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22/01/09. El hombre real y el hombre posible.

1ª parte de la 2ª instrucción del retiro de la Rochette en septiembre de 1959.

Mientras no hayamos orientado todo hacia el hombre posible vivimos en falso.

“Sócrates meditó largamente sobre la expresión: “Conócete a ti mismo”. Para él, es el punto de partida de toda sabiduría, y va a pasar toda su vida conquistando el conocimiento de sí mismo, que le parece ser el único camino hacia la Sabiduría.

En verdad el conocimiento de sí mismo puede ser fecundo, pero arriesga también ser una trampa porque no basta con hacer el balance de lo que encontramos en nosotros, con verificar lo que somos para convertirnos en lo que estamos llamados a ser.

Andrés Gide, que descubrió en sí mismo tendencias homosexuales, primero se asustó, se sintió culpable, y después hizo de ello una especie de “nuevo evangelio”, una falsa mística. El conocimiento de sí mismo lo condujo sólo a esa terrible trampa en la cual quedó apresado y a la cual indujo a tantos otros. El conocimiento de sí mismo es inútil si no tiene como objetivo la superación de sí mismo. Para llegar hasta nosotros hay que recordar la distinción entre el hombre real y el hombre posible.

El hombre real viene del primer nacimiento con lo que nos impone: tendencias, prejuicios, contexto social, un paquete de instintos, un haz de impresiones, una colección de determinismos. El hombre que acogemos con el nacimiento carnal es bien real, pero afortunadamente hay en nosotros un hombre posible que debemos devenir.

El hombre posible es el que ha pasado por el nuevo nacimiento, el hombre de Dios que tiende a la verdadera libertad. Esta distinción es fundamental. Su olvido provoca verdaderas catástrofes.

El filósofo Jaspers cuenta la conversación de dos campesinos bávaros: “Oye, dice uno, es formidable, pero parece que el hombre desciende realmente del simio”. – “Sí, dice el otro, pero yo quisiera ver el primer simio que se dio cuenta de que ya no era simio”.

El hombre real es el simio que se da cuenta de vez en cuando de que no es simio y que existe un hombre posible en que debe convertirse.

Los dos grandes temas del balance de nuestra época son el sexo y la guerra. Los mejores recursos humanos se agotan en la preparación de la guerra: el guerrero quiere dominar. El animal es dominado por el sexo. Entre los dos, el gangster es víctima del sexo y no hesita en verter sangre. Estos temas llenan los periódicos, los éxitos de librería, el cine. De eso se alimenta la imaginación de la muchedumbre. La trata de blancas existe, la guerra existe y la inmensa mayoría de los hombres permanece pasiva, se deja llevar por otros hombres, víctimas también de sus tendencias. ¿Cómo apoyarse en la humanidad? ¿Cómo esperar sacar de ella algo a menos que recordemos que en el hombre real hay un hombre posible que podrá revelarse en ciertos momentos, aparecer como fuente de valor, como dignidad, como persona, como libertad, lo más grande, noble y santo que exista.

Tenemos una imagen admirable del paso del hombre real al hombre posible en la comparición de las dos prostitutas ante Salomón (1 Re. 3, 16 - 28). Incluso esas dos mujeres están orgullosas de tener un hijo, lo defienden como una posesión, como fuente de su gloria. Salomón hace aparecer la verdadera madre, el paso del hombre real al hombre posible se realiza en esta mujer toda de carne y sangre.

La madre verdadera comprende que sólo ella puede salvar a su hijo. Es promovida a otra dignidad al aceptar dar a la otra el hijo que ya no defiende como su propio bien sino como un bien de él, no como la loba sino como madre que acepta ser privada de su hijo para que él viva. La mujer, toda gritos, iras, reivindicaciones, llena de sí misma y que no ve en el hijo sino su propia prolongación, cambia de repente de alma y corazón, ya no ve en el niño sino un tesoro confiado a su amor que ella debe defender al costo de sí misma. Renuncia a sí misma para salvarlo. Cambia de nivel. El hombre posible ha surgido en ella.

Mientras no hayamos adivinado al hombre posible, mientras no hayamos orientado todo hacia él, vivimos en falso, nos equivocamos en todo lo que podemos decir sobre el hombre. Creer que el hombre ama la paz, que es profundamente generoso, que le gusta el bien, que es libre por nacimiento, es un error colosal. Por eso dice Nuestro Señor: “Es necesario nacer de nuevo”. Eso está lleno de realismo.

Cristo sabía bien lo que hay en el hombre. En sus propios apóstoles experimentaba la lentitud del nacimiento del hombre posible. Antes de su muerte, no hará ni un solo discípulo. Comprenden todo de través y lo reducen a sus dimensiones, encierran el Evangelio en sus ambiciones. Abandonan al Maestro.

No basta conocerse, mantener un diario, hacer el balance de sus tendencias. Es necesario “nacer de nuevo”. Esa es la paradoja.

Como Pascal hace decir a Dios: “No me buscarías si no me hubieras encontrado ya”, es necesario haber percibido ya el hombre posible para descubrirlo. No buscar en el hombre real el hombre posible: eso es equivocarse esencialmente sobre el hombre”. (Continuará)

 

 

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