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17/01/09. ¿Creen ustedes que hay en nosotros la posibilidad de un universo más precioso que el Universo visible?

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1ª parte de una Conferencia inédita, sin fecha.

El verdadero problema: ¿qué hicimos del hombre interior? ¿Cuál es esa creación interior que hace al hombre fuente, origen y creador? Esa es toda la cuestión. ¿Creemos que hay en nosotros la posibilidad de un universo más precioso que el universo visible, que hay en cada hombre un tesoro infinito?...

“Oímos continuamente hablar de la oposición entre creyentes y no creyentes. Ninguna oposición me parece más artificial, lo mismo que el conflicto Oriente-Occidente que coincide más o menos con esa oposición. Porque finalmente, ¿quiénes son los creyentes y quiénes los no creyentes? ¿Somos nosotros verdaderamente creyentes? ¿Qué quiere decir eso? ¿En quién creemos, y en qué creemos?

Un obispo de la antigüedad, San Teófilo de Alejandría, nos recuerda aquí la importancia capital de tener en cuenta al hombre antes de hablar de Dios. Ese autor antiguo, que vivía a fines del siglo 2°, ese obispo sirio, nos dijo estas palabras capitales: “Si me preguntas, si me dices: ¡muéstrame tu Dios! Yo te diré: ¡muéstrame primero qué hombre eres tú! Muéstrame si los ojos de tu alma ven claro, si los oídos de tu corazón saben escuchar, ¡y yo te mostraré mi Dios!” Imposible pues hablar de Dios sin saber con qué hombre tratamos.

La mujer pobre que me decía: “¿Cómo quiere que rece y medite cuando mis marmitas están vacías y tengo cinco hijos qué alimentar?” ¿Qué reclamaba ella? Justamente la posibilidad de un espacio interior, ya que el hombre comienza a manifestar su esencia, su naturaleza particular, su privilegio de ser racional, sobrevolando el tiempo. El hombre puede ver más allá del momento presente, y ustedes saben que si están seguros de no poder comer mañana, la comida de hoy se les queda en la garganta.

El hombre necesita seguridad a largo plazo porque justamente puede vivir más allá del momento presente, y el estar seguro de la inseguridad de mañana mata toda clase de descanso y de felicidad de hoy.

La mujer pobre, ante sus marmitas vacías, sabe muy bien que para poder pensar, orar, meditar, es necesario tener la mente libre, hay que poder disponer de un espacio interior y ese espacio interior está condicionado afuera por un espacio de seguridad.

Pero ¿porqué quiere disponer de un espacio interior? Justamente, es consciente de que ser humano es ser capaz de crear dentro de sí un bien tan precioso que supera todos los bienes, un bien al cual deben subordinarse todas las riquezas, todos los medios de producción, todas las leyes del trabajo, todas las organizaciones políticas. ¿Y cuál es ese bien? ¿Cuál es esa creación interior que hace al hombre fuente, origen y creador? Esa es toda la cuestión.

¿Creemos realmente que hay en nosotros la posibilidad de un mundo interior, de un universo más precioso que un universo visible? ¿Creemos que cada uno de esos hombrecillos que se agitan sobre la superficie del planeta es indispensable?, ¿que cada uno aporta consigo une revelación que él es el único capaz de comunicar? ¿Quién puede creer eso? ¿quién, entre los políticos, entre los jefes de estado, entre los diplomáticos que toman parte en las conferencias internacionales, quién entre los jefes de guerra que no paran de derramar sangre, quién cree que hay en el hombre realmente un tesoro infinito?

Y entonces, aunque hagan planes quinquenales o construyan iglesias, si es un Dios que viene del exterior…, veamos estas dos hipótesis. Los planes quinquenales inventados por Stalín: vamos a proponernos construir represas, excavar minas, explorar el subsuelo, emprender sondeos, para ver si tenemos pozos de petróleo, vamos a darnos cinco años, vamos a movilizar todas las energías humanas, vamos a forzarlas, obligarlas a trabajar, vamos a castigar de muerte a los saboteadores… ¿y luégo? ¿y luégo? Cuando hayamos construido represas, cuando hayamos cavado pozos, cuando hayamos descubierto nuevos yacimientos de metales indispensables, ¿será el hombre más hombre? y todos aquellos cuyas vidas habremos tenido que sacrificar, ¿qué se habrán hecho? ¿Qué se habrán hecho sus posibilidades creadoras?

El comunismo que sueña con el reino del hombre, ese reino tan halagüeño, en el cual creemos además nosotros, y lo queremos, cuando el comunismo nos propone esa formidable organización externa que es indispensable, lo sé muy bien, pero si todo se limita a eso, ¿Qué habremos ganado? ¿Qué habremos ganado si alcanzamos la luna y los planetas, si organizamos económicamente el sistema solar? ¿Qué habremos ganado si conservamos el espíritu parroquiano, si seguimos siendo esclavos de prejuicios, si nos movemos dentro de resentimientos, de odios y competiciones? No basta construir un mundo exterior gigantesco donde se atestigua la potencia técnica del hombre, porque el verdadero problema es: ¿Qué hicimos del mundo interior cuyo respeto y defensa reclamaba la mujer pobre?

Eso es creer en el hombre, justamente: creer que en cada uno existe una iniciativa posible, una fuente que quiere brotar, un universo que es el bien común de todos los hombres. Porque cuando un hombre como San Francisco de Asís atraviesa la historia e imprime las huellas de su luz, permanece para siempre como fermento de liberación y todos los hombres podrán para siempre en la luz de su vida encontrar con qué subir la cuesta de la biología, con qué hacerse a su vez fuente, origen, espacio y comienzo.

Pero si por otra parte aportamos una iglesia que viene de afuera, como ese joven patrón que deseaba construir una capilla en su fábrica, pero que no se había planteado jamás la pregunta: "¿Es suficiente para vivir el salario que pago a mis obreros?” Quería implantar en medio de ellos, ¡quería imponerles la Cruz de Jesucristo! ¡No se había inquietado por saber si la cruz de ellos no era insoportable! Con los beneficios del trabajo, quería llevar un mensaje supuesto evangélico, ¡y no entendía que el Evangelio comienza por el respeto del hombre!

Un Dios que viene de afuera, un Dios que es impuesto, es necesariamente un ídolo. Yo sé que se puede decir: “Finalmente, todos los profetas nos comunicaron revelaciones recibidas, todos los profetas que proclamaron los mandamientos y las ordenanzas de Dios, y que nos pidieron que nos sometiéramos, ¿no venían del exterior de la humanidad que pretendían someter a Dios?” Sí, sin lugar a duda, pero eso era el Antiguo Testamento, se trataba todavía de un Dios mal conocido, ¡como también era desconocido el hombre!

Jesús nos hizo entrar en otro régimen, porque justamente Jesús nos revela el verdadero Dios, el Dios bueno, el Dios Amor, el Dios que jamás se impone, el Dios que viene siempre de adentro, ¡y que está de rodillas ante la humanidad en el lavatorio de los pies!

¿Cómo entender el lavatorio de los pies, en efecto, si no vemos en el hombre un poder de iniciativa, una libertad tan sagrada, tan inviolable, que Dios mismo se arrodilla ante ella?

Ciertas mamás conocen este drama, el drama del hijo que se cierra, que dice “No, ¡no quiero, no quiero que penetren en mi fuero interno! No quiero que se ocupen de mí, no quiero que controlen mi conducta, ¡no quiero que sepan lo que pienso y lo que quiero!” Y sabemos bien que la tortura de una madre que es así echada afuera del alma de su hijo, que esa tortura es incapaz de forzar la represa. Ella no puede nada, porque si una conciencia dice “¡No!”, si rehúsa, nada en el mundo, puede forzarla, ni el mismo Dios. Hay que abrirla, conquistarla, domesticarla, abordarla por el interior, para que justamente se dé con toda su espontaneidad y con toda la alegría de su amor.

Por eso la Iglesia de Jesucristo, la verdadera Iglesia, la Iglesia vivida en la fe y en el amor, no viene de afuera, porque la Iglesia es un sacramento, es toda entera un sacramento, es toda entera una realidad mística que es absolutamente imposible entender y vivir sino en una vida interior, en la luz de la fe y del amor, y en un enraizamiento auténtico en la intimidad de Jesucristo”. (Continuará)

 

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