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7a conferencia de la
Rochette, en septiembre de 1959.
... El Universo debe
tener un enraizamiento profundo en nosotros, fundado sobre el ejercicio de la
libertad y el poder de nuestro amor.
“Todo conocimiento es un
nacimiento” como dijo Claudel con tanta profundidad, y no hay verdadero nacimiento sino el que nos transforma. Igualmente,
no hay verdadero problema sino el que nos cuestiona ni verdadera respuesta sino
la que tiene repercusiones sobre nuestra vida. Hay que desconfiar de los
problemas que vienen de afuera y que no tienen fecundidad por ser falsos
problemas. Una cuestión planteada debe transformarse en experiencia vivida
realmente.
Por eso hay que cuidarse de
poner a los niños falsos problemas que arriesgan falsearlos de por vida. Por
ejemplo no se puede hablar eficazmente de la Creación sino situándola en una
experiencia en que están comprometidos. Están en “la” casa: la casa, para
ustedes, no son cuatro paredes, sino ante todo su Mamá, el corazón que los
espera, el rostro que da alma al espacio material: “Mamá, tú eres la casa”. Si
la casa es la mamá, su mamá, no es sólo su mamá, es su mamá y usted. Si usted
no responde a su ternura, ya no será la casa. Igualmente, el universo no tiene
sentido si no es una historia de dos, del Dios vivo y nosotros. El universo no
se constituye sin esa doble presencia de Dios y de la humanidad. La Creación es
un circuito de amor. Un regalo debe ser recibido con amor igual a aquél con que
se da. Es ante todo un testimonio y el don de la amistad, y no puede ser
recibido sino por la amistad. Esa
corriente de reciprocidad es la que constituye
el regalo, símbolo y sacramento de una presencia de amor. El universo es el
regalo de la ternura divina.
No tiene significado sino
cuando nuestro “sí” sella el “sí” de Dios. ¡El Creador no es un fabricante de
objetos inanimados! El mundo sólo tiene
sentido, digno de Dios, si nosotros
lo terminamos sacando de él la verdad que contiene, en el “Benedícite” del
amor.
No existe, pues, materia radicalmente
opuesta al espíritu ya que a partir de la materia los sabios se elevan al
conocimiento, al gozo de conocer cantado por Pedro Terrier. El mundo material
no es extranjero al espíritu, nosotros tenemos las raíces en el universo, que nos sostiene y que
tenemos que sostener. Debe haber en
nosotros un enraizamiento espiritual fundado sobre el ejercicio de la libertad
y el poder de nuestro amor. Si rehusamos ser, el mundo no puede revelar sus
dimensiones espirituales.
Después del desastre de
Nagasaki los sabios japoneses que se desgastaban con los heridos se detuvieron
para interrogarse sobre la bomba atómica que acababa de vencerlos. Nada más
grande que esa pausa en que se impuso el espíritu científico: “La ciencia había
conocido un nuevo triunfo, pero al mismo tiempo, la derrota de mi país aparecía
ineluctable. En mí se chocaban la exultación del médico especialista y el dolor
del japonés patriota. ¿Qué sucedía cuando un átomo explotaba? Esta pregunta
ocupaba mis pensamientos mientras permanecía acostado al lado de ese gran
hombre despojado. Energía, corpúsculos, ondas electromagnéticas, calor fueron
las cuatro cosas en que pensé en primer lugar”.
“Poco a poco, Choro y los
demás se habían reunido alrededor del Profesor Seiki y habían comenzado una
discusión seria. “¿Quién habrá podido hacer eso? ¿Compton? ¿Lawrence? –
Einstein debe haber jugado un papel. Y Bohr con los demás sabios refugiados en
América. En todo caso, concluyó el grupo, es un éxito famoso”.
“Así pues, especialistas e
investigadores, nosotros mismos éramos víctimas de la bomba. Le habíamos
servido de cobayos y estábamos ahora en buena posición para observar sus
efectos ulteriores sobre las víctimas. Bajo el dolor, la ira y el doloroso
despecho de la derrota, renacía en nuestros corazones un deseo profundo de
buscar la verdad. Entre las ruinas de la ciudad devastada, revivía en nosotros
poco a poco la pasión científica”. (Las campana de Nagasaki - Paul Nagaï - pp. 84-87)
En las catástrofes
Dios no puede estrictamente nada,
no por impotencia sino porque no va en la línea del gesto creador. La Creación
es un proyecto de amor, una obra de dos. Es necesario que el “sí” humano
responda a la invitación divina. El mal viene del rechazo del amor por parte
del hombre.
Ante el martirio de los
inocentes, Dostoïevski pone en los labios de Ivan Karamazov la objeción: “¿Se
puede creer en un Dios que permite tales cosas?” Ahora bien, en el problema del mal hay que pensar no
que Dios puede intervenir, sino que Él es su primera víctima. Si no hubiera
en el hombre un valor infinito, el problema del mal no se plantearía. Ese valor
es la presencia silenciosa de Dios. Cierto, Dios no puede perder nada de su
integridad, pero el mal que hiere Su presencia en el hombre Lo alcanza a Él
mismo. Se puede decir que si existe una agonía, ¡Dios agoniza en ella! Si hay
una soledad desgarrada, ¡Dios sufre en ella! Si hay un crimen, ¡Dios está
ensangrentado! El mal no tiene tales dimensiones sino porque Dios es el primero
en ser golpeado.
Es que Dios nos ama con
amor infinito del que puede sólo dar una idea el amor materno que es un eco del
Suyo. Testigo esa mujer, mártir de un hombre del que esperó en vano el amor,
descubrió a Dios dentro de ella y se hizo la respiración de su vida. Estaba
casada con un borrachín brutal, que para vengarse de la dignidad de su mujer,
no había encontrado nada mejor que separarla moralmente de su hijo,
reservándose el derecho de educarlo a su manera. El resultado fue lo que se
podía esperar: sin timón, sin disciplina, el muchacho, a pesar de ser bien
dotado, quemó su vida hasta el momento en que la tuberculosis lo hizo volver a
casa de su madre, la cual, además, no había cesado jamás de proveer a sus
necesidades materiales, sacando de sus economías de obrera, con qué suplir a la
irregularidad crónica de su trabajo, pues no había cesado nunca de sostenerlo
con su sufrimiento y sus oraciones. En verdad, nunca hemos encontrado un amor
más grande.
Ella se había realmente
identificado con él, por él. Pues no esperaba nada de él, ni presencia, ni
reconocimiento, ni afecto. Estaba tan despojada de sí misma que no podía ya
sufrir por sí misma, sufría por él, sufría en él. Su ternura podía colorearse
diferentemente según las situaciones en que se comprometía su hijo o según le
parecía más o menos indigno de él, pero ella permanecía igual, siempre íntegra,
tanto que no habría podido añadir nada. No podía dar más en efecto, pues daba
todo.
Había en ella una serenidad
discreta y sonriente que nunca le vimos faltar. ¿Qué temor podía perturbarla? No
podía perder nada, pues había perdido todo. Como consentía plenamente con ese
despojamiento, estaba libre y creaba alrededor un espacio en que respiraba la
felicidad que Francisco debía aprender y recibir de la divina Pobreza, el gozo
del don.
Por fin, un día el hijo
comprendió sin que ella hubiera dicho una palabra. En el don prodigioso de una
generosidad sin límites, había reconocido a Dios. No hubo otro evangelio y
murió en su luz. La madre se identificó con la paz, con la alegría de su hijo,
como se había identificado con su decadencia y su enfermedad, pero era siempre
el mismo don. El rayo de su ternura había sencillamente cambiado de color para
llegarle en plena conformidad con lo que había llegado a ser.
Así, a través de esa mujer
de tan alta estatura, llegué yo a ver a Dios como la madre que se identifica
con su hijo, que vive su angustia, que es la primera en ser herida en todas sus
desgracias, que paga con su persona por todas sus faltas.
Eso no quita nada a la
trascendencia divina, incapaz de perder nada, que reconocimos como fundamento
de nuestra libertad. Si la libertad es la capacidad de darse, que se actualiza
plenamente en el don sin reserva de sí mismo, ninguna otra cosa que un Dios
perfecto y totalmente realizado podría imantar el crecimiento y provocar la saturación.
Sólo en el espacio de una generosidad sin límites, tanto que nuestros límites
ceden, que los instintos posesivos desenganchan y nosotros nacemos a ese
espacio interior que es toda nuestra grandeza y toda nuestra dignidad. Y
Francisco, justamente, recubre exactamente esa experiencia viendo en Dama
Pobreza la única imagen aceptable de la divinidad con la cual no cesa de
conversar” (M. Zundel - Croyez-vous en l'homme? - pp. 108-110)
Al final de la
identificación con Cristo Crucificado, Francisco de Asís fue reconciliado con
el universo para cantar el Cántico del Sol. La Creación se revistió de nobleza.
Por el poder de superación del espíritu, se hizo como consciente en nosotros.
Por eso la Iglesia bendice el mar y las montañas, los oficios y los aviones,
etc.
Para adherir a Dios, tenemos
que tomar en cargo toda la Creación, tenemos que perseguir el mal hasta en sus
raíces para liberar un Dios Crucificado. Tenemos el poder, por el amor, de
curar las heridas divinas, de bajar a Cristo de la Cruz, de hacer de Él el
resucitado. En su Persona sólo hay “sí” (2 Cor., 1, 19). El cristiano auténtico
sería el que se prohíbe el “no” del mal humor, de la maledicencia, del rostro
cerrado, de las recriminaciones, que jamás envenenaría el ambiente con su
negativismo, sino que sería “sí” totalmente para hacer estallar la juventud y
la belleza para ser fuente de alegría, de paz y de amor para los demás. El “sí”
perfecto triunfa de la muerte y hace de la muerte misma un acto libre”.