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Zundel

28/01/09. ¿Cuántos cristianos no han comprendido todavía la novedad increíble del Evangelio que nos revela la Trinidad divina?

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Personal (Pueden contentarse con leer el texto de la conferencia publicado más abajo).

¿Cuando arriesgamos hacer daño a Dios hablando de Él? Cada vez que hablamos de Él descuidando su “trinitariedad”, o sin subentenderla al menos.

Dios es trinidad y cada persona divina no es personalizada sino en su relación con la Otra en la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu no tienen otra personalidad que la relación con el Otro en la Trinidad.

Dios es único pero no solitario. No es ni ha estado jamás solo, es único a causa de la cualidad de la relación que constituye cada Persona y permite la unidad perfecta del Dios Trino.

Se puede decir que se arriesga hacer daño a Dios cuando se habla de Él como alguien exterior al hombre, y que estaría entonces finalmente poco preocupado de lo que pueda sucederle a su criatura, si ésta permanece exterior. Ya no se comprendería por qué fue hasta comprometerse por la felicidad y la salvación del hombre, haciéndose hombre hace 2000 años.

Además... Jesucristo, aparentemente, parece exteriorizar a Dios, al ser Su encarnación perfecta en el hombre. De hecho, hace y quiere hacer exactamente lo contrario: quiere hacernos saber que Dios es espíritu.

Lo que se olvida fácilmente, y Zundel insistió mucho en ello, es que la Humanidad santa de Jesucristo no es Dios, aunque sea Su perfecta encarnación, y por lo mismo, cuando vemos a Jesucristo antes de “pasar” al Padre, no vemos a Dios. Jesucristo justamente vino para liberarnos de una concepción exterior de Dios, diciéndonos que “Dios es espíritu” (Juan 4, 24), y haciendo a la humanidad el día de Pentecostés el don del Espíritu que es Dios, don que es el término y la razón de ser de su encarnación perfecta en el hombre al hacerse uno de nosotros.

* He aquí ahora la 5a conferencia de Zundel en la Rochette. Presenta la Trinidad divina bajo una nueva luz, y es importante, capital, reconocer su novedad. Conviene prestar una atención especial a esta enseñanza, es extremadamente importante.

“Nietzsche expresó brutalmente el rechazo que el mundo opone a toda religión: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios? Luego, ¡no hay dioses!” Esta actitud, bajo formas menos abruptas seguramente, está más generalizada de lo que pensamos.

Recuerdo la niñita que, habiendo oído hablar de la gloria, el poder, la riqueza y la felicidad infinita de Dios no podía admitir que ventajas tan exorbitantes fueran para uno solo y esperaba tranquilamente su turno para ser dios.

Una especie de capitalismo trascendente, invulnerable, despótico y todopoderoso, a cuyos caprichos todo está sometido y al que nadie puede escapar, y es, en efecto, bajo estos rasgos caricaturales como muchos se representan la divinidad totalmente embriagada de sí misma, totalmente ocupada en celebrarse y ¡haciendo gracia sólo a los que se humillan delante de ella! realiza a una escala infinita el tipo de Narciso mitológico, enamorado de sí mismo, y que pasa su tiempo saboreando su propia belleza.

Ciertos creyentes van hasta hablar de un egoísmo legítimo y necesario de Dios, cuyo privilegio le reconocen con ingenuidad. Otros no se atreven a decirlo pero piensan en el fondo de sí mismos que sería mucho más sencillo si Dios no existiera y si uno pudiera hacer todo lo que quiere.

Todas estas concepciones, sean religiosas o antirreligiosas, gravitan alrededor de un ídolo. El Dios vivo del Evangelio es Trinidad, es decir supremo despojamiento. Personificado en un triple foco de altruismo, todo Su ser es eternamente difundido en oblación de Luz y de Amor (1) en que “circula” de uno a otro por el juego recíproco de las sustancias relativas (relacionales) en las cuales sólo se afirma para y por la comunicación: ¡nada está más lejos del súper capitalismo al que acabo de aludir! Nada está más cerca de las intuiciones del trovador seráfico que soñaba con desposar Dama Pobreza.

¿Cómo dudar, en efecto, de que San Francisco percibiera bajo esta figura la realidad misma de la vida divina? Habría sido sin duda bien incapaz de explicitar en conceptos la convicción que tenía y que defendía con tan inflexible obstinación, pero no era un hombre a dar su vida por un sueño o a sacrificar la realidad por una imagen. Si renunció a sus ambiciones de joven burgués que aspiraba a la más alta nobleza, fue porque se le apareció la verdadera grandeza bajo los rasgos de la divina Pobreza. El anatema que pronuncia contra toda propiedad material en el seno de su orden está dirigido contra el espíritu de posesión. Si el “hermano menor” no debe apropiarse nada, es para llegar más seguramente al despojamiento íntimo en que se libera de sí mismo.

La pobreza exterior es el símbolo y la garantía de la pobreza interior, de la pobreza según el espíritu que es la primera bienaventuranza, primera, a los ojos del Poverello, no sólo en el orden de la promulgación según la letra del texto evangélico, sino en el orden de los valores donde se identifica con la caridad, con la bienaventuranza misma de Dios que es el gozo del don.

¡Cómo le habría gustado la expresión de Séneca, si la hubiera conocido: “No es la riqueza lo que te hará semejante a Dios. ¡Dios no tiene nada, Dios está desnudo!” En efecto, qué posesión, en el sentido egocéntrico que tiene la palabra generalmente, ¿qué posesión atribuir al ser que está totalmente desposeído de sí mismo y cuyo Yo está constituido por el altruismo tres veces subsistente, que hace de Él un éxtasis de Luz y de Amor? Según el vocabulario salido de la distinción entre el ser y el tener, Dios ES todo porque no TIENE nada, es decir, en lenguaje cristiano: Dios es el valor supremo porque es la eterna Caridad.

Es lástima que la Santísima Trinidad haya sido a veces presentada como ininteligible por haber sido presentada de afuera. Afortunadamente, Jesucristo nos revela el verdadero rostro de Dios al introducirnos en la intimidad de la Santísima Trinidad que es la fuente, la luz y el espacio de nuestra libertad.

El misterio cristiano no es un misterio limitado sino un misterio de plenitud. No es misterio porque la inteligencia choca en él con lo incomprensible, sino porque pasará la eternidad descubriendo, contemplando, admirando sin jamás agotar la fuente de gozo, de belleza y de amor de la Vida divina que brota sin cesar.

El niño comprende muy bien el lazo que existe entre su padre, su madre y él. El bien de la familia, su tesoro, es su unidad, su armonía, su amor. Ese bien esencial está constituido por el hecho de que cada uno mira al otro. En la medida en que cada uno se olvida por el bien de los demás es como subsiste el bien incomparable de la unidad y del amor.

Ese bien único no puede ser poseído por uno solo. Si uno quiere acapararlo, hacerse el centro, destruye la armonía y el gozo de la familia. Es un bien que no puede existir sino en estado de comunicación.

Es además la condición de todos los bienes del espíritu. El músico que ha tocado divinamente, que ha revelado la música a sus auditores, que los ha llevado al corazón del silencio, perdería contacto con la música si tomara los aplausos a cuenta de su éxito personal. Sólo puede permanecer en la música escuchándola. Si se escucha a sí mismo, se cierra las puertas de la música, como el sabio se cierra a la verdad si se la quiere apropiar, conservar su monopolio. Así es también en la Vida Divina.

El bien supremo de la eterna divinidad sólo existe en estado de comunicación. Dios es único pero no solitario, Dios es una familia, Dios se comunica, en Dios “Yo” es Otro. En Dios, el conocimiento no es una mirada vuelta hacia sí mismo, sino una confidencia eterna del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. La personalidad de Dios es constituida por un altruismo subsistente. Lo que distingue a las Personas Divinas es que cada una es toda comunicación con las Demás. Toda la Vida Divina sólo subsiste en ese intercambio. En Dios no hay nada que no sea comunicado, es lo que quiere decir “Dios es Amor”.

Dios es Amor, comunicación, totalmente, sin resto ni reserva. La divinidad no pertenece al Padre que la comunica, ni al Hijo que la comunica igualmente, ni al Espíritu Santo que es todo aspiración y re-spiración. Dios es Dios porque no tiene nada. Es el Infinito despojamiento. Él da todo.

La intuición de San Francisco de Asís lo llevó a esa inmensa luz. Afortunadamente, no hizo teorías sino que vivió la Pobreza divina y nos permitió entrever su profundidad insondable y sacar de ella un gozo que nadie puede quitarnos.

El verdadero Dios no puede poseer ni perder nada. Da todo eternamente y nos invita a dar todo para hacernos lo que es Él. ¡Cuántos cristianos no han comprendido todavía la novedad increíble del Evangelio! Es necesario cambiar de mirada para percibir al Dios que se revela en la transparencia de Jesucristo.

Hasta Jesús se concebía la grandeza como dominación. ¡Ser grande era mandar, tener esclavos, recibir homenajes! Se proyectaba sobre Dios la imagen de los reyes absolutos de la Antigüedad y se hacía de Él un ser colosal capaz de aplastarnos ¡y al que le gustaba vernos prosternados en el polvo!

Jesucristo nos reveló otra escala de valores, la del Lavatorio de los pies, escena revolucionaria que nos lleva al centro del Evangelio. Los apóstoles la rechazan en nombre de la imagen del Dios dominador y Jesús quiere abrir el Nuevo Testamento por ese gesto que nos enseña que la grandeza no está en la dominación sino en la generosidad del don. Estamos tentados de construirnos en la dominación, ¡queremos una corte que nos admire!

Nuestra grandeza, como la de Dios, está en la generosidad. Dios no tiene súbditos, no tiene esclavos, no defiende su dominio contra nosotros. Dios es liberador, el espacio donde se realiza nuestra libertad.

Dios es el Amor que quiere introducirnos en el Amor. Dios es la Pobreza que quiere introducirnos en la Pobreza. Dios es el que da todo y nos llama a darlo todo.

Era necesario Nuestro Señor para liberarnos de la imagen de un falso dios con rostro de propietario y de déspota. Jesús nos hizo la gran confidencia que hace la novedad del Evangelio. Pero falta que la visión cristiana del mundo se difunda por doquiera.

¡Ciertos cristianos leen todavía el Nuevo Testamento con el espíritu del Antiguo! En vez de leer el Antiguo con el espíritu del Nuevo. Jamás sabremos acoger con gozo suficiente esa confidencia divina. ¡Cuando es acogida, todos los ídolos se derrumban y todas las falsas grandezas caen! Queda solo la verdadera grandeza que es la de amar. Dejemos despertar en nosotros el gozo del descubrimiento inagotable de las Tres Personas Divinas.

Si tenemos el honor terrible de enseñar a los niños, pongámoslos delante de ese Dios Amor que quiere hacernos semejantes a Él. No hay día en que el encuentro con la Trinidad no sea como la fuente que brota en Vida eterna, en que el descubrimiento de los abismos del Corazón de dios no sea una novedad inagotable.

Tenemos que permanecer en esta admiración para trabajar en nuestro lugar en el mundo que se presenta como enemigo de Dios. Para desarmar este mundo que se desgarra, es necesario presentar el verdadero Dios en una vida de Pobreza, una vida transparente, silenciosa, una vida en que cada uno se sienta acogido y donde Dios aparezca como el espacio ilimitado donde la libertad respira.

Viviendo este gozo, pediremos que esta visión se comunique, que el mundo conozca por fin el verdadero rostro de Dios y ¡que el nuéstro no sea sino Su transparencia!

(l) Para el comienzo de esta conferencia, recopiamos exactamente el texto de Mauricio ZUNDEL en su libro “Itinerario”, cap. X, “La suprema libertad”, pp. 166-168.

Nota (1). La objeción, o mejor, la pregunta más fuerte sigue siendo: ¿Y porqué Dios no hizo de modo que el hombre reconociera inmediatamente Su “trinitariedad”? ¡Habría sido mucho más sencillo! Fundamentalmente, el hombre no tiene mala voluntad. ¿Porqué yerra tan fácil y generalmente, y tan dramáticamente, y tantas veces, cuando viene a la tierra? No conozco respuesta que satisfaga plenamente, sino quizás la que ve a Dios queriendo dar al hombre una felicidad tal que tiene que merecerla, sin lo cual el hombre mismo habría sido infeliz, infeliz de tener, o de ser todo eso, con tanta felicidad, sin haberla merecido.

Y el mérito se adquiere continuando la obra de la creación y de la redención comenzada por el Dios Trino. Dios la continúa ahora, quiere terminarla, en y por el hombre. El hombre, en cierto modo, toma la releva.

Es posible además que Dios mismo merezca eternamente, de manera inmediatamente misteriosa, ser lo que es, con su felicidad perfecta.

Se puede leer aquí con gran provecho en el maravilloso capítulo primero de la epístola a los Efesios, la oración: “¡Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestra inteligencia!” (Efesios, 1,18)

 

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