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Zundel

21 01 2009. Necesidad de nacer de nuevo.

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Retiro predicado por M. Zundel en la abadía benedictina de San José de la Rochette, del 23 a 28 de septiembre de 1959. 1ª parte.

Una decisión que hay que tomar y retomar sin cesar.

“Una página del Evangelio que va hasta la raíz de nuestro ser, es la conversación de Jesús con Nicodemo (Juan, cap. 3). Nicodemo, doctor en Israel, alma ávida de luz, es lo bastante humilde como para pedir una lección al profeta de Nazaret, para aprender algo de Jesús. Por prudencia, viene de noche a interrogar al Señor. Comienza con un cumplimiento: “Maestro, sabemos que tú eres un maestro que viene de parte de Dios. Nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él”.

Jesús responde con estas palabras decisivas que se dirigen tanto a Nicodemo como a nosotros: “En verdad, en verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo”.

Hay que nacer de nuevo. No se trata de cambiar de sistema, de fórmula. Se trata de rehacer todo el ser, se trata de un nuevo comenzar. Un retiro no tendría sentido si no fuera un nuevo nacimiento. El cristianismo es siempre nuevo nacimiento.

Todo lo que puede enseñarnos la psicología contemporánea sobre el inconsciente nos muestra cómo es necesario rehacer todo el ser. El primer nacimiento no dependía de nosotros: ¡nos arrojaron en el ser sin que pudiéramos escoger nada, ni los padres, ni el color de la piel! ¡Tampoco escogimos la educación, ni la religión, ni el medio, ni la época, ni el sexo, ni el color de la piel! Tampoco escogimos la educación y todo lo que imprimieron en nosotros como hábitos, manera de pensar y de obrar, prejuicios, etc., nos impusieron todo un universo.

El hombre se apresura a poner la etiqueta “Yo”, sobre todo ese conjunto que le llega de afuera y del que no es en grado alguno el origen y la fuente. Lo extraordinario es que el hombre se gloría de ese “yo”, un cero impuesto, ¡que es sólo resultado y no origen! Lo extraordinario es que se enorgullezca de una vida que no es la vida verdadera Nos apropiamos el “yo” sin ningún derecho, sin justificación. Ahí es donde viene Nuestro Señor a encontrarnos, con esa sabiduría que brilla de manera fulgurante: “En verdad, en verdad te digo, nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo”.

Basta haberse sentido sanamente rebelde contra todo lo que nos impusieron para comprender esta invitación que va hasta la raíz del ser. No se trata de una transformación superficial: en medio de todo lo que nos impusieron, tenemos que asumir una responsabilidad, hay que escoger. Esta decisión radical, que es necesario tomar y retomar sin cesar, debe ir hasta la raíz del ser para hacer de ella una fuente, un comienzo, una libertad. Para conquistar la libertad es necesario resistir al riesgo constante de volver a caer en la rutina, hay que comenzar de nuevo cada día, a cada instante del día, con una nueva creación.

“No te extrañes si te digo: “Es necesario nacer de nuevo”. Tenemos que nacer de nuevo. Tratamos de abandonar el pasado, de olvidar lo que hemos sido. Todo comienza con Dios y el pasado es nuestro sólo en razón del futuro.

Alegrémonos de este inmenso horizonte: todo comienza hoy. Dios nos invita a nacer de nuevo. Quiere hacernos entrar en los secretos maravillosos de nuestra libertad.

Podemos concretizar nuestra total disponibilidad a borrar todo (1) para comenzar una vida totalmente nueva, con las palabras de una niñita el día de su primera comunión: “Él me eclipsa” (2). Nadie ni ningún libro le había podido sugerir eso. Esa expresión era el efecto de un movimiento misterioso y admirable de la gracia. Es necesario que nos ofrezcamos así, que nos abandonemos al Señor para que nos eclipse, nos transforme en Él, para que se realicen las palabras de San Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí” (Gál. 2, 20).

Vamos a entregarnos a las manos de Cristo: "Heme aquí, Señor". "Acéptame según tu palabra, Señor, y viviré…” (Salmo 118), a lo cual corresponde el hermoso texto de San Pedro "Como recién nacidos, busquen la leche espiritual no adulterada, para crecer sanos, ya que gustaron qué bueno es el Señor” (I Pi., 2, 2) (3)

Así viviremos un nuevo nacimiento, una Navidad, una Resurrección, ¡nuestro ser será reconstruido radicalmente, tendremos otro nuevo comenzar! Estamos en manos de Cristo como niñitos recién nacidos”.

 

Nota (1): ¡Zundel parece decirnos que Jesús no solamente ocupa todo el lugar en nosotros, sino que borra todo nuestro pasado!

(2) En francés, borrar y eclipsar son aquí el mismo verbo (effacer) (Nota del traductor).

(3) La referencia dada en el texto es incorrecta (N. del T.)

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