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Zundel

20 01 2009. La verdadera oración del cristiano.

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Reflexiones de P. Debains, después del texto de ayer.

“La verdadera oración del cristiano, la oración espontánea del discípulo del evangelio, es oración sobre la vida, es oración sobre el hombre”.

¿Quién de nosotros practica la oración sobre la vida? ¡Que se deje conocer! ¡Podría fundar una comunidad nueva donde esa oración tendría capital importancia, tanto que podría remplazar el breviario, o al menos tener un puesto central en la oración oficial de la Iglesia! Muchas películas existen ya sobre la historia de la vida en su magnificencia y los innumerables seres que habita y anima. Podrían felizmente alimentar la oración y la alabanza.

Y luego, continúa Zundel, y es capital, la posibilidad, la eventualidad, la probabilidad, la magnífica esperanza “zundeliana” de la conversión final de todo hombre porque: “¿Cómo quieren vivir a la altura del evangelio, es decir a la altura del corazón de Jesucristo, cómo quieren acoger a los demás como a sí mismos, o mejor, como a Él mismo? Cómo acogerlo como a Jesús, si la mirada de su fe no supera las apariencias, no pasa los límites actuales del hombre, de todo hombre que puede ser, bajo ciertos aspectos, tan antipático, estar tan cargado de carne y de faltas pero que sigue sin embargo siendo capacidad de Dios, ¡que puede convertirse en ángel, que puede, como el buen ladrón, hacerse santo en un instante, que puede, como la pecadora, hacerse archi-virgen en un instante, que puede, como el publicano, superar en un instante a todos los fariseos por el ardor de su fe y la autenticidad de su amor!”

Esa será nuestra oración en la eternidad bienaventurada del paraíso. Es la oración esencial en que intercambian las tres personas divinas, porque el Hijo, con el Padre y el Espíritu, es el príncipe de la vida, la fuente de toda vida, y Su oración eterna en la Trinidad no puede sino ser modelada, no puede sino fundarse sobre la identidad del Hijo que recibe la vida del Padre y no la recibe, como el Padre mismo, sino para comunicarla.

¡Dios, eternamente, no hace sino comunicar la vida! Sólo tiene ese deseo, ¡es el deseo constitutivo de su ser Trinitario! y nuestra tierra, después de la Trinidad divina, es el lugar sin duda por excelencia, de la comunicación sobreabundante de la vida, con su historia infinitamente larga y no terminada, orientada toda entera hacia la aparición del hombre, y luego, del hombre que vive la vida de Dios, ya que Jesús vino, ya que Jesús viene para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia. Y son innumerables los receptáculos de la vida sobre la tierra antes de llegar al hombre, antes de la venida del Príncipe de la vida, antes de la venida del hombre que dirá: “¡Viva estará en la Iglesia, viva estará mi vida en adelante y para siempre, toda llena de ti!”

Miren con el mismo interés, si no con la misma pasión que yo, las numerosas películas sobre animales en la televisión: esta noche, en Arte, sobre la vida en Amazonia, sobre toda clase de especies. ¡Qué variedad prodigiosa, pasmosa! ¡Y el número de hombres en el paraíso será sin duda más elevado que el de los innumerables animales!

La oración sobre la vida incluirá toda esta historia, elaborándose a todo lo largo de la historia, y en su término, con la constitución de un inmenso cuerpo, el de Cristo, el de la esposa perfecta, compuesta de miles y miles de millones de hombres, más numerosos todavía que el mundo animalero, cantando por la eternidad, viviéndola, la vida de Dios a la cual la esposa de Cristo habrá aprendido a conformarse eternamente en cada uno de sus miembros.

La historia de la vida, no una historia pasada, sino una historia cuyas etapas todas son actuales en el presente de cada instante, pues cada uno será capaz de contenerla, de revivirla totalmente y al mismo tiempo terminada, en su completa realización.

La historia de la vida en un universo gigantesco, con innumerables planetas, todos en formación para llegar a ser aptos para acoger la vida, pero de los que quizá uno solo, nuestra tierra, lo ha logrado (1), teniendo todos los demás el deseo de lograrlo pero sin poder, y todos los demás quedados probablemente sólo en el estadio de acoger algunos rastros de vida, más o menos ínfimos. Tenemos en nuestro mundo de hoy de que aumentar extraordinariamente la alabanza de los salmos.

 

(1) Creí leer en alguna parte que la mayoría de los sabios no creen en la posibilidad de la aparición de la vida bajo una forma tan desarrollada como en el hombre en cualquier planeta, aunque el número de planetas sea casi infinito.

 

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