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23/01/09. Ejemplos del paso del hombre real al hombre posible.

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2ª parte de la 2ª conferencia del retiro predicado a las oblatas benedictinas de la Rochette.

“El Evangelio nos presenta otros ejemplos sorprendentes del paso del hombre real al hombre posible: la mujer adúltera. Leonardo da Vinci dibujó con lápiz un admirable rostro de Cristo con los ojos bajos, llenos de luz interior. Detrás de sus párpados, está toda la luz, la belleza, el poder de una ternura infinita. Jesús lleva la vergüenza de esa mujer, siente hasta el horror la cobardía de los acusadores. La mujer permanece sola ante Cristo con los ojos bajos, respetuoso, esperando y amando. Ese amor silencioso simpatiza con su vergüenza y despierta en ella el hambre de otro Amor. ¡Toma entonces conciencia de lo que está buscando en lo más profundo de sí misma, es purificada y llega a ser, según la expresión de San Francisco de Sales, “archi-virgen” por haber sido consagrada por esa mirada que la hizo nacer de nuevo! Es totalmente nueva, totalmente pura, enteramente libre, nació de nuevo. Lleva en sí un universo nuevo, insospechado, imprevisto, infinito, se ha convertido en el Reino de Dios.

Magdalena, al entrar en casa de Simón, no sabía lo que la esperaba. No podía pensar que al salir sería la primera de las contemplativas. Jesús no se va a detener en sus pecados sino a canonizar su amor. Basta con que venga a Él, se olvide a sí misma y a todos los demás, para no ver más que a Cristo, y el diálogo se establece entre ella y Él, en el silencio formidable en que el Corazón de Dios habla a nuestro corazón y hasta el fin de la historia la saludaremos como la más fiel discípula de Jesús.

El buen ladrón tuvo compasión del Crucificado. Adivinó la inocencia infinita que estaba junto a él. Por eso nació en un segundo al Reino en el cual entraría ese mismo día. El paso del hombre real al hombre posible, que sólo se puede realizar refundiendo todo el ser, por un nuevo nacimiento, el nacimiento de lo alto. El hombre no puede encontrarse mirándose, el hombre se conoce cuando encuentra más que sí dentro de sí mismo.

El relato extremamente emocionante de una película sueca da el sentimiento agudo del paso del hombre real al hombre posible pues se trata de todo un grupo de almas que cambia de nivel. Elga es colocada en casa de un burgués honorablemente conocido y el burgués se propone seducir la jovencita que es toda inocente, incapaz de mentir y que no puede imaginar que los demás sean capaces de mentir. La trata con toda clase de atenciones, de afecto, y la lleva lentamente a consentir con sus intenciones. La joven no sabe de qué se trata, no de da cuenta de lo que le sucede. Cuando queda encinta, el burgués la abandona. Echada de la casa, no encuentra ninguna misericordia.

Sus padres, deshonrados, son demasiado pobres para alimentar a la hija y al niño. Están de acuerdo con guardar el bebé a condición de que Elga pague la alimentación de los dos. Como le niegan todo trabajo, recorre al tribunal para obtener la pensión alimenticia que salvaría al niño. El recurso al tribunal alimenta las conversaciones. La indignación de la región llega al colmo. El escándalo alimenta las chácharas y cada uno se promete estar presente el día del juicio para la confusión de esa chantajista.

Llegado el día, la joven baja de su montaña, más muerta que viva, imantada solamente por la necesidad de salvar a su hijo. La sala de audiencia está repleta, todos los fariseos del país están ahí, con el rostro lleno de desprecio. El juez está furioso porque el burgués es su amigo, pero debe respetar las formas legales. Según la ley sueca, debe decir al acusado: “¡Jure sobre la Biblia que no conoce a esa mujer!”

Entonces Elga no piensa más a sí misma o a su hijo. Ya no piensa sino en el destino de un hombre que se condenaría a sí mismo si jura por la Biblia que no la conoce. No puede concebir que haga un juramento falso, y quiere salvarlo del perjurio. Se arroja sobre la Biblia, la defiende con tal fuerza que el húsar no logra quitársela. Grita: “¡No quiero que sea perjuro!” y, cuando le dicen que sin juramento el juicio no puede realizarse: “¡Entonces retiro mi queja!” Y la sesión es levantada.

Toda la sala cambia de nivel y comprende. Cuando sale la joven, todos la escoltan con un silencio de admiración porque acaban de ver surgir la grandeza humana. Hubo que provocar ese despertar, la generosidad, el heroísmo de la sinceridad de Elga, la conciencia que tenía del crimen de perjurio. Reveló a esa muchedumbre una dimensión desconocida, una dimensión infinita que coincide con la Presencia de Dios.

Otra imagen de la grandeza humana se da en el libro de Koriakoff: “Me puse fuera de la ley”. Obrero soviético, encontró un día el Evangelio que le dio un viejo amigo de su familia. Educado en la más pura doctrina marxista, descubre en el evangelio el Rostro de Cristo y entra en diálogo continuo con el Señor. Mientras el ejército ruso avanza en Alemania, hace lo que puede como oficial por impedir que los soldados se entreguen a pillar o violar. Logra así salvar a dos jóvenes alemanas. Lo hacen prisionero. El capitán nazi que lo recibe le da una bofetada monumental que le hace caer las gafas, diciendo: “¡Usted es uno de esos animales soviéticos que violan a las mujeres alemanas!” La madre de las jóvenes está presente y testimonia al contrario del hecho de que las protegió.

Un coronel alemán se inclina, recoge las gafas arrancadas por el gesto de su subordinado y las tiende al prisionero. Ese gesto era la reparación de una conciencia frente a otra conciencia: el coronel no vio ante sí un enemigo sino un hombre ultrajado. La clara evidencia de la injusticia y el ultraje provocó ese gesto que fue el signo del paso del hombre real al hombre posible.

El Padre Damián, campesino flamenco de su época, tenía un corazón ardiente de la caridad de Cristo y, dejaba a los leprosos fumar de su pipa a escondidas. Sabía que iba a contactar la lepra, pero fingía no ver nada. Se volvió leproso de los pies a la cabeza, y ese fue su mejor catecismo. Sus leprosos comprendieron que no los confundía con la lepra, sino que en ellos había un tesoro. El Padre Damián tenía el agudo sentimiento del tesoro que es la presencia del Reino de Dios y para revelárselo se hizo leproso como ellos.

San Francisco de Asís, al besar al leproso, comprendió también que no se puede identificar a los leprosos con su mal y que necesitan estima y afecto. El rostro del leproso se transfiguró poco a poco para convertirse en el de Jesucristo, y así fue como Francisco encontró a Nuestro Señor en su camino. Anota en su testamento que ese es el punto de partida más esencial de su conversión.

Aunque dejado a sí mismo el hombre real es un simio, un animal encerrado en sus instintos, hay en él posibilidades inagotables, una gracia que puede transformarlo radicalmente para hacer de él un San Francisco e Asís, un Padre Damián, un buen ladrón, una santa María Magdalena, o la “archi-virgen” en que se convirtió la mujer adúltera bajo la mirada de Nuestro Señor”. (Continuará)

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