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Final de la 2ª conferencia
del retiro de la Rochette, en septiembre de 1959.
El camino del hombre
real al hombre posible es Dios mismo. Estamos tan lejos de nosotros mismos como
de Dios, y tan cerca de nosotros mismos como de Dios. Gravitando en torno de
Dios entramos en la luz de la vida interior.
“Cuando el hombre es
despreciado descubre que hay en él otra cosa. La rebeldía que surge testimonia
de ese “más” que lleva en sí mismo. Es lo que expresa el grito de una mujer pobre, que escuché en Lión:
“El mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad!” lo que
quiere decir: “Vienen a nosotros antes de ir a Chamonix o a la Costa Azul, vienen
a darnos justo de que no morir, pero nadie viene con el sentimiento de que los
pobres podemos dar algo, nadie nos cree capaces de dar, de devenir personas, de
ser fuente, origen, valor, comienzo”.
Y esta mujer había visto ir
en prisión a uno de sus hijos y sucumbir los demás a la mala alimentación, pero
su peor sufrimiento, era que nadie necesitaba su amistad. Ahí tenemos una
necesidad de grandeza verdadera, de gratuidad, de desinterés.
En el hombre real hay un
hombre posible, pero para que el hombre
posible nazca es necesaria una generosidad infinita que haga contrapeso al
animal y nos eleve al nivel en que todo se hace luz, esperanza y libertad. El camino del hombre real al hombre posible
es un camino infinito y ese camino infinito es Dios mismo.
En el campo de Auschwitz, cuando
el Padre Kolbe se
ofrece a morir de hambre en lugar de un camarada, el jefe del campo queda mudo
de estupor. Su ferocidad está desarmada porque no conocía esa dimensión humana,
esa posibilidad de grandeza. Los verdugos dicen: “¡Jamás vimos algo semejante!”
Así muestran la nostalgia de la grandeza humana. En su admiración hay un
homenaje y como una añoranza. También hay el presentimiento de una Presencia
Infinita, sienten despertar en ellos una atracción hacia un Dios Vivo oculto
como el sol en lo más íntimo de la conciencia humana.
Hay un camino hacia
nosotros mismos, es Dios.
Es lo que Cristo enseña a la samaritana. Él nos conduce poco a poco, como a ella, a la fuente que brota en vida
eterna. ¡Qué diálogo y qué descubrimiento! Esta mujer que vive en el desorden encuentra
a Aquél que va a transformarla y a hacer de ella el santuario de la divinidad. Va a aprender que Dios no está aquí
o allá, afuera de ella, sino dentro de ella misma y que no ha cesado nunca de
esperarla. Cuando el hombre
comprende que Dios no está más allá de las estrellas sino en él, descubre el hombre
posible, el Himalaya de grandeza que está llamado a ser, descubre el valor que
una mujer pobre deseaba comunicar en una amistad.
Oscar Wilde, seguro de su genio, festejado,
admirado, imbuido de sí mismo, Oscar Wilde que en una aduana no tenía nada qué
declarar sino su propio genio, se ve de repente envuelto en un proceso
infamante, desenmascarado ante su mujer y sus dos hijos, privado de su
paternidad, destruido por la deshonra, condenado a dos años de prisión. En la
cárcel, está vencido, furioso, desamparado, hasta que recuerda que uno de sus
amigos, después de la condena, lo saludó, uno solo de sus amigos no lo abandonó,
se inclinó ante él. La imagen del rostro de su único amigo fiel va a surgir, a
hacerle comprender que, a pesar de su vicio, hay en él un valor posible. Descubre
un día su alma: “¿Quién puede calcular la órbita de su alma?”
En su celda ya no está
aprisionado en sí mismo, ya no está solo: hay en él Alguien, la fuente ha
brotado, ha entrado en el diálogo. Está listo a decir: “¡La mayor bendición de
mi vida fue el día en que la sociedad me envió a la prisión!” porque ese día
salió de la prisión de sí mismo y entró en la luz y en el Amor.
Estamos tan lejos
de nosotros como lo estamos de Dios, y tan cerca de nosotros mismos como lo
estamos de Dios. Cuando estamos perdidos
en Él, entonces encontramos por fin el hombre posible que hay en nosotros. Entonces
verdaderamente, ya no podemos calcular la órbita de nuestra alma: gravitando en torno de Dios, entramos en la luz de la vida interior.
Allá es donde quiere llevarnos Jesús.
Jesús sabe lo que hay en el
hombre. Sin embargo nadie apostó tanto como Él para hacer del hombre el
santuario de la divinidad.
Hundámonos en el diálogo
junto al pozo de Jacob de donde brotará la fuente. Dejémonos cubrir por esa
luz: “¡En tu luz, Señor, veremos la luz!” (Salmo 36) (Fin de la conferencia)