas que se dirigen tanto a Nicodemo como a nosotros: “En verdad, en verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo”.

    Hay que nacer de nuevo. No se trata de cambiar de sistema, de fórmula. Se trata de rehacer todo el ser, se trata de un nuevo comenzar. Un retiro no tendría sentido si no fuera un nuevo nacimiento. El cristianismo es siempre nuevo nacimiento.

    Todo lo que puede enseñarnos la psicología contemporánea sobre el inconsciente nos muestra cómo es necesario rehacer todo el ser. El primer nacimiento no dependía de nosotros: ¡nos arrojaron en el ser sin que pudiéramos escoger nada, ni los padres, ni el color de la piel! ¡Tampoco escogimos la educación, ni la religión, ni el medio, ni la época, ni el sexo, ni el color de la piel! Tampoco escogimos la educación y todo lo que imprimieron en nosotros como hábitos, manera de pensar y de obrar, prejuicios, etc., nos impusieron todo un universo.

    El hombre se apresura a poner la etiqueta “Yo”, sobre todo ese conjunto que le llega de afuera y del que no es en grado alguno el origen y la fuente. Lo extraordinario es que el hombre se gloría de ese “yo”, un cero impuesto, ¡que es sólo resultado y no origen! Lo extraordinario es que se enorgullezca de una vida que no es la vida verdadera Nos apropiamos el “yo” sin ningún derecho, sin justificación. Ahí es donde viene Nuestro Señor a encontrarnos, con esa sabiduría que brilla de manera fulgurante: “En verdad, en verdad te digo, nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo”.

    Basta haberse sentido sanamente rebelde contra todo lo que nos impusieron para comprender esta invitación que va hasta la raíz del ser. No se trata de una transformación superficial: en medio de todo lo que nos impusieron, tenemos que asumir una responsabilidad, hay que escoger. Esta decisión radical, que es necesario tomar y retomar sin cesar, debe ir hasta la raíz del ser para hacer de ella una fuente, un comienzo, una libertad. Para conquistar la libertad es necesario resistir al riesgo constante de volver a caer en la rutina, hay que comenzar de nuevo cada día, a cada instante del día, con una nueva creación.

    “No te extrañes si te digo: “Es necesario nacer de nuevo”. Tenemos que nacer de nuevo. Tratamos de abandonar el pasado, de olvidar lo que hemos sido. Todo comienza con Dios y el pasado es nuestro sólo en razón del futuro.

    Alegrémonos de este inmenso horizonte: todo comienza hoy. Dios nos invita a nacer de nuevo. Quiere hacernos entrar en los secretos maravillosos de nuestra libertad.

    Podemos concretizar nuestra total disponibilidad a borrar todo (1) para comenzar una vida totalmente nueva, con las palabras de una niñita el día de su primera comunión: “Él me eclipsa” (2). Nadie ni ningún libro le había podido sugerir eso. Esa expresión era el efecto de un movimiento misterioso y admirable de la gracia. Es necesario que nos ofrezcamos así, que nos abandonemos al Señor para que nos eclipse, nos transforme en Él, para que se realicen las palabras de San Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí” (Gál. 2, 20).

    Vamos a entregarnos a las manos de Cristo: "Heme aquí, Señor". "Acéptame según tu palabra, Señor, y viviré…” (Salmo 118), a lo cual corresponde el hermoso texto de San Pedro "Como recién nacidos, busquen la leche espiritual no adulterada, para crecer sanos, ya que gustaron qué bueno es el Señor” (I Pi., 2, 2) (3)

    Así viviremos un nuevo nacimiento, una Navidad, una Resurrección, ¡nuestro ser será reconstruido radicalmente, tendremos otro nuevo comenzar! Estamos en manos de Cristo como niñitos recién nacidos”.

     

    Nota (1): ¡Zundel parece decirnos que Jesús no solamente ocupa todo el lugar en nosotros, sino que borra todo nuestro pasado!

    (2) En francés, borrar y eclipsar son aquí el mismo verbo (effacer) (Nota del traductor).

    (3) La referencia dada en el texto es incorrecta (N. del T.)

  • 20 01 2009. La verdadera oración del cristiano.

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    Reflexiones de P. Debains, después del texto de ayer.

    “La verdadera oración del cristiano, la oración espontánea del discípulo del evangelio, es oración sobre la vida, es oración sobre el hombre”.

    ¿Quién de nosotros practica la oración sobre la vida? ¡Que se deje conocer! ¡Podría fundar una comunidad nueva donde esa oración tendría capital importancia, tanto que podría remplazar el breviario, o al menos tener un puesto central en la oración oficial de la Iglesia! Muchas películas existen ya sobre la historia de la vida en su magnificencia y los innumerables seres que habita y anima. Podrían felizmente alimentar la oración y la alabanza.

    Y luego, continúa Zundel, y es capital, la posibilidad, la eventualidad, la probabilidad, la magnífica esperanza “zundeliana” de la conversión final de todo hombre porque: “¿Cómo quieren vivir a la altura del evangelio, es decir a la altura del corazón de Jesucristo, cómo quieren acoger a los demás como a sí mismos, o mejor, como a Él mismo? Cómo acogerlo como a Jesús, si la mirada de su fe no supera las apariencias, no pasa los límites actuales del hombre, de todo hombre que puede ser, bajo ciertos aspectos, tan antipático, estar tan cargado de carne y de faltas pero que sigue sin embargo siendo capacidad de Dios, ¡que puede convertirse en ángel, que puede, como el buen ladrón, hacerse santo en un instante, que puede, como la pecadora, hacerse archi-virgen en un instante, que puede, como el publicano, superar en un instante a todos los fariseos por el ardor de su fe y la autenticidad de su amor!”

    Esa será nuestra oración en la eternidad bienaventurada del paraíso. Es la oración esencial en que intercambian las tres personas divinas, porque el Hijo, con el Padre y el Espíritu, es el príncipe de la vida, la fuente de toda vida, y Su oración eterna en la Trinidad no puede sino ser modelada, no puede sino fundarse sobre la identidad del Hijo que recibe la vida del Padre y no la recibe, como el Padre mismo, sino para comunicarla.

    ¡Dios, eternamente, no hace sino comunicar la vida! Sólo tiene ese deseo, ¡es el deseo constitutivo de su ser Trinitario! y nuestra tierra, después de la Trinidad divina, es el lugar sin duda por excelencia, de la comunicación sobreabundante de la vida, con su historia infinitamente larga y no terminada, orientada toda entera hacia la aparición del hombre, y luego, del hombre que vive la vida de Dios, ya que Jesús vino, ya que Jesús viene para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia. Y son innumerables los receptáculos de la vida sobre la tierra antes de llegar al hombre, antes de la venida del Príncipe de la vida, antes de la venida del hombre que dirá: “¡Viva estará en la Iglesia, viva estará mi vida en adelante y para siempre, toda llena de ti!”

    Miren con el mismo interés, si no con la misma pasión que yo, las numerosas películas sobre animales en la televisión: esta noche, en Arte, sobre la vida en Amazonia, sobre toda clase de especies. ¡Qué variedad prodigiosa, pasmosa! ¡Y el número de hombres en el paraíso será sin duda más elevado que el de los innumerables animales!

    La oración sobre la vida incluirá toda esta historia, elaborándose a todo lo largo de la historia, y en su término, con la constitución de un inmenso cuerpo, el de Cristo, el de la esposa perfecta, compuesta de miles y miles de millones de hombres, más numerosos todavía que el mundo animalero, cantando por la eternidad, viviéndola, la vida de Dios a la cual la esposa de Cristo habrá aprendido a conformarse eternamente en cada uno de sus miembros.

    La historia de la vida, no una historia pasada, sino una historia cuyas etapas todas son actuales en el presente de cada instante, pues cada uno será capaz de contenerla, de revivirla totalmente y al mismo tiempo terminada, en su completa realización.

    La historia de la vida en un universo gigantesco, con innumerables planetas, todos en formación para llegar a ser aptos para acoger la vida, pero de los que quizá uno solo, nuestra tierra, lo ha logrado (1), teniendo todos los demás el deseo de lograrlo pero sin poder, y todos los demás quedados probablemente sólo en el estadio de acoger algunos rastros de vida, más o menos ínfimos. Tenemos en nuestro mundo de hoy de que aumentar extraordinariamente la alabanza de los salmos.

     

    (1) Creí leer en alguna parte que la mayoría de los sabios no creen en la posibilidad de la aparición de la vida bajo una forma tan desarrollada como en el hombre en cualquier planeta, aunque el número de planetas sea casi infinito.

     

  • 19 01 2009. La verdadera oración del cristiano. La oración espontánea del discípulo del Evangelio.

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    Fin de la conferencia de M. Zundel, (continuación del 17 de enero).

    Capital. Lectura y relectura indispensables simplemente para comenzar sólo a entrar en estas perspectivas totalmente inéditas y nuevas para mí.

    “Nada sería justamente más erróneo que ver en la Iglesia un poder que se impone, que puede imponerse, que pretende imponerse. La Iglesia sólo puede estar de rodillas, como Jesús en el lavatorio de los pies. Y nosotros no podemos recibirlo, no podemos reconocerlo sino estando abiertos a la intimidad del Señor, totalmente penetrados de Su luz y comprometidos en el matrimonio de amor que Dios quiere contraer con nosotros.

    Por eso, unos y otros (creyentes y no creyentes) finalmente son no creyentes, tanto los que niegan a Dios – ¡un falso dios! – como los que quieren imponer desde afuera un Dios que tampoco es el verdadero Dios.

    Es absolutamente necesario disipar este equívoco. Ante todo se necesita otra cosa: proclamar la fe en el hombre. El que no crea en el hombre no podrá jamás creer en un Dios auténtico y verificable, porque ignorará en el hombre el misterio de una libertad inviolable, no comprenderá que el hombre sólo existe cuando es autonomía, fuente, origen, cuando es creador de un nuevo universo: es un don maravilloso hecho a todos los hombres como también una ofrenda irremplazable hecha a Dios.

    Y esa es la pregunta: “¿Creemos en el hombre?” Allá es donde Jesús quiere llevarnos, donde no cesa de darnos el amor del hombre como criterio, como piedra de toque de la fe.

    ¿Aman ustedes al Hombre? Entonces sí, si aman al hombre, si aman al prójimo, pueden decir que aman a Dios. Jesús se identifica tanto con el hombre que dice: “En todos los que sufren, soy yo el que tengo hambre, el que tengo sed, el que estoy preso, enfermo, y soy negado”.

    Por eso, la verdadera oración del cristiano, la oración espontánea del discípulo del evangelio es una oración sobre la vida, una oración sobre el hombre.

    ¿Cómo quieren ustedes vivir a la altura del Evangelio, es decir a la altura del corazón de Jesucristo? ¿Cómo quieren acoger a otro como a sí mismos, o mejor, como a Él mismo? ¿Cómo acogerlo como a Jesús, si su mirada de fe no supera las apariencias, los límites actuales del hombre que puede ser bajo ciertos aspectos tan antipático, tan cargado de carne y de faltas pero que no por eso deja de ser capacidad de Dios y que puede llegar a ser ángel, que puede, como el buen ladrón, hacerse santo en un instante, que puede, como la pecadora, hacerse archi-virgen en un instante, y como el publicano, superar en un instante a todos los fariseos por el ardor de su fe y la autenticidad de su amor?

    Eso es la oración sobre el hombre: dar al hombre toda su estatura, toda su grandeza, hacerle crédito en él a la obra de la gracia, saber que nadie puede estar fuera de Dios, fuera de Jesucristo, fuera de la Iglesia de Jesucristo, lo que es lo mismo, nadie puede estar fuera del Amor que no es sino amor, y la oración del cristiano, la mirada del cristiano no puede ser extranjera para nadie.

    Se trata pues continuamente, desde la mañana hasta la tarde, y desde la tarde hasta la mañana, en la medida en que velamos, se trata constantemente de entrar en esta oración sobre la vida y sobre el hombre.

    Entonces la oración es verdaderamente la respiración de toda la existencia, no una oración a la que uno se fuerza, una oración estereotipada, sino la oración siempre nueva que suscita cada rostro en su diversidad, cada rostro cuando queremos acogerlo con respeto, cuando a través de él queremos comulgar con la Presencia del Señor. Ningún tema me parece más grave que ese!

    Hay un falso debate, y una guerra monstruosamente absurda entre el Oriente y el Occidente, entre “creyentes” y “no creyentes”, porque unos y otros se alimentan de palabras, porque el reino del hombre no se realiza ni de un lado ni del otro, porque el reino de Dios es igualmente desconocido de unos y de otros, porque el Reino de Dios coincide con el reino del hombre, el reino de Dios es justamente como nos lo enseña, como nos lo muestra Jesús arrodillado en el lavatorio de los pies, el reino de Dios es el hombre que se abre, el hombre que consiente, el hombre que descubre dentro de sí el espacio maravilloso donde dialoga con una Presencia desconocida hasta entonces y que acaba de arrojarlo al centro de su intimidad, revelándole la amplitud y la fuerza de su libertad.

    ¡Sí, eso es! Jesús nos ha revelado el hombre y porque nos lo ha revelado en un grado único, porque lo ha colocado tan alto, porque lo ha conquistado a tan gran precio, por eso nosotros estamos seguros de tener en Jesús la revelación del verdadero Dios, del Dios Vivo, del Dios espíritu, que es la Vida de nuestra vida.

    Se trata pues de convertirnos a ese evangelio, de convertirnos a esa religión del hombre, que es la misma cosa que la religión de Dios. Tenemos que aprender a discernir en el hombre estas posibilidades infinitas, a reivindicar su prioridad y su protección, y a ordenar toda nuestra vida, en las relaciones con los demás, a suscitar en ellos, silenciosa y discretamente, a suscitar en ellos ese nuevo ser, el ser universal, el ser irreemplazable que hace de cada hombre una revelación única del rostro de Dios.

    Y cuando realmente podamos decir desde el fondo del corazón: “Yo creo en el hombre”, entonces podremos decir en verdad: “Yo creo en Dios” ya que es imposible llegar a Dios sin descubrir al hombre. Porque finalmente, si me dices “Muéstrame a tu Dios”, yo te diré: “Primero muéstrame qué hombre eres, muéstrame si los ojos de tu alma están abiertos y ven claro, muéstrame si los oídos de tu corazón saben oír, y yo te mostraré mi Dios”.

     

    Nota: Leyendo y releyendo esta homilía o conferencia, tuve la impresión de que todavía no había entendido nada de Zundel, porque aquí se recibe una luz capital sobre la revelación cristiana, una luz, una iluminación nueva, muy poco comprendida todavía entre los cristianos, o al menos por mí persona. Habrá que volver a esto. Creo que muy pocos ponen en práctica esta manera de orar sobre la vida y sobre el hombre. Zundel molesta, es evidente aquí. Uno se siente tentado de rechazarlo. (¡Continuará!)

  • 18/01/09. Única posibilidad para la humanidad de llegar a la unidad.

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    Oración por la unidad del género humano.

    Para ayudarnos a orar por la unidad podemos referirnos a la conferencia pronunciada en Ginebra en 1965, publicada el 09/01/06 en nuestro sitio. Nos permitimos ampliarla a toda la humanidad: oraremos en adelante por la unidad del género humano en su totalidad.

    Leemos en ella: “En Jesús, en la humanidad de Jesús, tenemos pues una vez más una relación que la une a la divinidad como a su verdadero yo y que habilita por tanto Su humanidad para comunicarnos de manera única la Presencia Divina.

    Ven que en esa expresión dogmática hay una luz prodigiosa, una liberación inmensa. (En el momento de la encarnación de Jesús), Dios no cambió, no hubo metamorfosis de Dios en hombre, ni metamorfosis del hombre en Dios, hubo la desapropiación oblativa que brilla en el corazón de la divinidad, en la vida trinitaria, y que repercute de manera única en la humanidad de Jesús que es la más pobre que haya jamás existido ya que no se puede ser más pobre que no poder decir “yo”, estar tan desapropiado que uno no pueda sino ofrecerse al Otro que es el verdadero Yo, como desea serlo en nosotros además, ya que nosotros también, desde que nos despegamos de nosotros mismos, somos imantados por Dios, y el horizonte último de nuestra personalidad es la Trinidad misma a través del Verbo de Dios encarnado en Jesús.

    Jesús no recibe esta gracia para sí mismo. Es una misión inscrita en el corazón de la Encarnación: comunicar a todos los hombres la Presencia Divina en la plena luz del despojamiento y del amor, y realizar la unidad del género humano en el único “yo” que es el Yo divino, a tal punto que Pablo podrá decir a los gálatas que en adelante “ya no hay hombres, ni mujeres, ni judíos, ni esclavos, ni hombres libres, (y podríamos añadir: ni católicos, ni protestantes, ni ortodoxos, ni budistas, ni musulmanes, ni asiáticos, ni americanos…) todos sois una sola persona en Cristo Jesús” (Gálatas 1, 28).

    Para la humanidad, es la única posibilidad de alcanzar la unidad.  (Fin de la cita)

    ¡Esta amplificación de la oración por la unidad, esta oración que se vuelve oración por la unidad del género humano, todos debemos practicarla! La unidad de la humanidad sólo puede hacerse en la Persona de Jesucristo, más precisamente en y por Su humanidad infinitamente santa. Todos tenemos que hacer que el yo de Jesucristo, el yo divino, se exprese en y por cada uno de nosotros, y eso no se puede hacer sino por la desapropiación del yo carnal, despojándonos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo. Eso es esencial.

    Ahora, en pleno desarrollo de los medios de comunicación, esto debería comenzar a ser más efectivo. Que en Internet y en todos los medios de comunicación de hoy se exprese nuestra desapropiación por el revestirse de Jesucristo.

    Pero podemos preguntarnos finalmente ¿por qué desear la unidad? ¿Por qué siempre y en todas partes tienen los hombres que realizar la unidad? La respuesta es evidente: para realizar el proyecto de Dios al crear y salvar al hombre, y la única manera, o al menos la primera, como el hombre puede responder al proyecto divino, y conocer así la felicidad es trabajar por realizar la unidad ahí donde estemos. Está en juego la felicidad de toda la humanidad, y el amor del prójimo como Jesús lo ama es su clave.

    El libro del Apocalipsis habla de la humanidad futura como de una muchedumbre. Es ciertamente una falla: la verdadera humanidad de mañana, que ya está en camino de realizarse ahora y a lo largo de toda nuestra larga historia, constituye no una muchedumbre sino un cuerpo, el cuerpo místico de Cristo, en camino para ser el de la perfecta esposa.

    Esta es ciertamente una manera nueva de darle sabor nuevo a la semana de oración por la unidad de los cristianos.

     

  • 17/01/09. ¿Creen ustedes que hay en nosotros la posibilidad de un universo más precioso que el Universo visible?

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    1ª parte de una Conferencia inédita, sin fecha.

    El verdadero problema: ¿qué hicimos del hombre interior? ¿Cuál es esa creación interior que hace al hombre fuente, origen y creador? Esa es toda la cuestión. ¿Creemos que hay en nosotros la posibilidad de un universo más precioso que el universo visible, que hay en cada hombre un tesoro infinito?...

    “Oímos continuamente hablar de la oposición entre creyentes y no creyentes. Ninguna oposición me parece más artificial, lo mismo que el conflicto Oriente-Occidente que coincide más o menos con esa oposición. Porque finalmente, ¿quiénes son los creyentes y quiénes los no creyentes? ¿Somos nosotros verdaderamente creyentes? ¿Qué quiere decir eso? ¿En quién creemos, y en qué creemos?

    Un obispo de la antigüedad, San Teófilo de Alejandría, nos recuerda aquí la importancia capital de tener en cuenta al hombre antes de hablar de Dios. Ese autor antiguo, que vivía a fines del siglo 2°, ese obispo sirio, nos dijo estas palabras capitales: “Si me preguntas, si me dices: ¡muéstrame tu Dios! Yo te diré: ¡muéstrame primero qué hombre eres tú! Muéstrame si los ojos de tu alma ven claro, si los oídos de tu corazón saben escuchar, ¡y yo te mostraré mi Dios!” Imposible pues hablar de Dios sin saber con qué hombre tratamos.

    La mujer pobre que me decía: “¿Cómo quiere que rece y medite cuando mis marmitas están vacías y tengo cinco hijos qué alimentar?” ¿Qué reclamaba ella? Justamente la posibilidad de un espacio interior, ya que el hombre comienza a manifestar su esencia, su naturaleza particular, su privilegio de ser racional, sobrevolando el tiempo. El hombre puede ver más allá del momento presente, y ustedes saben que si están seguros de no poder comer mañana, la comida de hoy se les queda en la garganta.

    El hombre necesita seguridad a largo plazo porque justamente puede vivir más allá del momento presente, y el estar seguro de la inseguridad de mañana mata toda clase de descanso y de felicidad de hoy.

    La mujer pobre, ante sus marmitas vacías, sabe muy bien que para poder pensar, orar, meditar, es necesario tener la mente libre, hay que poder disponer de un espacio interior y ese espacio interior está condicionado afuera por un espacio de seguridad.

    Pero ¿porqué quiere disponer de un espacio interior? Justamente, es consciente de que ser humano es ser capaz de crear dentro de sí un bien tan precioso que supera todos los bienes, un bien al cual deben subordinarse todas las riquezas, todos los medios de producción, todas las leyes del trabajo, todas las organizaciones políticas. ¿Y cuál es ese bien? ¿Cuál es esa creación interior que hace al hombre fuente, origen y creador? Esa es toda la cuestión.

    ¿Creemos realmente que hay en nosotros la posibilidad de un mundo interior, de un universo más precioso que un universo visible? ¿Creemos que cada uno de esos hombrecillos que se agitan sobre la superficie del planeta es indispensable?, ¿que cada uno aporta consigo une revelación que él es el único capaz de comunicar? ¿Quién puede creer eso? ¿quién, entre los políticos, entre los jefes de estado, entre los diplomáticos que toman parte en las conferencias internacionales, quién entre los jefes de guerra que no paran de derramar sangre, quién cree que hay en el hombre realmente un tesoro infinito?

    Y entonces, aunque hagan planes quinquenales o construyan iglesias, si es un Dios que viene del exterior…, veamos estas dos hipótesis. Los planes quinquenales inventados por Stalín: vamos a proponernos construir represas, excavar minas, explorar el subsuelo, emprender sondeos, para ver si tenemos pozos de petróleo, vamos a darnos cinco años, vamos a movilizar todas las energías humanas, vamos a forzarlas, obligarlas a trabajar, vamos a castigar de muerte a los saboteadores… ¿y luégo? ¿y luégo? Cuando hayamos construido represas, cuando hayamos cavado pozos, cuando hayamos descubierto nuevos yacimientos de metales indispensables, ¿será el hombre más hombre? y todos aquellos cuyas vidas habremos tenido que sacrificar, ¿qué se habrán hecho? ¿Qué se habrán hecho sus posibilidades creadoras?

    El comunismo que sueña con el reino del hombre, ese reino tan halagüeño, en el cual creemos además nosotros, y lo queremos, cuando el comunismo nos propone esa formidable organización externa que es indispensable, lo sé muy bien, pero si todo se limita a eso, ¿Qué habremos ganado? ¿Qué habremos ganado si alcanzamos la luna y los planetas, si organizamos económicamente el sistema solar? ¿Qué habremos ganado si conservamos el espíritu parroquiano, si seguimos siendo esclavos de prejuicios, si nos movemos dentro de resentimientos, de odios y competiciones? No basta construir un mundo exterior gigantesco donde se atestigua la potencia técnica del hombre, porque el verdadero problema es: ¿Qué hicimos del mundo interior cuyo respeto y defensa reclamaba la mujer pobre?

    Eso es creer en el hombre, justamente: creer que en cada uno existe una iniciativa posible, una fuente que quiere brotar, un universo que es el bien común de todos los hombres. Porque cuando un hombre como San Francisco de Asís atraviesa la historia e imprime las huellas de su luz, permanece para siempre como fermento de liberación y todos los hombres podrán para siempre en la luz de su vida encontrar con qué subir la cuesta de la biología, con qué hacerse a su vez fuente, origen, espacio y comienzo.

    Pero si por otra parte aportamos una iglesia que viene de afuera, como ese joven patrón que deseaba construir una capilla en su fábrica, pero que no se había planteado jamás la pregunta: "¿Es suficiente para vivir el salario que pago a mis obreros?” Quería implantar en medio de ellos, ¡quería imponerles la Cruz de Jesucristo! ¡No se había inquietado por saber si la cruz de ellos no era insoportable! Con los beneficios del trabajo, quería llevar un mensaje supuesto evangélico, ¡y no entendía que el Evangelio comienza por el respeto del hombre!

    Un Dios que viene de afuera, un Dios que es impuesto, es necesariamente un ídolo. Yo sé que se puede decir: “Finalmente, todos los profetas nos comunicaron revelaciones recibidas, todos los profetas que proclamaron los mandamientos y las ordenanzas de Dios, y que nos pidieron que nos sometiéramos, ¿no venían del exterior de la humanidad que pretendían someter a Dios?” Sí, sin lugar a duda, pero eso era el Antiguo Testamento, se trataba todavía de un Dios mal conocido, ¡como también era desconocido el hombre!

    Jesús nos hizo entrar en otro régimen, porque justamente Jesús nos revela el verdadero Dios, el Dios bueno, el Dios Amor, el Dios que jamás se impone, el Dios que viene siempre de adentro, ¡y que está de rodillas ante la humanidad en el lavatorio de los pies!

    ¿Cómo entender el lavatorio de los pies, en efecto, si no vemos en el hombre un poder de iniciativa, una libertad tan sagrada, tan inviolable, que Dios mismo se arrodilla ante ella?

    Ciertas mamás conocen este drama, el drama del hijo que se cierra, que dice “No, ¡no quiero, no quiero que penetren en mi fuero interno! No quiero que se ocupen de mí, no quiero que controlen mi conducta, ¡no quiero que sepan lo que pienso y lo que quiero!” Y sabemos bien que la tortura de una madre que es así echada afuera del alma de su hijo, que esa tortura es incapaz de forzar la represa. Ella no puede nada, porque si una conciencia dice “¡No!”, si rehúsa, nada en el mundo, puede forzarla, ni el mismo Dios. Hay que abrirla, conquistarla, domesticarla, abordarla por el interior, para que justamente se dé con toda su espontaneidad y con toda la alegría de su amor.

    Por eso la Iglesia de Jesucristo, la verdadera Iglesia, la Iglesia vivida en la fe y en el amor, no viene de afuera, porque la Iglesia es un sacramento, es toda entera un sacramento, es toda entera una realidad mística que es absolutamente imposible entender y vivir sino en una vida interior, en la luz de la fe y del amor, y en un enraizamiento auténtico en la intimidad de Jesucristo”. (Continuará)

     

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