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2ª parte de la 2ª conferencia
del retiro predicado a las oblatas benedictinas de la Rochette.
“El Evangelio nos presenta
otros ejemplos sorprendentes del paso del hombre real al hombre posible: la mujer adúltera. Leonardo da Vinci
dibujó con lápiz un admirable rostro de Cristo con los ojos bajos, llenos de
luz interior. Detrás de sus párpados, está toda la luz, la belleza, el poder de
una ternura infinita. Jesús lleva la vergüenza de esa mujer, siente hasta el
horror la cobardía de los acusadores. La mujer permanece sola ante Cristo con
los ojos bajos, respetuoso, esperando y amando. Ese amor silencioso simpatiza
con su vergüenza y despierta en ella el hambre de otro Amor. ¡Toma entonces
conciencia de lo que está buscando en lo más profundo de sí misma, es
purificada y llega a ser, según la expresión de San Francisco de Sales,
“archi-virgen” por haber sido consagrada por esa mirada que la hizo nacer de
nuevo! Es totalmente nueva, totalmente pura, enteramente libre, nació de nuevo.
Lleva en sí un universo nuevo,
insospechado, imprevisto, infinito, se ha convertido en el Reino de Dios.
Magdalena, al entrar en casa de Simón, no
sabía lo que la esperaba. No podía pensar que al salir sería la primera de las
contemplativas. Jesús no se va a detener
en sus pecados sino a canonizar su amor. Basta con que venga a Él, se
olvide a sí misma y a todos los demás, para no ver más que a Cristo, y el
diálogo se establece entre ella y Él, en el silencio formidable en que el
Corazón de Dios habla a nuestro corazón y hasta el fin de la historia la
saludaremos como la más fiel discípula de Jesús.
El buen ladrón tuvo compasión del Crucificado. Adivinó la inocencia infinita que estaba
junto a él. Por eso nació en un segundo al Reino en el cual entraría ese
mismo día. El paso del hombre real al hombre posible, que sólo se puede
realizar refundiendo todo el ser, por un nuevo nacimiento, el nacimiento de lo
alto. El hombre no puede encontrarse mirándose, el hombre se conoce cuando encuentra más que sí dentro de sí mismo.
El relato extremamente
emocionante de una película sueca da el sentimiento agudo del paso del hombre
real al hombre posible pues se trata de todo un grupo de almas que cambia de
nivel. Elga es colocada en casa de un burgués honorablemente
conocido y el burgués se propone seducir la jovencita que es toda inocente,
incapaz de mentir y que no puede imaginar que los demás sean capaces de mentir.
La trata con toda clase de atenciones, de afecto, y la lleva lentamente a
consentir con sus intenciones. La joven no sabe de qué se trata, no de da
cuenta de lo que le sucede. Cuando queda encinta, el burgués la abandona.
Echada de la casa, no encuentra ninguna misericordia.
Sus padres, deshonrados,
son demasiado pobres para alimentar a la hija y al niño. Están de acuerdo con
guardar el bebé a condición de que Elga pague la alimentación de los dos. Como
le niegan todo trabajo, recorre al tribunal para obtener la pensión alimenticia
que salvaría al niño. El recurso al tribunal alimenta las conversaciones. La
indignación de la región llega al colmo. El escándalo alimenta las chácharas y
cada uno se promete estar presente el día del juicio para la confusión de esa
chantajista.
Llegado el día, la joven
baja de su montaña, más muerta que viva, imantada solamente por la necesidad de
salvar a su hijo. La sala de audiencia está repleta, todos los fariseos del
país están ahí, con el rostro lleno de desprecio. El juez está furioso porque
el burgués es su amigo, pero debe respetar las formas legales. Según la ley
sueca, debe decir al acusado: “¡Jure sobre la Biblia que no conoce a esa
mujer!”
Entonces Elga no piensa más
a sí misma o a su hijo. Ya no piensa sino en el destino de un hombre que se
condenaría a sí mismo si jura por la Biblia que no la conoce. No puede concebir
que haga un juramento falso, y quiere salvarlo del perjurio. Se arroja sobre la
Biblia, la defiende con tal fuerza que el húsar no logra quitársela. Grita:
“¡No quiero que sea perjuro!” y, cuando le dicen que sin juramento el juicio no
puede realizarse: “¡Entonces retiro mi queja!” Y la sesión es levantada.
Toda la sala cambia de
nivel y comprende. Cuando sale la joven, todos la escoltan con un silencio de
admiración porque acaban de ver surgir la grandeza humana. Hubo que provocar
ese despertar, la generosidad, el heroísmo de la sinceridad de Elga, la
conciencia que tenía del crimen de perjurio. Reveló a esa muchedumbre una
dimensión desconocida, una dimensión infinita que coincide con la Presencia de
Dios.
Otra imagen de la grandeza
humana se da en el libro de Koriakoff: “Me puse fuera de la
ley”. Obrero soviético, encontró un día el Evangelio que le dio un viejo amigo
de su familia. Educado en la más pura doctrina marxista, descubre en el
evangelio el Rostro de Cristo y entra en diálogo continuo con el Señor.
Mientras el ejército ruso avanza en Alemania, hace lo que puede como oficial
por impedir que los soldados se entreguen a pillar o violar. Logra así salvar a
dos jóvenes alemanas. Lo hacen prisionero. El capitán nazi que lo recibe le da
una bofetada monumental que le hace caer las gafas, diciendo: “¡Usted es uno de
esos animales soviéticos que violan a las mujeres alemanas!” La madre de las
jóvenes está presente y testimonia al contrario del hecho de que las protegió.
Un coronel alemán se
inclina, recoge las gafas arrancadas por el gesto de su subordinado y las
tiende al prisionero. Ese gesto era la reparación de una conciencia frente a
otra conciencia: el coronel no vio ante sí un enemigo sino un hombre ultrajado.
La clara evidencia de la injusticia y el ultraje provocó ese gesto que fue el
signo del paso del hombre real al hombre posible.
El Padre Damián, campesino flamenco de su época, tenía un corazón ardiente de la caridad
de Cristo y, dejaba a los leprosos fumar de su pipa a escondidas. Sabía que iba
a contactar la lepra, pero fingía no ver nada. Se volvió leproso de los pies a
la cabeza, y ese fue su mejor catecismo. Sus leprosos comprendieron que no los
confundía con la lepra, sino que en ellos había un tesoro. El Padre Damián
tenía el agudo sentimiento del tesoro que es la presencia del Reino de Dios y
para revelárselo se hizo leproso como ellos.
San Francisco de
Asís, al besar
al leproso, comprendió también que no se puede identificar a los leprosos con
su mal y que necesitan estima y afecto. El rostro del leproso se transfiguró
poco a poco para convertirse en el de Jesucristo, y así fue como Francisco
encontró a Nuestro Señor en su camino. Anota en su testamento que ese es el
punto de partida más esencial de su conversión.
Aunque dejado a sí mismo el hombre real es un simio, un animal
encerrado en sus instintos, hay en
él posibilidades inagotables, una gracia que puede transformarlo radicalmente
para hacer de él un San Francisco e Asís, un Padre Damián, un buen ladrón, una
santa María Magdalena, o la “archi-virgen” en que se convirtió la mujer
adúltera bajo la mirada de Nuestro Señor”. (Continuará)