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8ª conferencia de La
Rochette en septiembre de 1959.
Todas las fases
de nuestra historia están reunidas en un solo proyecto, un solo amor, una sola
presencia, una sola persona...
“En un cementerio de unos 3500
años antes de Jesucristo, en el Líbano, se encuentran esqueletos encerrados en
jarrones, dispuestos según la curva del recipiente, como el feto en el seno
materno. Bajo este aspecto, el esqueleto no tiene la rigidez de nuestros
yacentes, parece vivo, parece dormir en el seno materno de la tierra antes de
despertarse el último día.
Ante ese esqueleto, uno se
pregunta: ¿Qué relación hay entre él y yo? Vivió en esta región, está ahí desde
hace unos 5500 años. ¿Qué es lo que llena ese intervalo? ¿Forma este hombre
parte de la misma historia que yo? ¿Hay continuidad entre las generaciones?
¿Constituye la serie evolutiva una sola historia?
La Historia no
tiene sentido si todas las fases no están reunidas en un solo proyecto, un solo
amor, una sola presencia, una sola persona. ¡No soy yo el que hago la unión entre las generaciones! Para que la
historia sea realmente una, para que vaya con un solo impulso hacia un fin
único, ¡es necesario que Alguien la viva en plenitud, que Alguien la sostenga!
Solo Jesucristo puede sostener la historia. No basta que Dios la sostenga, es
necesario también que un hombre la sostenga. Sólo el Hombre Dios, Jesucristo,
puede sostener la historia,
es uno de los aspectos más esenciales y más emocionantes de Jesucristo.
Los hombres están separados
unos de otros en el tiempo por miles de siglos y, en una misma época, por
fronteras que los separan y los oponen, no las fronteras geográficas sino los
fanatismos, los racismos, etc. Si las conversaciones internacionales son tan
laboriosas, es porque falta El único que puede hacer la unidad.
Solo Jesucristo nos
es dado como el que hace la unión entre las generaciones, entre los pueblos y los individuos, el que hace tocarse los muros de
separación. Jesús se dio un nombre
significativo que evoca esa vocación de unidad y de unificación. Se llamó “El Hijo del Hombre”.
Nosotros somos hombres, pero Jesús es El Hombre. Cada uno de nosotros constituye un individuo entre miles de millones de
individuos, mientras que Cristo es “El Hombre”, hombre es para Él un nombre
propio y no un nombre común que lo haría entrar en una serie donde
desaparecería. Él es, como dice magníficamente San Pablo, “el segundo Adán”.
Para Cristo no hay frontera
de tiempo ni de lugar. Puede entrar en la vida de todos y de cada uno. Él está en su casa en el interior de mí
mismo y de todos los demás, nada nos toca más en las fibras más humanas que
esa Humanidad universal de Jesús. Por ser El Hombre, nacerá de un nacimiento
virginal porque no es un anillo en la serie de generaciones: El constituye el lazo, el sentido, la
unidad de la cadena que Él contiene toda entera. El es el Jefe, la Cabeza de la
humanidad.
¿Porqué multiplicar
los individuos si no tienen lazos entre ellos? Para que la multiplicación de los individuos
no sea absurda, es necesario que estén reunidos en una sola vida y en una sola
Persona. Jesús tiene el papel de
reunirlos. Él hace contemporáneo nuestro ese hombre cuyo esqueleto está
encerrado en un jarrón desde hace 5500 años
La
historia del Verbo encarnado en la humanidad, siempre vivo delante de Dios, no
está terminada y encuentra su realización en cada una de nuestras vidas”
(Continuará)