Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
1ª parte de una Conferencia
inédita, sin fecha.
El verdadero problema: ¿qué
hicimos del hombre interior? ¿Cuál es esa creación interior que hace al hombre
fuente, origen y creador? Esa es toda la cuestión. ¿Creemos que hay en nosotros
la posibilidad de un universo más precioso que el universo visible, que hay en
cada hombre un tesoro infinito?...
“Oímos continuamente hablar
de la oposición entre creyentes y no creyentes. Ninguna oposición me parece más
artificial, lo mismo que el conflicto Oriente-Occidente que coincide más o
menos con esa oposición. Porque finalmente,
¿quiénes son los creyentes y quiénes los no creyentes? ¿Somos nosotros verdaderamente
creyentes? ¿Qué quiere decir eso? ¿En
quién creemos, y en qué creemos?
Un obispo de la antigüedad,
San Teófilo de Alejandría, nos recuerda aquí la importancia capital de
tener en cuenta al hombre antes de hablar de Dios. Ese autor antiguo,
que vivía a fines del siglo 2°, ese obispo sirio, nos dijo estas palabras
capitales: “Si me preguntas, si me dices: ¡muéstrame tu Dios! Yo te diré: ¡muéstrame
primero qué hombre eres tú! Muéstrame si los ojos de tu alma ven claro, si los
oídos de tu corazón saben escuchar, ¡y yo te mostraré mi Dios!”
Imposible pues hablar de Dios sin saber con qué hombre tratamos.
La mujer pobre que me decía: “¿Cómo quiere que
rece y medite cuando mis marmitas están vacías y tengo cinco hijos qué
alimentar?” ¿Qué reclamaba ella? Justamente la posibilidad de un espacio interior,
ya que el hombre comienza a manifestar su esencia, su naturaleza particular, su
privilegio de ser racional, sobrevolando
el tiempo. El hombre puede ver más allá del momento presente, y ustedes
saben que si están seguros de no poder comer mañana, la comida de hoy se les
queda en la garganta.
El hombre necesita
seguridad a largo plazo
porque justamente puede vivir más allá del momento presente, y el estar seguro
de la inseguridad de mañana mata toda clase de descanso y de felicidad de hoy.
La mujer pobre, ante sus
marmitas vacías, sabe muy bien que para
poder pensar, orar, meditar, es necesario tener la mente libre, hay que
poder disponer de un espacio interior y ese espacio interior está condicionado
afuera por un espacio de seguridad.
Pero ¿porqué quiere
disponer de un espacio interior? Justamente, es consciente de que ser humano es ser capaz de crear dentro de
sí un bien tan precioso que supera todos los bienes, un bien al cual deben
subordinarse todas las riquezas, todos los medios de producción, todas las
leyes del trabajo, todas las organizaciones políticas. ¿Y cuál es ese bien?
¿Cuál es esa creación interior que hace al hombre fuente, origen y creador? Esa
es toda la cuestión.
¿Creemos realmente
que hay en nosotros la posibilidad de un mundo interior, de un universo más
precioso que un universo visible? ¿Creemos que cada uno de esos hombrecillos
que se agitan sobre la superficie del planeta es indispensable?, ¿que cada uno
aporta consigo une revelación que él es el único capaz de comunicar? ¿Quién
puede creer eso? ¿quién, entre los
políticos, entre los jefes de estado, entre los diplomáticos que toman
parte en las conferencias internacionales, quién entre los jefes de guerra que
no paran de derramar sangre, quién cree
que hay en el hombre realmente un tesoro infinito?
Y entonces, aunque hagan
planes quinquenales o construyan iglesias, si es un Dios que viene del exterior…,
veamos estas dos hipótesis. Los planes quinquenales inventados por Stalín:
vamos a proponernos construir represas, excavar minas, explorar el subsuelo,
emprender sondeos, para ver si tenemos pozos de petróleo, vamos a darnos cinco
años, vamos a movilizar todas las energías humanas, vamos a forzarlas,
obligarlas a trabajar, vamos a castigar de muerte a los saboteadores… ¿y luégo?
¿y luégo? Cuando hayamos construido represas, cuando hayamos cavado pozos,
cuando hayamos descubierto nuevos yacimientos de metales indispensables, ¿será
el hombre más hombre? y todos aquellos cuyas vidas habremos tenido que
sacrificar, ¿qué se habrán hecho? ¿Qué se habrán hecho sus posibilidades
creadoras?
El comunismo que sueña con
el reino del hombre, ese reino tan halagüeño, en el cual creemos además nosotros,
y lo queremos, cuando el comunismo nos propone esa formidable organización
externa que es indispensable, lo sé muy bien, pero si todo se limita a eso,
¿Qué habremos ganado? ¿Qué habremos
ganado si alcanzamos la luna y los planetas, si organizamos económicamente
el sistema solar? ¿Qué habremos ganado si conservamos el espíritu parroquiano, si seguimos siendo esclavos de
prejuicios, si nos movemos dentro de resentimientos, de odios y competiciones?
No basta construir un mundo exterior gigantesco donde se atestigua la potencia
técnica del hombre, porque el verdadero
problema es: ¿Qué hicimos del mundo interior cuyo respeto y defensa
reclamaba la mujer pobre?
Eso es creer en el
hombre, justamente: creer que en cada uno existe una iniciativa posible, una
fuente que quiere brotar,
un universo que es el bien común de todos los hombres. Porque cuando un hombre
como San Francisco de Asís atraviesa la historia e imprime las huellas de su
luz, permanece para siempre como fermento de liberación y todos los hombres
podrán para siempre en la luz de su vida encontrar con qué subir la cuesta de
la biología, con qué hacerse a su vez fuente, origen, espacio y comienzo.
Pero si por otra parte aportamos una iglesia que viene de afuera, como
ese joven patrón que deseaba construir una capilla en su fábrica, pero que no
se había planteado jamás la pregunta: "¿Es suficiente para vivir el
salario que pago a mis obreros?” Quería implantar en medio de ellos, ¡quería
imponerles la Cruz de Jesucristo! ¡No se había inquietado por saber si la cruz
de ellos no era insoportable! Con los beneficios del trabajo, quería llevar un
mensaje supuesto evangélico, ¡y no entendía que el Evangelio comienza por el
respeto del hombre!
Un Dios que viene
de afuera, un Dios que es impuesto, es necesariamente un ídolo. Yo sé que se puede decir: “Finalmente,
todos los profetas nos comunicaron revelaciones recibidas, todos los profetas
que proclamaron los mandamientos y las ordenanzas de Dios, y que nos pidieron
que nos sometiéramos, ¿no venían del exterior de la humanidad que pretendían
someter a Dios?” Sí, sin lugar a duda, pero eso era el Antiguo Testamento, se
trataba todavía de un Dios mal conocido, ¡como también era desconocido el
hombre!
Jesús nos hizo
entrar en otro régimen,
porque justamente Jesús nos revela el verdadero Dios, el Dios bueno, el Dios
Amor, el Dios que jamás se impone, el Dios que viene siempre de adentro, ¡y que
está de rodillas ante la humanidad en el lavatorio de los pies!
¿Cómo entender el lavatorio
de los pies, en efecto, si no vemos en el hombre un poder de iniciativa, una
libertad tan sagrada, tan inviolable, que Dios mismo se arrodilla ante ella?
Ciertas mamás conocen este
drama, el drama del hijo que se cierra, que dice “No, ¡no quiero, no quiero que
penetren en mi fuero interno! No quiero que se ocupen de mí, no quiero que
controlen mi conducta, ¡no quiero que sepan lo que pienso y lo que quiero!” Y
sabemos bien que la tortura de una madre que es así echada afuera del alma de
su hijo, que esa tortura es incapaz de forzar la represa. Ella no puede nada,
porque si una conciencia dice “¡No!”, si rehúsa, nada en el mundo, puede
forzarla, ni el mismo Dios. Hay que abrirla, conquistarla, domesticarla,
abordarla por el interior, para que justamente se dé con toda su espontaneidad
y con toda la alegría de su amor.
Por eso la Iglesia
de Jesucristo, la verdadera Iglesia, la Iglesia vivida en la fe y en el amor,
no viene de afuera, porque la Iglesia es un
sacramento, es toda entera un sacramento, es toda entera una realidad mística que es absolutamente imposible entender y vivir sino en una vida interior,
en la luz de la fe y del amor, y en un enraizamiento auténtico en la intimidad
de Jesucristo”.
(Continuará)