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Zundel

29/01/09. ... Dios, primera víctima del mal.

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7a conferencia de la Rochette, en septiembre de 1959.

... El Universo debe tener un enraizamiento profundo en nosotros, fundado sobre el ejercicio de la libertad y el poder de nuestro amor.

“Todo conocimiento es un nacimiento” como dijo Claudel con tanta profundidad, y no hay verdadero nacimiento sino el que nos transforma. Igualmente, no hay verdadero problema sino el que nos cuestiona ni verdadera respuesta sino la que tiene repercusiones sobre nuestra vida. Hay que desconfiar de los problemas que vienen de afuera y que no tienen fecundidad por ser falsos problemas. Una cuestión planteada debe transformarse en experiencia vivida realmente.

Por eso hay que cuidarse de poner a los niños falsos problemas que arriesgan falsearlos de por vida. Por ejemplo no se puede hablar eficazmente de la Creación sino situándola en una experiencia en que están comprometidos. Están en “la” casa: la casa, para ustedes, no son cuatro paredes, sino ante todo su Mamá, el corazón que los espera, el rostro que da alma al espacio material: “Mamá, tú eres la casa”. Si la casa es la mamá, su mamá, no es sólo su mamá, es su mamá y usted. Si usted no responde a su ternura, ya no será la casa. Igualmente, el universo no tiene sentido si no es una historia de dos, del Dios vivo y nosotros. El universo no se constituye sin esa doble presencia de Dios y de la humanidad. La Creación es un circuito de amor. Un regalo debe ser recibido con amor igual a aquél con que se da. Es ante todo un testimonio y el don de la amistad, y no puede ser recibido sino por la amistad. Esa corriente de reciprocidad es la que constituye el regalo, símbolo y sacramento de una presencia de amor. El universo es el regalo de la ternura divina.

No tiene significado sino cuando nuestro “sí” sella el “sí” de Dios. ¡El Creador no es un fabricante de objetos inanimados! El mundo sólo tiene sentido, digno de Dios, si nosotros lo terminamos sacando de él la verdad que contiene, en el “Benedícite” del amor.

No existe, pues, materia radicalmente opuesta al espíritu ya que a partir de la materia los sabios se elevan al conocimiento, al gozo de conocer cantado por Pedro Terrier. El mundo material no es extranjero al espíritu, nosotros tenemos las raíces en el universo, que nos sostiene y que tenemos que sostener. Debe haber en nosotros un enraizamiento espiritual fundado sobre el ejercicio de la libertad y el poder de nuestro amor. Si rehusamos ser, el mundo no puede revelar sus dimensiones espirituales.

Después del desastre de Nagasaki los sabios japoneses que se desgastaban con los heridos se detuvieron para interrogarse sobre la bomba atómica que acababa de vencerlos. Nada más grande que esa pausa en que se impuso el espíritu científico: “La ciencia había conocido un nuevo triunfo, pero al mismo tiempo, la derrota de mi país aparecía ineluctable. En mí se chocaban la exultación del médico especialista y el dolor del japonés patriota. ¿Qué sucedía cuando un átomo explotaba? Esta pregunta ocupaba mis pensamientos mientras permanecía acostado al lado de ese gran hombre despojado. Energía, corpúsculos, ondas electromagnéticas, calor fueron las cuatro cosas en que pensé en primer lugar”.

“Poco a poco, Choro y los demás se habían reunido alrededor del Profesor Seiki y habían comenzado una discusión seria. “¿Quién habrá podido hacer eso? ¿Compton? ¿Lawrence? – Einstein debe haber jugado un papel. Y Bohr con los demás sabios refugiados en América. En todo caso, concluyó el grupo, es un éxito famoso”.

“Así pues, especialistas e investigadores, nosotros mismos éramos víctimas de la bomba. Le habíamos servido de cobayos y estábamos ahora en buena posición para observar sus efectos ulteriores sobre las víctimas. Bajo el dolor, la ira y el doloroso despecho de la derrota, renacía en nuestros corazones un deseo profundo de buscar la verdad. Entre las ruinas de la ciudad devastada, revivía en nosotros poco a poco la pasión científica”. (Las campana de Nagasaki - Paul Nagaï - pp. 84-87)

En las catástrofes Dios no puede estrictamente nada, no por impotencia sino porque no va en la línea del gesto creador. La Creación es un proyecto de amor, una obra de dos. Es necesario que el “sí” humano responda a la invitación divina. El mal viene del rechazo del amor por parte del hombre.

Ante el martirio de los inocentes, Dostoïevski pone en los labios de Ivan Karamazov la objeción: “¿Se puede creer en un Dios que permite tales cosas?” Ahora bien, en el problema del mal hay que pensar no que Dios puede intervenir, sino que Él es su primera víctima. Si no hubiera en el hombre un valor infinito, el problema del mal no se plantearía. Ese valor es la presencia silenciosa de Dios. Cierto, Dios no puede perder nada de su integridad, pero el mal que hiere Su presencia en el hombre Lo alcanza a Él mismo. Se puede decir que si existe una agonía, ¡Dios agoniza en ella! Si hay una soledad desgarrada, ¡Dios sufre en ella! Si hay un crimen, ¡Dios está ensangrentado! El mal no tiene tales dimensiones sino porque Dios es el primero en ser golpeado.

Es que Dios nos ama con amor infinito del que puede sólo dar una idea el amor materno que es un eco del Suyo. Testigo esa mujer, mártir de un hombre del que esperó en vano el amor, descubrió a Dios dentro de ella y se hizo la respiración de su vida. Estaba casada con un borrachín brutal, que para vengarse de la dignidad de su mujer, no había encontrado nada mejor que separarla moralmente de su hijo, reservándose el derecho de educarlo a su manera. El resultado fue lo que se podía esperar: sin timón, sin disciplina, el muchacho, a pesar de ser bien dotado, quemó su vida hasta el momento en que la tuberculosis lo hizo volver a casa de su madre, la cual, además, no había cesado jamás de proveer a sus necesidades materiales, sacando de sus economías de obrera, con qué suplir a la irregularidad crónica de su trabajo, pues no había cesado nunca de sostenerlo con su sufrimiento y sus oraciones. En verdad, nunca hemos encontrado un amor más grande.

Ella se había realmente identificado con él, por él. Pues no esperaba nada de él, ni presencia, ni reconocimiento, ni afecto. Estaba tan despojada de sí misma que no podía ya sufrir por sí misma, sufría por él, sufría en él. Su ternura podía colorearse diferentemente según las situaciones en que se comprometía su hijo o según le parecía más o menos indigno de él, pero ella permanecía igual, siempre íntegra, tanto que no habría podido añadir nada. No podía dar más en efecto, pues daba todo.

Había en ella una serenidad discreta y sonriente que nunca le vimos faltar. ¿Qué temor podía perturbarla? No podía perder nada, pues había perdido todo. Como consentía plenamente con ese despojamiento, estaba libre y creaba alrededor un espacio en que respiraba la felicidad que Francisco debía aprender y recibir de la divina Pobreza, el gozo del don.

Por fin, un día el hijo comprendió sin que ella hubiera dicho una palabra. En el don prodigioso de una generosidad sin límites, había reconocido a Dios. No hubo otro evangelio y murió en su luz. La madre se identificó con la paz, con la alegría de su hijo, como se había identificado con su decadencia y su enfermedad, pero era siempre el mismo don. El rayo de su ternura había sencillamente cambiado de color para llegarle en plena conformidad con lo que había llegado a ser.

Así, a través de esa mujer de tan alta estatura, llegué yo a ver a Dios como la madre que se identifica con su hijo, que vive su angustia, que es la primera en ser herida en todas sus desgracias, que paga con su persona por todas sus faltas.

Eso no quita nada a la trascendencia divina, incapaz de perder nada, que reconocimos como fundamento de nuestra libertad. Si la libertad es la capacidad de darse, que se actualiza plenamente en el don sin reserva de sí mismo, ninguna otra cosa que un Dios perfecto y totalmente realizado podría imantar el crecimiento y provocar la saturación. Sólo en el espacio de una generosidad sin límites, tanto que nuestros límites ceden, que los instintos posesivos desenganchan y nosotros nacemos a ese espacio interior que es toda nuestra grandeza y toda nuestra dignidad. Y Francisco, justamente, recubre exactamente esa experiencia viendo en Dama Pobreza la única imagen aceptable de la divinidad con la cual no cesa de conversar” (M. Zundel - Croyez-vous en l'homme? - pp. 108-110)

Al final de la identificación con Cristo Crucificado, Francisco de Asís fue reconciliado con el universo para cantar el Cántico del Sol. La Creación se revistió de nobleza. Por el poder de superación del espíritu, se hizo como consciente en nosotros. Por eso la Iglesia bendice el mar y las montañas, los oficios y los aviones, etc.

Para adherir a Dios, tenemos que tomar en cargo toda la Creación, tenemos que perseguir el mal hasta en sus raíces para liberar un Dios Crucificado. Tenemos el poder, por el amor, de curar las heridas divinas, de bajar a Cristo de la Cruz, de hacer de Él el resucitado. En su Persona sólo hay “sí” (2 Cor., 1, 19). El cristiano auténtico sería el que se prohíbe el “no” del mal humor, de la maledicencia, del rostro cerrado, de las recriminaciones, que jamás envenenaría el ambiente con su negativismo, sino que sería “sí” totalmente para hacer estallar la juventud y la belleza para ser fuente de alegría, de paz y de amor para los demás. El “sí” perfecto triunfa de la muerte y hace de la muerte misma un acto libre”.

 

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