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Dios no existe, es
al menos lo que piensan, y a veces profesan hoy, cada vez más personas.
Dos ejemplos nos son dados
de la urgencia dramática de la difusión del pensamiento de M. Zundel sobre
Dios. El nos dice algo esencial: El
único Dios verdadero, no hay otro, es un Dios interior – Jesús dice “Dios es espíritu”
– y no puede ser reconocido sino por el hombre interior. Grábense eso en la
mente”.
Tengo también deseo de
decir, ante la propaganda actual: un
Dios exterior al hombre nunca existió. Un Dios interior al hombre existe desde
siempre, infinitamente más real que el hombre que Él crea.
He aquí los dos ejemplos:
También se puede leer en el
número reciente del Nouvel Observateur:
“Enero 2007. Francia conoce
la mayor ofensiva creacionista jamás tentada sobre su territorio. Un libro
extraño de 7 kilos y 800 páginas, intitulado: “L'Atlas de la création” ricamente
ilustrado y refutando las teorías de Darwin en nombre del Islam, es distribuido
por miles en las escuelas y las instituciones. Sin escrúpulos, el autor acusa
el darwinismo de todos los males de la sociedad: racismo, eugenismo, fascismo,
nazismo, comunismo, ateísmo, materialismo, hasta de los atentados del 11 septiembre
2001. ¡Es el pánico en la enseñanza!” (Extracto del N. O. del 22 al 28 de enero
de 2009, página 18)
Sorprendente también el 2°
ejemplo, de otro orden, pero procedente de la misma carencia dramática (del
sentido de un Dios interior): en las noticias de la noche del 21 de enero dijeron:
desde hace poco, circulan en Madrid, buses urbanos que llevan en sus flancos
grandes afiches diciendo que ahora sabemos, por fin, con gran probabilidad que
Dios no existe, y que hay que aprovechar de la vida al máximo. Sorprendente, en
un país que vio nacer tantos de los grandes místicos cristianos, como Juan de
la Cruz, Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola…
El último número citado del
Nouvel Observateur contiene todo un “documento”: “Dios contra la ciencia” “200
años después del nacimiento de Darwin la guerra continúa” (1). El debate, si no la guerra, entre los
partidarios de la evolución, y los cada vez más numerosos que la rechazan, y
entre los dos “bandos” los que piensan más bien en un “proyecto inteligente”
del Dios Creador, porque no quieren rechazar completamente la idea de la
evolución, es real hoy.
Zundel habría
planteado inmediatamente a todos la pregunta esencial: ¿de qué Dios hablamos y
a qué hombre? A esta pregunta súper
esencial, sólo la respuesta de la mística cristiana podrá poner fin al debate, ¡pero
aparentemente nadie piensa en ella! ¿Se trata de un dios exterior al hombre y a la
creación, como lo piensan los musulmanes,
los creacionistas, y tantos cristianos, o se trata de un Dios interior?
Zundel había ya planteado
la pregunta a los padres conciliares de Vaticano 2. Evidentemente, para él como
para nosotros y para todos los que tratan de reflexionar profundamente, el único Dios verdadero, el único Dios que
existe realmente es “puro interior”.
La cuestión es
primordial y capital. Es urgente plantearla
hoy. Si el único Dios verdadero es un Dios interior, un Dios puro interior, un
Dios pura interioridad, un Dios espíritu, como lo dice Jesús a la samaritana, la teoría de la evolución es perfectamente compatible con ese
Dios porque, en sus mejores presentaciones, en sus presentaciones cristianas, ve a Dios como interior a toda la
evolución, imantándola y dirigiéndola a lo largo de su larga historia.
Es urgente que la
humanidad contemporánea tome conciencia de que no puede haber otro Dios que ese
Dios interior, y de que sólo el hombre
interior puede descubrirlo.
Habrá que volver a este
tema porque la cuestión es hoy
extremamente importante, ya que si le creemos al autor del expediente del N.O.,
“cerca del 40 por ciento de los norteamericanos adultos actuales rechazan la
evolución y el rechazo es superior al 50% en Turquía, Indonesia, Pakistán,
Malasia y Egipto”. Y el Islam, justamente para el cual Dios es exterior al
hombre, está en camino de rechazar por todas partes la teoría de la evolución. Todo
eso por ignorancia del Dios interior, y del hombre interior en el hombre. “Que
le Padre os conceda en su gloriosa riqueza, el ser poderosamente fortificados
por su Espíritu para que crezca el hombre interior” (Ef. 3, 16).
Nota (1). El Nouvel
Observateur intitula su número: “Dios contra la ciencia” “200 años después de
Darwin la guerra continúa”.
¡No! ¡El Dios
interior no está contra la ciencia! Es
interior a los sabios como a los autores de los libros de la Biblia. Si sus enseñanzas
parecen opuestas, es sólo a causa de los límites de la inteligencia de todo hombre,
particularmente cuando se trata del Dios Trinidad que trasciende toda inteligencia
humana.
Eso no quiere decir que no podamos
conocerlo, sino que no podemos alcanzarlo en toda su verdad sino con la venida de
Jesucristo en el cual se encarna Dios perfectamente, aunque su humanidad siga siendo
criatura, y por eso, limitada y entonces no apta para entregarnos todos los secretos
de Dios. No los entrega a la vez, esencialmente, en la manera como pasa al Padre,
y al mismo tiempo el hombre no puede recibirlos sino a lo largo de una historia
muy larga no terminada, la de la ciencia y la del desarrollo del dogma cristiano.
La revelación crística terminó con la muerte del último apóstol, pero es como el
embrión que contiene ya todas las líneas de su futuro ser, y no puede negarlas.
(Continuará)