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4ª conferencia de la
Rochette, a las oblatas benedictinas, en septiembre de 1959.
“En una familia, cada hijo
ve a sus padres con sus propios ojos y dice: “mis” padres, porque siente que
tiene con ellos un lazo personal. Los padres consideran igualmente a los hijos
cada uno por separado, y una mamá que ha perdido uno entre sus diez hijos no
dirá jamás: “Me quedan todavía nueve”, porque cada hijo es irremplazable. Es lo
mismo en nuestras relaciones con Dios. La religión comunitaria no excluye la
religión personal, al contrario, porque cada
uno de nosotros es único para Dios.
Nuestra primera vocación es
lo que somos. Es necesario que Dios
alcance lo más profundo que hay en nosotros, los gustos que dibujan nuestra
orientación fundamental y así es como debe tomar forma nuestra religión. Cada
uno debe llegar a su religión personal, que es única ya que cada uno de
nosotros es único. Cada uno es un
pensamiento de Dios encargado de llevar al mundo una revelación que sólo puede
pasar mediante cada uno. Si un alma falta a su vocación personal, falta
algo irremplazable. Cada uno es un camino único hacia Dios.
En la asamblea litúrgica
decimos las mismas palabras, hacemos los mismos gestos, entramos en el mismo
silencio para participar todos en la única oración de Cristo y de la Iglesia,
¡pero eso no significa que debemos entrar en el mismo molde! Fuera de la
liturgia, la religión debe tomar las formas espontáneas de nuestros gustos y de
nuestras posibilidades de cada día y de cada hora.
Es sobre todo normal que nuestra religión esté informada por nuestra
profesión, nuestro estado de vida. Es lástima que se pueda escribir la vida de un sabio, de un profesor,
mostrando su santidad en los ejercicios religiosos, sin mencionar el ejercicio
de su profesión. Se comprende que tales libros respiran aburrimiento ya que dan
una sensación de artificio. Se ha encerrado la vida cristiana en fórmulas
estereotipadas como si no fuera toda la vida la que nos lleva a Dios, como si
el hombre no pudiera encontrar en su profesión la escala de Jacob que lo
conduce a la más íntima unión divina. Cristo fue obrero, conocido de sus
conciudadanos como el hijo del carpintero.
Por eso el sabio debe hacer
oración sobre sus descubrimientos de laboratorio, el médico y la enfermera
sobre sus enfermos, y la madre sobre su hijo. En la admiración del sabio sobre
lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, en la de la joven madre
sobre la maravilla que es su hijo, hay el encanto de Dios delante de Su
creación: “Y vio Dios que era bueno”.
Miguel-Ángel orando ante
los bloques de mármol, esperando la inspiración que haría surgir de esa masa la
obra de arte. Las catedrales brotaron de la oración de los constructores. Todas las bellezas son camino hacia Dios,
hasta la danza cuando es arte sagrado. “No soy yo, es la idea”, exclamaba una
bailarina haciendo de la euritmia de su cuerpo un reflejo de la eterna Belleza.
¿Porqué sería la religión
el arte de aburrirse? Debe ser el arte
de prevenir la esclerosis, de preludiar la eterna resurrección. ¡El Dios de
hoy no es el Dios de ayer! Dios es siempre
nuevo. En la próxima curva del camino hay que descubrirlo como un Dios
desconocido.
Hay que ir a Dios por los caminos de la vida: ¡no pasemos al lado de la
vida real! El
trabajo bien hecho es siempre un trabajo fecundo, creador, que mantiene en
nosotros las energías vivas en que encontramos al Dios Vivo.
Para vivir del Dios Único
para cada uno de nosotros, nuestras energías deben estar ordenadas, orquestadas:
“Las virtudes son sólo pasiones
ordenadas”. Las pasiones son el registro de energías puesto a nuestra
disposición para que toda la Creación se convierta en nosotros en alabanza y
amor.
Es esencial para cada uno
de nosotros tener cada día un momento en que lleguemos al centro del
recogimiento, en que las energías se ordenen, en que la armonía se establezca,
en que del silencio brote la fuente viva. Eso puede hacerlo, cada uno, en la
lectura, o escalando una montaña, o haciendo un ramo de flores, o en la música,
en todo lo que nos hace salir de nosotros mismos, haciéndonos dejar de vernos,
de escucharnos, y dando así a cada actividad una dimensión divina.
Recurramos a lo que
nos pone en estado de silencio
para llevarnos a la audición íntima en que la música eterna brota del amor: es
el país de la Verdad donde nos encontramos cuando hacemos silencio en nosotros.
Ahí es donde resuena el Verbo silencioso.
“Esplendor de la gloria del
Padre, tú que sacas tu luz de Su luz, luz de luz y fuente de luz, ¡Día del que
el día recibe su claridad! ilumínanos, sol de verdad que brillas con brillo
eterno, y que el fuego del Espíritu Santo se difunda por ti en nuestros
corazones” (Himno de Laudes del Lunes).
La vida es el gran
manual de oración donde debemos buscar y encontrar
lo que nos hace dar a la vida nuestra su secreto más profundo.
Emmanuel Mounier y su mujer
oraban juntos sobre su pequeña Francisca que, privada de inteligencia humana,
era puramente santuario de la Santa Trinidad. Bach escuchaba la música eterna
al componer su Pasión según san Mateo, trataba de traducir en música el dolor
insondable del eterno Amor.
La oración sobre la
vida es comprender que Alguien se dice a través de un paisaje, una mirada de niño, pues cada uno es un camino hacia el Dios Vivo.
Basta que lleguemos a nosotros mismos, dejando de hacer ruido con nosotros
mismos para que Dios se revele con un Rostro siempre nuevo.
La religión comunitaria
es imposible sin la religión personal a
la cual quiere llevarnos. La religión comunitaria es la religión sacramental,
es decir que deja a cada uno en su más íntimo secreto.
En un concierto, el
silencio se hace a veces presencia real. El silencio establece una perfecta
comunión, y todos, como una persona, se lanzan delante de la única Belleza. Para escuchar la música, hay que devenir
música y entrar en comunión personal, comunión tanto más intensa cuanto que
cada uno está perdido en el silencio de su soledad.
La verdadera
sociedad, al
contrario de la masa gregaria, del rebaño, tiene
sus bases en la soledad. La religión comunitaria tiene sus bases en la
religión personal, en el sacramento, signo comunicado que es eficaz sólo si es
vivido por cada uno en su soledad, en el grado de su fe y de su fervor.
Dios nos reúne no para
borrar las diferencias sino para hacernos a cada uno en la soledad fecunda,
abierta a todos los demás. Es la obra
maestra de la Encarnación: el gesto común no banaliza, personifica. La
Iglesia no nos banaliza sino que nos personifica mediante la vida comunitaria.
La riqueza de la vida comunitaria es lo que sucede en la intimidad de cada uno.
Todos están imantados y se reúnen en la
imantación convergente que deja a cada uno en su secreto más personal. No
hay pues contradicción sino complementariedad entre religión personal y
religión comunitaria, entre soledad y comunidad.
¡Se ha laicizado la vida
por no haber percibido la riqueza de la vida sacramental! Toda la vida es liturgia, todas las actividades son indispensables a
la realización del misterio de Cristo. No hay vida profana y vida religiosa. No
hay estado que no sea necesario a la expresión del Cristo total. Por eso, la oración cristiana es oración
sobre toda la vida.
Arreglar la casa es introducir belleza en su
interior, es dar alegría a las personas con quienes vivimos.
El hombre no vive solamente de pan, necesita belleza y alegría, música y amor. Toda nuestra actividad puede devenir un inmenso “Benedícite” alrededor
de la Presencia del Señor que nos confía la Creación y nos da la vida cotidiana.
Jesús tomó los gestos del
hombre para comunicarnos la Vida divina y utilizó los elementos de la vida
humana, el pan, el vino, el aceite, el fuego, para enseñarnos a hacer de la
vida ordinaria una liturgia porque el
Reino de Dios es aquí, ahora, hoy, dentro de nosotros.
Nuestra vocación es terminar
la Creación, como Francisco de Asís que veía en un guijarro un pensamiento y
una ternura de Dios. Por eso cantamos con toda la Iglesia el Cántico de las
criaturas y la antífona de comunión del rosario: “Floreced como el lirio, dad
vuestro perfume, cantad un cántico de alabanza, bendecid al Señor por todas sus
obras” (Sir., 39, 14).