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Retiro predicado por M.
Zundel en la abadía benedictina de San José de la Rochette, del 23 a 28 de septiembre de 1959.
1ª parte.
Una decisión que hay
que tomar y retomar sin cesar.
“Una página del Evangelio
que va hasta la raíz de nuestro ser, es la conversación de Jesús con Nicodemo
(Juan, cap. 3). Nicodemo, doctor en Israel, alma ávida de luz, es lo bastante
humilde como para pedir una lección al profeta de Nazaret, para aprender algo
de Jesús. Por prudencia, viene de noche a interrogar al Señor. Comienza con un
cumplimiento: “Maestro, sabemos que tú eres un maestro que viene de parte de
Dios. Nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él”.
Jesús responde con estas
palabras decisivas que se dirigen tanto a Nicodemo como a nosotros: “En
verdad, en verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo”.
Hay que nacer de nuevo. No
se trata de cambiar de sistema, de fórmula. Se trata de rehacer todo el ser, se trata de un nuevo comenzar. Un
retiro no tendría sentido si no fuera un nuevo nacimiento. El cristianismo es
siempre nuevo nacimiento.
Todo lo que puede
enseñarnos la psicología contemporánea sobre el inconsciente nos muestra cómo es necesario rehacer todo el ser. El
primer nacimiento no dependía de nosotros: ¡nos arrojaron en el ser sin que
pudiéramos escoger nada, ni los padres, ni el color de la piel! ¡Tampoco
escogimos la educación, ni la religión, ni el medio, ni la época, ni el sexo,
ni el color de la piel! Tampoco escogimos la educación y todo lo que
imprimieron en nosotros como hábitos, manera de pensar y de obrar, prejuicios,
etc., nos impusieron todo un universo.
El hombre se apresura a
poner la etiqueta “Yo”, sobre todo ese conjunto que le llega de afuera y del
que no es en grado alguno el origen y la fuente. Lo extraordinario es que el
hombre se gloría de ese “yo”, un cero impuesto, ¡que es sólo resultado y no
origen! Lo extraordinario es que se
enorgullezca de una vida que no es la vida verdadera Nos apropiamos el “yo” sin
ningún derecho, sin justificación. Ahí es donde viene Nuestro Señor a
encontrarnos, con esa sabiduría que brilla de manera fulgurante: “En verdad,
en verdad te digo, nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo”.
Basta haberse sentido sanamente
rebelde contra todo lo que nos impusieron para comprender esta invitación que
va hasta la raíz del ser. No se trata de una transformación superficial: en
medio de todo lo que nos impusieron, tenemos que asumir una responsabilidad, hay que escoger. Esta decisión radical, que
es necesario tomar y retomar sin cesar, debe ir hasta la raíz del ser para
hacer de ella una fuente, un comienzo, una libertad. Para conquistar la
libertad es necesario resistir al riesgo
constante de volver a caer en la rutina, hay que comenzar de nuevo cada día, a
cada instante del día, con una nueva creación.
“No te extrañes si te digo:
“Es necesario nacer de nuevo”. Tenemos que nacer de nuevo. Tratamos de
abandonar el pasado, de olvidar lo que hemos sido. Todo comienza con Dios y el pasado es nuestro sólo en razón del futuro.
Alegrémonos de este inmenso
horizonte: todo comienza hoy. Dios nos invita a nacer de nuevo. Quiere
hacernos entrar en los secretos maravillosos de nuestra libertad.
Podemos concretizar nuestra
total disponibilidad a borrar todo (1) para comenzar una vida totalmente nueva,
con las palabras de una niñita el día de su primera comunión: “Él me eclipsa”
(2). Nadie ni ningún libro le había podido sugerir eso. Esa expresión era el
efecto de un movimiento misterioso y admirable de la gracia. Es necesario que nos ofrezcamos así, que
nos abandonemos al Señor para que nos eclipse, nos transforme en Él, para
que se realicen las palabras de San Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive,
es Cristo el que vive en mí” (Gál. 2, 20).
Vamos a entregarnos a las
manos de Cristo: "Heme aquí, Señor". "Acéptame según tu palabra,
Señor, y viviré…” (Salmo 118), a lo cual corresponde el hermoso texto de San
Pedro "Como recién nacidos, busquen la leche espiritual no adulterada,
para crecer sanos, ya que gustaron qué bueno es el Señor” (I Pi., 2, 2) (3)
Así viviremos un nuevo
nacimiento, una Navidad, una Resurrección, ¡nuestro ser será reconstruido
radicalmente, tendremos otro nuevo comenzar! Estamos en manos de Cristo como
niñitos recién nacidos”.
Nota (1): ¡Zundel parece
decirnos que Jesús no solamente ocupa todo el lugar en nosotros, sino que borra
todo nuestro pasado!
(2) En francés, borrar y
eclipsar son aquí el mismo verbo (effacer) (Nota del traductor).
(3) La
referencia dada en el texto es incorrecta (N. del T.)