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Fin de la conferencia de M.
Zundel, (continuación del 17 de enero).
Capital. Lectura y relectura
indispensables simplemente para comenzar sólo a entrar en estas perspectivas
totalmente inéditas y nuevas para mí.
“Nada sería
justamente más erróneo que ver en la Iglesia un poder que se impone, que puede imponerse, que pretende imponerse. La Iglesia
sólo puede estar de rodillas, como Jesús en el lavatorio de los pies. Y nosotros no podemos recibirlo, no podemos reconocerlo sino estando
abiertos a la intimidad del Señor, totalmente penetrados de Su luz y
comprometidos en el matrimonio de amor que Dios quiere contraer con
nosotros.
Por eso, unos y otros (creyentes y no creyentes) finalmente son
no creyentes, tanto los que niegan a Dios – ¡un falso dios! – como los que
quieren imponer desde afuera un Dios que tampoco es el verdadero Dios.
Es absolutamente necesario
disipar este equívoco. Ante todo se
necesita otra cosa: proclamar la fe en el hombre. El que no crea en el
hombre no podrá jamás creer en un Dios auténtico y verificable, porque ignorará
en el hombre el misterio de una libertad inviolable, no comprenderá que el hombre sólo existe cuando es autonomía,
fuente, origen, cuando es creador de un nuevo universo: es un don
maravilloso hecho a todos los hombres como también una ofrenda irremplazable
hecha a Dios.
Y esa es la pregunta: “¿Creemos en el hombre?”
Allá es donde Jesús quiere llevarnos, donde no cesa de darnos el amor del
hombre como criterio, como piedra de toque de la fe.
¿Aman ustedes al Hombre? Entonces
sí, si aman al hombre, si aman al prójimo, pueden decir que aman a Dios. Jesús
se identifica tanto con el hombre que dice: “En todos los que sufren, soy yo el
que tengo hambre, el que tengo sed, el que estoy preso, enfermo, y soy negado”.
Por eso, la verdadera oración del cristiano, la
oración espontánea del discípulo del evangelio es una oración sobre la vida,
una oración sobre el hombre.
¿Cómo quieren ustedes vivir
a la altura del Evangelio, es decir a la altura del corazón de Jesucristo? ¿Cómo
quieren acoger a otro como a sí mismos, o mejor, como a Él mismo? ¿Cómo
acogerlo como a Jesús, si su mirada de fe no supera las apariencias, los
límites actuales del hombre que puede ser bajo ciertos aspectos tan antipático,
tan cargado de carne y de faltas pero que no por eso deja de ser capacidad de
Dios y que puede llegar a ser ángel, que puede, como el buen ladrón, hacerse
santo en un instante, que puede, como la pecadora, hacerse archi-virgen en un
instante, y como el publicano, superar en un instante a todos los fariseos por
el ardor de su fe y la autenticidad de su amor?
Eso es la oración sobre el
hombre: dar al hombre toda su estatura, toda su grandeza, hacerle crédito en él
a la obra de la gracia, saber que nadie
puede estar fuera de Dios, fuera de Jesucristo, fuera de la Iglesia de
Jesucristo, lo que es lo mismo, nadie
puede estar fuera del Amor que no es sino amor, y la oración del cristiano, la
mirada del cristiano no puede ser extranjera para nadie.
Se trata pues
continuamente, desde la mañana hasta la tarde, y desde la tarde hasta la
mañana, en la medida en que velamos, se
trata constantemente de entrar en esta oración sobre la vida y sobre el hombre.
Entonces la oración
es verdaderamente la respiración de toda la existencia, no una oración a la que uno se
fuerza, una oración estereotipada, sino la
oración siempre nueva que suscita cada rostro en su diversidad, cada rostro
cuando queremos acogerlo con respeto, cuando a través de él queremos comulgar
con la Presencia del Señor. Ningún tema me parece más grave que ese!
Hay un falso debate, y una
guerra monstruosamente absurda entre el Oriente y el Occidente, entre “creyentes”
y “no creyentes”, porque unos y otros se alimentan de palabras, porque el reino
del hombre no se realiza ni de un lado ni del otro, porque el reino de Dios es
igualmente desconocido de unos y de otros, porque el Reino de Dios coincide con el reino del hombre, el reino de Dios
es justamente como nos lo enseña, como nos lo muestra Jesús arrodillado en el
lavatorio de los pies, el reino de Dios
es el hombre que se abre, el hombre que consiente, el hombre que descubre
dentro de sí el espacio maravilloso donde dialoga con una Presencia
desconocida hasta entonces y que acaba de arrojarlo al centro de su intimidad,
revelándole la amplitud y la fuerza de su libertad.
¡Sí, eso es! Jesús nos ha revelado el hombre y porque
nos lo ha revelado en un grado único, porque lo ha colocado tan alto,
porque lo ha conquistado a tan gran precio, por eso nosotros estamos seguros de tener en Jesús la revelación del
verdadero Dios, del Dios Vivo, del Dios espíritu, que es la Vida de nuestra
vida.
Se trata pues de
convertirnos a ese evangelio, de convertirnos a esa religión del hombre, que es
la misma cosa que la religión de Dios. Tenemos
que aprender a discernir en el hombre estas posibilidades infinitas, a
reivindicar su prioridad y su protección, y a ordenar toda nuestra vida, en las
relaciones con los demás, a suscitar en ellos, silenciosa y discretamente, a
suscitar en ellos ese nuevo ser, el ser universal, el ser irreemplazable que
hace de cada hombre una revelación única del rostro de Dios.
Y cuando realmente podamos decir desde el fondo del corazón: “Yo
creo en el hombre”, entonces podremos decir en verdad: “Yo creo en Dios” ya que es imposible llegar a Dios
sin descubrir al hombre. Porque finalmente, si me dices “Muéstrame a tu Dios”,
yo te diré: “Primero muéstrame qué hombre eres, muéstrame si los ojos de tu alma
están abiertos y ven claro, muéstrame si los oídos de tu corazón saben oír, y
yo te mostraré mi Dios”.
Nota: Leyendo y releyendo
esta homilía o conferencia, tuve la impresión de que todavía no había entendido
nada de Zundel, porque aquí se recibe una luz capital sobre la revelación
cristiana, una luz, una iluminación nueva, muy poco comprendida todavía entre
los cristianos, o al menos por mí persona. Habrá que volver a esto. Creo que
muy pocos ponen en práctica esta manera de orar sobre la vida y sobre el
hombre. Zundel molesta, es evidente aquí. Uno se siente tentado de rechazarlo. (¡Continuará!)