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Personal
(Pueden contentarse con leer el texto de la conferencia publicado más abajo).
¿Cuando arriesgamos hacer
daño a Dios hablando de Él? Cada vez que hablamos de Él descuidando su
“trinitariedad”, o sin subentenderla al menos.
Dios es trinidad y cada
persona divina no es personalizada sino en su relación con la Otra en la
Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu no tienen otra personalidad que la
relación con el Otro en la Trinidad.
Dios es único pero no
solitario. No es ni ha estado jamás solo, es único a causa de la cualidad de la
relación que constituye cada Persona y permite la unidad perfecta del Dios
Trino.
Se puede decir que se
arriesga hacer daño a Dios cuando se habla de Él como alguien exterior al
hombre, y que estaría entonces finalmente poco preocupado de lo que pueda
sucederle a su criatura, si ésta permanece exterior. Ya no se comprendería por
qué fue hasta comprometerse por la felicidad y la salvación del hombre,
haciéndose hombre hace 2000 años.
Además... Jesucristo,
aparentemente, parece exteriorizar a Dios, al ser Su encarnación perfecta en el
hombre. De hecho, hace y quiere hacer exactamente lo contrario: quiere hacernos
saber que Dios es espíritu.
Lo que se olvida
fácilmente, y Zundel insistió mucho en ello, es que la Humanidad santa de
Jesucristo no es Dios, aunque sea Su perfecta encarnación, y por lo mismo,
cuando vemos a Jesucristo antes de “pasar” al Padre, no vemos a Dios.
Jesucristo justamente vino para liberarnos de una concepción exterior de Dios,
diciéndonos que “Dios es espíritu” (Juan 4, 24), y haciendo a la humanidad el
día de Pentecostés el don del Espíritu que es Dios, don que es el término y la razón
de ser de su encarnación perfecta en el hombre al hacerse uno de nosotros.
* He aquí ahora la 5a
conferencia de Zundel en la Rochette. Presenta la Trinidad divina bajo una nueva
luz, y es importante, capital, reconocer su novedad. Conviene prestar una
atención especial a esta enseñanza, es extremadamente importante.
“Nietzsche expresó
brutalmente el rechazo que el mundo opone a toda religión: “Si hubiera dioses,
¿cómo soportaría yo no ser dios? Luego, ¡no hay dioses!” Esta actitud, bajo
formas menos abruptas seguramente, está más generalizada de lo que pensamos.
Recuerdo la niñita que,
habiendo oído hablar de la gloria, el poder, la riqueza y la felicidad infinita
de Dios no podía admitir que ventajas tan exorbitantes fueran para uno solo y
esperaba tranquilamente su turno para ser dios.
Una especie de capitalismo
trascendente, invulnerable, despótico y todopoderoso, a cuyos caprichos todo
está sometido y al que nadie puede escapar, y es, en efecto, bajo estos rasgos
caricaturales como muchos se representan la divinidad totalmente embriagada de
sí misma, totalmente ocupada en celebrarse y ¡haciendo gracia sólo a los que se
humillan delante de ella! realiza a una escala infinita el tipo de Narciso
mitológico, enamorado de sí mismo, y que pasa su tiempo saboreando su propia
belleza.
Ciertos creyentes van hasta
hablar de un egoísmo legítimo y necesario de Dios, cuyo privilegio le reconocen
con ingenuidad. Otros no se atreven a decirlo pero piensan en el fondo de sí
mismos que sería mucho más sencillo si Dios no existiera y si uno pudiera hacer
todo lo que quiere.
Todas estas concepciones,
sean religiosas o antirreligiosas, gravitan alrededor de un ídolo. El Dios vivo del Evangelio es Trinidad, es
decir supremo despojamiento. Personificado en un triple foco de altruismo, todo
Su ser es eternamente difundido en oblación de Luz y de Amor (1) en que
“circula” de uno a otro por el juego recíproco de las sustancias relativas (relacionales) en las cuales sólo se
afirma para y por la comunicación: ¡nada está más lejos del súper capitalismo
al que acabo de aludir! Nada está más cerca de las intuiciones del trovador
seráfico que soñaba con desposar Dama Pobreza.
¿Cómo dudar, en efecto, de
que San Francisco percibiera bajo esta figura la realidad misma de la
vida divina? Habría sido sin duda bien incapaz de explicitar en
conceptos la convicción que tenía y que defendía con tan inflexible
obstinación, pero no era un hombre a dar su vida por un sueño o a sacrificar la
realidad por una imagen. Si renunció a sus ambiciones de joven burgués que
aspiraba a la más alta nobleza, fue porque se
le apareció la verdadera grandeza bajo los rasgos de la divina Pobreza. El
anatema que pronuncia contra toda propiedad material en el seno de su orden
está dirigido contra el espíritu de posesión. Si el “hermano menor” no debe
apropiarse nada, es para llegar más seguramente al despojamiento íntimo en que
se libera de sí mismo.
La pobreza exterior es el
símbolo y la garantía de la pobreza interior, de la pobreza según el espíritu
que es la primera bienaventuranza, primera, a los ojos del Poverello, no sólo
en el orden de la promulgación según la letra del texto evangélico, sino en el
orden de los valores donde se identifica con la caridad, con la bienaventuranza
misma de Dios que es el gozo del don.
¡Cómo le habría gustado la
expresión de Séneca, si la hubiera conocido: “No es la riqueza lo que te hará
semejante a Dios. ¡Dios no tiene nada, Dios está desnudo!” En efecto, qué
posesión, en el sentido egocéntrico que tiene la palabra generalmente, ¿qué
posesión atribuir al ser que está totalmente desposeído de sí mismo y cuyo Yo
está constituido por el altruismo tres veces subsistente, que hace de Él un
éxtasis de Luz y de Amor? Según el vocabulario salido de la distinción entre el
ser y el tener, Dios ES todo porque no TIENE nada, es decir, en lenguaje
cristiano: Dios es el valor supremo
porque es la eterna Caridad.
Es lástima que la Santísima
Trinidad haya sido a veces presentada como ininteligible por haber sido
presentada de afuera. Afortunadamente, Jesucristo nos revela el verdadero
rostro de Dios al introducirnos en la intimidad de la Santísima Trinidad que es la fuente, la luz y el espacio de nuestra
libertad.
El misterio cristiano no es un misterio limitado sino un misterio de plenitud. No es misterio
porque la inteligencia choca en él
con lo incomprensible, sino porque pasará
la eternidad descubriendo, contemplando, admirando sin jamás agotar la
fuente de gozo, de belleza y de amor de la Vida divina que brota sin cesar.
El niño comprende muy bien
el lazo que existe entre su padre, su madre y él. El bien de la familia, su tesoro, es su unidad, su armonía, su amor.
Ese bien esencial está constituido por el hecho de que cada uno mira al otro.
En la medida en que cada uno se olvida por el bien de los demás es como
subsiste el bien incomparable de la unidad y del amor.
Ese bien único no puede ser
poseído por uno solo. Si uno quiere acapararlo, hacerse el centro, destruye la
armonía y el gozo de la familia. Es un
bien que no puede existir sino en estado de comunicación.
Es además la
condición de todos los bienes del espíritu. El músico que ha tocado divinamente, que ha revelado la música a sus
auditores, que
los ha llevado al corazón del silencio, perdería contacto con la música si
tomara los aplausos a cuenta de su éxito personal. Sólo puede permanecer en la
música escuchándola. Si se escucha a sí mismo, se cierra las puertas de la
música, como el sabio se cierra a la verdad si se la quiere apropiar, conservar
su monopolio. Así es también en la Vida Divina.
El bien supremo de la eterna divinidad sólo existe en estado de
comunicación. Dios
es único pero no solitario, Dios es una familia, Dios se comunica, en Dios “Yo”
es Otro. En Dios, el conocimiento no es una mirada vuelta hacia sí mismo, sino
una confidencia eterna del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. La personalidad
de Dios es constituida por un altruismo subsistente. Lo que distingue a las Personas Divinas es que cada una es toda
comunicación con las Demás. Toda la Vida Divina sólo subsiste en ese intercambio.
En Dios no hay nada que no sea
comunicado, es lo que quiere decir “Dios es Amor”.
Dios es Amor, comunicación,
totalmente, sin resto ni reserva. La divinidad no pertenece al Padre que la
comunica, ni al Hijo que la comunica igualmente, ni al Espíritu Santo que es
todo aspiración y re-spiración. Dios es Dios porque no tiene nada. Es el
Infinito despojamiento. Él da todo.
La intuición de San
Francisco de Asís lo llevó a esa inmensa luz. Afortunadamente, no hizo teorías
sino que vivió la Pobreza divina y nos permitió entrever su profundidad
insondable y sacar de ella un gozo que nadie puede quitarnos.
El verdadero Dios no puede
poseer ni perder nada. Da todo eternamente y nos invita a dar todo para
hacernos lo que es Él. ¡Cuántos
cristianos no han comprendido todavía la novedad increíble del Evangelio! Es
necesario cambiar de mirada para percibir al Dios que se revela en la
transparencia de Jesucristo.
Hasta Jesús se concebía la
grandeza como dominación. ¡Ser grande era mandar, tener esclavos, recibir homenajes!
Se proyectaba sobre Dios la imagen de los reyes absolutos de la Antigüedad y se
hacía de Él un ser colosal capaz de aplastarnos ¡y al que le gustaba vernos
prosternados en el polvo!
Jesucristo nos reveló otra
escala de valores, la del Lavatorio de los pies, escena revolucionaria que nos
lleva al centro del Evangelio. Los apóstoles la rechazan en nombre de la imagen
del Dios dominador y Jesús quiere abrir el Nuevo Testamento por ese gesto que
nos enseña que la grandeza no está en la dominación sino en la generosidad del
don. Estamos tentados de construirnos en la dominación, ¡queremos una corte que
nos admire!
Nuestra grandeza,
como la de Dios, está en la generosidad. Dios no tiene súbditos, no tiene esclavos, no defiende su dominio
contra nosotros. Dios es liberador, el espacio donde se realiza nuestra libertad.
Dios es el Amor que quiere
introducirnos en el Amor. Dios es la Pobreza que quiere introducirnos en la
Pobreza. Dios es el que da todo y nos llama a darlo todo.
Era necesario Nuestro Señor
para liberarnos de la imagen de un falso dios con rostro de propietario y de
déspota. Jesús nos hizo la gran confidencia que hace la novedad del Evangelio.
Pero falta que la visión cristiana del mundo se difunda por doquiera.
¡Ciertos cristianos leen
todavía el Nuevo Testamento con el espíritu del Antiguo! En vez de leer el
Antiguo con el espíritu del Nuevo. Jamás sabremos acoger con gozo
suficiente esa confidencia divina. ¡Cuando es acogida, todos los ídolos se
derrumban y todas las falsas grandezas caen! Queda solo la verdadera grandeza
que es la de amar. Dejemos despertar en nosotros el gozo del descubrimiento
inagotable de las Tres Personas Divinas.
Si tenemos el honor
terrible de enseñar a los niños, pongámoslos delante de ese Dios Amor que
quiere hacernos semejantes a Él.
No hay día en que el encuentro con la Trinidad no sea como la fuente que brota
en Vida eterna, en que el descubrimiento de los abismos del Corazón de dios no
sea una novedad inagotable.
Tenemos que permanecer en
esta admiración para trabajar en nuestro lugar en el mundo que se presenta como
enemigo de Dios. Para desarmar este mundo que se desgarra, es
necesario presentar el verdadero Dios en una vida de Pobreza, una vida
transparente, silenciosa, una vida en que cada uno se sienta acogido y donde
Dios aparezca como el espacio ilimitado donde la libertad respira.
Viviendo este gozo,
pediremos que esta visión se comunique, que el mundo conozca por fin el
verdadero rostro de Dios y ¡que el nuéstro no sea sino Su transparencia!
(l) Para el comienzo de
esta conferencia, recopiamos exactamente el texto de Mauricio ZUNDEL en su
libro “Itinerario”, cap. X, “La suprema libertad”, pp. 166-168.
Nota (1). La objeción, o
mejor, la pregunta más fuerte sigue siendo: ¿Y porqué Dios no hizo de modo que
el hombre reconociera inmediatamente Su “trinitariedad”? ¡Habría sido mucho más
sencillo! Fundamentalmente, el hombre no tiene mala voluntad. ¿Porqué yerra tan
fácil y generalmente, y tan dramáticamente, y tantas veces, cuando viene a la
tierra? No conozco respuesta que satisfaga plenamente, sino quizás la que ve a
Dios queriendo dar al hombre una felicidad tal que tiene que merecerla, sin lo
cual el hombre mismo habría sido infeliz, infeliz de tener, o de ser todo eso,
con tanta felicidad, sin haberla merecido.
Y el mérito se adquiere
continuando la obra de la creación y de la redención comenzada por el Dios
Trino. Dios la continúa ahora, quiere terminarla, en y por el hombre. El
hombre, en cierto modo, toma la releva.
Es posible además que Dios
mismo merezca eternamente, de manera inmediatamente misteriosa, ser lo que es,
con su felicidad perfecta.
Se puede leer aquí con gran
provecho en el maravilloso capítulo primero de la epístola a los Efesios, la
oración: “¡Que el Dios de Nuestro Señor
Jesucristo ilumine nuestra inteligencia!” (Efesios, 1,18)