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27/01/09. Para Dios, cada uno de nosotros es único. La oración sobre la vida.

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4ª conferencia de la Rochette, a las oblatas benedictinas, en septiembre de 1959.

“En una familia, cada hijo ve a sus padres con sus propios ojos y dice: “mis” padres, porque siente que tiene con ellos un lazo personal. Los padres consideran igualmente a los hijos cada uno por separado, y una mamá que ha perdido uno entre sus diez hijos no dirá jamás: “Me quedan todavía nueve”, porque cada hijo es irremplazable. Es lo mismo en nuestras relaciones con Dios. La religión comunitaria no excluye la religión personal, al contrario, porque cada uno de nosotros es único para Dios.

Nuestra primera vocación es lo que somos. Es necesario que Dios alcance lo más profundo que hay en nosotros, los gustos que dibujan nuestra orientación fundamental y así es como debe tomar forma nuestra religión. Cada uno debe llegar a su religión personal, que es única ya que cada uno de nosotros es único. Cada uno es un pensamiento de Dios encargado de llevar al mundo una revelación que sólo puede pasar mediante cada uno. Si un alma falta a su vocación personal, falta algo irremplazable. Cada uno es un camino único hacia Dios.

En la asamblea litúrgica decimos las mismas palabras, hacemos los mismos gestos, entramos en el mismo silencio para participar todos en la única oración de Cristo y de la Iglesia, ¡pero eso no significa que debemos entrar en el mismo molde! Fuera de la liturgia, la religión debe tomar las formas espontáneas de nuestros gustos y de nuestras posibilidades de cada día y de cada hora.

Es sobre todo normal que nuestra religión esté informada por nuestra profesión, nuestro estado de vida. Es lástima que se pueda escribir la vida de un sabio, de un profesor, mostrando su santidad en los ejercicios religiosos, sin mencionar el ejercicio de su profesión. Se comprende que tales libros respiran aburrimiento ya que dan una sensación de artificio. Se ha encerrado la vida cristiana en fórmulas estereotipadas como si no fuera toda la vida la que nos lleva a Dios, como si el hombre no pudiera encontrar en su profesión la escala de Jacob que lo conduce a la más íntima unión divina. Cristo fue obrero, conocido de sus conciudadanos como el hijo del carpintero.

Por eso el sabio debe hacer oración sobre sus descubrimientos de laboratorio, el médico y la enfermera sobre sus enfermos, y la madre sobre su hijo. En la admiración del sabio sobre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, en la de la joven madre sobre la maravilla que es su hijo, hay el encanto de Dios delante de Su creación: “Y vio Dios que era bueno”.

Miguel-Ángel orando ante los bloques de mármol, esperando la inspiración que haría surgir de esa masa la obra de arte. Las catedrales brotaron de la oración de los constructores. Todas las bellezas son camino hacia Dios, hasta la danza cuando es arte sagrado. “No soy yo, es la idea”, exclamaba una bailarina haciendo de la euritmia de su cuerpo un reflejo de la eterna Belleza.

¿Porqué sería la religión el arte de aburrirse? Debe ser el arte de prevenir la esclerosis, de preludiar la eterna resurrección. ¡El Dios de hoy no es el Dios de ayer! Dios es siempre nuevo. En la próxima curva del camino hay que descubrirlo como un Dios desconocido.

Hay que ir a Dios por los caminos de la vida: ¡no pasemos al lado de la vida real! El trabajo bien hecho es siempre un trabajo fecundo, creador, que mantiene en nosotros las energías vivas en que encontramos al Dios Vivo.

Para vivir del Dios Único para cada uno de nosotros, nuestras energías deben estar ordenadas, orquestadas: “Las virtudes son sólo pasiones ordenadas”. Las pasiones son el registro de energías puesto a nuestra disposición para que toda la Creación se convierta en nosotros en alabanza y amor.

Es esencial para cada uno de nosotros tener cada día un momento en que lleguemos al centro del recogimiento, en que las energías se ordenen, en que la armonía se establezca, en que del silencio brote la fuente viva. Eso puede hacerlo, cada uno, en la lectura, o escalando una montaña, o haciendo un ramo de flores, o en la música, en todo lo que nos hace salir de nosotros mismos, haciéndonos dejar de vernos, de escucharnos, y dando así a cada actividad una dimensión divina.

Recurramos a lo que nos pone en estado de silencio para llevarnos a la audición íntima en que la música eterna brota del amor: es el país de la Verdad donde nos encontramos cuando hacemos silencio en nosotros. Ahí es donde resuena el Verbo silencioso.

“Esplendor de la gloria del Padre, tú que sacas tu luz de Su luz, luz de luz y fuente de luz, ¡Día del que el día recibe su claridad! ilumínanos, sol de verdad que brillas con brillo eterno, y que el fuego del Espíritu Santo se difunda por ti en nuestros corazones” (Himno de Laudes del Lunes).

La vida es el gran manual de oración donde debemos buscar y encontrar lo que nos hace dar a la vida nuestra su secreto más profundo.

Emmanuel Mounier y su mujer oraban juntos sobre su pequeña Francisca que, privada de inteligencia humana, era puramente santuario de la Santa Trinidad. Bach escuchaba la música eterna al componer su Pasión según san Mateo, trataba de traducir en música el dolor insondable del eterno Amor.

La oración sobre la vida es comprender que Alguien se dice a través de un paisaje, una mirada de niño, pues cada uno es un camino hacia el Dios Vivo. Basta que lleguemos a nosotros mismos, dejando de hacer ruido con nosotros mismos para que Dios se revele con un Rostro siempre nuevo.

La religión comunitaria es imposible sin la religión personal a la cual quiere llevarnos. La religión comunitaria es la religión sacramental, es decir que deja a cada uno en su más íntimo secreto.

En un concierto, el silencio se hace a veces presencia real. El silencio establece una perfecta comunión, y todos, como una persona, se lanzan delante de la única Belleza. Para escuchar la música, hay que devenir música y entrar en comunión personal, comunión tanto más intensa cuanto que cada uno está perdido en el silencio de su soledad.

La verdadera sociedad, al contrario de la masa gregaria, del rebaño, tiene sus bases en la soledad. La religión comunitaria tiene sus bases en la religión personal, en el sacramento, signo comunicado que es eficaz sólo si es vivido por cada uno en su soledad, en el grado de su fe y de su fervor.

Dios nos reúne no para borrar las diferencias sino para hacernos a cada uno en la soledad fecunda, abierta a todos los demás. Es la obra maestra de la Encarnación: el gesto común no banaliza, personifica. La Iglesia no nos banaliza sino que nos personifica mediante la vida comunitaria. La riqueza de la vida comunitaria es lo que sucede en la intimidad de cada uno. Todos están imantados y se reúnen en la imantación convergente que deja a cada uno en su secreto más personal. No hay pues contradicción sino complementariedad entre religión personal y religión comunitaria, entre soledad y comunidad.

¡Se ha laicizado la vida por no haber percibido la riqueza de la vida sacramental! Toda la vida es liturgia, todas las actividades son indispensables a la realización del misterio de Cristo. No hay vida profana y vida religiosa. No hay estado que no sea necesario a la expresión del Cristo total. Por eso, la oración cristiana es oración sobre toda la vida.

Arreglar la casa es introducir belleza en su interior, es dar alegría a las personas con quienes vivimos.

El hombre no vive solamente de pan, necesita belleza y alegría, música y amor. Toda nuestra actividad puede devenir un inmenso “Benedícite” alrededor de la Presencia del Señor que nos confía la Creación y nos da la vida cotidiana.

Jesús tomó los gestos del hombre para comunicarnos la Vida divina y utilizó los elementos de la vida humana, el pan, el vino, el aceite, el fuego, para enseñarnos a hacer de la vida ordinaria una liturgia porque el Reino de Dios es aquí, ahora, hoy, dentro de nosotros.

Nuestra vocación es terminar la Creación, como Francisco de Asís que veía en un guijarro un pensamiento y una ternura de Dios. Por eso cantamos con toda la Iglesia el Cántico de las criaturas y la antífona de comunión del rosario: “Floreced como el lirio, dad vuestro perfume, cantad un cántico de alabanza, bendecid al Señor por todas sus obras” (Sir., 39, 14).

 

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