1ª parte de la 2ª instrucción
del retiro de la Rochette en septiembre de 1959.
Mientras no hayamos
orientado todo hacia el hombre posible vivimos en falso.
“Sócrates meditó largamente
sobre la expresión: “Conócete a ti mismo”. Para él, es el punto de partida de
toda sabiduría, y va a pasar toda su vida conquistando el conocimiento de sí
mismo, que le parece ser el único camino hacia la Sabiduría.
En verdad el conocimiento
de sí mismo puede ser fecundo, pero arriesga también ser una trampa porque no basta con hacer el balance de lo que
encontramos en nosotros, con verificar lo que somos para convertirnos en lo que
estamos llamados a ser.
Andrés Gide, que descubrió en sí mismo
tendencias homosexuales, primero se asustó, se sintió culpable, y después hizo
de ello una especie de “nuevo evangelio”, una falsa mística. El conocimiento de
sí mismo lo condujo sólo a esa terrible trampa en la cual quedó apresado y a la
cual indujo a tantos otros. El
conocimiento de sí mismo es inútil si no tiene como objetivo la superación de
sí mismo. Para llegar hasta nosotros hay que recordar la distinción entre
el hombre real y el hombre posible.
El hombre real viene del
primer nacimiento con lo que nos impone: tendencias, prejuicios, contexto
social, un paquete de instintos, un haz de impresiones, una colección de
determinismos. El hombre que acogemos con el nacimiento carnal es bien real,
pero afortunadamente hay en nosotros un hombre posible que debemos devenir.
El hombre posible es el que
ha pasado por el nuevo nacimiento, el hombre de Dios que tiende a la verdadera
libertad. Esta distinción es fundamental. Su olvido provoca verdaderas
catástrofes.
El filósofo Jaspers
cuenta la conversación de dos campesinos bávaros: “Oye, dice uno, es
formidable, pero parece que el hombre desciende realmente del simio”. – “Sí,
dice el otro, pero yo quisiera ver el primer simio que se dio cuenta de que ya
no era simio”.
El hombre real es
el simio que se da cuenta de vez en cuando de que no es simio y que existe un
hombre posible en que debe convertirse.
Los dos grandes temas del
balance de nuestra época son el sexo y la guerra. Los mejores recursos humanos
se agotan en la preparación de la guerra: el guerrero quiere dominar. El animal
es dominado por el sexo. Entre los dos, el gangster es víctima del sexo y no
hesita en verter sangre. Estos temas llenan los periódicos, los éxitos de
librería, el cine. De eso se alimenta la imaginación de la muchedumbre. La
trata de blancas existe, la guerra existe y la inmensa mayoría de los hombres
permanece pasiva, se deja llevar por otros hombres, víctimas también de sus
tendencias. ¿Cómo apoyarse en la humanidad? ¿Cómo esperar sacar de ella algo a
menos que recordemos que en el hombre real hay un hombre posible que podrá
revelarse en ciertos momentos, aparecer como fuente de valor, como dignidad,
como persona, como libertad, lo más grande, noble y santo que exista.
Tenemos una imagen
admirable del paso del hombre real al hombre posible en la comparición de las
dos prostitutas ante Salomón (1 Re. 3, 16 - 28). Incluso esas
dos mujeres están orgullosas de tener un hijo, lo defienden como una posesión,
como fuente de su gloria. Salomón hace aparecer la verdadera madre, el paso del hombre real al hombre posible
se realiza en esta mujer toda de carne y sangre.
La madre verdadera
comprende que sólo ella puede salvar a su hijo. Es promovida a otra dignidad al
aceptar dar a la otra el hijo que ya no defiende como su propio bien sino como
un bien de él, no como la loba sino como madre que acepta ser privada de su
hijo para que él viva. La mujer, toda gritos, iras, reivindicaciones, llena de
sí misma y que no ve en el hijo sino su propia prolongación, cambia de repente
de alma y corazón, ya no ve en el niño sino un tesoro confiado a su amor que
ella debe defender al costo de sí misma. Renuncia a sí misma para salvarlo.
Cambia de nivel. El hombre posible ha surgido en ella.
Mientras no hayamos
adivinado al hombre posible, mientras no hayamos orientado todo hacia él,
vivimos en falso,
nos equivocamos en todo lo que podemos decir sobre el hombre. Creer que el
hombre ama la paz, que es profundamente generoso, que le gusta el bien, que es
libre por nacimiento, es un error colosal. Por eso dice Nuestro Señor: “Es
necesario nacer de nuevo”. Eso está lleno de realismo.
Cristo sabía bien lo que
hay en el hombre. En sus propios apóstoles experimentaba la lentitud del
nacimiento del hombre posible. Antes de su muerte, no hará ni un solo
discípulo. Comprenden todo de través y lo reducen a sus dimensiones, encierran
el Evangelio en sus ambiciones. Abandonan al Maestro.
No basta conocerse,
mantener un diario, hacer el balance de sus tendencias. Es necesario “nacer de
nuevo”. Esa es la paradoja.
Como Pascal hace decir a
Dios: “No me buscarías si no me hubieras encontrado ya”, es necesario
haber percibido ya el hombre posible para descubrirlo. No buscar en el hombre
real el hombre posible: eso es equivocarse esencialmente sobre el hombre”.
(Continuará)